JURASSIC WORLD (COLIN TREVORROW, 2015)


En Seguridad no garantizada (2012), el director Colin Trevorrow se estrenaba en el largometraje con una comedia romántica que solo gracias a su último plano se inscribía en el género de la ciencia ficción, en la vertiente ochentera de Regreso al Futuro (Robert Zemeckis, 1985). En aquella película hay un personaje, Jeff (Jake Johnson), que emprendía un viaje en el tiempo sin necesidad de una máquina: intentaba reencontrarse con su viejo amor de instituto. La realidad le enseñará que la nostalgia casi nunca resiste el paso del tiempo. En Jurassic World, Trevorrow recupera a Jake Johnson como actor -los fans de Zooey Deschanel sabemos que es lo segundo mejor de New Girl- y le convierte de nuevo en un nostálgico -friki- pero del Parque Jurásico original. Esta añoranza, que en la ficción se refiere al parque temático de John Hammond (Richard Attenborough), de cara a nosotros, a los espectadores de cine, equivale al buen recuerdo de aquella primera película de 1993. En 2015, Jurassic World se erige sobre los fósiles del film original. Veamos.



Jurassic World, prescinde de las secuelas de 1997 y 2001, para responder a la pregunta de qué hubiera pasado si el parque temático que prometían en Parque Jurásico (1993) se hiciese realidad. El resultado es una suerte de "Zoo Aquarium" prehistórico que sustituye a la ballena orca por un -espectacular- mesosaurus que devora a un tiburón blanco entero, en un guiño muy claro a Tiburón (Steven Spielberg, 1975). Es importante decir que la sombra del director de E.T., el extraterrestre (1982) está muy presente sobre toda la película y no solo porque sea su productor ejecutivo. Obviamente, en el nuevo parque, la historia se repite y ocurre básicamente lo mismo que en el film de hace 22 años. Algo sale mal y la vida de todos corre peligro: solo que esta vez el parque está lleno de visitantes. El detalle es importante, porque, si las tres entregas anteriores pertenecen al género de la aventura, en Jurassic World  estamos más cerca del cine de catástrofes.



Tras este planteamiento, nos embarcamos en una expedición arqueológica por los pasajes más conocidos de Parque Jurásico (1993). Volvemos a ver la puerta original del parque; Claire (Bryce Dallas Howard) suelta el "Bienvenidos a Jurassic World"; el dispositivo para atraer al Tiranosaurus Rex vuelve a ser una cabra indefensa; visitamos los laboratorios -en los que reaparece el doctor Henry Wu (BD Wong), auténtico Frankenstein de la clonación- y hay un conflicto entre la rentabilidad, la seguridad del parque y la moralidad de revivir animales extintos. En este sentido es interesante el discurso de Claire, que asegura que la gente ya no está interesada en los dinosaurios y quiere ver "algo más", lo que lleva a la experimentación genética y a un nuevo villano, el Indominus Rex. Esto se debe leer también en clave autoconsciente: los productores saben que nosotros, los espectadores, que nos quedamos con la boca abierta ante los revolucionarios efectos especiales digitales del primer film, necesitamos también algo diferente. Pero no sé si la respuesta es un dinosaurio inteligente y mortífero en la línea del xenomorfo de Alien (Ridley Scott, 1979). 


La reverencia hacia la primera película se hace evidente cuando los jóvenes protagonistas vuelven a las ruinas del complejo en el que ocurre el clímax de aquella. Allí el Tiranosaurus Rex derrotaba a los velocirraptores para luego rugir mientras caía una pancarta que apelaba al título de una antigua película, Cuando los dinosaurios dominaban la Tierra (Val Guest, 1970). Ahora todo está cubierto por el polvo y es desenterrado por los niños como si fueran fósiles. Los adolescentes recorren el complejo descubriendo gadgets olvidados y reparando nada menos que un viejo jeep -el mismo que usó Hammond en la primera parte- con el que consiguen escapar y salvar la vida. Con ello parecen querer decir que vale más revivir polvorientos objetos del pasado, que confiar en lo nuevo. Pura nostalgia.


Uno de estos niños -siempre presentes en la saga- representa el espíritu del espectador ideal de Parque Jurásico. Gray -interpretado por Ty Simpkins, el niño de Insidious (James Wan, 2010)- es un fanático de los dinosaurios de la "vieja escuela": al principio aparece mirando diapositivas de una vieja película en stop motion. Gray vive la experiencia del parque con un entusiasmo contagioso y además, critica la existencia del Indominus Rex: "eso no es un dinosaurio". La presencia de este niño confirma, además, una constante temática de la saga, el valor de la familia. Los padres de Gray están muy cerca de divorciarse, como ya lo han hecho los de Parque Jurásico III (Joe Johnston, 2001). Por otro lado, su tía Claire está casada con su trabajo y no está preparada para tener pareja o hijos, como el doctor Alan Grant (Sam Neil) en la primera parte. Pero la verdadera familia en esta película es la que forman Owen (Chris Pratt) y esos velocirraptores que ha criado y adiestrado. El vínculo entre ellos será puesto a prueba, precisamente por el Indominus Rex.


La otra regla de oro de la saga es que un hombre no puede matar a un dinosaurio. El razonamiento lo defiende en varias ocasiones el personaje de Owen, que afirma que se trata de animales, no de monstruos. Sin embargo, los dinosaurios sí pueden matar -comerse- a los humanos y esos son los momentos más divertidos de la película. El caos de los animales prehistóricos sueltos nos regala secuencias como la captura de Zara (Katie McGrath) por un pterodáctilo, situación claramente inspirada en Hace un millón de años (Don Chaffey, 1966), en la que la secuestrada era nada menos que Raquel Welch. Ahora bien, la aparición del villano Hoskins (Vincent D´Onofrio) y sus mercenarios rompe por primera vez la regla antes mencionada. Estos militares disparan contra los dinosaurios, cosa que se justifica, en parte, ya que el Indominus Rex es visto como un monstruo artificial.


Por último, el clímax final recrea el de Parque Jurásico (1993), con un poco de ayuda de los velocirraptores amaestrados y de la nueva estrella que aparece en este film. Es decir, multiplica el número de dinosaurios implicados en la pelea, con la clara intención de conseguir un mayor impacto por pura acumulación. Las peleas entre estos animales son un elemento imprescindible en las películas de dinosaurios desde El mundo perdido (Harry O. Hoyt, 1925) y pasando por la famosa pelea entre King Kong y un Tiranousaurus Rex en el clásico de 1933. Recordemos que la tercera entrega de esta saga nos enseñaba, nada más comenzar, un fiero combate entre el T-Rex y el Spinosaurus, que pretendía erigirse en el nuevo villano de la serie. En Jurassic World, Claire utiliza una bengala -copiando los gestos de Alan Grant- para rescatar del olvido al verdadero héroe de la franquicia. El Tiranosaurus Rex vuelve a rugir en el plano final, como si fuera uno de los resucitados héroes de acción de The Expendables (Sylvester Stallone, 2010).