De trabajar en las series y películas sobre la franquicia Digimon, el japonés Mamoru Hosoda se ha convertido en un autor consolidado que utiliza la animación como medio de expresión artística para contar historias cada vez más complejas. Scarlet (2026) es una espectacular cinta épica que propone como escenario una suerte de limbo llamado Otromundo. Cuando morimos, se nos dice, no vamos al cielo ni al infierno, sino a esta dimensión en la que se reúnen personas de todas las épocas, e incluso, alguno o alguna que todavía no ha fallecido realmente. El argumento que propone Hosoda parte nada más y nada menos que del Hamlet de Willian Shakespeare, aunque cambiando el género del protagonista: la princesa danesa Scarlet busca vengarse de su tío Claudius, el asesino de su padre, Amleth. Para ello, tendrá que cruzar la extraña dimensión en la que se encuentra atrapada, espada en mano, para acceder a un mundo superior de privilegiados, el Lugar Infinito, donde podrá vengarse. En su camino, sin embargo, se encontrará con un joven paramédico del siglo XXI, Hiriji, que intentará ayudar a la heroína, pero desde una perspectiva opuesta a la venganza, con una actitud pacifista y conciliadora. Con estos elementos, Hosoda parece tener, sobre todo, libertad creativa y artística para llevarnos de la mano a través de una trama mutante en la que veremos escenas de acción, grandes batallas bélicas, escenas de masas que parecen remitir al cine mudo colosal, momentos dramáticos -y románticos- entre los personajes, viajes en el tiempo, secuencias de cine musical, comedia, existencialismo -con cita a 2001: Una odisea del espacio (1968)- y hasta cine social, porque las almas del limbo en el que se desarrolla la película acaban siendo marginados oprimidos por malvados reyes que, como migrantes y exiliados, aspiran a poder entrar en el lugar infinito. Scarlet es visualmente espectacular, por la escala de las acciones que vemos y por los efectos de luz, los colores y los diseños de todas las épocas que se mezclan en una sola historia. Pero quizás por eso mismo, resulta también irregular, incapaz de mantener el ritmo y el impulso dramático durante todo el metraje. Es el precio a pagar, seguramente, por la voluntad de riesgo y la libertad creativa de un autor como Hosoda.
LAS NOVIAS DE GWANGI
SCARLET -HAMLET Y TODO LO DEMÁS
De trabajar en las series y películas sobre la franquicia Digimon, el japonés Mamoru Hosoda se ha convertido en un autor consolidado que utiliza la animación como medio de expresión artística para contar historias cada vez más complejas. Scarlet (2026) es una espectacular cinta épica que propone como escenario una suerte de limbo llamado Otromundo. Cuando morimos, se nos dice, no vamos al cielo ni al infierno, sino a esta dimensión en la que se reúnen personas de todas las épocas, e incluso, alguno o alguna que todavía no ha fallecido realmente. El argumento que propone Hosoda parte nada más y nada menos que del Hamlet de Willian Shakespeare, aunque cambiando el género del protagonista: la princesa danesa Scarlet busca vengarse de su tío Claudius, el asesino de su padre, Amleth. Para ello, tendrá que cruzar la extraña dimensión en la que se encuentra atrapada, espada en mano, para acceder a un mundo superior de privilegiados, el Lugar Infinito, donde podrá vengarse. En su camino, sin embargo, se encontrará con un joven paramédico del siglo XXI, Hiriji, que intentará ayudar a la heroína, pero desde una perspectiva opuesta a la venganza, con una actitud pacifista y conciliadora. Con estos elementos, Hosoda parece tener, sobre todo, libertad creativa y artística para llevarnos de la mano a través de una trama mutante en la que veremos escenas de acción, grandes batallas bélicas, escenas de masas que parecen remitir al cine mudo colosal, momentos dramáticos -y románticos- entre los personajes, viajes en el tiempo, secuencias de cine musical, comedia, existencialismo -con cita a 2001: Una odisea del espacio (1968)- y hasta cine social, porque las almas del limbo en el que se desarrolla la película acaban siendo marginados oprimidos por malvados reyes que, como migrantes y exiliados, aspiran a poder entrar en el lugar infinito. Scarlet es visualmente espectacular, por la escala de las acciones que vemos y por los efectos de luz, los colores y los diseños de todas las épocas que se mezclan en una sola historia. Pero quizás por eso mismo, resulta también irregular, incapaz de mantener el ritmo y el impulso dramático durante todo el metraje. Es el precio a pagar, seguramente, por la voluntad de riesgo y la libertad creativa de un autor como Hosoda.
