FIRST MAN -ODISEA ESPACIAL


Lo tenía complicado Damien Chazelle tras el éxito de Whiplash (2014) y La La Land (2017), estupendas cintas, muy relacionadas con el mundo de la música y que obtuvieron varias nominaciones para los codiciados premios Oscar. De hecho, el éxito de La La Land ha sido tal que se puede hablar de una nutrida legión de haters -muchos de ellos deseosos de reafirmarse yendo siempre a la contra- que deben estar a la espera de certificar que Chazelle no merecía tantos halagos. Creo que First Man confirma que sí los merece. Porque a pesar de que el musical protagonizado por Emma Stone y Ryan Gosling tiene fama de cursi, junto a Whiplash forma un díptico sobre el lado amargo de los sueños. Ambas películas son, también, historias de amor frustradas. Aunque de primeras pueda parecer que un proyecto como First Man, basado en la vida del astronauta Neil Armstrong (Ryan Gosling), no guarda relación alguna con las obras previas que he mencionado, enseguida explicaré por qué creo que estamos ante una extensión coherente de las preocupaciones de Chazelle. Eso a pesar de que esta cinta se viste con las formas de un biopic de Hollywood con aspiraciones de cara a los premios de la Academia. Empecemos diciendque estamos ante una película soberbia, bella, y técnicamente apabullante. Las imágenes que fabrica Chazelle son hermosas, a pesar de apartarse de la grandiosidad que una historia así parece requerir. Hablemos también de unos efectos de sonido inmersivos, y un montaje sumamente efectivo que imprime una tensión tremenda a cada una de las incursiones del protagonista fuera de la atmósfera terrestre. Por no mencionar un diseño de producción minucioso que nos transporta a la época -los años sesenta- y que se detiene en cada tornillo de los vehículos aeronáuticos que pilota Armstrong. Todo esto no debe sorprendernos en una película de presupuesto medio/alto, producida nada menos que por Steven Spielberg. 

Lo interesante del film es cómo Chazelle se aparta de lo que otros han hecho con los viajes espaciales. Nada que ver esto con la épica de Elegidos para la gloria (1983) ni las emociones al límite de Apollo 13 (1995). Tampoco hay aquí la pirotecnia visual de Gravity (2013) -aunque sí algo de su tono intimista, que busca la contraposición a la inmensidad del espacio-. La mayor influencia de First Man no puede ser otra que 2001: Odisea del espacio (1968). Abramos un paréntesis para recordar esas teorías conspiranóicas que dicen que Stanley Kubrick creó las imágenes de la -supuestamente falsa- llegada del hombre a la Luna. La influencia de 2001 es notable, no solo en las obvias imágenes de los cascos de los astronautas con reflejos lumínicos; ni en el mencionado uso del sonido, o de la música -compuesta por Justin Hurwitz- de aliento clásico. Como aquella, First Man busca ser una experiencia, sobre todo en las escenas de vuelo, en las que el vértigo juega un papel importante, pero además, apela a un sentido existencial del viaje espacial, que supera a la gran aventura física que sin duda es. Y como la obra maestra de Kubrick, la cinta de Chazelle es fría. A pesar del detallista y humanista guión de Josh Singer - ganador de un Oscar por Spotlight (2015), autor también del texto de Los archivos del Pentágono (2017)- (basado en el libro de James R. Hansen), Chazelle despoja de toda épica un hecho histórico que es, esencialmente, épico: se fija en los toscos tornillos de los aparatos, en una mosca que se cuela en la cabina, en un técnico de la NASA que pide una navaja suiza. El director evita todo lo que puede los planos generales y nos obliga a ver lo mismo que los astronautas: a través de pequeñas ventanas de visibilidad casi nula. En First Man la carrera espacial no es la gran aventura del hombre, sino que se convierte en algo muy similar a una guerra, con varias muertes en el camino y la misma cantidad de viudas y huérfanos. No hay más heroísmo que el de los hechos reales. El patriotismo de semejante gesta histórica se mantiene bajo mínimos. El actor elegido para encarnar esto es el parco Gosling, perfecto para esconder los sentimientos de Armstrong, que son la clave de la historia que Chazelle quiere contarnos. 

