Hay algo de Howard Hawks en la estupenda Los tigres (2025) de Alberto Rodríguez, que sigue los pasos de dos hermanos que se dedican al buceo profesional. Rodríguez exprime al máximo las posibilidades visuales y de emoción que hay en las inmersiones de Antonio (Antonio de la Torre) y Estrella (Bárbara Lennie), dos hermanos, cada uno, con sus conflictos personales. Rodríguez y su guionista habitual, Rafael Cobos, hacen cine clásico según el modelo de Hollywood: una historia directa y clara, la sana intención de entretener al espectador, buenos personajes y un conflicto potente. Hay aquí algo de esas películas de Hawks sobre profesionales de un oficio, personajes definidos por lo que hacen, en las que se nos muestran las relaciones entre ellos, una cierta camaradería, que Los tigres está presente en la tripulación del barco que dirige el Gordo (Joaquín Núñez), formada por buzos a los que dan vida Skone, César Vicente y Jesús del Moral, todos estupendos en sus papeles. La introducción a este mundo del submarinismo, el riesgo al que se someten los que se dedican a ello, es, de por sí, suficiente para generar interés en una película -me viene a la memoria otro título clásico, Bahía negra (1953) de Anthony Mann-, pero en manos de Rodríguez las labores de los protagonistas se convierten además en un thriller de secuencias de máxima tensión, técnicamente impecables, que sumergen -nunca mejor dicho- al espectador en las profundidades marinas para que experimente con ellos los peligros a los que se enfrentan, que no son solo los de la naturaleza de su trabajo-. Todo esto se apoya en la construcción de la relación de los dos personajes principales, esos hermanos marcados por un padre también buzo, que luchan por salir adelante, como he dicho antes, cada uno con sus problemas personales y sus traumas a superar. Rodríguez y Cobos son dos de los cineastas más inteligentes del cine español y saben dotar de humanidad a sus protagonistas de forma sútil -la forma en que Estrella baja la visera parasol del coche para que su hermano pueda dormir mejor-; saben introducirnos en un mundo nuevo con sus reglas y procedimientos, darle un giro genérico a su historia, y, ya puestos, dejar de trasfondo un comentario sobre el estado de las cosas, sobre todo en lo referente al trabajo precario, ese empleo digno que ya no es suficiente para vivir, aunque te juegues la vida. Si a esto sumamos la estupenda fotografía de Pau Esteve y la música de Julio de la Rosa, estamos ante una de las películas más sólidas de 2025.
LAS NOVIAS DE GWANGI
SIEMPRE ES INVIERNO -PERDEDORES
Siempre me han parecido más interesantes las historias sobre personajes perdedores, de esos a los que todo les sale un poco mal y que suelen sentirse incómodos en el mundo. Al menos yo me identifico mucho más con el tipo que se queda sin pareja, que con el que se lleva a la chica. Es un poco ese pesimismo compensado con humor inteligente que es el cine de Woody Allen y un poco también lo que hace David Trueba en Siempre es invierno (2025) bonito y evocador título para la adaptación de su propia novela, Blitz (2014). En ella, el protagonista es un arquitecto residente en Madrid que se presenta a un concurso en Bélgica. Se llama Miguel (David Verdaguer) y es un tipo con gafas que siempre hace chistes a destiempo. Su novia se llama Marta (Amaia Salamanca) y aunque han viajado juntos desde España, volverán cada uno por su lado. En la soledad sorpresiva en la que se encontrará Miguel, en un país extraño para él, se desarrolla esta comedia romántica melancólica, de chistes de media sonrisa, que se inicia con el ruido de una freídora en un kebab, como advirtiendo que lo que vamos a ver tiene poco de grandilocuente y más bien se parece mucho a la vida real, en la que algo tan pueril como enviar un whatsapp equivocado puede arruinar una relación sentimental. Verdaguer funciona muy bien en el patetismo de su personaje, que asume sus reveses con una mueca y siempre tiene una frase de humor inteligente para salir del paso. Es un tipo que odia muchas cosas -los mimos, los cantantes, los arquitectos de éxito- pero su destino cambiará al conocer a Olga (Isabelle Renauld), una mujer bastante más mayor que él. Lo mejor de las películas de Trueba es que se nota que las hace un tipo inteligente, de mirada humanista, cuyas reflexiones te acompañan bastante tiempo después de acabarse la proyección. En Siempre es invierno, Trueba asume un par de riesgos importantes: cuando nos muestra una relación íntima que es poco frecuente en la pantalla y cuando se despega del núcleo dramático en un alargado epílogo, muy literario, que expresa a la perfección que su protagonista está un poco perdido y en busca de algo que le dé sentido a su vida. Lo que hacemos todos.
