HAMNET -SER O NO SER


Afirma Albert Camus en El mito de Sísifo (1942) que el suicidio es el único problema filosófico verdaderamente serio. Plantearse si vale la pena vivir ante una existencia absurda y carente de sentido. Y quizás se puede interpretar en el mismo sentido la célebre frase del Hamlet de William Shakespeare: 'ser o no ser, esa es la cuestión' que planteaba sobre el escenario el príncipe de Dinamarca, consumida su alma por la sed de venganza. Hamnet, la popular novela de Maggie O'Farrell y la película dirigida por Chloé Zhao, parece concebida para explicar cómo habría llegado Shakespeare a acuñar la frase que, quizás, resume mejor la angustia intrínseca a la existencia humana. El argumento adaptado por O'Farrell y Zhao nos presenta a dos jóvenes, Agnes (Jessie Buckley) y William (Paul Mescal) y su historia de amor en la Inglaterra del siglo XVI. Zhao huye de la recreación histórica más encorsetada y busca el realismo, gracias al uso de escenarios exteriores y naturales, y a la fantástica fotografía del polaco Lukasz Zal, que imprime veracidad a todos los planos sin renunciar a una calidad pictórica alucinante. Ese realismo, presente en -casi- toda la filmografía de Zhao, apuntala la tragedia que vamos a presenciar. Es importante destacar que los dos personajes principales son retratados como rebeldes, él es un profesor enamorado de las letras, ella tiene fama de bruja. Ambos viven al margen de la sociedad, en constante fricción con las reglas y normas sociales, familiares y religiosas. Los dos sufren traumas por su relación pasada con sus padres. Es por esto que el centro de la trama está en cómo estos dos personajes deciden tener hijos y formar una familia, una fuente de felicidad y de realización existencial, sí, pero también un motivo de preocupación y de sufrimiento. Con ocho nominaciones a los premios Óscar y dos Globos de Oro, Hamnet es un drama extremo sobre la pérdida, el duelo y sobre cómo la ficción -el arte- tiene una valiosa función catártica para exorcizar las penas ineludibles de la vida. No solo a los creadores sino también a los que somos meros espectadores: el clímax de la película en el famoso Globe Theatre es el punto álgido de la propuesta de Zhao donde consigue la máxima emoción. La directora se apoya en portentosas interpretaciones: Jessie Buckley parece poseída por los miedos de la maternidad y por el dolor; Paul Mescal se muestra más frágil que nunca como padre ausente y culpable. Emily Watson completa un reparto que le ha valido una nominación al Óscar a la directora de casting Nina Gold. Y si se echa de menos una nominación al Óscar para la fotografía, resulta curiosa la del fantástico compositor Max Richter, que utiliza su pieza On the Nature of Daylight, preciosa, sí, pero que ya hemos escuchado en varias películas y series. Hamnet es una hermosa tragedia, seguramente demasiado emotiva para algunos, que conjuga un realismo inmisericorde con el consuelo de lo sobrenatural: la relación entre los mellizos permite la esperanza de lo sobrenatural. Pero en eso no creía Camus.

SI PUDIERA TE DARÍA UNA PATADA -MALAS MADRES


Si estáis hartos de que os digan constantemente qué hacer, qué pensar, qué opinar, qué tipo de padre o madre debéis ser o qué tenéis que comer y cuánto hay que pesar, dónde aparcar, o lo malo que es fumar/beber/drogarse, y hasta lo que hay que sentir ante los problemas y las desgracias de la vida... pues poca solución os puedo ofrecer. Pero una buena forma de lidiar con esos problemas comunes a todos está en la ficción, en el arte, en el cine. La actriz y directora Mary Bronstein ha puesto este malestar existencial en una película estupenda con un título maravilloso Si pudiera te daría una patada (2025), y con una aliada fantástica en la actriz Rose Byrne. La protagonista de la historia es Linda, una madre que debe afrontar problemas cotidianos exagerados por el guión hasta el nivel de una pesadilla: su hija sufre un trastorno que la obliga a recibir un tortuoso tratamiento, su marido es una figura ausente por su trabajo y, para colmo de males, el techo de su casa se derrumba, lo que la obliga a mudarse a un hotel. Linda se enfrenta al estrés de su trabajo como psicoterapeuta y a la incomprensión de su propio analista, al que da vida un estupendo Conan O´Brien. Lo que hace muy bien Bronstein es fabricar un clima hostil alrededor de Linda, que se siente juzgada por todos los que la rodean mientras intenta sobrevivir y mantener la fachada de ser una buena esposa, una profesional competente y, sobre todo, una buena madre. Bronstein, que se reserva para sí misma un pequeño y divertido papel -la malvada doctora Spring- desarrolla una película que arranca como un drama realista asfixiante y claustrofóbico -la cámara se mantiene en todo momento muy cerca del rostro de Byrne- pero que poco a poco va mostrando destellos de un humor negrísimo que estalla en secuencias memorables -la tensión es tremenda en la escena del hámster- que propician una risa, quizás nerviosa, pero seguramente catártica. Bronstein aborda temas muy serios como la salud mental, la maternidad, el feminismo y lo políticamente correcto -y la silenciosa tiranía derivada del mismo- con una mirada muy inteligente y sobre todo divertida. Y la directora no tiene miedo a trascender el realismo para buscar lo poético: el agujero en el techo de la casa es el mismo que tiene su hija en el abdomen y cuando Linda mira dentro, el agujero, como avisaba Nietzsche, le devuelve la mirada, con todos sus miedos y sentimientos destructivos.

