ELVIS -SACÚDETE EN TU CRIPTA


El estilo barroco y la estética hortera de 'brilli brilli' de Baz Lurhmann -Moulin Rouge! (2001)- han resultado ser perfectos para llevar a la pantalla la vida de Elvis Presley. Pero creo necesario aclarar que no estamos ante un relato biográfico al uso -aunque la vida de Elvis aparezca efectivamente retratada a grandes rasgos- sino ante un vibrante musical que se vale de todos los recursos posibles, empezando por la ficción, pero también haciendo uso del documental -con una importante presencia de imágenes de archivo- y hasta de la animación, para conseguir un apabullante despliegue visual. Lurhmann lanza su cámara al aire, la hace volar sobre personajes y escenarios, y utiliza también de forma extraordinaria el montaje -visual y sonoro- para que el relato nos atrape, apoyándose, lógicamente, en las canciones de Elvis, que versiona y actualiza de múltiples formas hasta convertirlas en el verdadero hilo conductor dramático. Elvis es el mejor concierto de tu vida. Y el objetivo de Lurhmann es que nos sintamos transportados por la experiencia: las imágenes inciden una y otra vez en las reacciones del público para dejarnos claro que nunca habían visto nada como el Rey del rock & roll. John Lennon dijo que "antes de Elvis no había nada", pero Lurhmann se toma su tiempo para mostrarnos -porque lo hace con imágenes y música- qué elementos de la cultura (afro)americana se mezclaron en él para convertirle en algo -efectivamente- nuevo y único. Y si en el centro del relato está la figura legendaria y sus movimientos de cadera, alrededor está la historia -contemporánea- de los Estados Unidos: las tensiones raciales, el conservadurismo, la caza de brujas, Vietnam y esos asesinatos políticos que hacen de Elvis la versión musical del JFK (1991) de Oliver Stone. En el fondo, Lurhmann plantea la eterna lucha entre arte y comercio, entre lo establecido y la contracultura, mostrándonos cómo el capitalismo asimila cualquier elemento transgresor hasta convertirlo en merchandising. Elvis es una película sobre la gran estrella, pero contada desde el punto de vista de un hombre maquiavélico, el coronel Tom Parker, un tipo desagradable y mediocre, interpretado por un grandísimo Tom Hanks, que se divierte de lo lindo manipulando y aprovechándose de un talento sobrenatural. Como Salieri y Mozart en Amadeus (1984). Este demonio conseguirá tentar y seducir al elegido, lo convertirá en profeta y luego lo dejará sacrificarse por los pecadores sobre un escenario, ya sabéis, en Las Vegas. Elvis es una película de pelucas y maquillajes aparatosos, sí, pero porque en ningún momento busca el realismo, sino el mito: Tom Parker es un malo malísimo y Elvis (Austin Butler) es pura inocencia, un héroe de melodrama que representa la pureza perdida del arte explotado, degradado y desvirtuado en manos del instinto comercial de los fabricantes de productos que quieren llegar a todo el mundo y que para ello necesitan evitar, a toda costa, ofender a nadie. Elvis, por todo esto, entusiasma, emociona y deslumbra: para mí una de las mejores experiencias en una sala de cine, en lo que va de año.

