A 500 millas de casa (2026) parece una película de las de antes. Con esto me refiero a que aquí no hay trampa ni cartón, no hay trucos publicitarios, ni estrellas, ni franquicias, ni fenómenos en las redes sociales. Es simplemente una buena película. Una historia bien contada, con personajes definidos, sin ensalada de géneros, pero con momentos de drama, de comedia y de tragedia, como la vida misma. Todo contado con contención, siguiendo un relato coherente, aunque con rupturas temporales narrativas que revelan el verdadero corazón de la historia. No hay vistosos efectos especiales, sino una historia sobre seres humanos, los de una familia de clase obrera que vive en Reino Unido. Y parecen felices. Los protagonistas son los hermanos Finn (Roman Griffin Davis) y su hermano pequeño Charlie (Dexter Sol Ansell), sus padres -Clare Dunne y Michael Socha- y los abuelos -nada menos que Bill Nighy y Deirdre Monaghan-. Los primeros minutos de la película nos llevan a un lugar en el que queremos vivir, con personajes felices y entrañables, en paisajes preciosos de Inglaterra e Irlanda. Pero se trata de un paraíso a punto de perderse por el conflicto: el posible divorcio de los padres y la idea de separar a los hermanos da pie a una aventura para recorrer las 500 millas que los separan de la casa del abuelo. La película es entonces una road movie en toda regla, en la que los dos hermanos van superando obstáculos y descubriendo a personajes por el camino, como la rebelde Kait (Maisie Williams), una música callejera que se gana la vida con su ukelele. Dirige con aliento clásico Morgan Matthews -con amplia experiencia televisiva y ganador de cuatro premios Bafta- un guion de Malcolm Campbell que adapta la novela de Mark Lowery, Charlie and Me, en una película que busca contar una historia que sea agradable y emotiva para los espectadores, cosa a la que ayudan unos actores carismáticos y humanos, con el siempre estupendo Nighy a la cabeza, y con ese robacorazones que es Dexter Sol Ansell -los fans de Juego de Tronos tienen el aliciente de ver juntos al Egg de El caballero de los siete reinos con la popular Arya Stark- y también está muy bien Maisie Williams demostrando carisma también para la interpretación musical. Esta historia emotiva se envuelve en una lista de canciones pop muy conocidas, la banda sonora original de Jamie Duffy y Atli Örvasson, y la fotografía preciosista de Tom Comerford, para convertirse en historia amable que, sin embargo, sí que esconde un truco de prestidigitación utilizado para alcanzar momentos trágicos de puro desgarro emocional, para provocar la catarsis en el espectador, pero también la lágrima. Avisados estáis.
LAS NOVIAS DE GWANGI
SE TIENE QUE MORIR MUCHA GENTE -AMIGAS
Desde luego, hacen falta más comedias. A poder ser, inteligentes, modernas y hasta progresistas. Se tiene que morir mucha gente (2026) -un título afortunado-, creada por Victoria Martín para Movistar +, es todo eso. Su gran virtud es que la prioridad de los guiones que firma Martín -junto a Laura Márquez e Ignasi Taltavull- es hacer reír. Y eso se agradece, en un momento en el que la mayor parte de la ficción parece más interesada en mandar un mensaje. No quiero decir con esto que las series o películas no deban ser políticas -todas lo son- pero sí es cierto que se echa de menos la voluntad de anteponer el chiste a todo lo demás. Los mejores cómicos son capaces de soltar la broma más incorrecta del mundo solo por hacer reír. Y en sus mejores momentos, Se tiene que morir mucha gente hace lo propio. Esto sin negar que las tramas argumentales de esta comedia reflejan problemas sociales actuales. Como protagonista tenemos a Bárbara (Anna Castillo) una joven guionista con problemas de salud mental. La actitud derrotista, rebelde y antisocial que despliega Bárbara es lo mejor de la serie, siempre metida en problemas por su incapacidad para integrarse y por su creciente adicción a los ansiolíticos. Una versión actualizada y femenina de Harvey Pekar. A Bárbara la