Si el joven protagonista de Whiplash renunciaba al amor por su obsesión por la batería y el músico de La La Land se sacrificaba para que la mujer de su vida se convirtiese en una estrella, en First Man, se nos muestra el sueño más enorme -y más difícil de lograr- que haya tenido nunca el hombre. Y Chazelle nos dice que, para conseguirlo, Armstrong también se separó de su mujer -estupenda Claire Foy, como ancla emocional del film- y de sus hijos. No lo hizo físicamente, pero sí en espíritu. Una separación dolorosa y paradójica, porque, en el fondo, esa misma familia es la que impulsa al astronauta a cruzar la última frontera. El momento en el que el film muestra cuál es la motivación última del astronauta para conseguir semejante hazaña, es hermoso, emocionante, íntimo y humano. Su regreso a casa, lo es todavía más. Si antes he comparado la carrera por llegar a la Luna con un conflicto bélico, una especie de caballo de Troya de la guerra fría; la vuelta del héroe es la de Ulises a los brazos de Penélope.

BOHEMIAN RHAPSODY -BANDA TRIBUTO


Siempre he pensado que hay una fina línea entre el biopic y la parodia. Entre tomarse muy en serio la vida de un personaje histórico en una pantalla de cine y ver a un tío con peluca imitando a un ídolo del pasado. En Bohemian Rhapsody me resulta complicado decidir si estoy viendo una cosa u otra. Rami Malek parece sobreactuado en los primeros compases del film, con sus -falsos- dientes salidos y esos ojos saltones, pero, para cuando acaba todo, llegas a ver a Freddie Mercury sobre los escenarios recreados en los que tocó Queen. Más que ante una obra cinematográfica, estamos ante el espectáculo de la mejor banda tributo posible: tanto el vocalista como el resto de componentes del grupo -Gwilym Lee, Ben Hardy y Joseph Mazzello (¡el niño de Parque Jurásico!)- están perfectos. Esta película se sostiene descaradamente sobre la fuerza de las canciones que todos conocemos y somos capaces de tararear. Si te gusta el grupo, esto es para ti. Pero dramáticamente, el argumento está construido a base de escenas de diálogos, y más que una trama lo que tenemos es una playlist de greatest hits. No hay conflicto que entorpezca el camino de Queen al éxito y las rencillas entre los miembros de la banda son cariñosas discusiones familiares, que nuestras risas -porque el tono es de comedia- acercan a una sitcom. Le falta mal rollo a todo: ahí están Brian May y Roger Taylor, como productores, en los créditos. Lo más parecido a un conflicto dramático es la soledad de Freddie Mercury, pero todo está planteado de forma plana, mecánica y poco inspirada. Hay broncas al principio del film y lágrimas y abrazos al final. Los problemas con las drogas de Mercury se abordan de la forma más limpia que he visto nunca: no le vemos consumir, de resaca o con el mono. El abuso de sustancias se comenta, pero no vemos nada escabroso. Lo mismo ocurre con sus orígenes parsi o la pequeña deformidad de los dientes del cantante. Lo peor, la homosexualidad del vocalista, expresada de una forma tan simple que resulta sonrojante: las miradas furtivas entre hombres con bigote parecen ser la única forma de decirnos que Mercury está descubriendo que es gay. No queda nada aquí de la sutileza y elegancia de aquel Bryan Singer que nos mostraba al Hombre de Hielo contando a sus padres que era un mutante, en una escena que se podía leer como una salida del armario en toda regla -en X-Men 2 (2003)-. La planificación de Singer en esta película es francamente pobre, lo que explica que le hayan despedido del rodaje. Pero además, Bohemian Rhapsody no propone nada: una recreación histórica puede buscar la fidelidad a los hechos, sobre todo visual, pero creo que esos momentos deben responder a un sentido, a una propuesta. Véase, por ejemplo The CrownIMDB acredita a Peter Morgan como autor de esta historia, pero ni rastro aquí de sus inteligentes guiones. La mímesis es lo único que tenemos en una recreación fetichista para fans. Hay para mí, sin embargo, una idea de genio: que sea un irreconocible Mike Myers, el Wayne famoso por hacer headbanging con Bohemian Rhapsody, el que interprete al productor -Ray Foster- que rechazó esa misma canción. ¿Parodia?

CLIMAX -¿POR QUÉ DEBERÍAS VERLA?