PREDATOR: BADLANDS -REBELDES
Dan Trachtenberg es ahora mismo el director a los mandos de la franquicia de Predator, y lo hace con un espíritu de serie B que me parece digno de aplauso. Tras la entretenida Predator: La presa (2022) y la animada Predator: Killer of Killers (2025) -ambas disponibles en Disney Plus- Trachtenberg estrena en cines Predator: Badlands (2025), nueva entrega del universo creado por Jim y John Thomas en la mítica película de terror y ciencia ficción de 1987. Si ya hemos visto unas cuantas veces el esquema del cazador alienígena que llega a la Tierra para acosar y matar a un grupo de humanos, en diferentes escenarios y épocas, aquí la cosa cambia radicalmente. El protagonista esta vez es el depredador, Dek (Dimitrius Schuster-Koloamatangi), lo que supone un cambio radical de perspectiva. Eso sí, nos deja sin una máscara tan chula como la que creó en su momento Stan Winston, ya que hacen falta los efectos especiales digitales para que el monstruo puede expresar un rango de emociones más amplio. El protagonismo del clásico antagonista conlleva también la creación de su propio idioma, con su propia pronunciación -que ni los Klingon, vamos- y la expansión de su lore. Este cambio radical puede suponer, claro, el disgusto del fan más tradicional de la franquicia, ese que ya peina canas y que busca infructuosamente revivir el pasado. Pero si aceptamos esta novedad, nos encontraremos con la película perfecta para tener 12 años, una historia de fantasía, llena de bichos extraños de todo tipo, y, de hecho, bastante bruta y sangrienta. El depredador pertenece a una raza, los Yautja, primitiva, belicosa, patriarcal -muy similiar a los primeros Klingon- que cree fervientenemente en la supervivencia del más fuerte. Nuestro héroe es un rebelde dentro su cultura, pero para demostrar su valía se lanza a la aventura de cazar a un monstruo, como hiciera San Jorge con el dragón o Hércules con la hidra multicéfala. La aventura se enriquece con la aparición de otro personaje, Thia -estupenda Elle Fanning, que realmente carga con el peso de la historia- que, para deleite del fan, supone el cruce definifitvo con el universo de Alien. Juntos viven una aventura espacial, llena de acción y humor, una suerte de tebeo de space opera de colores chillones con un trasfondo ciberpunk, el clásico de la saga de Alien, en el que los verdaderos monstruos no son los peligrosos alienígenas sino las grandes corporaciones sin escrúpulos.
BUGONIA -TEORÍAS DE LA CONSPIRACIÓN
De la tragedia saca una comedia Yorgos Lánthimos en la sorprendente Bugonia (2025). El griego vuelve a plantear su cine de la crueldad en este remake del film surcoreano Salvar el planeta Tierra (2003), que Lanthimos convierte en una obra completamente propia y personal. El argumento enfrenta a dos personajes: el terraplanista conspiranoico apicultor Teddy (Jesse Plemons), que parece una caricatura pero es más real de lo que pensamos; y la exitosa ejecutiva Michelle Fuller (Emma Stone), una mujer de éxito que dirige una poderosa empresa. Tras la presentación de ambos personajes, el conflicto estalla cuando Teddy secuestra a Michelle, creyéndola una extraterrestre. La historia se desarrolla como una comedia de humor negro sobre dos personajes patéticos -Teddy es ayudado por su amigo Don (Aidan Delbis)- que tienen el poder sobre una mujer acostumbrada a dar órdenes. En su línea habitual, Lanthimos eleva el grado de crueldad de los que nos cuenta, que al principio parece una parodia inocua, hasta borrarnos la sonrisa del rostro. La violencia y el sadismo que vemos en pantalla, sin embargo, desemboca en carcajas catárticas en un final extremo y desenfrenado -aunque no necesariamente sorprendente-. Bugonia podría ser un relato más de Kind of Kindness (2024) y quizás se resiente por ser demasiado larga, pero aguanta el tipo por el buen ojo detrás de la cámara de Lánthimos, la estupenda fotografía de Robbie Ryan, la estridente música de Jerskin Fendrix, y sobre todo por las magníficas interpretaciones de Plemons y Stone. La historia de la película no es más que un divertimento, pero Lánthimos tiene el talento para escribir entre líneas comentarios muy críticos sobre nuestra sociedad actual: evidentemente hay una caricatura de los conspiranoicos, pero tampoco salen bien parados los que han alcanzado el éxito; por no hablar de las oscuridades a la que nos lleva el director en el retrato de los marginados y resentidos, explotados por las grandes empresas, abusados y olvidados por la democracia, sí, pero que también son lo peor del ser humano, con referencias a la comunidad incel y a los que abrazan el extremismo por la supuesta opresión de lo woke, lo que tampoco significa que el capitalismo, su falta de escrúpulos y sus mentiras, estén libres de pecado. Curiosamente, Bugonia comparte con una película tan diferente como Una casa llena de dinamita (2025) el uso de la imagen de un dinosaurio como metáfora del destino al que parecemos abocados irremediablemente. El mensaje es el mismo.