acompaña siempre su voz interior, una niña (Sofía Otero), que se dedica a darle pésimos consejos y que suelta por su boca todo lo que nadie se atrevería a decir en voz alta. La mejor amiga de Bárbara -y compañera de piso- es Macarena (Laura Weissmahr), un personaje más centrado y con más sentido común, pero marcado por sus continuos fracasos sentimentales con sucesivas novias. El trío se completa con Elena (Macarena García), una amiga de la infancia que se ha convertido en una pija y que espera su primer hijo de un marido con pasta. Son tres personajes muy diferentes interpretados por tres actrices que están maravillosas. Los momentos cómicos que ha creado Victoria Martín son estupendos, en una serie, de episodios de media hora cada uno, que se consume en un suspiro. Un plan perfecto. A la ficción se le puede achacar, sin embargo, que sus temas sean la agenda habitual de la ficción audiovisual reciente: la salud mental, el retrato de la industria audiovisual y sus sinsabores, la tiranía de las apariencias de las redes sociales y la maternidad desmitificado. Eso por no hablar de asuntos importantes que también están de fondo como la precariedad laboral o el grandísimo problema de la vivienda. Todos estos temas, por ya manidos, lastran y le quitan originalidad a una comedia que, en realidad, no parece tener demasiadas pretensiones. Y aunque las tres intérpretes principales son fantásticas, hay que decir también que no son actrices de comedia que dominen el timing cómico. Aún así, la serie tiene momentos brillantes cuando estos personajes -y sus actrices- se dejan llevar por el exabrupto antisocial, violento y transgresor, por el egoísmo y la falta de empatía. Cuando la niña que le habla a Bárbara deja de ser graciosa y resulta incómoda. La sátira social de las clases altas funciona estupendamente y hay que aplaudir también la crueldad de Martín de negarle el éxito -social, económico, sentimental y profesional- a sus criaturas. Y sobre todo, encontramos en Se tiene que morir mucha gente un retrato emotivo de la amistad. De esas amigas que tienes desde el instituto y que, aunque luego tomen caminos diferentes y la vida las convierta en personas despreciables, siempre serán tus mejores amigas.
TOY STORY 5 -JUGUETES CONTRA PANTALLAS
Las tres primeras películas de Toy Story constituyen un hito cinematográfico indiscutible. La primera cinta, dirigida por John Lasseter en 1995, fue el primer largometraje animado por ordenador de la historia, pero además, fue la presentación de unos personajes que se han convertido en iconos de la cultura pop. Si la segunda entrega era una apuesta por ofrecer un entretenimiento espectacular, la tercera película cerraba la historia del protagonista humano, Andy, convirtiéndolo en un joven que ha dejado de jugar con sus juguetes, en una metáfora del transcurso de la vida y de cómo inevitablemente vamos dejando cosas atrás. Una trilogía perfecta. Si lo lógico habría sido dar por concluida esta historia, el gran éxito de la serie -y la pésima salud del cine en salas- hizo que Pixar/Disney hayan seguido produciendo películas de Toy Story. Son nuevos capítulos casi independientes que dan por terminado el relato original protagonizado por Woody (Tom Hanks) y Buzz (Tim Allen) pero que proponen algo así como una serie de epílogos o apéndices. Así, Toy Story 4 (2019) presentaba a nuevos personajes pero en el fondo estaba dedicada a jubilar a Woody, en una cinta estupenda, aunque algo oscura. Luego llegaría una auténtica rareza, Lightyear (2022), que contaba el origen de Buzz como si este hubiera sido un verdadero héroe galáctico y no un juguete. Ahora, Toy Story 5 (2026) llega a las salas para ofrecer una aventura infantil de entretenimiento puro. Vuelven los personajes de siempre, pero el protagonismo recae ahora en la vaquera Jessie (Joan Cusack), que tendrá que enfrentarse a un enemigo que los padres de hoy conocemos muy bien: las pantallas. La película nos muestra -de forma divertida, sin profundizar y sin dar lecciones- cómo un