OBI-WAN KENOBI -LA SECUELA DE LA PRECUELA


Personalmente, nunca he estado realmente satisfecho con casi nada de lo que se ha hecho con Star Wars más allá de la trilogía original estrenada entre 1977 y 1983. La principal razón, claro, es subjetiva: no me interesan las precuelas. Tras ver El retorno del Jedi, de niño, soñaba con una continuación de las aventuras de Luke Skywalker (Mark Hamill), pero George Lucas prefirió mostrarnos lo que había pasado antes: la caída en el lado oscuro de Darth Vader, las guerras clon y la desaparición de la orden de los Jedi. La trilogía de las precuelas siempre me pareció forzada, lastrada por la necesidad de que todo encajase con los siguientes capítulos ya conocidos, lo que le restaba frescura y libertad a Lucas, que encima se complicaba las cosas él mismo obligándose a incluir personajes como R2D2, C3PO o hasta Boba Fett, cuando no había necesidad de ello. En mi opinión, la magia de Star Wars era el misterio del extraño universo que nos presentaban, de su historia, de sus personajes. La decisión de Lucas de explicarlo y enseñarlo todo me resulta frustrante: las Guerras Clon siempre serán mejores como yo las había imaginado y lo mismo me pasa con el pasado de Boba Fett, por citar solo un par de de ejemplos. Ahora, precisamente de esas insatisfactorias precuelas nace la serie de Disney Plus, Obi-Wan Kenobi. Seis capítulos que desarrollan los hechos ocurridos en un período cada vez más corto, el comprendido entre La venganza de los Sith (2005) y Una nueva esperanza (1977). La serie se apoya en el mayor acierto de casting de las precuelas: Ewan McGregor, actor que ha conseguido lo imposible, que relacionemos su rostro con el personaje del maestro Jedi, incluso por encima del gran Alec Guinness. Por un lado, la propuesta tiene interés, al continuar las aventuras del mentor de Luke, pero, como ya he dicho, su alcance es limitado, ya que debe encajar forzosamente con el siguiente episodio. Pasando página sobre ese pecado original, Obi-Wan Kenobi me parece un producto irregular. Primero, porque arriesga al desmarcarse de las señas de identidad de la saga. Star Wars nos ha acostumbrado a la narrativa invisible del cine clásico, que aquí se convierte en la muy presente y temblorosa cámara de tantas y tantas series televisivas. Segundo, relacionamos a los personajes principales de la franquicia -Luke, Leia, Darth Vader- con temas musicales muy conocidos, compuestos por John Williams, que aquí (casi) no se utilizan. Otro asunto son los efectos especiales: aquí digitales, con mucha presencia del croma, una estética que casa bien con las precuelas, pero que tiene poco que ver con la fisicidad de las maquetas y escenarios naturales de las primeras tres películas. ¿Qué quiero decir con esto? Que Obi-Wan Kenobi es Star Wars, pero no lo parece del todo, tiene un sabor algo diferente, que puede producir una sensación de extrañeza difícil de definir.

Dicho todo esto, cualquier comentario sobre un producto Star Wars resulta complicado, porque esta saga despierta pasiones y depende mucho de las expectativas de cada uno. Así, Obi-Wan Kenobi ha sido criticada por la puesta en escena planteada por la directora Deborah Chow, cuya labor detrás de la cámara es meramente funcional. También hay que tener en cuenta que estamos ante una serie enfocada en los personajes, lo que supone más diálogos y menos acción y aventura. Nada que ver con Mandalorian -y El libro de Boba Fett- que tiene un tono de (spaghetti) western en el que predomina la narrativa visual y la acción. Obi-Wan Kenobi, en cambio, opta por desarrollar el estado emocional del protagonista tras los trágicos acontecimientos del Episodio III: la eliminación de los Jedi, la ascensión del Imperio galáctico y sobre todo, la traición de Anakin Skywalker. Pero las situaciones dramáticas de esta ficción parecen poco trabajadas y sin el rigor necesario para que los conflictos nos parezcan resueltos satisfactoriamente. Faltan personajes a la altura del protagonista, que parece una gran estrella interactuando con figurantes, y eso que la serie cuenta con actores carismáticos y solventes como Joel Edgerton o Kumail Nanjiani. La pregunta es si estos defectos son realmente significativos, ya que la presencia del mítico Darth Vader en un nuevo enfrentamiento con Kenobi, es gancho más que suficiente para que todo fan de la saga vea la serie y haga la vista gorda. ¿Quién se puede resistirCreo que nadie.