SORRY, BABY -DOS AMIGAS
A nadie se le ocurriría hablar de ciertos temas -el cáncer, la violencia machista, la muerte- desde la comedia, pero es precisamente eso lo que hace Sorry, Baby (2026), el estupendo debut cinematográfico de la directora y actriz Eva Victor. No todo el humor es inteligente, desde luego, pero está claro que una mirada inteligente acaba llegando casi siempre al humor. Esta sencilla película es la historia de dos amigas, Agnes -la propia Victor- y Lydie (Naomi Ackie), dos universitarias que llevan vidas paralelas pero muy diferentes. Lydie ha dejado atrás la pequeña ciudad universitaria de Nueva Inglaterra en la que vivían ambas para irse a Nueva York; la vida de Agnes se ha petrificado por un suceso traumático que le impide, incluso visualizar su futuro. El inteligentísimo guión de Victor -premiado en el Festival de Sundance- explora el dolor, la culpa, la soledad y la incomprensión que sufre la protagonista como víctima, desarrollando un discurso sobre una terrible lacra social desde una óptica feminista que evita convertir en monstruo al agresor y victimizar a la protagonista. Y Eva Victor hace todo esto desde el humor y desde una mirada humanista. Hay que destacar su talento para crear personajes entrañables. La protagonista, Agnes, es inteligente, sensible y divertida -un poco en la línea de Fleabag (2016)- y su amistad con Lydie es tierna y cariñosa, lo que ayuda a meternos de lleno en la historia. Pero Agnes y Lydie no están solas. Sorry, Baby está habitada por personajes secundarios maravillosos: el vecino (Lucas Hedges), la excéntrica y psicópata compañera de carrera (Kelly McCormack); y hasta un personaje menor, episódico, el dueño de una cafetería (John Carroll Lynch), protagoniza una secuencia memorable y llena de humanidad. Con estos personajes, la directora crea un pequeño mundo de hermosos paisajes rurales lánguidos -la fotografía es de Mia Cioffi Henry-, de pequeñas casas acogedoras, de personajes que leen libros o ven viejas películas en blanco y negro. Un pequeño mundo en el que te gustaría vivir, aunque no sea perfecto. Ver Sorry, Baby es tener la sensación de asistir al descubrimiento de una autora talentosa, divertida e inteligente, a la que apetece seguir la pista en sus próximas películas.
LA PEQUEÑA AMÉLIE -EL CENTRO DEL UNIVERSO
Ya lo debería saber todo el mundo, que la animación no es un género cinematográfico menor, ni es exclusivamente infantil, ni es un género. Pero por si acaso, hay que recomendar fervientemente La pequeña Amélie (2026), una maravilla de película, nominada al Óscar, que utiliza la animación para adaptar la novela Metafísica de los tubos (2000) de la popular autora Amélie Nothomb, escritora belga de mirada personalísima y autobiográfica, marcada por su infancia en Asia y por su posible síndrome de Asperger. El lenguaje de la animación, su libertad formal y su infinidad de recursos se muestra aquí como la forma ideal de visualizar las ideas de la novela y plasmar en la pantalla la imaginación de la autora adaptada. Dirigida por Maïlys Vallade y Liane-Cho Han, esta película firmada por la productora francesa Maybe Movies, narra en primera persona la llegada a la existencia de Amélie, una bebé muy peculiar y un personaje con una personalidad y un carisma tremendos, de esos que permanecen en la memoria. La película es naturalista y costumbrista, centrándose en el núcleo familiar y en su vida cotidiana, pero también está abierta a la metáfora y a la fantasía visual, abordando además temas complejos como el choque cultural entre Europa y Japón, con las heridas de la Segunda Guerra Mundial todavía abiertas -la historia ocurre a finales de los años 60-. Amélie va abriendo poco a poco los ojos al mundo y establece relaciones importantes -con su abuela o con la empleada doméstica Nishio-San- pero también aprende el significado de la pérdida y la idea de la muerte. Todo esto, interesante de por sí, está contado de forma deslumbrante, valiéndose de recursos cinematográficos que solo están al alcance de la animación. Señalemos algunos momentos espléndidos: cuando Nishio-San explica a Amélie su terrible experiencia en la guerra mientras cocina, convirtiéndose los ingredientes y la preparación culinaria en metáforas ilustrativas del conflicto bélico; o cómo el drama personal de la rencorosa Kashima-san se desvela solo con miradas y gestos mínimos, dando lugar a un instante de intensidad emocional tremenda en la escena del ritual japonés del Toro Nagashi; y por último, la preciosa idea de que se pueda meter la playa en un bote de cristal, en una escena que establece una conexión inesperada con Roma (2018) de Alfonso Cuarón. Todos estos son momentos de gran cine, de sabiduría narrativa, en una película de apenas 77 minutos de duración, que es una de las mejores obras del año.
