GAUA -CUENTOS DE BRUJAS


Gaua
(2025) es como esas historias de fantasmas y aparecidos que se contaban -creo que ya no se hace- alrededor de una fogata de campamento, o, para evitar el cliché, en esas noches de verano adolescente en el pueblo. La tercera película de Paul Urkijo establece esa atmósfera alucinada que solo es posible cuando cae la noche, los párpados pesan y ya no distinguimos lo real de lo soñado. Kattalin (Yune Nogueiras) se asoma por la ventana desde el calor y la seguridad de su casa y lo que ve es misterio y amenaza. La noche. Urkijo y su director de fotografía Gorka Gómez Andreu consiguen darle cuerpo y densidad a la ausencia de luz. ¿Qué se esconde entre las sombras? Urkijo visita varias leyendas vascas en la película, que adopta la engañosa forma de un film de episodios o una recopilación de mitos realizada por un antropólogo. Y en cada episodio aparecen criaturas fantásticas que son un festín para el aficionado al género del terror: monstruos gigantes que te persiguen dando zancadas por el bosque; un terrible anciano que parece un gallo en un episodio digno de El exorcista (1973); un conejo diabólico que le hace la vida imposible a un cura (Manex Fuchs) armado con escopeta en lo que parece una versión satánica de un cartoon de la Warner; y esa aparición final en el akelarre que nos hace soñar con un remake de La novia del diablo (1968) -la película opta a los premios Goya a los mejores efectos especiales-. Los diversos episodios de esta historia desordenada a lo Pulp Fiction (1994) acaban hablando de la opresión patriarcal hacia las mujeres y el colectivo LGTBIQ+ y para ello Urquijo decide darle la vuelta a la brujería e, incluso, a la figura de Satán, ese primer rebelde, como decía Camus.

LA PEQUEÑA AMÉLIE -EL CENTRO DEL UNIVERSO


Ya lo debería saber todo el mundo, que la animación no es un género cinematográfico menor, ni es exclusivamente infantil, ni es un género. Pero por si acaso, hay que recomendar fervientemente La pequeña Amélie (2026), una maravilla de película, nominada al Óscar, que utiliza la animación para adaptar la novela Metafísica de los tubos (2000) de la popular autora Amélie Nothomb, escritora belga de mirada personalísima y autobiográfica, marcada por su infancia en Asia y por su posible síndrome de Asperger. El lenguaje de la animación, su libertad formal y su infinidad de recursos se muestra aquí como la forma ideal de visualizar las ideas de la novela y plasmar en la pantalla la imaginación de la autora adaptada. Dirigida por Maïlys Vallade y Liane-Cho Han, esta película firmada por la productora francesa Maybe Movies, narra en primera persona la llegada a la existencia de Amélie, una bebé muy peculiar y un personaje con una personalidad y un carisma tremendos, de esos que permanecen en la memoria. La película es naturalista y costumbrista, centrándose en el núcleo familiar y en su vida cotidiana, pero también está abierta a la metáfora y a la fantasía visual, abordando además temas complejos como el choque cultural entre Europa y Japón, con las heridas de la Segunda Guerra Mundial todavía abiertas -la historia ocurre a finales de los años 60-. Amélie va abriendo poco a poco los ojos al mundo y establece relaciones importantes -con su abuela o con la empleada doméstica Nishio-San- pero también aprende el significado de la pérdida y la idea de la muerte. Todo esto, interesante de por sí, está contado de forma deslumbrante, valiéndose de recursos cinematográficos que solo están al alcance de la animación. Señalemos algunos momentos espléndidos: cuando Nishio-San explica a Amélie su terrible experiencia en la guerra mientras cocina, convirtiéndose los ingredientes y la preparación culinaria en metáforas ilustrativas del conflicto bélico; o cómo el drama personal de la rencorosa Kashima-san se desvela solo con miradas y gestos mínimos, dando lugar a un instante de intensidad emocional tremenda en la escena del ritual japonés del Toro Nagashi; y por último, la preciosa idea de que se pueda meter la playa en un bote de cristal, en una escena que establece una conexión inesperada con Roma (2018) de Alfonso Cuarón. Todos estos son momentos de gran cine, de sabiduría narrativa, en una película de apenas 77 minutos de duración, que es una de las mejores obras del año.