TENÉIS QUE VENIR A VERLA -VIDA Y CINE


Qué es la vida y qué es el cine parece preguntarse Jonás Trueba en su nueva película, Tenéis que venir a verla, una obra que reflexiona sobre uno de esos momentos bisagra de la vida, el paso de la juventud a la madurez. Para ello, Trueba se sirve de las trayectorias vitales de dos parejas de amigos: los actores Itsaso Arana y Vito Sanz -que ya protagonizaron La virgen de agosto (2019)- son aquí dos urbanitas que parecen empeñados en alargar una existencia sin los compromisos que conlleva formar una familia; luego están Irene Escolar y Francesco Carril, como la otra pareja que ha dado el paso hacia a la vida 'adulta', que aquí se traduce en vivir en el campo -perdonad la digresión, pero no puedo evitar acordarme del 'You gotta see the baby' de la mítica serie Seinfeld (1989-1998), expresión equivalente al título de la cinta que nos ocupa-. Sobre los elementos antes comentados, Trueba ensaya una película fresca, ligera, de apenas una hora de duración, en la que comparte con nosotros conciertos, canciones, libros -Has de cambiar tu vida de Peter Sloterdijk- y paisajes, mientras sus personajes se comportan como podríamos hacerlo nosotros mismos en situaciones tan cotidianas como quedar para tomar algo, sacar la basura, coger un tren de cercanías, visitar la casa de unos amigos por primera vez, compartir un cordero, jugar al ping-pong en una mesa que ya apenas se usa, o dar un paseo por el campo que se convierte en metáfora de ese no saber qué hacer en la vida que todos hemos sentido alguna vez. Lo que dicen y hacen estos cuatro amigos no parece materia dramática, nos recuerdan a personas que hemos conocido, a cosas que nos han pasado, a 'trozos de vida' que parecen no tener demasiada trascendencia. Pero, si estamos atentos, captaremos gestos y frases que revelan las dudas, los anhelos y sobre todo, los caminos no tomados, los proyectos que ya no serán porque la juventud se ha escapado entre los dedos, de estos cuatro personajes. De fondo, además, se puede intuir un escenario social y político: esa pandemia que nos separó y que empujó a unos cuantos a salir de las ciudades, pero también la precariedad laboral, la maternidad y el problema de la vivienda. 
Y con apenas una hora de duración, cuando ya nos sentimos a gusto con los personajes, Trueba nos sorprende echándonos de la ensoñación para decirnos que lo que vemos se parece mucho a la vida pero en realidad es cine y que no estamos en el campo, sino que hemos hecho el esfuerzo de asistir a una sala: otra (buena) costumbre, como la de quedar con amigos, que es necesario recuperar.

LIGHTYEAR -WE DON´T NEED ANOTHER HERO


Lightyear
nace de la secuencia, a modo de prólogo, que abría la estupenda Toy Story 2 (1999), en la que se nos mostraba una aventura protagonizada por Buzz Lightyear (Tim Allen) en la ficticia serie o película que dio origen al -también ficticio- juguete -aunque la excusa, en este caso, fuera un videojuego-. Esa secuencia, repleta de acción y de ingenio visual, acumulaba en unos pocos minutos referencias a clásicos del cine de ciencia ficción -especialmente a 2001: Una odisea del espacio (1968) y a Star Wars (1977)- y dejaba un estupendo sabor de boca. 23 años después, ese concepto se expande en el largometraje que nos ocupa, mostrándonos, de una forma algo forzada, también es verdad, cómo era esa supuesta película que dio pie al merchandising infantil que produjo el muñeco con el que Andy jugaría en Toy Story (1995). En realidad, estamos ante una sorprendente aventura de ciencia ficción, de animación impecable como todo lo que hace Pixar, que se aprovecha del tirón que sigue teniendo el personaje en el público infantil. Lightyear es una simpática cinta de guión eficiente, que no da respiro y que pasa de una idea a la siguiente con asombrosa facilidad y cuyas verdaderas intenciones no se revelan hasta el final de la trama. Aquí, Buzz Lightyear (Chris Evans) no es un juguete, sino un aventurero espacial que comanda una misión interplanetaria que sale mal. La misión del héroe será salvar a los tripulantes de la nave espacial que comanda -suficientes para fundar una nueva colonia- y volver a casa. Hasta aquí puede parecer que nos encontramos ante una película derivativa que busca el puro entretenimiento. Pero pronto la trama se revela más compleja que eso: a las batallas espaciales, los extraterrestres y los robots se añaden las paradojas espacio-temporales que consiguen que la historia sea sorprendente, más interesante y también más oscura. Con secuencias espectaculares y mucho humor, Lightyear es un gran resumen de imágenes y motivos del cine de ciencia ficción: desde El planeta de los simios (1968) hasta Interstellar (2014) con ideas complejas y una secuencia impecable que convierte en sci-fi el prólogo de Up (2009). Debajo de un producto tan entretenido como vistoso, se esconde un discurso sobre el heroísmo: igual que en la primera Toy Story, Buzz Lightyear tendrá que aprender que su impostado heroísmo de serial cinematográfico es menos importante que el bienestar de sus amigos -es decir, del grupo, de la comunidad-. Cuando muchos critican que el predominante cine de superhéroes nos infantiliza haciéndonos soñar con soluciones mágicas a los problemas del mundo, Disney -recordemos, los dueños de Marvel Studios- nos dicen aquí que no existen los milagros y que la sociedad debe unirse para evitar el apocalipsis, o quizás, para acostumbrarse a este. Porque este planeta es el único que hay y no necesitamos otro héroe.