DIE MY LOVE -OTRA MUJER BAJO LA INFLUENCIA


En Die My Love (2025) se pierde un paraíso. El mandato biológico y las convenciones sociales más conservadoras nos han inculcado el amor romántico, la vida en pareja, la maternidad y la familia como las vías más directas a la felicidad. Pero ¿Qué pasa si teniendo todo esto no lo somos? Grace se va a vivir con Jackson a una casa en el campo donde tienen un hijo, Harry, un bebé "perfecto". Sus días transcurren plácidamente en el calor del verano, bailando divertidas canciones de rock and roll al máximo volumen y haciendo el amor a todas horas. Pero algo se tuerce. Las demandas del bebé, la ausencia de Jackson por el trabajo, el fantasma de los celos, un misterioso motorista que merodea alrededor de la casa y se convierte en fantasía sexual, la amenaza del paso del tiempo palpable en los suegros de Grace, todo se conjuga para ensombrecer la vida de esta pareja. Lo que comienza siendo una depresión posparto acaba llevando a Grace a perder el contacto con la realidad; su amor por Jackson se convierte en rencor, la familia se desmorona alrededor de un bebé que, sin embargo, sigue siendo "perfecto". Die My Love es una impresionante suma de talentos: dirige Lynne Ramsay según la novela de Ariana Harwicz y produce Martin Scorsese. Pero, sobre todo, está Jennifer Lawrence que sigue los pasos gigantes de la inalcanzable Gena Rowlands para convertirse en otra mujer bajo la influencia, para desesperación de otro actor estupendo, Robert Pattinson. Junto a ellos, Lakeith Stanfield inyecta carisma, misterio y atractivo sexual. Y Sissy Spacek y Nick Nolte aportan la veteranía de sus rostros arrugados que parecen decir que ellos ya pasaron por todo lo que van a vivir Grace y Jackson. Lynne Ramsay dirige una película expansiva, expresionista, que utiliza la fotografía -Seamus McGarvey-, la música -Raife Burchell, George Vjestica y la propia Ramsay-, y todos los recursos cinematográficos a su disposición para reflejar la psique torturada de su protagonista en una cinta histérica, aterradora y trágica, pero también estimulante y vitalista.

EL CAUTIVO -INTOLERANCIA


Para hablar El cautivo (2025) no se puede obviar que uno de los ganchos de la cinta ha sido la absurda polémica sobre la decisión artística -que no necesita justificación alguna- de mostrarnos a un Miguel de Cervantes homosexual. Pero lo cierto es que estamos ante una historia bien contada, narrada visualmente de forma efectiva, con interpretaciones solventes, pensada para llegar al gran público. Una producción impecable, nominada a siete premios Goya, que de manera admirable juega a la superproducción por la vía de la recreación histórica: el escenario es el Argel del siglo XVI, donde Cervantes estuvo varios años apresado por los árabes. El guión de Amenábar contempla a un narrador externo en la figura del padre Antonio de Sosa (Miguel Rellán) que nos cuenta la historia de Miguel de Cervantes (Julio Peña Fernández), que en la prisión del bajá Hasán (Alessandro Borghi) sufrirá la privación de libertad, torturas y será testigo de numerosas crueldades. Junto a Cervantes conocemos a un grupo variopinto de soldados -Luis Callejo, José Manuel Poga, Albert Salazar- y a un sacerdote, Blanco de Paz (Fernando Tejero). La historia se desarrolla primero como un film casi carcelario con sus constantes: el maltrato de los presos por parte de temibles carceleros, la idea de la injusticia y la posibilidad de una fuga. Pero pronto el guión del propio Amenábar -firma también Alejandro Hernández- se desvía para proponernos una reflexión sobre la necesidad de contar historias. Cervantes decide entretener a sus compañeros con historias que se inventa, que recogen los deseos de los cautivos, y esto llama la atención del bajá que, como en Las mil y una noches, es un enamorado de la literatura que ofrece tardes de libertad a cambio de narraciones al futuro autor del Quijote. Amenábar comienza así a mezclar la película que vemos con la que se inventa Cervantes y, además, con lo que cuentan otros personajes, como los rumores e insidias del padre Blanco de Paz, que difunde algo muy parecido a fake news sobre las costumbres de los infieles. Es este personaje, auténtico villano de la función, el que desvela el que acaba siendo el verdadero tema central de El cautivo: la intolerencia en todas sus formas, ya sea religiosa, sexual o incluso generacional. El guión busca así episodios que reflejen cómo esa intolerancia es la que verdaderamente limita la libertad y genera odio, guerras y muerte. La película funciona, pero hay que achacarle un tono demasiado plano y una narrativa casi televisiva en la que todo se cuenta con diálogos y en la que las imágenes memorables prácticamente no existen. Hay que hablar también de lo obvio que resulta todo, aunque los constantes giros de guión se esfuercen en evitar que nos anticipemos a lo que nos cuentan. Los subrayados musicales -compuestos por el propio Amenábar- son especialmente molestos, y los supuestos guiños a la obra inmortal de Cervantes resultan demasiado evidentes.

