El cine es cuestión de punto de vista. La mirada de un personaje es la mejor manera de conseguir que el espectador se involucre emocionalmente en una historia, que acceda a un universo de ficción que muestra un lugar y una época diferentes a los vividos. El director Emmanuel Finkiel sostiene su película, La habitación de Mariana (2026), sobre la mirada de un niño judío de 12 años, Hugo (Artem Kyryk), que escapa de los nazis en la Ucrania ocupada y se refugia en la casa de una amiga de su madre, Marianne (Mélanie Thierry). Allí, Hugo deberá permanecer escondido, lo que limitará su visión del mundo a una estrecha rendija a través del armario, a un agujero en la pared, a lo que se ve desde la ventana de la habitación, o a asomarse desde lo alto de unas escaleras, arriesgándolo todo. Esta limitación del punto de vista que se impone Finkiel es cine. Encerrado como Ana Frank, a través de esa visión reducida, Hugo será capaz de ver quiénes son los personajes que lo rodean, los peligros que lo amenazan, y tendrá que descubrir los hechos de la vida que se revelan a su edad: la muerte, el sexo, la solidaridad, el miedo y el egoísmo. La naturaleza humana. Y como En la trinchera infinita (2019), a través de la rendija de Hugo pasa la historia, la guerra, las invasiones, la destrucción y el hambre. Finkiel saca el máximo provecho artístico del encierro de Hugo mezclando sus recuerdos y su imaginación con lo real, haciendo que el presente y el pasado se mezclen, consiguiendo que interactúen personajes presentes y ausentes, anhelados. El vínculo de Hugo con el exterior es Mariana, una mujer obligada a prostituirse por las circunstancias y una mujer valiente marcada por una sonrisa ante a la adversidad, a la que da vida Mélanie Thierry, musa de Finkiel, y aquí capaz de ofrecer un recital interpretativo -que le valió una nominación al premio César- que le permite conquistar al espectador. La risa y las lágrimas de Thierry son la expresión de un personaje complejo, fuerte y vulnerable a la vez, que se convierte en todo para Hugo. Finkiel trasciende la recreación histórica con una obra intimista y de aliento poético en La habitación de Mariana, la historia de todas las guerras a través de los ojos de un niño.
LAS NOVIAS DE GWANGI
LA ASISTENTA -CUENTO DE HADAS
Película fenómeno en taquilla y fenómeno literario -que desconozco-, La asistenta (2025) triunfó en cines apoyándose en su ausencia de complejos. Muy en consonancia con cierto cine de los últimos años, la adaptación de la novela de Freida McFadden -el guión lo firma Rebecca Sonnenshine- difumina los géneros clásicos para mantener atrapado al espectador y para no perder su atención. El director Paul Feig, conocido por sus exitosas comedias, se toma el material con cierta distancia irónica, no le tiene miedo al cliché y a la estilización, pero al mismo tiempo se toma completamente en serio la historia y los personajes. Evitar el espóiler exige minizar la sinopsis: una joven (Sidney Sweeney) con un pasado entra a trabajar como asistenta en una lujosa mansión para un matrimonio que parece perfecto, el de los Winchster, Nina (Amanda Seyfreid) y Andrew (Brandon Sklenar). Ese triángulo dramático y el escenario de la mansión son los que marcan el argumento que, como ya hemos dicho, va mutando casi constantemente, cambiando las coordenadas de la historia y las expectativas del espectador. Si al principio del film parece que nos encontramos ante un melodrama sobre una chica desvalida enfrentada a vejaciones y humillaciones, al estilo gótico de Rebeca (1940) de Alfred Hitchcock, el arquetipo de la Cenicienta acaba desapareciendo en favor de lo que parece un thriller sexual noventero. Pero la cosa no acaba aquí. Un nuevo giro sorprendente, nos lleva al terreno del cine de terror e incluso del un -moderado- torture porn. Una montaña rusa que me ha hecho pensar en el guionista británico Jimmy Sangster, que desarrolló con éxito una serie de thrillers de suspense en los años 60 para Hammer Films, inspirados en Hitchcock, en blanco y negro, que desechaban lo verosímil en favor del giro sorprensa y el entretenimiento. No nos engañemos: cada giro es tan inverosímil y poco justificado como divertido y atractivo, enganchándonos irremediablemente. Lo más impactante es que una última jugada nos lleva al terreno temático de la denuncia de las relaciones tóxicas, el machismo, la violencia doméstica y la sororidad. Todo, eso sí, llevado al extremo, como si estuviésemos ante un moderno cuento de hadas para adultos con moraleja incluida.