Hay directores que te llevan de la mano para contarte una historia y otros que te ponen a prueba echándote un pulso. El argentino radicado en Francia, Gaspar Noé, es sin duda de los segundos. Su última obra, Climax, acaba de ganar el premio a la mejor película en el Festival de Sitges, y hay que reconocerle al certamen el mérito de galardonar un film como este, no precisamente complaciente. Sirvan estas líneas como recomendación para acercarse a este tipo de obras que, nos pueden gustar o no, pero desde luego expanden el sentido de lo que significa el arte cinematográfico. El argumento de Climax se agota en una frase: en 1996, los asistentes a una fiesta, miembros de una obra de danza, consumen por error una droga alucinógena que convierte la celebración en un descenso a los infiernos. Pero, igual que 2001: odisea del espacio (1968) no se puede resumir en una sinopsis, esta Climax debe ser experimentada. Y preferiblemente en una sala de cine. Noé es de esos autores que alargan una secuencia un poco más allá de lo que nuestra paciencia como espectadores está preparada para soportar, lo que puede llevarnos al límite, sí, pero también rompe nuestra resistencia, nos saca de la famosa 'zona de confort', y nos obliga a replantearnos lo que estamos viendo. Nos abre la mente. Así, la película de Noé, comienza, por ejemplo, por sus créditos. Luego, veremos a los bailarines -esto es una película coral- hablando a cámara en entrevistas simulando un casting. Esto sirve para introducir a los personajes y pone sobre la mesa dos temas importantes: hasta dónde son capaces de llegar y qué piensan del sexo y del consumo de drogas. Los vemos dentro de la pantalla de un televisor, que tiene libros apilados a la izquierda y cintas de VHS a la izquierda. Noé hace explícitas sus referencias, sus gustos, lo que me ahorra el trabajo de citar aquí a sus films de cabecera, sus influencias, que van desde el cine de autor al exploitation. Entonces comienza la fiesta. Climax es una película estructurada predominantemente en planos secuencia, muy largos, que tienen la capacidad de hacernos olvidar que lo que vemos es ficción, lo que genera una tensión tremenda. También consiguen meternos dentro de la fiesta, entre los personajes. Prácticamente somos uno más y eso nos deja, como espectadores, en una posición vulnerable. La música electrónica en la película es machacona, constante y agobiante: Daft Punk, Aphex Twin, Giorgio Moroder, Soft Cell, entre otros. Veremos una secuencia de baile, vibrante, primero, que luego se convierte en una especie de posesión que libera los instintos primitivos, violentos y sexuales. La ingesta de alcohol y drogas no es suficiente para explicar los comportamientos extremos de los personajes, pero sí se percibe cierto alegato en contra del consumo 'alegre' de ciertas sustancias capaces de desencadenar demonios. Todo esto que nos muestra Gaspar Noé nos permite interpretar. En mi caso, creo que el director divide su película en tres momentos: el cielo el paraíso, representado en la estupenda coreografía que llevan a cabo los bailarines al principio; luego hay una zona intermedia, un purgatorio en el que los personajes, por parejas, expresan, en diálogos costumbristas, los deseos reprimidos por lo civilizado; y por último, se desata el infierno, en el que todo se tiñe de rojo, el mundo se pone del revés, en el que un niño -la inocencia- es encerrado. Aquí somos sometidos a imágenes chocantes de sexo, sangre y muerte. Los cuerpos de los bailarines se contorsionan de forma imposible, como si fueran los extraños seres salidos de la imaginación del Bosco.