LA TUTORÍA


El director noruego Halfdan Ullmann Tondel es nada menos que nieto de Ingmar Bergman y Liv Ullmann, y se estrena en el largometraje con La tutoría (2025), incómoda cinta que lleva al escenario escolar las tensiones y miedos de la sociedad occidental actual. Temas como la imposibilidad de ponerse de acuerdo sobre una realidad objetiva cuando hay versiones encontradas; el miedo a la cancelación ante la posibilidad de traspasar unos límites que no siempre son claros; las dudas de una generación sobre cómo criar a sus hijos para que no cometan los mismos errores, se escenifican en el encorsetado y políticamente correcto escenario de un colegio. Una madre (Renate Reinsve) es citada por una profesora (Thea Lambrechts Vaulen) y el director del centro (Oystein Roger) para una tutoría cuando se acusa a su hijo de seis años de conducta inadecuada con otro niño, cuyos padres (Ellen Dorrit Petersen y Endre Hellestveit) también acuden a la reunión. La tensión es máxima entre padres y profesorado mientras la historia -conviene saber lo menos posible- se va desarrollando a través de revelaciones sobre la identidad de los niños y las relaciones previas de sus padres, que tienen un pasado más bien convulso. 
Ullmann Tondel narra todo esto con buen pulso, en principio su aproximación a la historia es realista, pero pronto veremos que este director se atreve con interesantes fugas expresivas que rompen la narración objetiva. Ullmann Tondel no tiene problemas en adoptar fórmulas propias del cine de terror -esos pasillos solitarios del colegio que parecen albergar una amenaza desconocida-, o incluir un número musical con coreografía incluida, o esa lluvia que parece providencial y que empapa completamente al personaje de Reinsve, como purificándola. Pero, sobre todo, La tutoría es un recital interpretativo de la magnífica Renate Reinsve, con momentos muy intensos en los que la cámara permite que la actriz acapare la atención: no solo en la lúdica secuencia de baile ya mencionada, sino en los diferentes estados de ánimo que abarcan todo el espectro emocional -miedo, rabia, culpa, deseo sexual-, que podemos resumir en la catártica secuencia del incontrolable ataque de risa en la que Reinsve se deja llevar, hipnotizando a la cámara, al director, y al espectador.