RESURRECTION -EL CINE
Puede resultar pertinente
preguntarse qué sitio ocupa una película como Resurrection (2026),
del director chino Bi Gan, en una cartelera española donde el primer lugar de
taquilla lo ocupa un título tan fallido y sin vida como Michael (2026),
situación extrapolable a todo el mundo, por cierto, y sin que esto nos impida
decir también que bienvenida sea cualquier cosa que atraiga a los espectadores
a las salas. Pero está claro que Resurrection está en las
antípodas del cine masivo. La película ganadora del premio especial del
jurado en Cannes es una muestra -soberbia- del llamado cine de autor. Una obra
que reboza tanto talento como hermetismo en su mensaje. No vamos a caer en el
intento de describir su argumento, porque no lo tiene o, al menos, yo he sido
incapaz de captarlo. Sí que podemos apoyarnos en su planteamiento, expuesto de
forma algo misteriosa y apelando a la fantasía: la humanidad ha alcanzado la
inmortalidad al prescindir de los sueños. Pero unos pocos, los delirantes, se
empeñan en seguir soñando. Así, nos encontramos ante una película de episodios
sin relación entre ellos. Como en Los sueños de Akira Kurosawa (1990),
veremos una serie de historias extrañas, a veces incomprensibles, que pueden
ser los viajes oníricos de un delirante. El primer tramo se refiere claramente
al origen del cine, cuando este era silente, con posibles referencias al
expresionismo alemán, con algo de Fritz Lang, del Nosferatu (1922)
de Murnau y de El gabinete del doctor Caligari (1922). Es un
arranque precioso, en el que Bi Gan juega sobre todo con el decorado. Le sigue,
quizás con una lógica cronológica según la historia del cine, un episodio de
cine negro, de tipos con gabardinas, trenes nocturnos y disparos. Un poco como Europa (1991)
de Lars Von Trier. Un manto de nieve blanca marca el tercer capítulo, en el que
un tipo se mete en un templo budista abandonado, con un dolor de muelas
tremendo que parece permitirle conectar con los espíritus. El cuarto episodio
es quizás el más bonito, la historia de un timador y de una niña que intentan
colarle a un millonario que esta tiene poderes mentales. Es sin duda el pasaje
más narrativo del film, y parece evocar Stalker (1979) de
Tarkovski. A esto le sigue un segmento marcado por un portentoso plano
secuencia -pensemos en Béla Tarr- que sigue a una pareja de jóvenes enamorados
-pensemos ahora en Wong Kar-Wai- que quiere escapar de todo en una noche en la
que podría acabarse el mundo y en la que la propia cámara se convierte en el
personaje principal. Y todo esto nos lleva al principio, cuando Bi Gan nos dice
-creo yo- que todo ha sido una representación -el discurso recuerda a Holy
Motors (2012)-, cine dentro del cine. El recorrido es magnífico, con
una portentosa fotografía de Dong Jingsong, y un diseño de producción
fantástico para crear escenarios increíbles y una sorpresa en cada plano. La
imagen final, en la que unos espectadores que son seres de luz acuden a un cine
y se van apagando, nos acaba emocionando, sin saber muy bien por qué, quizás
porque nos gusta el cine, y, al fin y al cabo, se trata de eso, de dejarse
llevar y emocionarse con un arte en peligro de extinción por muy taquilleras
que sean las películas como Michael.
YO NO MORIRÉ DE AMOR -LO QUE NO SE VE
Decía Jean-Luc Godard que un travelling es una cuestión moral. Dónde colocar la cámara es lo más importante para un director de cine y esa decisión define necesariamente su mirada como artista y supone incluso una demostración de talento -o de su carencia-. En la estupenda La vida manda (1944), película que parece tener muy poco que ver con la que nos ocupa, un maestro como David Lean demostraba su precoz sabiduría narrativa al presentar en off la reacción de los protagonistas, Frank y Ethel, ante una trágica noticia, dejando el plano vacío, encuadrado desde la puerta de la casa familiar que da al jardín trasero, despojando de sentido un escenario familiar y cotidiano de tardes apacibles y tazas de té, ante la llegada insoportable de la muerte. En la sobresaliente Yo no moriré de amor (2026), la debutante Marta Matute opta también por no colocar la cámara sobre sus personajes en un momento esencial de la trama. Una decisión que se puede calificar de respetuosa, pudorosa y que, al no mostrarnos