HASTA LA MONTAÑA -PASTOS FRESCOS


La idea de escapar de la claustrofóbica ciudad para refugiarse en la amplitud del campo y la montaña está presente en más de una película desde el confinamiento de 2020. La necesidad de huir de una sociedad hipertecnificada y marcada por las redes sociales para reconectar con la naturaleza, es un sentimiento todavía más actual y urgente. Pero la idea de alejarse de un sistema capitalista en el que el trabajo ha perdido su sentido para reencontrarse con algo más primitivo y puro es todavía más antigua y nos puede llevar a finales de los años sesenta y a la revolución hippie. Todo esto está muy presente en la estupenda Hasta la montaña (2026), dirigida por la canadiense Sophie Deraspe e inspirada en hechos reales, en el relato autobiográfico de Mathyas Lefebure publicado en 2006. El argumento nos cuenta cómo el protagonista, Mathyas (Félix-Antoine Duval), un joven canadiense, creativo publicitario, decide abandonarlo todo tras una crisis existencial con la idea de convertirse en pastor de ovejas en la Francia rural. El guion sigue entonces los quijotescos esfuerzos de Mathyas por conseguir sus objetivos: debe aprender un oficio ancestral, encontrar trabajo y estar a la altura de un modo de vida tan antiguo como exigente. Lo más interesante de la película es que, a pesar del idealismo, algo naive, del protagonista, no hay concesiones al romanticismo. El conflicto nace, precisamente, del choque entre los deseos de Mathyas y la realidad del campo en Europa, un sector siempre en crisis que se enfrenta al capitalismo salvaje del mercado global, a las presiones ecologistas -que lógicamente intentan salvar al lobo-, y a la precariedad de un oficio en vías de extinción que solo sobrevive gracias a la contratación -a veces ilegal- de inmigrantes. Mathyas se enfrenta a todo eso y a la mala leche de unos campesinos y ganaderos que no son los de As bestas (2022), pero casi. Estos conflictos sociales complementan y sirven de escenario para la búsqueda filosófica de Mathyas, que encontrará en una funcionaria (Solène Rigot) a una sorprendente compañera de aventuras. La apuesta por el realismo de Sophie Deraspe consigue que conectemos con la película, que en su segundo tramo nos llevará a las montañas en las que Mathyas debe afrontar el durísimo reto de la trashumancia y en el que los fantásticos paisajes, fotografiados por Vincent Gonneville, harán el milagro de llevarnos desde la sala de cine hasta los Alpes franceses. Una cinta sin pretensiones, pero que llama a la reflexión, cuyos protagonistas conectan con el espectador y que hay que ver en una pantalla de cine tan grande como las cimas que intenta conquistar Mathyas con su rebaño de más de 800 ovejas.

UN FANTASMA EN LA BATALLA -DOBLE VIDA

Agustín Díaz Yanes vuelve tras la cámara con la muy sólida Un fantasma en la batalla (2025), en la que una estupenda Susana Abaitua -nominada al Goya- protagoniza un tenso thriller sobre una mujer guardia civil que se infiltra en un comando de ETA en sus años más violentos y sangrientos. No hace falta decir que el planteamiento, basado en hechos reales, es muy similar al de La infiltrada (2024), pero estamos hablando de dos películas completamente diferentes que solo tienen en común su calidad. En su aproximación a la violencia terrorista, Yanes -nominado al Goya al mejor guion- apuesta por un film oscuro, que nos muestra a dos bandos enfrentados, por un lado, los terroristas y por el otro, los agentes de la benemérita, que poco a poco se van deshumanizando en una lucha sin cuartel. En medio del conflicto está Amaia, una joven que se entrega a la causa contra la violencia -no se nos dan demasiadas pistas sobre sus circunstancias personales- y que debe hacer un tremendo sacrificio para aguantar durante años entre las filas de unos criminales curtidos en la desconfianza y la paranoia. La protagonista -y el espectador- tienen pocos momentos de respiro: Amaia se enfrenta constantemente a la posibilidad de ser descubierta o al dilema moral de tener que colaborar con los terroristas para mantener en pie el engaño. La película se apoya en varios elementos para mantener esta tensión: una puesta en escena ejemplar de Yanes y un estupendo montaje de Bernat Vilaplana, nominado al Goya; una estupenda fotografía, con una cualidad fantasmagórica, de Paco Femenía; una música digna de una película de terror de Arnau Bataller; y, sobre todo, el rostro, la gestualidad, de una fantástica Abaitua, capaz de expresar un amplio rango de emociones sin necesidad de apoyarse en los diálogos. A la contundencia de Un fantasma en la batalla ayuda en no poca medida la mezcla de las escenas de ficción con materiales documentales, emisiones noticiosas televisivas reales, que imprimen veracidad y el peso del horror que se vivió en España en aquellos años. A Abaitua la acompaña un reparto sólido: Andrés Gertrúdix, Iraia Elias, Raúl Arévalo, una durísima Ariadna Gil y un sorprendente cameo del director Jaime Chávarri para dar vida a personas que actuaban como soldados en una guerra sin sentido y que intentaban esconder las heridas propias de ejercer -y sufrir- la violencia.