mundo de tablets, smartphones y ordenadores personales ha dejado obsoletos a los juguetes y está haciendo que los niños crezcan demasiado rápido e impidiendo que desarrollen su imaginación. Todo esto alrededor de la niña Bonnie (Scarlett Spears), que debe decidir si deja a un lado sus queridos juguetes para integrarse en ese grupo de niñas que ya solo juegan online. Lo que en manos de cualquier otro equipo creativo habría sido un tostón, en manos del talento de Pixar -dirigen y escriben Andrew Stanton y McKenna Harris- se convierte en una película impecable formalmente. Un guión redondo, que cuida a los personajes y que tiene constantes golpes de humor, con una narrativa eficaz y dinámica, que en algunos momentos alcanza un ritmo trepidante y destellos de brillantez visual. Mi personaje favorito es un juguete electrónico llamado Buen Rollito al que pone voz Conan O'Brien en la versión original. Y aunque Woody y Buzz pasan aquí a un segundo plano, hay que decir que el astronauta de juguete es el protagonista -en cierta forma- de una subtrama innecesaria pero visualmente muy atractiva que da pie a un prólogo mudo que es pura narrativa visual. Toy Story 5 no es la mejor película se la serie, pero sí una excelente secuela y un entretenimiento familiar de lujo.
OBSESSION -NO, NO ES AMOR LO QUE TÚ SIENTES
En la ecuación del amor siempre hay una incógnita que, al ser despejada, puede convertirse en felicidad o en sufrimiento. El amor no correspondido puede ser difícil de asumir, pero incluso si los sentimientos son recíprocos se puede acabar experimentando desengaños, infidelidades, o desavenencias por incompatibilidad de caracteres. Hemos visto muchas comedias románticas sobre estos asuntos, pero me parece muy original convertir lo romántico en terror, cosa que consigue el director y guionista Curry Barker -otro joven cineasta nacido en Youtube- en la estimulante Obsession (2016), un auténtico festín de terror y mal rollo sobre el amor romántico. La historia nos presenta al pusilánime pero bienintencionado Bear (Michael Johnston), que lleva años enamorado en secreto de Nikki (Inde Navarrette) sin atreverse a declarar su amor para saber de una vez si es correspondido o no. Es entonces cuando, de forma inocente, Bear compra un extraño juguete, un 'sauce del deseo', en una tienda esotérica y pide que Nikki le ame más que a nadie en el mundo. Cuando el deseo parece cumplirse, comienzan a ocurrir cosas tan extrañas como terroríficas. La película se convierte entonces en una sucesión de momentos inquietantes que van aumentando su intensidad hasta el terror extremo y el gore muy violento. Barker ha creado un guión muy inteligente, lleno de giros macabros y crueles, con los que acaba construyendo una comedia de humor negrísimo, en la que todo parece turbio -el propio protagonista es presentado como un incel- y todo se cuestiona: el amor, sí, pero también la amistad, las relaciones laborales y la sociedad en general. Detrás de la cámara, Barker demuestra una capacidad tremenda para fabricar sustos, pero también para crear atmósferas inquietantes e imágenes verdaderamente aterradoras. El mecanismo argumental puede ser clásico y remite a relatos como El diablillo de la botella, La pata de mono o un episodio de The Twilight Zone, pero a partir de esto, los planteamiento de Barker son muy originales, frescos y divertidos, con un punto de mala baba que, más que criticar las relaciones tóxicas, hace una parodia del amor romántico idealizado y visto como una entrega total, sirviéndose de una deslumbrante interpretación de Inde Navarrette. Y a pesar de su originalidad, también podemos inscribir Obsession en cierta tendencia del terror reciente, con películas como Smile (2022), Háblame (2002) o Weapons (2025), cintas que comparten el elemento sobrenatural, la idea de una maldición, el terror violento y extremo, y los toques de humor negro y comedia. Obsession es un festival y una de las experiencias en salas más entretenidas de este 2026. De la carcajada al grito.