lo que ocurre directamente, provoca una poderosa reacción emocional en el espectador. Una decisión de Matute que sorprende en una ópera prima y que la coloca como una autora a seguir de cerca. Es que estamos ante una de las películas españolas del año. El guión de Matute, inspirado en su propia experiencia vital, gira alrededor de Claudia (Júlia Mascort), una chica de 18 años que está despertando a la vida, a la independencia, al sexo y al amor. Pero el coming of age de Claudia se ve violentamente interrumpido por la enfermedad de su madre (Sonia Almarcha), que la convierte en una cuidadora, lo m ismo que le pasa a su padre (Tomás del Estal) y a su hermana mayor (Laura Weissmahr). No estamos ante la historia de cómo la enfermedad paraliza a un individuo y acaba borrando su identidad, sino de cómo afecta a todo su entorno familiar, cuyas vidas se quedan en suspenso al tener que dedicarse en cuerpo y alma a cuidar a una persona dependiente. El rigor realista de Matute para contarnos esta historia deja detalles durísimos que recuerdan a la despiadada Amor (2012) de Haneke y el estupendo guión de la propia Matute se centra en lo cotidiano, en las duras tareas de cuidados, pero también en los frustrantes intentos de fuga de Claudia, desesperada por tener su propia vida, y en cómo el agotamiento y el síndrome del cuidador quemado acaban deshumanizando a esta familia, atrapada en una situación insostenible, paradójicamente, por el vínculo del amor. Una situación que acaba desnaturalizando nada menos que la noticia de la llegada al mundo de una nueva vida, en uno de los mejores momentos de esta portentosa cinta. Yo no moriré de amor es la vida, y la vida es lo que ocurre en las largas elipsis de esta película, que en otra demostración del buen hacer de su directora, tiene más peso y encuentra más profundidad en lo que no se cuenta, en los silencios, en ese "estoy bien" que repiten una y otra vez los personajes, en lo que no vemos en la pantalla.
HANGAR ROJO -GOLPE DE ESTADO
Me siento tentado a decir que Hangar rojo (2026) es un wéstern. La historia de un individuo ante el fascismo, como Gary Cooper en Solo ante el peligro (1952). Esta estupenda película chilena está inspirada en la vida real del capitán Jorge Silva, que de la noche a la mañana se vio inmerso en el golpe de estado del 11 de septiembre de 1973 en Chile. La narración de los hechos es completamente objetiva, por lo que, aunque la cámara está pegada al rostro o a la nuca de Silva -estupendo Nicolás Zárate-, debemos adivinar sus sentimientos y lealtades, que son constantemente puestos a prueba por las circunstancias. Esta magnífica contención en el relato se debe al guión que firma Luis Emilio Guzmán, un ejercicio de concreción y efectividad que impulsa la historia hacia adelante de forma imparable mientras la tensión va creciendo en el relato y el cerco se estrecha alrededor del capitán y exparacaidista protagonista. El director debutante, Juan Pablo Sallato, demuestra un pulso ejemplar, una vehemencia y efectividad narrativas propias de la mejor serie B estadounidense -pienso en Jack Arnold o en el primer Anthony Mann- potenciadas por la estupenda fotografía en blanco y negro de Diego Pequeño, que evoca las sombras -también morales- del cine negro clásico, ese que nació de un esqueje del expresionismo alemán, ese cine que presagiaba la llegada de los nazis. La cámara de Sallato se pega a su protagonista y lo sigue a todas partes -en esto se parece a la espléndida El hijo de Saúl (2015)- dejando fuera de campo a todo un país y a una democracia que se desmorona, pero evocando el terror del fascismo militar que se hace con el poder y que no pierde tiempo en consumar venganzas largamente soñadas, en ejercer la violencia, en ajusticiar a los que no piensan igual. Porque si hemos empezado hablando de un wéstern, hay que hablar también de cómo Hangar rojo se transforma necesaria e inevitablemente en una película de terror en blanco y negro, en La invasión de los ladrones de cuerpos (1956) o en La noche de los muertos vivientes (1968), en una historia en la que el horror, en un instante, se apodera del mundo inevitablemente. Un asfixiante relato distópico de cómo puede sobrevenir el fin del mundo que parece hoy más pertinente que nunca.
EL AMIGO INESPERADO -¿Y SI?