SUNDOWN -CEGADO POR EL SOL


Michel Franco vuelve a dibujar la incómoda realidad de su país, México, en Sundown. Una realidad de desigualdades sociales y económicas abismales, de estallidos de violencia, de una hostilidad tremenda. Franco retrata una sociedad salvaje en la que parece que todos están esperando el momento justo para saltar sobre su presa; buscando aprovecharse de cualquier oportunidad con el único fin de sobrevivir. Una realidad en la que la muerte está siempre presente. El abismo entre los privilegiados y el pueblo era expresado por Franco en la estupenda Nuevo orden (2020) a través de la celebración de una boda (de pijos) y ahora, en Sundown, un complejo turístico de lujo sirve para establecer dos realidades paralelas que coexisten en un orden absurdo en el que unos tienen demasiado y otros nada. Sobre este marco, Franco -escribe y dirige- coloca a un personaje con su propio conflicto individual, Neil, interpretado por un enorme Tim Roth. Toda la trama emana de este personaje, que además es el gran interés de la cinta, porque tendremos que interpretar sus razones para tomar decisiones que cambian su vida radicalmente. Neil es un adinerado británico que pasa sus vacaciones en México que decide abandonar a su familia. ¿Por qué lo hace? Michel Franco nos da apenas unas gotas de información para mantener nuestra atención, dejando siempre en la ambigüedad todo lo que vemos. Neil no abandona a su familia: lo abandonará todo. Renuncia a su vida para mirar siempre hacia el mar y hacia el sol en el cielo. A su espalda, su familia -con la siempre interesante Charlotte Gainsbourg-, su país, su idioma y hasta la ya mencionada convulsa realidad mexicana. A Neil deja de importarle todo, como deslumbrado por un sol, implacable, cegador, que es un elemento visual que aparece una y otra vez en esta película, como también lo hace en El extranjero (1942) de Albert Camus. Y es que quizás estamos ante un héroe existencialista y no ante un hombre que huye de responsabilidades familiares y sociales. No entendemos las decisiones de Neil porque no hay nada que entender: él sabe que sea cual sea la suma de las decisiones que tomemos durante nuestra vida, el resultado siempre será idéntico. La muerte. Ante esa certeza -la de una muerte final sin fe en la trascendencia del alma- todas las decisiones pesan lo mismo, todo es igual y poco importa lo que nos pase. Neil decide quedarse en México como pudo decidir volver a Londres. Nada cambiará realmente para él, pero eso no le libra de las consecuencias de sus actos y de cómo influyen en los que lo rodean. Es el precio de la libertad absoluta.