DECORADO -NO ESPERÉIS EL FIN DEL MUNDO


"Tal divorcio entre el hombre y su vida, entre el actor y su decorado, es propiamente el sentimiento de lo absurdo" dijo Albert Camus en El mito de Sísifo y ese espíritu es el que rige Decorado (2025), nominada al premio Goya a la mejor cinta de animación y quizás la película española más política del curso pasado. Su director, Alberto Vázquez, es uno de los autores cinematográficos más interesantes del panorama actual, con un discurso coherente, comprometido y personal y con un estilo reconocible a primera vista. En Decorado encontramos una crítica feroz de la sociedad actual, marcada por un capitalismo salvaje, por unas relaciones deshumanizadas, por la precariedad laboral, el desempleo y la imposibilidad de acceder a una vivienda, el clasismo, el uso manipulador de los medios de comunicación, de información y entretenimiento para distraer a la clase obrera y sedar cualquier atisbo de rebelión. Y este dibujo (animado) cruel y nihilista del mundo, lo hace Vázquez utilizando tiernos animales antropomorfizados, en la tradición de Disney y de los Looney Toons, lo que provoca un contraste escalofriante que produce una risa helada y, sobre todo, desasosiego. En la historia, el protagonista es Arnold, un ratón de mediana edad, casado y en paro. Un ratón que se siente un extraño en su propia vida y que intenta descubrir si hay algo más allá del bosque. Pero escapar, no es fácil, como ocurre en tantas y tantas obras de ciencia ficción distópica, empezando por la referencia principal de esta película, el clásico 1984 de George Orwell. Vázquez mezcla así los problemas existenciales con la opresión social, económica y política, y añade oscuros elementos de fantasía y de terror, como demonios, fantasmas y monstruosas sirenas, para crear un universo oscuro, poblado de retratos reconocibles: el empresario exitoso pero desalmado, el juguete roto de la fama, el artista frustrado en un mundo que no aprecia la cultura, el mendigo y el drogadicto autoexcluido del sistema. Vázquez no deja títere con cabeza, pero también matiza y nos muestra a un capitalista opresor con capacidad para amar y a un marginado oprimido pero también víctima de sus propias debilidades. Con un humor negrísimo, Decorado encoge el corazón, sí, pero también engancha, quizás por su forma descarnada de decir verdades. Lo único que se le puede achacar es que no ofrece respuestas ni esperanzas. Pero ¿Quién puede?