VIAJE AL PAÍS DE LOS BLANCOS -SOLIDARIDAD
Viaje al país de los blancos (2026) está hecha con la mejor de las intenciones para contar una historia de superación, resiliencia y esperanza, enmarcada en la denuncia de uno de los grandes males del mundo actual, la inmigración ilegal. Para ello, la película se apoya en una historial real, en las vivencias ejemplares de Ousman Umar, y en el libro del mismo título que cuenta la odisea de su vida, la de un joven nacido en Ghana que cruzó el continente africano movido por la curiosidad que le despertó el ver un avión surcando el cielo, lo que se le antojó prácticamente mágico. Lo que no sabía Ousman es que iba a vivir un infierno de sed, calores extremos, detenciones, encarcelamientos y torturas, hasta llegar finalmente a España. La película se centra, sin embargo, en su llegada a Barcelona, donde también tuvo que soportar el no tener un hogar y el verse obligado a trabajar de forma ilegal como mantero. Es entonces cuando conoce a Montse, una mujer, que, de la nada, le echará una mano. Este relato biográfico beneficia a la película, ya que lo que se cuenta es concreto, lo que permite que el guión escrito por Guillem Clua escape de los clichés. Aunque la historia de un inmigrante sea, un poco, la de todos, la de los titulares de los periódicos. Dirige Dani Sancho, con experiencia en el documental, que intenta imprimir una estética que escape del realismo documental, ayudado en la fotografía por Luis Ferrer Calafell y Marcel Pascual (Noun). Sancho también consigue un buen trabajo de sus actores. Primero del niño y el joven que interpretan a Ousman en la primera parte de la cinta, Víctor Say y Benjamin Kakraba, y luego del propio Ousman Umar, que se interpreta a sí mismo cuando el relato se acerca a la actualidad. Pero interpretativamente, la película se apoya sobre todo en Emma Vilarasau, estupenda actriz que da vida a Montse, y que sustenta el clímax emocional de la historia, cuando se desvela una culpa que Ousman ha guardado demasiado tiempo en su conciencia. Vilarasau no deja de estar algo desaprovechada, ya que su relación con Ousman podría haber dado para más. Viaje al país de los blancos es un film correcto, con mensajes importantes, que incluso consigue emocionar al espectador en varios momentos.
VIVA -NO MORIR EN EL INTENTO
La actriz Aina Clotet debuta en el largometraje como directora y guionista con una ópera prima deslumbrante, Viva (2026), ganadora del premio Revelación en la Semana de la Crítica de Cannes. Se trata de una obra desbordante en la que la protagonista, Nora -una fantástica y entregada Clotet- es una mujer madura que acaba de superar un cáncer de mama pero se enfrenta de nuevo a un diagnóstico incierto. Tras esto, la vida de Nora parece cambiar radicalmente, debido a una serie de decisiones erráticas, una huida hacia adelante con una extraña voluntad de autodestrucción o más bien de romper con las coordenadas de lo que ha sido su vida. Nos embarca Nora en su aventura vital, un salto al vacío sin red, que la llevará a experimentar todo tipo de emociones, y el espectador con ella. Las situaciones que plantea la película se van sucediendo sin atender a un argumento convencional, más bien dejándose llevar por la sorpresa y hasta por un espíritu transgresor. A través de los conflictos de Nora, Clotet nos habla de la crisis de la madurez, pero también, claro, del cáncer, de la pareja, del sexo y la infidelidad, la vejez y la familia, la vida laboral y el éxito profesional, la maternidad y, sobre todo, nos habla del miedo a la muerte. Porque el miedo nos puede paralizar -como a Cleo en la obra maestra de Agnès Varda- pero también nos puede empujar al cambio, sin que eso sea necesariamente ni bueno ni malo. Clotet plantea que