HA NACIDO UNA ESTRELLA -TODAS LAS CANCIONES SON DE AMOR


Dice el personaje de Sam Elliott en un momento de Ha nacido una estrella que todas las historias son la misma. En el contexto del film, se refiere a las canciones, pero es inevitable recordar que estamos, después de todo, ante el segundo remake de una película de 1937. En su ópera prima, Bradley Cooper, actor más que interesante, propone una relectura de una historia que habla del éxito y la fama enfrentando a dos personajes en trayectorias opuestas. Ella es una cantante de mucho talento que comienza una carrera prometedora, él es una estrella venida a menos, a punto de verse acabado por sus adicciones. La fuerza de este relato es el encuentro entre estos personajes, Jack -el propio Cooper- y Ally -Lady Gaga- y sobre todo que a la ecuación hay que añadir el factor 'x' del amor. Y esa es la prioridad en la película de Cooper, el romanticismo como motor de la acción. El film funciona sobre todo en sus primeros compases, cuando nos muestra quiénes son los protagonistas, cómo se encuentran casi por accidente, y el entorno familiar de cada uno. El ascenso a la fama es emocionante y está bien narrado. Como director, Cooper no propone apenas nada visualmente, prefiere una planificación funcional en la que se da prioridad a las interpretaciones. Quizás su idea más afortunada es hacer que las luces del garaje donde su personaje vive un momento crucial, parezcan los focos de los escenarios donde ha llegado a lo más alto. Donde creo que la película naufraga es al ponerle obstáculos al amor entre Jack y Ally. Su retrato del lado oscuro del show business es superficial -encarnado en el representante Rez Gavron (Rafi Gavron)-; y lo que debería ser el descenso a los infiernos del personaje de Cooper es apenas un tropiezo. El director prefiere que su estrella de rock sea una víctima de su pasado, y el abuso del alcohol no saca realmente lo peor de él. Tampoco ayuda que Lady Gaga parezca sobreprotegida como actriz. No hay escenas que le exijan demasiado, a pesar de que su insegura Ally nos gana el corazón -así como sus reiteradas alusiones a su gran nariz, recordemos que esto lo hizo antes la Streisand-. No se exploran, tampoco, las relaciones de pareja, teniendo en cuenta que la de aquí se enfrenta a las tensiones de ser artistas, famosos -y uno de ellos, alcohólico-. Quizás me ha faltado ver a Bradley Cooper y a Lady Gaga tirándose los trastos a la cabeza. Ha nacido una estrella prefiere ser una gran historia de amor y no ensuciarse. Y en ese sentido funciona de maravilla. Lady Gaga brilla haciendo lo que mejor hace: cantar. Ella firma la mayoría de los temas que escuchamos -Bradley Cooper se acredita la letra de dos o tres composiciones- pero, en mi opinión, el personaje artístico que interpreta ella en la película se parece, demasiado, al real. En los mejores instantes del film, las canciones sirven para hacer avanzar la historia: fantástico el momento en el que Ally se sube por primera vez al escenario. Funcionan bien los secundarios, el padre de ella, un humano y entrañable Andrew Dice Clay, también Dave Chapelle y sobre todo el mencionado Sam Elliott: cada una de sus escenas con Bradley Cooper es intensa, humana y hermosa. Una pena que el resto de la película no esté a esa altura.

ARDE MADRID -GAMA DE GRISES


Como una juerga en la casa de Ava Gardner, Arde Madrid es divertida y excesiva, pero también caótica y posiblemente intrascendente. La premisa me parece irresistible. Quizás, demasiado. Es la historia de un matrimonio que trabaja al servicio de Ava Gardner, durante su estancia en Madrid, en pleno franquismo, en los años 50. ¿Quién no quiere ver eso? El problema es, quizás, que la serie producida por Movistar no consigue aprovechar las posibilidades de esta idea. El resultado es, sobre todo, irregular. Escenas divertidas se intercalan con momentos apagados en un argumento inconexo, que encadena situaciones más que hilar un argumento. Los creadores de esta ficción, Paco León y Anna R. Costa prefieren mantenerse libres -y eso puede tener su gracia- en cuanto al relato y buscan una unidad temática antes que argumental: la moral escandalosa de una estrella Hollywood, insertada en una dictadura ultra católica. Esto parece materia suficiente para varias temporadas. Además de la premisa, Arde Madrid, tiene a su favor una intérprete como Inma Cuesta -para mí lo mejor de la serie- en el papel de Ana Mari, de moral estrecha y con una cojera acorde. En el otro extremo del espectro está Ava Gardner: la actriz estadounidense Debi Mazar es un hallazgo. Entre ambos personajes, se mueve Manolo, el propio Paco León, que representa la hipocresía que se esconde debajo de la fachada de rectitud moral. Manolo es machista, sinvergüenza, sin escrúpulos: canalla pero simpático. Luego está la otra criada, Pilar -Anna Castillo- pragmática, realista, conformista, obligada a vivir bajo la moral impuesta, pero que no puede evitar que, hacer el amor, la vuelva loca. Completan el reparto personajes como Floren -Julián Villagrán-, que tiene 'un poquito' de esquizofrenia; el asistente de la Gardner, Bill (Ken Appledorn), y la caricatura franquista, Clara, que defiende Carmen Machi. Eso sin olvidar a los vecinos de Ava, los Perón, Juan Domingo e Isabelita (Osmar Núñez y Fabiana García Lago). 

