¡LA NOVIA! -HASTA QUE LA MUERTE LOS REÚNA

 


Si no habías leído la novela original, era La novia de Frankenstein (1935) la que te descubría que Mary Shelley, en su texto inmortal, había hecho que Víctor Frankenstein creara también una mujer -aunque nunca le diera vida-. En el texto, el héroe romántico literario era obligado por su criatura a crearle una compañera para paliar su soledad, tal como se nos ha dicho que Dios creó a Eva como compañera de Adán, en el primer matrimonio concertado de la creación. Aquella película, dirigida por James Whale para Universal, sigue siendo una de las mejores de la historia del cine. Realmente una comedia de terror, la película está llena de imágenes icónicas con subtexto queer y deliciosos efectos especiales prácticos que todavía mantienen intacto su encanto. En ella, la actriz Elsa Lanchester encarna a la novia, de peinado imposible, pero también a la escritora Mary Shelley en el prólogo de esta secuela que supera a la original. 91 años después, ¡La novia! (2026) también nos presenta a la actriz  Jessie Buckley -siempre maravillosa- en el mismo doble papel. Antes que ella, eso sí, hemos visto novias de todo tipo: la rubia modelo Brigitte Bardot que fue Susan Denberg en Frankenstein creó a la mujer (1967), con subtexto transgénero para Hammer Films; la Eva que fue Jennifer Beals en La prometida (1985) creada nada menos que por Sting; la novia de recambio hecha de partes de prostitutas en la muy trash, Frankenputa (1990); la trágica Helena Bonham Carter en la romántica Frankenstein de Mary Shelley (1994) que firmó un melenudo Kenneth Branagh; la muy sexualmente activa Emma Stone de Pobres criaturas (2024); o el también doble papel edípico de Mia Goth en la versión de Guillermo del Toro nominada al Óscar en 2026. Quizás, el peso de estos antecedentes ha obrado a favor de que la actriz Maggie Gyllenhaal, que firma su segunda película como directora -tras la interesante La hija oscura (2021)-, ofrezca una versión completamente diferente del mito prometeico, desinteresándose de la figura patriarcal del mad doctor y de la idea de crear vida artificial, para centrarse en la figura de la novia y en su perspectiva femenina y feminista, que canaliza explícitamente la energía de Mary Shelley -hija de la filósofa y escritora protofeminista Mary Wollstonecraft (1759-1797)-. Gyllenhaal se inspira en la película de Whale de 1935 y decide insertar a sus personajes, el monstruo y la novia, en una película de gángsteres en el Chicago de 1936. La directora se aprovecha de la eterna confusión entre el doctor y su criatura y bautiza directamente como Frankenstein a su monstruo, un estupendo Christopher Bale caracterizado según el maquillaje clásico e icónico creado por Jack Pierce para Boris Karloff. Frankenstein -un cinéfilo empedernido como John Dillinger- busca a una compañera y para conseguirlo recurre a una científica, la doctora Cornelia Euphronius (Anette Benning) -su nombre recuerda al doctor Septimus Pretorius (Ernest Thesiger) de La novia de Frankenstein-. Y a partir de ese momento, la pareja de monstruos se convierte en una suerte de Bonnie y Clyde, perseguidos por la policía -los detectives encarnados por Peter Sarsgaard y Penélope Cruz- y por la propia mafia -John Magaro-. En esta huida, Gyllenhaal encadena diferentes secuencias en las que desarrolla la relación entre los protagonistas -la química entre los actores es tremenda- marcada por la idea de que la novia no sabe quién es, ni cuál es su nombre, ni ha podido elegir al ser resucitada y emparejada; y además apunta una serie de temas como las discriminaciones, abusos y violencias a los que se han enfrentado las mujeres históricamente. Eso sí, esta novia es más que una compañera, es la semilla de una revolución -feminista- y una heroína independiente a pesar de su romántica relación con el monstruo. La película de Gyllenhaal es atrevida, violenta, sexy, cool y sobre todo punk, llena de guiños cinéfilos -al cine clásico musical con el desmitificador personaje de Jake Gyllenhaal; a la parodia de El jovencito Frankenstein (1974); y a la directora pionera de Hollywood, Ida Lupino-. Brillan el diseño de producción de Karen Murphy, la fotografía expresionista de Lawrence Sher y la música trepidante de la islandesa Hildur Guonadóttir. La puesta en escena exuberante de Gyllenhaal deslumbra -sobre todo en su prometedor arranque- y confirma a esta directora como una artista capaz de fabricar un producto comercial pero con alma.