ARCO -VIAJES EN EL TIEMPO


Tras décadas de ciencia ficción distópica -el miedo vende más que la esperanza- y con la que está cayendo en el planeta -cambio climático, pandemias, guerras- parece difícil ser optimistas acerca del futuro de la humanidad. Pero eso es lo que plantea la estupenda Arco (2026), nominada al Óscar a la mejor película de animación. En un futuro lejano, el año 2932, la humanidad ha dominado el viaje en el tiempo. El pequeño Arco, de 10 años, decide escaparse de casa y acaba viajando a su pasado, que para nosotros es un futuro más cercano, 2075, donde conoce a otra niña, Iris, que le cambiará la vida mientras intenta ayudarle a volver a casa. Este planteamiento de ciencia ficción, que puede recordar a un clásico como E.T., el extraterrestre (1982) en su esencia,  da lugar a una película sin embargo muy original, llena de ideas preciosas y con un look visual muy personal. Detrás de la película está el francés Ugo Bienvenu, animador, ilustrador y autor de cómics que en su primer largometraje imprime un estilo híbrido que tiene algo, primero, del cómic de línea clara europeo, algo de Moebius, pero también algo de la sensibilidad poética aplicada al detalle realista de los estudios Ghibli. Arco dibuja dos futuros de ciencia ficción que, sin ocultar los problemas del mundo real como la crisis ecológica, abren la posibilidad de la esperanza planteando ideas de forma muy sutil como una comunión de la civilización con la naturaleza, o un uso mucho más humanizado de la tecnología -mencionemos al robot encargado de cuidar a la familia, un personaje que protagoniza alguno de los momentos más emotivos de la cinta-. Las ideas que hay en Arco son bellísimas: el sorprendente uso de los arcoíris, la amistad que surge entre dos niños de mundos diferentes, la nostalgia que evoca ese futuro distante, el destino de un robot guiado por las leyes de Asimov que, sin ser humano, es capaz del mayor sacrificio. Debería estar entre las mejores películas del año.

NO HAY OTRA OPCIÓN -LA LEY DEL MÁS FUERTE


La calidad del cine del surcoreano Park Chan-Wook está directamente relacionada con la exigencia que supone para el espectador ver sus películas. Un buen ejemplo es No hay otra opción (2025) estupenda cinta, inclasificable, en la que el director de Oldboy (2003) despliega un arsenal de recursos narrativos, visuales y estilísticos para contar su historia. El planteamiento es delirante, aunque no necesariamente inverosímil: un desempleado de la industria del papel, Man-su (Lee Byung-hun), decide eliminar a sus rivales profesionales para recuperar su antiguo trabajo en un intento desesperado por mantener su estatus económico, social y familiar. El guión adapta una novela de Donald E. Westlake, The Ax (1997), que ya fue llevada al cine por Costa-Gavras, y si bien la linea argumental puede parecer lineal, la puesta en escena de Park Chan-Wook se encarga de dinamitar un desarrollo narrativo clásico para convertir cada secuencia, escena y casi cada plano en un sugerente tour de force. Ningún encuadre ha sido dado por sentado por el director, que utiliza todos los recursos cinematográficos para deslumbrarnos: movimientos de cámara serpenteantes y un potente uso del zoom; fotografía expresionista para resaltar las emociones de los personajes -que firma Kim Woo-hyung-; interpretaciones extremas entre el melodrama, la comedia y el terror; un diseño de producción que hace de cada escenario la viñeta de un cómic; y un montaje preciosista, que asocia acciones paralelas y funde imágenes de forma poética, superponiendo diálogos que se convierten en voces en off. Y sobre todo, Park Chan-Wook hace un uso magistral del sonido que consigue que sus películas, que pueden llegar a resultar frías, sean tremendamente sensoriales, haciéndonos partícipes del tacto de las caricias entre los personajes, de los tejidos de la ropa que usan, del sabor de la comida y la bebida que consumen, y sobe todo del dolor de las torturas extremas que son ya seña de estilo del autor surcoreano. Todos estos elementos, unidos al uso de la música -la banda sonora la firma Cho Young-wuk- sirven para convertir cada película de Park Chan-Wook en una maravilla -incluso cuando son fallidas-, que requiere, eso sí, de toda nuestra atención para no perdernos nada. No hay otra opción parece formar parte de una nueva etapa en la filmografía del director iniciada con Decision to Leave (2022) y podría ser prima hermana de Parásitos (2019). La película es una sátira sobre el estado actual de las cosas: la fragilidad de la clase media, la precariedad laboral y la amenaza del desempleo por la llegada de la inteligencia artificial, todo desde una mirada desencantada del ser humano, presentado aquí como egoísta y moralmente débil. Hay algo de Hitchcock en la propuesta, en la idea de presentar el lado oscuro de las personas corrientes, pero también hay algo de Shakespeare en este drama de bajas pasiones y ambiciones, en la figura de la mujer de Man-su, una estupenda Son Ye-jin, una Lady Macbeth pasivo-agresiva. Y luego está el sello personal de Park Chan-Wook, un director histérico, que hace que sus personajes chillen como locos porque la música está muy alta para disimular el sonido de un disparo.