JURASSIC WORLD: DOMINION -LA NUEVA NORMALIDAD JURÁSICA


Conviene recordar que el esquema argumental básico en el que un grupo de aventureros encuentra una jungla en la que perviven animales prehistóricos, para luego llevar a la civilización a uno de esos especímenes extintos, se remonta nada menos que a 1912, en la obra de Sir Arthur Conan Doyle, El mundo perdido. Dicha novela clásica de aventuras fue llevada al cine -mudo- en 1925, con efectos especiales del pionero Willis O'Brien, que sería el creador de King Kong, el gigantesco simio protagonista de la película de 1933 que, con variaciones, repetía el mismo argumento ideado por Doyle. No es casualidad, por tanto, que las enormes puertas que se abren para entrar al Parque jurásico (1993) sean un homenaje a las de King Kong, ni que la continuación de 1997 se titule El mundo perdido. Todas las secuelas posteriores a la primera película de Steven Spielberg -que adaptaba la novela de Michael Crichton- han recreado, de una forma u otra, el mismo esqueleto argumental, y cada una de ellas ha sido -es mi opinión- menos satisfactoria que la anterior. Si en 1993 pensamos que Parque jurásico era un 'Spielberg menor', y muchos se horrorizaron con la secuela, hoy, creo yo, ambas películas son estupendas muestras del talento del director para el cine comercial y, sobre toda la primera, está cerca de convertirse en un clásico. No se puede decir lo mismo de la tercera parte, dirigida por Joe Johnston, que es un divertimento de serie B, muy disfrutable pero menor. Jurassic World (2015) fue el reboot de la saga, un estimable intento de revitalizar la franquicia, lastrado por la nostalgia, al que seguiría la extravagante El reino caído (2018), en el que Juan Antonio Bayona se llevaba la franquicia a su terreno, metiendo a los dinosaurios... en un caserón gótico. Pocas esperanzas quedaban por tanto de que la nueva Jurassic World: Dominion resucitase el interés por los dinosaurios. Pero lo cierto es que estamos ante un efectivo blockbuster que solo buscar ser un entretenimiento familiar. Para ello, juega la carta, ya manida, pero válida, de recuperar a los actores de las entregas originales, en un intento desesperado por recrear sensaciones pasadas. Y la verdad es que funciona. Volver a ver a Sam Neil, Laura Dern y a Jeff Goldblum no debería molestar a nadie, todo lo contrario, porque además son estupendos actores. Los tres se unen a los protagonistas de la nueva trilogía, Chris Pratt, Bryce Dallas Howard y la niña Isabella Sermon, lo que, decididamente, conlleva la sobrepoblación de la historia. La gran novedad de esta entrega es que los héroes ya no tienen que viajar a un mundo perdido, ya que los dinosaurios se han expandido por todo el planeta, lo que se cuenta en un prólogo que es lo mejor de la película. Una pena que no se haya querido desarrollar esta idea, que puede parecer absurda, pero, la verdad es que después de una pandemia mundial, un clima enloquecido y una guerra, convivir con dinosaurios no parece tan descabellado. Jurassic World: Dominion es una película de Parque Jurásico postcovid, que reitera sus temas ecologistas, sus advertencias sobre el daño que hace el ser humano al planeta y sobre la manipulación genética, solo que ahora todo eso ya ha ocurrido. La película -conscientemente o no- nos presenta un mundo nuevo y refleja desastres naturales que estamos viviendo en la vida real -plagas de langosta, incendios forestales terribles, animales que invaden la civilización- y nos dice que la única forma de sobrevivir es aprender a convivir con la nueva situación. La película se resigna a que los dinosaurios ya no importan demasiado, que los hemos visto a todos -aunque aquí aparecen varios nuevos- y plantea un thriller de científicos locos, manipulación genética, clones, multinacionales sin escrúpulos y terrorismo ecológico. Las secuencias de humanos huyendo de voraces dinosaurios son casi un añadido: los vemos en escenarios imposibles -las calles de Malta- que el director, Colin Trevorrow, utiliza para proponer electrizantes set pieces de acción o de terror que convierten la película, de nuevo, en algo parecido a un parque de atracciones. Una cinta palomitera que relaciona hábilmente -aunque sin brillo- tramas de cada película de la saga, dándole un cierre satisfactorio, aunque no memorable. Y a pesar de que se agradece el intento de hacer evolucionar la historia de los personajes, sobre todo en lo que se refiere a sus relaciones personales, el esquema, inevitablemente, vuelve a ser el de siempre. Aventureros en una jungla enfrentados a animales prehistóricos. La historia puede parecer siempre la misma, pero quizás en los años 20 y 30, penetrar en el mundo perdido tenía que ver con la bestia oculta en el inconsciente, y en los año 90 con el miedo a que la tecnología domine nuestra vida -el complejo de Frankenstein- pero en 2022, tras varios conatos de apocalipsis, el mensaje parece tener que ver con que los dinosaurios también dominaron la Tierra y ahora, están extintos.