Arde Madrid es divertida cuando se deja llevar por un punto de locura. Creo que comienza seria, algo oscura y luego va derivando hacia una comedia más clara. Su argumento desmiente enseguida su premisa: en el primer capítulo vemos que el matrimonio que trabaja para Ava Gardner -Ana Mari y Manolo- no es tal, sino agentes infiltrados por el régimen para vigilar que la actriz de Hollywood no sirva de tapadera a disidentes comunistas. ¿Hacía falta este giro? No. Porque esta trama, que puede recordar a ¡Ave César! (2016), debería ser la principal, pero apenas se desarrolla durante los 8 capítulos de la primera temporada. Podemos olvidarnos de ella. En cambio, los chanchullos de Manolo -con un clan gitano delincuente que no esquiva el estereotipo- y el conservadurismo de Ana Mari, son más importantes. Paco León e Inma Cuesta tienen química, pero la tensión sexual entre ellos se desinfla demasiado pronto. El personaje de él, además, no está bien definido: ya he dicho que acumula rasgos deleznables, machista, grosero, deshonesto. Pero la comicidad de Paco León -y el buen rollo que da este actor- muchas veces sale a la superficie, haciéndonos reír, sí, pero contradiciendo la naturaleza del personaje. Mencionemos también cierta redundancia dramática: Pilar, la otra criada en la casa, no aporta nada y su historia me parece ya muy vista (y cierra en falso). Creo que la capacidad de la actriz -Anna Castillo, la recordaréis de La llamada- está desaprovechada. Echo de menos también al personaje de Julián Villagrán, cuya pérdida de contacto con la realidad podría haber servido para generar bastante enredo. Tampoco entiendo muy bien qué pintan los Perón, simples víctimas del ruido que produce la ajetreada vida de Ava Gardner y protagonistas de una subtrama paranoica que no se termina de desarrollar en ningún momento. Luego están los llamativos cameos: Melody como Carmen Sevilla, Mariola Fuentes como Lola Flores, Eugenia Martínez de Irujo como la Duquesa de Alba, Cristina Alarcón como Carmen Cervera (y varios más) son apenas guiños, rostros que se asoman, pero que no son aprovechados para hacer un comentario sobre la época, o sobre el famoso, o sobre algo. Con estos elementos, la serie se deja ver, entretiene y hasta se nos puede escapar alguna carcajada. Quizás, el problema soy yo y no hay que pedirle a Arde Madrid lo que no pretende ser. Yo esperaba un 'Cuéntame' en versión freak o punk. Pero he encontrado una serie tímida, incapaz de sorprender (o de ofender). Un buen producto en un blanco y negro que, en realidad, es una gama de grises.

TRES CARAS -CINE PROTESTA


Jafar Panahi convierte de nuevo su coche en el escenario de su película, o más bien, en la cámara desde la que, como director, rueda una historia que ocurre en el asiento del copiloto que ocupa su protagonista, la actriz Behnaz Jafari (como ella misma). Tres caras se ve desde la ventanilla del coche de Panahi y lo que nos muestran dentro de ese marco, aparentemente tan limitado, es algo tan grande como un país, Irán, y su gente. Algo que se ha convertido en el tema principal de la obra de Panahi -también en Taxi Teherán (2015)- tras ser condenado a no poder hacer cine durante 20 años, porque sus películas 'atentan' contra el sistema. Esas limitaciones le obligan a tener un rigor maravilloso en esta película. La confusión entre realidad y ficción -todos los intérpretes hacen de sí mismos, el uso de actores no profesionales- juega su favor y le da un realismo documental al film que resulta muy poderoso. Plantear la película desde un coche obliga a ingeniar soluciones de planificación muy interesantes, a jugar con el punto de vista y el fuera de campo de forma muy estimulante, a obligarse a contar esta historia respetando la unidad de espacio -aunque sea una road movie- y tiempo -ocurre prácticamente en tiempo real, y la forma en la que se va haciendo de noche durante el relato me parece maravillosa-. Panahi hace un retrato de la sociedad iraní -aquí rural, en Taxi Teherán era urbana- a la que pinta amable, pintoresca, pero también de forma muy crítica. Son conservadores, machistas y retrógrados: prefieren pitar desde sus destartalados coches antes que ensanchar una carretera. Eso, además de estar alarmantemente anclados en un pensamiento mágico. Este es el marco que sirve de trasfondo a la historia de tres mujeres: la mencionada Behnaz Jafari, la joven Marziyeh Rezaei y la veterana estrella Shahrzad, que también tiene prohibido hacer cine. Estas tres mujeres, en realidad, son la misma en diferentes momentos de una vida y personifican lo que tienen que sufrir las artistas por la mala fortuna de haber nacido en la sociedad antes descrita. Ganadora en Cannes del premio al mejor guión, es admirable cómo Panahi habla de la represión sin entrar nunca en el territorio de lo político. 