TORRENTE, PRESIDENTE -LA PARODIA NACIONAL

Santiago Segura es muchas cosas. Empezó siendo el héroe de los cortometrajistas cinéfilos que soñaban con hacer películas de género al estilo americano; es también un personaje televisivo al que identificamos como humorista; y ha acabado siendo el blanco de las iras en las redes tras ser incluido en la llamada fachosfera. Es el signo de los tiempos de división y polarización que nos han tocado vivir. Pero realmente, Segura es un productor, guionista, director y actor cinematográfico de gran éxito. El heredero y continuador de las comedias de los años 70 y 80 de Ozores, Pajares y Esteso, a los que emula como rey de la taquilla y con su olfato inigualable para conectar con los gustos del público y reflejar los temas de actualidad que más preocupan a los espectadores. En Torrente, presidente (2026), Segura consigue una comedia perfecta cuyo gran objetivo es que nadie se aburra. La trama, claro, recupera al famoso antihéroe, el casposo policía José Luis Torrente, que es reclutado por un partido político de extrema derecha. Segura no esconde cuáles son sus referentes de la vida real: Nox es Vox, y, de hecho, gran parte de la gracia de la película es el juego de espejos que establece en una correspondencia al alcance de cualquier espectador. El guion del propio Segura sigue la dinámica marcada en su saga de Padre no hay más que uno: los chistes se suceden uno tras otro sin dar respiro. Ante tal batería de bromas, puede que algunas no funcionen del todo, pero no pasa nada, enseguida viene la siguiente, y así sin parar, emulando un estilo más bien televisivo que remite a series animadas como Los Simpson o Padre de familia, o quizás, también, a un tebeo de Bruguera. Una sucesión de sketches en los que impera, sobre todo, el humor incorrecto, a veces zafio, pero siempre buscando incomodar. Segura perfecciona la jugada en la sexta película de su saga: Torrente le sirve para reírse de los fascistas, racistas, homófobos, nacionalistas y rancios que lamentablemente abundan en España; pero, además, sabe perfectamente que el espectador de derechas también se va a reír con esos viejos chistes que la cultura woke ha desterrado al terreno del mal gusto y la cancelación. Si Los domingos (2025) consiguió interesar a católicos y ateos -las dos Españas- lo mismo consigue Segura con su película. No puede haber nada más sano que el facherío riéndose de su propia cutrez. El otro gran talento de Santiago Segura es su poder de convocatoria: la película apuntala su sucesión de chistes en infinitos cameos -algunos fugaces- de sus famosos amiguetes, que deparan sorpresas -y risas- continuas. Personajes muy conocidos que van desde los frikis de la telebasura y las viejas glorias -los más humanos y entrañables- hasta las estrellas de Hollywood, pasando por periodistas, escritores, cantantes y deportistas. Y lo más meritorio es que todos se prestan al juego de autoparodiarse de buen grado. Segura se ríe con ellos, pero también de ellos. Con todos estos rostros, el director de Carabanchel dibuja un panorama muy completo de la guerra política, social y mediática en la que vivimos inmersos. El espectador se va a reír, y mucho, pero, quizás, a la salida del cine, también se le encoja un poco el corazón ante la idea de que Torrente, presidente, siendo como es una farsa, está demasiado cerca de ser un espejo de la realidad. Con sus bromas y con la elección de los cameos, queda clara una postura crítica ante la política y el populismo, pero también hay un comentario más fino sobre la cultura de la cancelación y contra la corrección política cuando se vuelve un arma de censura. La propuesta es redonda porque la película recupera personajes y hace guiños a toda la saga iniciada en 1998. Y como la propia serie, la cinta evoluciona del costumbrismo cañí a la parodia del cine de acción hollywoodiense -mirando sobre todo a James Bond y sus villanos megalómanos- para preguntarse quién está verdaderamente detrás de los políticos, los medios y los empresarios, riéndose de paso de las teorías de la conspiración pero haciéndonos ver que, en el fondo, todos somos meros títeres. Te puede gustar más o menos lo que propone la película, puede caerte muy mal su autor, pero Torrente, Presidente es una película perfecta: cumple sobradamente con lo que promete.