GARRA (HUSTLE) -I LOVE THIS GAME


No creo que se pueda recomendar Garra (Hustle) -disponible en Netflix- más que a los fans del baloncesto -especialmente de la NBA- y quizás, claro, a los seguidores de Adam Sandler. El argumento plantea como protagonista a Stanley Beren, un 'ojeador' de la liga de baloncesto profesional estadounidense que aspira a ser entrenador y que viaja constantemente por todo el mundo buscando a la joven promesa del deporte. Su hallazgo es el español Bo Cruz, interpretado por Juancho Hernangómez -que ha jugado en Denver, Boston o Utah- y que da vida a un joven de Mallorca que trabaja en la construcción pero se entretiene en partidos callejeros de baloncesto. Como una versión baloncestística de Karate Kid (1984), pero contada desde la perspectiva del señor Miyagi, Garra se desarrolla apoyándose en la relación entre Stanley y Bo, en su camino para llegar a la mejor liga del mundo. Pero hay más que eso. Lo que despide esta película producida por la estrella Lebron James -que no aparece en la cinta- es puro amor por el baloncesto: el que sienten los jugadores, entrenadores, agentes y, por supuesto, los meros espectadores. El director, Jeremiah Zagar, nació en Philadelphia y se nota en cómo refleja el ambiente en una ciudad que ama el baloncesto y que tiene por ídolos a sus grandes jugadores históricos. De hecho, la película cuenta con interpretaciones de leyendas como Julis 'Dr. J' Erving o 'Doc' Rivers además de estrellas actuales como Trae Young. Un nutrido elenco de jugadores de la NBA -y también del baloncesto español-, que están sorprendentemente bien en sus breves papeles, y que ayudarán a transportar al fan a un lugar emocional en el que acabará incluso por emocionarse. A esto ayuda también el carisma de Adam Sandler y las interpretaciones de un legendario Robert Duvall, o la humanidad de Queen Latifah y nuestra María Botto. El guión juega de manera muy inteligente con el tema de la paternidad y de cómo intentamos transmitir a nuestros hijos ese amor que sentimos por una determinada afición, puede ser cualquier, pero en Garra se trata, obviamente, del baloncesto. Esa pasión por un deporte -o por la lectura, el cine o la naturaleza- no es una mera afición sino una forma de encarar la vida, unos valores y la sensación de pertenecer a algo. Garra no es la película del año, ni de lejos, pero como aficionado a la NBA de toda la vida, sí que tengo que reconocer que ha tocado un punto sensible en el que esto escribe.

STRANGER THINGS -¿UNA PÉRDIDA DE TIEMPO?


Stranger Things se despide de sus fans en Netflix a lo grande con una cuarta temporada -dividida en las ya habituales dos partes- que es la más cara de toda la serie y que cuenta con episodios más extensos de lo habitual. Una circunstancia que ha alegrado a los seguidores de la creación de los hermanos Duffer pero que a mí, que nunca me convenció esta nostálgica ficción, me ha sumido en la desesperación. Creo que un mayor presupuesto y una mayor duración han conseguido que cada episodio sea más grande, más espectacular y más terrorífico -más o menos-; pero también se ha amplificado el gran defecto presente desde la primera tanda entrega de Stranger Things. En mi opinión, esta serie tiene poco que contar y lo que narra está expuesto de una forma nada satisfactoria. La primera temporada funcionaba mejor porque no sabíamos lo que estaba pasando y descubrir el enigma hacía que la trama tuviera interés, aunque el argumento diera vueltas y vueltas, sin mucho sentido y de guiño nostálgico en guiño nostálgico. Una vez conocido el origen de Eleven, la conspiración que hay detrás y la naturaleza del mundo del revés, lo que nos cuentan pierde interés porque no hay desarrollo de personajes, ni temas de fondo, ni una narrativa brillante, lo que llevó a que la segunda y tercera temporadas fueran muy criticadas. 