SATURDAY NIGHT -EN VIVO Y EN DIRECTO


¿Qué es la comedia? Los grandes cómicos parecen responder a la manida imagen del payaso llorando, como si fuera necesaria una herida muy profunda en el alma para ser capaz, paradójicamente, de hacer reír a los demás. El mítico programa de televisión estadounidense, Saturday Night Live, que sigue emitiéndose desde 1975 en la cadena NBC y en directo, consiguió convertir en estrellas a una increíble cantidad de cómicos polémicos, excesivos y trágicos, empezando por John Belushi y el agresivo Chevy Chase, sin olvidar al entrañable Chris Farley o al marciano Andy Kaufman. Las personalidades complicadas, el abuso de las drogas y el alcohol marcan la leyenda de un programa que surgía de la contracultura estadounidense cuando todavía se estaba librando la guerra de Vietnam. El programa fue la idea de un escritor y productor, Lorne Michaels, que aparece como protagonista en la película del mismo nombre Saturday Night (2025), dirigida por Jason Reitman, hijo de Ivan Reitman, autor de un puñado de estupendas comedias de los años 80 en las que, precisamente, trabajo con actores que dieron el salto al cine desde aquel formato televisivo, como Dan Aykroid o Bill Murray. Aquí, Lorne Michales -interpretado por- es un joven ambicioso que busca iuna suerte de revolución catódica, sin saber muy bien lo que eso significa. El programa que tiene en su cabeza es una innovadora amalgana de sketches en directo, cortometrajes pregrabados, actuaciones musicales y hasta los muppets de un genio como Jim Henson. Pero cuando comienza la película nada de esto está claro. Ni siquiera que el presidente de la cadena (Willem Dafoe) vaya a dar su visto bueno para la emisión del nuevo show. Así que Saturday Night está planteada como una cuenta regresiva hasta el momento de la emisión ¿Estará listo el equipo? ¿Serán suficientes los ensayos? ¿Firmará su contrato John Belushi? Una carrera contra el tiempo que adopta la forma, pertinente más allá de las modas de 2025, de un plano secuencia, o de varios sucesivos, que intentan transmitir la sensación de caos, inmediatez y urgencia de un programa de televisión en directo. Michaels debe luchar contra técnicos veteranos que se ríen de su juventud -una buena manera de plantear la brecha generacional-; contra cómicos díscolos -precisamente, el incontrolable Belushi y el talentoso, pero agresivo Chase-; además de sus propias inseguridades, una relación sentimental en crisis, las dudas de la cadena y el consumo descontrolado de drogas. El casting representa fielmente a los cómicos originales, se busca y se consigue el parecido físico con las personas reales, y la recreación histórica permite recrear lo que puede haber sido la atmósfera en ebullición de semejante reunión de personalidades artísticas, creadoras y egocéntricas. Reitman no consigue evitar que su película sobre la contracultura se convierta en la enésima historia sobre el éxito y la consecución de un sueño -¿americano?- pero también es cierto que logra capturar la esencia del mítico programa que en definitiva consiste en atrapar eso que llamamos comedia, sea lo que sea.

TRON: ARES


Tron: Ares
(2025) es un desastre sin paliativos, una nueva oportunidad perdida de hacer algo interesante con un universo de ficción, sobre todo, de estética estimulante. Para ser justos, hay que admitir que la película original, Tron (1982) no estaba precisamente bien escrita y sus primeros 40 minutos eran caóticos y difíciles de seguir. Décadas después, la película dirigida por el noruego Joachim Ronning y protagonizada por Jared Leto como Ares, fracasa también y consigue introducir al espectador en esta nueva entrega de una saga que en realidad no existe. La cosa pinta mal desde el principio cuando se nos introduce a la historia a través de confusos fragmentos de informativos que intentan refrescar la película de 1982 y, de paso, presentarnos un nuevo escenario que reitera la idea de conflictos empresariales ya presente en la original, además de introducir un concepto de moda como la inteligencia artificial -que, sin ese nombre, también estaba en la primera película-. Se nos presentan aquí a los nuevos personajes: Eve Kim (Greta Lee), la heroína y Julian Dillinger (Evan Peters), el principal antagonista, además del ya mencionado Ares y su compañera (Jodie Turner-Smith). El problema es que, aunque las escenas se suceden, nunca llegamos a entender del todo las relaciones entre ellos: Eve Kim sufre la pérdida de su hermana (creo) pero esta idea nunca tiene peso dramático; Dillinger quiere dominar el mundo (creo) trayendo al mundo real a los programas del mundo informático. No sé muy bien por qué. Las secuencias informativas y de puro diálogo se suceden de forma confusa -ni siquiera la presencia de la Gillian Anderson consigue darle sentido a sus escenas- y el espectador solo respira en las escenas de acción, que no son más que los momentos clásicos de Tron traídos al mundo real. La mayoría, encima, ya las habíamos visto en el tráiler, verdaderamente astuto ya que consigue vender la película y la sugerente idea de introducir el mundo de Tron en el mundo real. Un concepto visualmente potente, pero que, bien pensado, no da para más que para un chascarrillo, que en realidad es una mala idea y que en el desarrollo argumental de la película no se justifica en ningún momento ni se le saca provecho. Jared Leto resulta terrible en su papel de programa informático que se va humanizando poco a poco, arco dramático que revela que estamos ante un remake encubierto de Terminator (1984) y Terminator 2 (1991), aunque James Cameron tuvo la decencia de apoyar su guión en el trillado esquema del viaje del héroe -aunque resolviendo las situaciones con ingenio- mientras que aquí los guionistas -o los ejecutivos que hayan pedido reescrituras infinitas absurdas- no consiguen hacer. Con estructurar el argumento de forma lineal, sencilla y poco original, habría bastado. Solo se salva la molona música de Nine Inch Nails -Trent Reznor y Atticus Ross tienen un cameo como pilotos de avión-, la espectacularidad de los efectos especiales y la nostalgia de las secuencias que recrean la estética del Tron original.