HASTA LA MONTAÑA -PASTOS FRESCOS
La idea de escapar de la claustrofóbica ciudad para refugiarse en la amplitud del campo y la montaña está presente en más de una película desde el confinamiento de 2020. La necesidad de huir de una sociedad hipertecnificada y marcada por las redes sociales para reconectar con la naturaleza, es un sentimiento todavía más actual y urgente. Pero la idea de alejarse de un sistema capitalista en el que el trabajo ha perdido su sentido para reencontrarse con algo más primitivo y puro es todavía más antigua y nos puede llevar a finales de los años sesenta y a la revolución hippie. Todo esto está muy presente en la estupenda Hasta la montaña (2026), dirigida por la canadiense Sophie Deraspe e inspirada en hechos reales, en el relato autobiográfico de Mathyas Lefebure publicado en 2006. El argumento nos cuenta cómo el protagonista, Mathyas (Félix-Antoine Duval), un joven canadiense, creativo publicitario, decide abandonarlo todo tras una crisis existencial con la idea de convertirse en pastor de ovejas en la Francia rural. El guion sigue entonces los quijotescos esfuerzos de Mathyas por conseguir sus objetivos: debe aprender un oficio ancestral, encontrar trabajo y estar a la altura de un modo de vida tan antiguo como exigente. Lo más interesante de la película es que, a pesar del idealismo, algo naive, del protagonista, no hay concesiones al romanticismo. El conflicto nace, precisamente, del choque entre los deseos de Mathyas y la realidad del campo en Europa, un sector siempre en crisis que se enfrenta al capitalismo salvaje del mercado global, a las presiones ecologistas -que lógicamente intentan salvar al lobo-, y a la precariedad de un oficio en vías de extinción que solo sobrevive gracias a la contratación -a veces ilegal- de inmigrantes. Mathyas se enfrenta a todo eso y a la mala leche de unos campesinos y ganaderos que no son los de As bestas (2022), pero casi. Estos conflictos sociales complementan y sirven de escenario para la búsqueda filosófica de Mathyas, que encontrará en una funcionaria (Solène Rigot) a una sorprendente compañera de aventuras. La apuesta por el realismo de Sophie Deraspe consigue que conectemos con la película, que en su segundo tramo nos llevará a las montañas en las que Mathyas debe afrontar el durísimo reto de la trashumancia y en el que los fantásticos paisajes, fotografiados por Vincent Gonneville, harán el milagro de llevarnos desde la sala de cine hasta los Alpes franceses. Una cinta sin pretensiones, pero que llama a la reflexión, cuyos protagonistas conectan con el espectador y que hay que ver en una pantalla de cine tan grande como las cimas que intenta conquistar Mathyas con su rebaño de más de 800 ovejas.
UN FANTASMA EN LA BATALLA -DOBLE VIDA
Agustín Díaz Yanes vuelve tras la cámara con la muy
sólida Un fantasma en la batalla (2025), en la que una
estupenda Susana Abaitua -nominada al Goya- protagoniza un tenso thriller sobre
una mujer guardia civil que se infiltra en un comando de ETA en sus años más
violentos y sangrientos. No hace falta decir que el planteamiento, basado en
hechos reales, es muy similar al de La infiltrada (2024), pero
estamos hablando de dos películas completamente diferentes que solo tienen en
común su calidad. En su aproximación a la violencia terrorista, Yanes -nominado
al Goya al mejor guion- apuesta por un film oscuro, que nos
muestra a dos bandos enfrentados, por un lado, los terroristas y por el otro,
los agentes de la benemérita, que poco a poco se van deshumanizando en una
lucha sin cuartel. En medio del conflicto está Amaia, una joven que se entrega a
la causa contra la violencia -no se nos dan demasiadas pistas sobre sus
circunstancias personales- y que debe hacer un tremendo sacrificio para aguantar
durante años entre las filas de unos criminales curtidos en la desconfianza y
la paranoia. La protagonista -y el espectador- tienen pocos momentos de
respiro: Amaia se enfrenta constantemente a la posibilidad de ser descubierta o
al dilema moral de tener que colaborar con los terroristas
para mantener en pie el engaño. La película se apoya en varios elementos
para mantener esta tensión: una puesta en escena ejemplar de Yanes y un
estupendo montaje de Bernat Vilaplana, nominado al Goya; una estupenda fotografía, con una cualidad fantasmagórica, de Paco Femenía; una música digna de una
película de terror de Arnau Bataller; y, sobre todo, el rostro, la gestualidad,
de una fantástica Abaitua, capaz de expresar un amplio rango de emociones sin necesidad de apoyarse en los diálogos. A la contundencia de Un fantasma en la
batalla ayuda en no poca medida la mezcla de las escenas de ficción con materiales documentales, emisiones noticiosas televisivas reales, que
imprimen veracidad y el peso del horror que se vivió en España en aquellos
años. A Abaitua la acompaña un reparto sólido: Andrés Gertrúdix, Iraia
Elias, Raúl Arévalo, una durísima Ariadna Gil y un sorprendente cameo del
director Jaime Chávarri para dar vida a personas que actuaban como soldados en
una guerra sin sentido y que intentaban esconder las heridas propias de ejercer
-y sufrir- la violencia.