Este defecto se agudiza en esta cuarta temporada, ya que con capítulos que superan los 60 minutos de duración y con un episodio final que es un largometraje, las tramas se alargan y se estiran de una forma que encuentro excesiva. Los Duffer dividen la historia en varias tramas, ya que son muchos los personajes en la trama: a los que se han ido acumulando en tres temporadas, se suman algunos nuevos y se recuperan otros que creíamos haber dejado atrás. Este recurso, que normalmente imprime ritmo y agilidad a lo narrado, ya que saltando de una trama a otra no da tiempo a aburrirnos, aquí me parece contraproducente, ya que no hay avance, prácticamente, en ninguno de los frentes abiertos hasta bien avanzada la temporada. Por no decir hasta el final de la misma. Así, he tenido que soportar un primer episodio dedicado a... ¡Un partido de baloncesto! Que encima se alterna con algo tan cinematográfico como una partida de un juego de rol. Eso sí, ambos eventos aparecen rodados a todo lujo, con la cámara volando sobre una grúa y decenas de figurantes en el público que asiste al partido. Pero ¿Era necesario dedicar tanto tiempo a estos eventos? Yo creo que no. Asimismo, encuentro excesiva la división del argumento en cinco tramas diferentes, lo que diluye el punto de vista y hace que el protagonismo sea más coral que nunca. ¿Dónde quedan los cinco niños que dieron inicio a la historia? Yo los veo relegados a roles casi secundarios. Poco importa, porque si algo encuentro irritante en Stranger Things es un desarrollo de personajes muy pobre: realmente no sabemos demasiado de ellos -Mike Wheeler (Finn Wolfhard) me parece especialmente soso- y resulta increíble que, a pesar de haber compartido con ellos tantísimas horas de aventuras, su interés siga dependiendo casi exclusivamente del carisma de los actores que los interpretan. Volviendo a las tramas que componen la historia, encuentro muy frustrante la que atañe a Jim Hooper -estupendo David Harbour- que necesita más de seis capítulos para que su situación varíe mínimamente. Otra subtrama irritante es la de los abusones del equipo de baloncesto, capitaneados por Jason Carver (Mason Dye), que representan los prejuicios sociales contra el diferente -el gran tema de la serie, aunque siempre tratado desde lo superficial-, el matonismo y el acoso escolar, pero que se pasan todos los episodios buscando a su presa, sin encontrarla nunca (lamento el spoiler). Eso sin contar que el personaje está tan mal escrito que nunca resulta amenazador y que sus acciones son, más bien, poco creíbles.

Stranger Things impide que sus personajes evolucionen, ni siquiera para reflejar la edad que tienen ahora en pantalla, elemento que se desaprovecha completamente. En la mayoría de las películas de los 80, el adolescente de turno echa de menos a su padre (o a su madre), sufre acoso escolar, y luego se convierte en un héroe que salva al mundo. Aquí, Eleven (Millie Bobby Brown) ha salvado al mundo ¡Cuatro veces! y ahora resulta que es la víctima de todos los abusones. Su trama solo sirve, además, para recuperar personajes, escenarios e ideas de la primera temporada en un reciclaje poco estimulante que apuesta por la retrocontinuidad. Por lo demás, esta primera mitad de la cuarta temporada es casi un remake de la temporada original, con los acostumbrados -y simpáticos- robos argumentales de Stephen King y los homenajes también simpáticos pero gratuitos -Robert Englund en una escena sacada de El silencio de los corderos (1991)- a películas de los años 70 y 80: especialmente a Pesadilla en Elm Street (1984). Así, tras más de seis horas de un argumento que da vueltas sin mucho sentido -aunque hay que reconocer algunos momentos estupendos, como la historia narrada en flashback de Victor Creel-, llegamos al episodio final de la temporada en el que, por fin, encuentro lo que buscaba desde el principio: acción, fantasía, terror y aventura. El capítulo final de este primer volumen de Stranger Things es estupendo. Como ya he dicho, tiene la duración de un largometraje y, aún así, prescinde completamente de dos de las cinco tramas que se han estado desarrollando durante la temporada -¿Por qué será?- que quedan, con sus respectivos personajes, completamente olvidadas hasta el segundo volumen. Eso deja espacio para escenas espectaculares y una acción más concentrada, aunque el final se vea estropeado por una secuencia expositiva de puro diálogo que desvela, de la forma más torpe posible, la identidad del gran villano de esta tanda de episodios. Uno de los grandes defectos de esta temporada es que el argumento se alarga tanto que las sorpresas argumentales se desactivan, acaban desvelándose a sí mismas, terminan cayendo por su propio peso.