estar viva es tener miedo y que hay que aprender a vivir con ello. Todo eso sin dar lecciones. El guión de Clotet -y Valentina Viso- puede ser irregular y algo desequilibrado, pero esto parece un defecto muy menor en una película poco convencional, vitalista, calurosa, que goza de una extraña energía que se exhibe en sus escenas de sexo o en peleas de barro. La puesta en escena de Clotet es vibrante y moderna, con una estupenda fotografía expresiva de Nilo Mur -mencionemos también la música de Clara Aguilar- y la directora se muestra capaz de crear escenas intensas y sudorosas, de dar con afortunados momentos de comedia y hasta de screwball comedy en los que se puede pasar inmediatamente a lo incómodo, al drama; Clotet incluso tiene la habilidad de fabricar una atmósfera de terror cuando nos enseña la peor cara de la vejez y la muerte -esos ancianos postrados en una residencia-. La directora acapara toda la atención como actriz, pero hay que hablar también de un reparto muy compensado, con el carisma del joven Marc Soler que interpreta a Max; la amiga embarazada a la que da vida Laura Conejero; la sabiduría incómoda que comparten los padres de Nora, encarnados por Willy Toledo y Lloll Bertran; o el estupendo trabajo de Nabi Dakhli en el papel menos agradecido. Estamos ante una película fantástica, capaz de normalizar la cicatriz de una mastectomía y de romper tabúes sobre los personajes femeninos en el cine, un despliegue de madurez y riesgo.
LA HABITACIÓN DE MARIANA -TODAS LAS GUERRAS
El cine es cuestión de punto de vista. La mirada de un personaje es la mejor manera de conseguir que el espectador se involucre emocionalmente en una historia, que acceda a un universo de ficción que muestra un lugar y una época diferentes a los vividos. El director Emmanuel Finkiel sostiene su película, La habitación de Mariana (2026), sobre la mirada de un niño judío de 12 años, Hugo (Artem Kyryk), que escapa de los nazis en la Ucrania ocupada y se refugia en la casa de una amiga de su madre, Marianne (Mélanie Thierry). Allí, Hugo deberá permanecer escondido, lo que limitará su visión del mundo a una estrecha rendija a través del armario, a un agujero en la pared, a lo que se ve desde la ventana de la habitación, o a asomarse desde lo alto de unas escaleras, arriesgándolo todo. Esta limitación del punto de vista que se impone Finkiel es cine. Encerrado como Ana Frank, a través de esa visión reducida, Hugo será capaz de ver quiénes son los personajes que lo rodean, los peligros que lo amenazan, y tendrá que descubrir los hechos de la vida que se revelan a su edad: la muerte, el sexo, la solidaridad, el miedo y el egoísmo. La naturaleza humana. Y como En la trinchera infinita (2019), a través de la rendija de Hugo pasa la historia, la guerra, las invasiones, la destrucción y el hambre. Finkiel saca el máximo provecho artístico del encierro de Hugo mezclando sus recuerdos y su imaginación con lo real, haciendo que el presente y el pasado se mezclen, consiguiendo que interactúen personajes presentes y ausentes, anhelados. El vínculo de Hugo con el exterior es Mariana, una mujer obligada a prostituirse por las circunstancias y una mujer valiente marcada por una sonrisa ante a la adversidad, a la que da vida Mélanie Thierry, musa de Finkiel, y aquí capaz de ofrecer un recital interpretativo -que le valió una nominación al premio César- que le permite conquistar al espectador. La risa y las lágrimas de Thierry son la expresión de un personaje complejo, fuerte y vulnerable a la vez, que se convierte en todo para Hugo. Finkiel trasciende la recreación histórica con una obra intimista y de aliento poético en La habitación de Mariana, la historia de todas las guerras a través de los ojos de un niño.