EL ÁNGEL -CUENTOS AMORALES


Basada en hechos reales, El ángel es la historia de Carlos Eduardo Robledo Puch, condenado a cadena perpetua con solo 20 años en la Argentina de principios de los años 70. Pero cuidado, porque no estamos ante un biopic al uso. El tratamiento de comedia negra que hace el director Luis Ortega, convierte esta película en un entusiasta canto a la libertad, que, si alguno se la toma demasiado en serio, puede parecer incluso irresponsable. El film sigue el patrón del cine de gangsters clásico: en aquellas, el protagonista realiza todo tipo de fechorías, para luego caer -muerto o apresado- ante las fuerzas del orden, en un final moralista que buscaba ocultar el placer inconfesable que sentimos al ver a un (anti)héroe alzarse por encima de la ley. Esa fantasía de poder, de violencia, sexo y riqueza es lo que vemos en esta película seleccionada en el Festival de Cannes. El protagonista, interpretado por Lorenzo Ferro, es un tipo irresistible: carismático, aniñado y con los labios carnosos del Jean Paul Belmondo de Al final de la escapada (1960). El personaje parece el súperhombre de Nietzsche: sin remordimiento alguno, no le da valor a la propiedad privada, a la moral de su época o a las vidas ajenas. En algún momento afirma que, todo, para él, es como un juego. Esa declaración de intenciones es también la descripción de un psicópata. La película nos hace seguir las andanzas criminales de Carlitos -he pensado en el cine quinqui español de los años 80- por lo que, inevitablemente, nos pondremos de su parte. La película es una fiesta de transgresión e incorrección, que se esmera por llevar las cosas cada vez más lejos: de los robos en casas vacías a los asesinatos gratuitos. El guión no tiene interés en desarrollar un argumento, ni a unos personajes que están condenados desde el principio. Es mucho más libre que eso. Es capaz de detenerse en una actuación musical -Corazón contento por Palito Ortega- o enseñarnos cómo Carlitos quema un coche, solo por el placer de verlo en pantalla. Tiene esta película la extraña capacidad de recuperar la inocencia perdida del cine, de que sus escenas parezcan nuevas. Y sobre todo lo que consigue la historia es entretener a fuerza de encadenar situaciones, de hacernos reír con su sentido del humor negrísimo, y con el ya mencionado carisma de sus personajes. La química entre Ferro y Ricardo 'Chino' Darín nos deja con ganas de más, pero también están los secundarios encarnados por Cecilia Roth, Luis Gnecco, Daniel Fanego, Mercedes Morán y Peter Lanzani. Pocas veces tenemos la oportunidad de ver una fauna tan atractiva. Nos quedaríamos a vivir con estos indeseables. Visualmente estimulante, estéticamente pop y con temas rockeros de los años 70, es imposible aburrirse con El ángel. No busquéis coartadas psicológicas, ni una crítica social. Aunque la sombra de un régimen militar se asome inevitablemente.