En mi opinión, Stranger Things es una serie simpática, para pasar el rato, cuya calidad, quizás, no justifica el dedicarle más de siete horas de nuestras vidas. Con la inabarcable oferta de ficción y entretenimiento que tenemos, cuando más de uno se queja porque películas como Drive My Car, -una de las mejores obras del año- dura tres horas, no entiendo que se dedique tanto tiempo a una serie que seguramente ha sido consumida de un tirón, durante el fin de semana de su estreno en Netflix. Quizás es porque la narrativa descromprimida de la serie permite verla mientras se consulta el móvil o se comparten comentarios en Twitter. No os vais a perder nada. Una forma de experimentar historias que, irremediablemente, conlleva el olvido casi instantáneo de lo visto. Nada que objetar. Si habéis disfrutado viéndola, me parece suficiente. Pero no dejo de tener la sensación de que hay mejores cosas que hacer con nuestro tiempo.

TODO A LA VEZ EN TODAS PARTES -LA PEOR PERSONA DEL MULTIVERSO


En la obra maestra El moderno Sherlock Holmes (1924), Buster Keaton jugaba con la narrativa cinematográfica -que entonces estaba todavía en su infancia- para crear una secuencia cómica inolvidable: el protagonista, un proyeccionista, se quedaba dormido durante una sesión y en sueños entraba a formar parte de la película, siendo víctima nada menos que del montaje. Con cada corte, el héroe se veía sorprendido por un cambio de escenario y de situación: si en un plano se lanzaba al agua, al siguiente se daba un tortazo al estrellarse con el suelo seco. Todo a la vez en todas partes recupera el hallazgo visual de Keaton y juega también con el lenguaje cinematográfico, casi 100 años más tarde, para expresar la idea de que la protagonista tiene otras existencias en eso que llaman el multiverso. Así, la cinta utiliza como premisa argumental que cada decisión que tomamos genera una línea temporal en la que nuestra vida se ha desarrollado de forma diferente. ¿Qué pasaría si pudiésemos sacar provecho de todas esas vidas no vividas? La idea sería del gusto del existencialista Albert Camus, que volcó sus pensamientos filosóficos en el libro El mito de Sísifo (1942) que parecen haber leído Dan Kwan y Daniel Scheinert, directores y guionistas de esta estupenda obra que mezcla el drama familiar, la ciencia ficción, la comedia y la acción -todo a la vez- en una de las películas del año, producida, ojo, por los marvelianos hermanos Russo. Todo a la vez en todas partes es la mezcla imposible entre The Farewell (2019) y Terminator (1984) y Matrix (1999), con referencias irresistibles a Tigre y dragón (2000) -porque se aprovecha la figura de la actriz Michelle Yeoh-, Deseando amar (2000), Ratatouille (2007), 2001: Una odisea del espacio (1968) y, por supuesto, Los Goonies (1985). Y si el cartel parece remitirnos a algo como Kung Fu Sion (2004), la verdad es que esta extraña película esconde un emotivo drama humano sobre la relación entre una madre (Yeoh) y su hija (Stephanie Hsu). Un tema que, tratado de forma naturalista, puede dar como resultado una obra como Cinco Lobitos (2022), pero que aquí da pie a un pastiche de referencias, a una reflexión existencialista, y a cine sobre el cine. Evelyn Wang, la protagonista, es una mujer que despierta -como diría Camus- al absurdo de la existencia. A ese sentirse como un actor divorciado de su escenario, que da vueltas en círculo -como Sísifo- una y otra vez, sin encontrarle sentido a nada. Pero a través de situaciones imposibles de acción, terror y humor, irá aprendiendo que, si nada tiene sentido, tampoco vale la pena preocuparse por todo, ni ser infeliz. Si todo da igual, todo es posible. La pareja formada por Dan Kwan y Daniel Scheinert ya nos deslumbraron con la muy original y referencial Swiss Army Man (2016) y ahora se confirman como autores capaces sorprender y de crecer con esta nueva propuesta que es imprescindible ir a ver, ahora mismo, a una sala de cine.