PUBERTAT -LA UNIÓN HACE LA FUERZA
Hay una metáfora en Pubertat (2025) que me parece tremendamente afortunada: la de hablar de la sociedad a través de la imagen de los castells, esas torres humanas que, para elevarse, requieren que todos los miembros del grupo -la colla- sean solidarios, trabajen coordinadamente y tengan una confianza plena entre ellos, que todos den su consentimiento para un contacto físico que puede llegar a ser tan íntimo como incómodo. En este escenario, la directora, guionista y actriz, Leticia Dolera, introduce el conflicto en un grupo que es casi familiar y una microsociedad: se produce un presunto abuso sexual. Una situación que se complica porque los supuestos autores de la agresión y la víctima son menores, lo que acaba implicando a sus padres y a todos los miembros de la colla. Mi gran problema con esta miniserie es, seguramente, su gran virtud: Dolera apuesta por lo pedagógico antes que por lo dramático. Pubertat me parece más instructiva y necesaria que emotiva. Cada giro de guión y cada personaje parece estar apoyado en una estadística sobre cómo ocurren las agresiones sexuales y cómo se comportan las víctimas y su entorno. En lugar de concentrar el drama en los personajes implicados en el conflicto central, Dolera busca ecos en los personajes secundarios de la trama, pintando un fresco sobre las actitudes machistas, sobre el feminismo, sobre la perniciosa influencia de las redes sociales y la pornografía, sobre los miedos y prejuicios ante una denuncia tan grave. No tiene miedo Dolera de comprometer la verosimilitud de su relato haciendo que casi cada personaje encarne una problemática distinta: un matrimonio disfuncional que solo se excita con el porno; los prejuicios y la represión de la homosexualidad están presentes en hasta dos personajes; las dudas sobre qué significa la masculinidad en el siglo XXI; una relación sentimental marcada por la diferencia de edad que prácticamente es abuso de menores. Todos estos temas están relacionados con cómo afrontamos la sexualidad y la igualdad de género en nuestra cultura y además se mezclan con asuntos sociales, como la inmigración o las desigualdades económicas. La gran virtud de la serie es que Leticia Dolera evita convertir a los personajes en villanos o en héroes, pero tampoco les da el rol de víctimas. Todos tienen sus defectos, sus traumas e incluso los agresores tienen sus motivaciones, sin que ello los justifique. Pubertat no es un panfleto feminista. Y de forma valiente, la propia Dolera cuestiona su imagen pública, reconociendo que nadie tiene todas las respuestas sobre cuestiones tan complejas y espinosas. Las comparaciones con otra serie reciente, Adolescencia (2025) son inevitables: Pubertat me parece mucho más didáctica y útil, si bien es cierto que la de Netflix apuesta mucho más por la espectacularidad -ese innecesario recurso al plano secuencia- y contiene momentos dramáticos más conseguidos, y sus intérpretes vuelan más alto. A la serie de Dolera solo le puedo achacar que no intente contar una historia, sino radiografiar un conflicto social, lo que seguramente es la intención original de su autora. Así que nada que objetar.