COLD WAR -HISTORIA, AMOR Y CINE


Cold War es una de las mejores películas que he podido ver este año. Nominada a la Palma de oro en Cannes, el nuevo film del polaco Pawel Pawlikowski -tras el éxito de Ida (2013), que ganó un Oscar a la mejor cinta extranjera- tiene todos los elementos de una gran obra. Entra por los ojos, con una magnífica fotografía en blanco y negro -firmada por Lukasz Zal-, y el formato cuadradle da un empaque de cine clásico. Una estética retrque choca con su moderna estrategia narrativa: Cold War está montada a fuerza de cortes bruscos, que cercenan el planteamiento y el desenlace de las escenas, dejando desnudo el nudo dramático de cada momento y catapultando hacia adelante la historia. Pawlikowski cuenta mucho, toda una vida, en poco tiempo. En el vagón principal de este tren desbocado, dos personajes. Primero, Wiktor (Tomasz Kot) un músico con el aspecto de un héroe existencialista de cine negro. Habla poco y fuma mucho. Pero sobre todo, hay que hablar de Zula, una mujer fatal, interpretada por Joanna Kulig, de físico magnético, que experimenta cambios fisionómicos increíbles durante la película y que compone una interpretación inabarcable: la conocemos como una misteriosa muchacha de pueblo, pero luego la veremos como una sex symbol de la Nouvelle Vague y hasta como una gran señora en decadencia, casi como una nueva Gena Rowlands. Resulta difícil dejar de mirar a Kulig en cada plano. Su personaje es conflictivo, es el misterio y el drama de la historia y bien puede representar a toda las mujeres que se pueden amar en una vida. Con estos elementos, Pawlikowski fabrica una historia río, ambientada en Europa justo tras la Segunda Guerra Mundial, cuando el comunismo comenzaba a ahogar a sus pueblos. Hay momentos vibrantes y hermosos -las actuaciones musicales, el tema sobrecogedor que sirve de leitmotiv y que muta de canción popular a balada de jazz-; momentos sublimes -el paseo nocturno por el Sena-, arrebatados -Zula dejándose llevar por los primeros compases del rock & roll-. La historia se cierra con un final sorprendente, calmado, íntimo y místico. Cold War habla del amor imposible y de la imposibilidad del amor. También de la valentía necesaria para vivir esa gran historia romántica que todos llevamos dentro y que pocos hacen realidadPero sobre todo reivindica la búsqueda de la felicidad individual, por encima de los vaivenes políticos de los tiempos que nos hayan tocado vivir.

IRON FIST -TEMPORADA 2- EL INMORTAL



La primera temporada de Iron Fist pasa por ser la peor de las series Marvel de Netflix, que en orden de calidad serían Jessica Jones, Daredevil, The Punisher, The Defenders, Luke Cage y la que nos ocupa. En mi opinión, la primera entrega sobre las aventuras de Danny Rand (Finn Jones) no estaba tan mal. Fallaba, quizás, al proponer un drama casi shakesperiano que enfrentaba a los herederos de un reino -la corporación Rand- como lo son Ward (Tom Pelphrey) y Joy Meachum (Jessica Stropup) con el protagonista. Digo esto porque, quizás, un personaje como Puño de Hierro, nacido en la Marvel de los setenta al calor de la fiebre por el kung fu y Bruce Lee, requería un tono más ligero, con más acción. Resumiendo, más peleas y menos drama. Por suerte, esta segunda temporada es una sorpresa al mejorar, considerablemente, en estos aspectos. Para mí, las razones de esta mejoría están en una trama más centrada y directa, el haberle dado más importancia a las peleas -hay más y creo que son mejores-, y la eliminación de las subtramas y escenas de relleno, que suelen lastrar, en general estas series de Netflix.

Así, ahora Danny Rand se enfrenta al que fue su hermano en la fantástica ciudad de K´un-Lun, Davos (Sacha Dhawan) -Serpiente de Acero- que se erige como el villano principal. Davos es un personaje con matices, relativamente interesante, que se beneficia de una interpretación visceral de Dhawan. Sin abusar de los flashbacks se nos cuenta la infancia de Danny y Davos, rivales para obtener el poder del puño de hierro. El mejor momento es el duelo definitivo entre ambos, ocurrido en el pasado, en el que vemos a los dos personajes ataviados con la máscara que el personaje utiliza en los cómics. Davos es el reverso oscuro que tiene todo superhéroe y eso funciona casi siempre. El argumento agrega además un segundo antagonista, un divertido personaje encarnado por Alice Eve, de doble personalidad, Mary/Walker, que quizás no hace justicia a la María Tifoidea de los cómics, pero que tampoco sobra. Las dos tramas de estos villanos se inscriben en el escenario de una guerra entre triadas en el Chinatown neoyorquino. Una propuesta manida, ya vista, pero funcional y efectiva para suministrar peones para ser aporreados por Iron Fist. Esta guerra de bandas tiene un mínimo contenido social, con una leve crítica del capitalismo voraz que permite tiburones y parásitos. Los peor parados, un grupo de jóvenes rapaces que se buscan la vida a través de pequeños delitos, contrapuestos a las familias desfavorecidas que ayuda Coleen Wing (Jessica Henwick) como voluntaria. Ella es la verdadera estrella de esta segunda temporada: un secreto familiar de su pasado irá ganando importancia, y un giro argumental, sorprendente, divertido e interesante, convertirá a Coleen en la auténtica protagonista. Un poco como la Avispa (Evangeline Lilly) en Ant-Man y la Avispa (2018). Mencionemos también la importante presencia de Misty Knight (Simone Missick), salida directamente de la segunda temporada de Luke Cage. Aquí su brazo biónico tiene mucho más sentido, pero sigo teniendo la sensación de que este personaje puede molar mucho más. Luego están los hermanos Meachum, Ward y Joy, que siguen presentes. La subtrama de la primera es sin duda lo más endeble de todo: no se justifica demasiado su alianza con Davos, ni queda demasiado claro que sus objetivos requieran el enfrentamiento con Danny Rand. La sed de venganza de Joy carece de fuerza. Lo que nos cuentan de Ward está mejor construido, pero creo que su lucha para superar sus adicciones no encaja demasiado bien en el universo fantástico y de artes marciales de la serie. Eso sí, la adicción de Ward permite un interesante paralelismo con la necesidad de Danny Rand y Davos de portar el inmenso poder del puño de hierro. Los superhéroes como adictos, una idea que merecía la pena explorar. Resumiendo, la segunda temporada de Iron Fist es mejor que la primera, más divertida, va más al grano y tiene un final muy loco que parece prometer que, por fin, estos héroes de Netflix se van a dejar llevar por la diversión.