Puede ser que la premisa de El amigo inesperado (2026) parezca surrealista: un exitoso escritor contacta a un imitador de famosos para que responda a sus llamadas telefónicas personales, suplantándole gracias a su talento para copiar voces ajenas. Pero, una vez aceptada esta descabellada idea, la película de la directora y guionista francesa Fabienne Godet se desarrolla de forma muy estimulante e ingeniosa como una deliciosa comedia marcada por los giros inesperados. Porque el guión se dedica a explorar las posibilidades de la idea inicial, en la que el protagonista, un estupendo Salif Cissé -toda una revelación- a fuerza de hablar con el entorno cercano del escritor que le ha contratado -un divertido Denis Podalydès- acaba conociéndolo mejor que nadie e, inevitablemente, metiéndose en su vida, transformándose en una figura neutral que intenta resolver los problemas personales de su contratador sin la carga de toda una vida de inseguridades, rencores y cuentas pendientes. La película juega con la fantasía de lo que pasaría si fuésemos capaces de desembarazarnos de nuestro círculo social y profesional, de las responsabilidades y los compromisos, convirtiéndonos en personas un poco egoístas, sí, pero también en seres completamente libres, con todo el tiempo del mundo a nuestra disposición. El amigo inesperado está llena de ideas estimulantes que se plantean en un tono relajado, divertido y alejado de conflictos y dramas. Una comedia de baja intensidad, completamente agradable, que desarrolla a sus personajes haciéndolos cercanos, cómplices y entrañables. Y ya de paso, la película nos sitúa en un escenario de vocaciones artísticas, de alta cultura, de literatura, pintura, espectáculo y crítica cultural, con sus miserias pero también con sus sueños e ilusiones. Una cinta muy disfrutable.
PIZZA MOVIES -LA PAREJA A PRUEBA DE BOMBAS
No sé si en España existe un ranking de las parejas más influyentes del audiovisual -en realidad no lo quiero saber- pero me imagino que a la cabeza habrían estado los talentosos Javis -aunque ahora estén separados-. En el mundo en el que me gustaría vivir, esa pareja sería Carlo Padial y Desirée De Fez. El primero es director de cine, escritor y humorista -lo puedes escuchar en el podcast Media Offline-. Ella es una crítica de cine de referencia, conductora del imprescindible podcast Marea nocturna, y acaba de publicar una estupenda primera novela, No la dejes sola. Juntos, él como director y ella como guionista, colaboran ahora en una pequeña, divertida y maravillosa película titulada Pizza Movies (2026). Protagonizan Berto Romero y una actriz que es un descubrimiento, Judit Martín. A Padial no le gusta el término de autoficción, pero lo cierto es que Berto y Judit interpretan una versión muy divertida de Carlo y Desirée -en la novela de ella también se puede encontrar equivalencias autobiográficas- como una pareja, Thais y Alan, que viven en Barcelona y se enfrentan a los sinsabores de la vida moderna. Él trabaja en una agencia creativa y ella es, efectivamente, crítica de cine. Tienen problemas para llegar a fin de mes, un abuelo dependiente y un hijo que necesita terapia, y se enfrentan a una montaña de gastos que deben afrontar desde trabajos cada vez más precarios. La realidad de casi todos los españoles. Es entonces cuando a ella se le ocurre una idea disparatada: dejar su trabajo para montar una pizzería. Con este sencillo planteamiento, Padial se dedica a meter a sus personajes en problemas que van apareciendo con humor, con ingenio, y siempre con mucho cariño por esa pareja algo excéntrica de perdedores que se enfrentan a las desdichas de la vida cotidiana y de la sociedad que nosotros mismos hemos creado. Aparecen temas sociales, pero también asuntos mucho menos vistos en la ficción, como la crisis de la cultura -y de la industria cultural-, la pérdida de prestigio de la crítica, la pérdida de relevancia del cine en un mundo dominado por las apariencias, por las redes sociales y por una cultura del éxito depredadora. Es imposible no pensar en Woody Allen -sobre todo en Granujas de medio pelo (2000)- pero Padial tiene su propia voz y referentes menos obvios. A mí la escena del juicio me lleva a pensar en el capítulo final de la mejor sitcom de todos los tiempos, Seinfeld (1989-1998). Padial, De Fez y Carlos de Diego escriben un guión y unos diálogos que demuestran un gran poder de observación y talento para el humor costumbrista, lo que no impide momentos de humor absurdo. El reparto que rodea a la pareja principal es tremendo: Joaquín Reyes -amigo en la vida real de la pareja- Bruna Cusí, Raúl Arévalo, Tamar Novas, Melina Matthews, el monstruo del cine español, Javier Botet -un cómico tremendo-, además de los habituales colaboradores de Padial, como Didac Alcaraz y sobre todo un inmenso Miguel Noguera, aportando surrealismo. Mencionemos también cameos de críticos de cine como Fausto Fernández. Pero sobre todo hay en Pizza Movies una entrañable reivindicación de la pareja como parapeto ante un mundo hostil, ante el capitalismo salvaje, ante la degradación cultural y educativa a la que nos enfrentamos. El lecho y la intimidad como un refugio a prueba de bombas. Como una versión neurótica de John Lennon y Yoko Ono, los protagonistas desencadenan una pequeña revolución desde su cama, aunque el sistema siempre encuentre una forma de devolver las aguas a su cauce. No hay amargura en esta película, sino una resignación inteligente y madura, casi un manual de resistencia, la única respuesta posible ante tiempos desesperados.