DECORADO -NO ESPERÉIS EL FIN DEL MUNDO
"Tal divorcio entre el hombre y su vida, entre el actor y su decorado, es propiamente el sentimiento de lo absurdo" dijo Albert Camus en El mito de Sísifo y ese espíritu es el que rige Decorado (2025), nominada al premio Goya a la mejor cinta de animación y quizás la película española más política del curso pasado. Su director, Alberto Vázquez, es uno de los autores cinematográficos más interesantes del panorama actual, con un discurso coherente, comprometido y personal y con un estilo reconocible a primera vista. En Decorado encontramos una crítica feroz de la sociedad actual, marcada por un capitalismo salvaje, por unas relaciones deshumanizadas, por la precariedad laboral, el desempleo y la imposibilidad de acceder a una vivienda, el clasismo, el uso manipulador de los medios de comunicación, de información y entretenimiento para distraer a la clase obrera y sedar cualquier atisbo de rebelión. Y este dibujo (animado) cruel y nihilista del mundo, lo hace Vázquez utilizando tiernos animales antropomorfizados, en la tradición de Disney y de los Looney Toons, lo que provoca un contraste escalofriante que produce una risa helada y, sobre todo, desasosiego. En la historia, el protagonista es Arnold, un ratón de mediana edad, casado y en paro. Un ratón que se siente un extraño en su propia vida y que intenta descubrir si hay algo más allá del bosque. Pero escapar, no es fácil, como ocurre en tantas y tantas obras de ciencia ficción distópica, empezando por la referencia principal de esta película, el clásico 1984 de George Orwell. Vázquez mezcla así los problemas existenciales con la opresión social, económica y política, y añade oscuros elementos de fantasía y de terror, como demonios, fantasmas y monstruosas sirenas, para crear un universo oscuro, poblado de retratos reconocibles: el empresario exitoso pero desalmado, el juguete roto de la fama, el artista frustrado en un mundo que no aprecia la cultura, el mendigo y el drogadicto autoexcluido del sistema. Vázquez no deja títere con cabeza, pero también matiza y nos muestra a un capitalista opresor con capacidad para amar y a un marginado oprimido pero también víctima de sus propias debilidades. Con un humor negrísimo, Decorado encoge el corazón, sí, pero también engancha, quizás por su forma descarnada de decir verdades. Lo único que se le puede achacar es que no ofrece respuestas ni esperanzas. Pero ¿Quién puede?
ARCO -VIAJES EN EL TIEMPO
Tras décadas de ciencia ficción distópica -el miedo vende más que la esperanza- y con la que está cayendo en el planeta -cambio climático, pandemias, guerras- parece difícil ser optimistas acerca del futuro de la humanidad. Pero eso es lo que plantea la estupenda Arco (2026), nominada al Óscar a la mejor película de animación. En un futuro lejano, el año 2932, la humanidad ha dominado el viaje en el tiempo. El pequeño Arco, de 10 años, decide escaparse de casa y acaba viajando a su pasado, que para nosotros es un futuro más cercano, 2075, donde conoce a otra niña, Iris, que le cambiará la vida mientras intenta ayudarle a volver a casa. Este planteamiento de ciencia ficción, que puede recordar a un clásico como E.T., el extraterrestre (1982) en su esencia, da lugar a una película sin embargo muy original, llena de ideas preciosas y con un look visual muy personal. Detrás de la película está el francés Ugo Bienvenu, animador, ilustrador y autor de cómics que en su primer largometraje imprime un estilo híbrido que tiene algo, primero, del cómic de línea clara europeo, algo de Moebius, pero también algo de la sensibilidad poética aplicada al detalle realista de los estudios Ghibli. Arco dibuja dos futuros de ciencia ficción que, sin ocultar los problemas del mundo real como la crisis ecológica, abren la posibilidad de la esperanza planteando ideas de forma muy sutil como una comunión de la civilización con la naturaleza, o un uso mucho más humanizado de la tecnología -mencionemos al robot encargado de cuidar a la familia, un personaje que protagoniza alguno de los momentos más emotivos de la cinta-. Las ideas que hay en Arco son bellísimas: el sorprendente uso de los arcoíris, la amistad que surge entre dos niños de mundos diferentes, la nostalgia que evoca ese futuro distante, el destino de un robot guiado por las leyes de Asimov que, sin ser humano, es capaz del mayor sacrificio. Debería estar entre las mejores películas del año.