MALOS TIEMPOS EN EL ROYALE -UN HOTEL EN LA FRONTERA


Todo lo que ha hecho Drew Goddard mola. Si buscáis su perfil en IMDB, el director y guionista aparece relacionado con Buffy cazavampiros, Perdidos, Daredevil, Monstruoso, The Good Place y, por supuesto, La cabaña en el bosque (2012). Así que podemos decir que lo primero que busca Malos tiempos en El Royale es, molar. Ambientado en 1968 y con una amplia playlist de música cool -The Supremes, Deep Purple-, la película de Goddard es divertida, sorprendente, absorbente e inteligente. Con cierto aire teatral, centrada en sus personajes, estos son defendidos por actores carismáticos: Jeff Bridges, Jon Hamm, Dakota Johnson, Chris Hemsworth, Lewis Pullman y Cynthia Erivo. El principal referente debería ser Hitchcock: por la importancia que le da Goddard al punto de vista -que irá cambiando a medida que avance la historia-, por el uso del suspense -el espectador sabe más que los personajes- y del mcguffin -ese objeto misterioso que centra la atención-. También por la mirada amarga hacia los personajes -la mayoría negativos- y por el placer -morboso- de mirar, por el voyerismo. Y por ver el cine como un juego en el que el espectador debe participar. Si volvemos a la opera prima de Goddard, La cabaña en el bosque, descubrimos las preocupaciones de este director, que aquí se repiten. Recordemos que en aquella hablaba del cine de terror, dejando al descubierto sus 'defectos' -personajes idiotas, una moral conservadora que castiga a los jóvenes- que explicaba con una historia inteligente -que no intelectual- y muy divertida. Aquí, con el cine de suspense como referente, Goddard también juega a los espejos que en realidad son una ventana, una cámara, o la mirada del director/espectador. Si en La cabaña en el bosque había celdas cúbicas que contenían a todos los monstruos del género terrorífico; aquí esas 'cajas' son las habitaciones del hotel del título. En cada una, un personaje y una historia (oculta). Goddard vuelve a hablar de las apariencias -y por tanto de la ficción-. Ninguno de sus personajes es quien dice ser -todos esconden algo, aunque sea un sueño- y el ir descubriendo los secretos de cada uno es el principal aliciente del film. La película gana mucho en interés mientras va progresando la trama, con giros y sorpresas, hasta atraparnos completamente. Lo único en contra que tiene Goddard es que podamos pensar que Quentin Tarantino ha transitado ya por este tipo de historias. Ha querido la casualidad que el director de Pulp Fiction (1994) esté preparando ahora mismo una película sobre el mismo período, relacionada de alguna manera con los sangrientos asesinatos de la ‘familia’ de Charles Manson. Pero eso no debe impedirnos el poder disfrutar de esta película. Si en La cabaña en el bosque se hablaba de un género cinematográfico y un poco también de sus espectadores, aquí Goddard vuelve a apelar a la teoría de la conspiración para hablar de su país y de sus ingredientes: la fe, los sueños de éxito, pero también de Nixon, de Vietnam, ¿de JFK? y de la pérdida de la inocencia de su nación. Quizás hay que perdonarle al film que resuelva su conflicto final de una forma demasiado complaciente. Pero hay que alabar que se refiera a la idea de su país y que cuestione la realidad de ese relato, que es Estados Unidos de América.