OLIVIA Y EL TERREMOTO INVISIBLE -STOP MOTION
¿Quién dijo que el cine infantil no puede ser social? ¿Por qué las películas destinadas a los niños tienen que ser siempre un mero entretenimiento? Otro tanto se puede decir del cine de animación, víctima también de prejuicios similares. Por todo eso, Olivia y el terremoto invisible (2025) tiene que ser recibida como un milagro. Una película de animación, destinada a un publico infantil, realizada en España y, encima, con la técnica artesanal y en vías de extinción de la stop motion, que aborda temas propios del cine más concienciado. El material que firma la directora Irebe Iborra Rizo -este es su primer largometraje- parece sacado de un film de Ken Loach o Fernando León de Aranoa, traducido desde la perspectiva infantil gracias al texto que sirve de base a esta historia, La película de la vida, de Mayte Carranza. La protagonista es Olivia, una adolescente cuya vida, y la de su hermano pequeño, cambia cuando su madre, sin trabajo, se enfrenta a facturas impagadas y al desahucio. Olivia se inventará que todo lo que les pasa es una 'película' para evitarle a su hermano Tim un trauma mayor. Pero la propia Olivia no podrá evitar tener la sensación de que su vida se derrumba por un terremoto invisible. La película aborda entonces una serie de temas que seguramente serán desconocidos para la mayoría de los niños: los desahucios, la okupación, la pobreza energética y el peligro de exclusión social. Asuntos que, muchas veces sin darnos cuenta, invisibilizamos a nuestros hijos de forma, quizás, sobreprotectora. Aquí se abordan estos asuntos utilizando una animación brillante que, si bien no alcanza los niveles de perfección o espectacularidad de los grandes estudios -los pocos que quedan dedicados al stop motion-, sí cuenta con momentos brillantes y absolutamente artesanales. No perdáis la oportunidad de llevar a vuestros hijos a una película diferente, con valores, que provocará la conversación y la reflexión.
ANATOMÍA DE UN INSTANTE -HISTORIA DE ESPAÑA
La obra de Alberto Rodríguez, como director, y de Rafael Cobos, como guionista, casi siempre ha aspirado a contar la historia de España. En Grupo 7 (2012), pasando por El hombre de las mil caras (2016), la serie La peste (2017) y hasta Modelo 77 (2022), esta pareja de autores ha abordado momentos históricos como trasfondo para hacer cine de género, haciendo que el thriller sea más cercano -y aterrador- al apelar a hechos reales más o menos conocidos. La miniserie Anatomía de un instante -estrenada en una fecha tan redonda como el 20 de noviembre de 2025- es, sin embargo, una operación inversa, en la que los hechos históricos pasan a primer plano traducidos al thriller. Apoyándose en el texto de Javier Cercas y en una recreación de época brillante, la miniserie nos cuenta los momentos más tensos de la transición española: desde la muerte de Franco en 1975 hasta el intento de golpe de Estado de 1981. La narración de estos hechos es de por sí interesante, claro: de cómo Adolfo Suárez consiguió convertirse en el primer presidente de la democracia; la lucha de Santiago Carrillo por la legalización del Partido Comunista; las tensiones entre los militares franquistas a las que se tuvo que enfrentar Manuel Gutiérrez Mellado; y por último, la recreación del juicio a los golpistas. Esta lección de historia resulta ágil gracias al guión de Cobos, Rodríguez y Fran Araújo y a un soberbio trabajo de montaje -hasta cuatro créditos figuran como responsables de la edición-, mientras la música del habitual Julio de la Rosa imprime tensión y urgencia a lo que vemos. La aproximación de Alberto Rodríguez a la puesta en escena -apuntemos que Paco Baños firma uno de los capítulos- es scorsesiana, con una inventiva narrativa y visual que echa mano de todo tipo de recursos -travellings, planos secuencia, ralentizados, planos cenitales- para que las imágenes no pasen desapercibidas -en el primer episodio me ha maravillado encontrar un guiño a Siete ocasiones (1925) de Buster Keaton, cuando Suárez coge su coche para ir desde TVE hasta Zarzuela-, además del uso incidental de temas musicales conocidos para terminar de marcar el tono de lo narrado -un tema de Julio Iglesias, por ejemplo, sirve para marcar un (efímero) momento de triunfo para Suárez-. Otro recurso scorsesiano es la necesaria voz en off -de Raúl Arévalo- que impide que nos perdamos en los recovecos de la trama y ante la gran cantidad de personajes que aparecen en el relarto. Y sobre todo, Alberto Rodríguez confía en sus eficaces intérpretes: Álvaro Morte está soberbio como Suárez; Manolo Solo y Eduard Fernández siempre resultan efectivos; un sorprendente Miki Esparbé evita la caricatura, cosa nada fácil; y también hay que destacar a los golpistas: Óscar de la Fuente, David Lorente y Juanma Navas. Anatomía de un instante, en sus cuatro episodios, es un relato apasionante que juega con el punto de vista narrativo pero evita la ambigüedad: lo que cuenta es objetivo, lo que no quiere decir que el relato que se construye, y sus personajes, no tengan luces y sombras.
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