TAFITI Y SUS AMIGOS -EL VALOR DE LA AMISTAD

Tafiti es una suricata que vive con su familia en el desierto africano. De su abuelo aprende importantes lecciones para sobrevivir, pero cuando se embarca en una peligrosa aventura con un nuevo amigo, el cerdo salvaje Púas, descubrirá también el valor de la amistad y la solidaridad. Tafiti y sus amigos (2026) es una cinta de animación alemana, dirigida por la experimentada Nina Wells, que lleva a la pantalla al popular personaje infantil creado por Julia Boehme, autora que también participa en el guion. Aunque no se trata de una cinta animada con los recursos de un film de Disney, Pixar o Ghibli, la película compensa sus limitaciones puramente técnicas en el campo de la animación con un vistoso uso del color y de la luz en impresionantes escenarios, como el infinito desierto de Namibia que deben cruzar los personajes, y sobre todo, con un guion que imprime un ritmo ágil encadenando situaciones y presentándonos a diferentes animales africanos para no perder la atención de los niños. La película es ideal como una primera experiencia en la sala de cine para niños desde los 3 años y promueve valores como la familia, la amistad y la solidaridad. Hay sobre todo un mensaje en contra del odio y la desconfianza en el otro, en el desconocido, en el extranjero. Y hay que destacar también ideas muy divertidas, como que una elefanta se enamore de un ratón; o momentos trepidantes como la secuencia subacuática en la que aparece un monstruoso pez. Tafiti y sus amigos es una película modesta pero también honesta, bien construida y sobre todo apta para ver en salas con los más pequeños.

AMARGA NAVIDAD -EL CREADOR Y SU OBRA


Puede ser que un artista tenga dos opciones: insistir en un estilo buscando la perfección hasta agotarse, o romper con su obra anterior, arriesgarse a perderlo todo, con el objetivo de ganar nuevas vías a explorar. Pedro Almodóvar, director ya más que consagrado, arranca Amarga Navidad (2026) -título robado a una canción del mexicano José Alfredo Jiménez- transitando por terrenos más que conocidos. Elsa -siempre magnética Bárbara Lennie- es una directora de cine que sufre -autobiográficas- migrañas y busca paliar sus dolores con la ayuda de las drogas -legales- y de su pareja, un bombero/estríper llamado Bonifacio (Patrick Criado). Puro Almodóvar. El director que iniciara su filmografía con Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón (1980) parece recuperar en este inicio la ligereza y la comedia de sus primeros tiempos en lo que parece una nueva incursión en el drama íntimo con protagonista femenina al estilo de tantas y tantas obras del autor de Todo sobre mi madre (1999). Pero Almodóvar evita los conflictos trágicos y se limita hablar de dolencias, de salud mental, de amor, y de amistad entre mujeres, hasta que esa historia principal resulta ser una ficción dentro de otra, en la que un segundo director de cine, Raúl Durán -Leonardo Sbaraglia como alter ego del manchego- está escribiendo un guión y se enfrenta a conflictos vitales que, también, parecen menores: con su productora, Mónica (Aitana Sánchez-Gijón), en una trama que parece un esqueje de Dolor y gloria (2019). Almodóvar es un guionista barroco y aquí juegas enreda yendo de una trama a la otra, introduciendo personajes y conflictos -las amigas paralelas que interpretan Victoria Luengo, Milena Smith-, se deja llevar por divertidas y hermosas digresiones -el baile de Criado, la fiesta de Rossy de Palma y la cantante Amaia Romero, un nuevo homenaje a Chavela Vargas-, mientras el relato se va enrevesado y haciendo más melodramático, dejando atrás la ligereza para volver a la intensidad trágica de la segunda etapa de su carrera. Todo esto se desarrolla de forma muy libre, el argumento fluye sin que sepamos muy bien a dónde quieren llevarnos, plasmándose la historia en la pantalla con la acostumbrada exuberancia visual de Almodóvar: su perfecta planificación pictórica, la estupenda fotografía de Pau Esteve Birba, la combinación pop de colores, el esmerado diseño de los decorados y el vestuario, las localizaciones de revista de arquitectura y la envolvente y arrebatada música de Alberto Iglesias. Con sus acostumbrados diálogos de fotonovela, Almodóvar nos lleva finalmente a un trampantojo narrativo en el que el autor se cuestiona a sí mismo el uso de la autoficción y se reprocha ser como un vampiro que se aprovecha de las vidas de los demás. Esto en un tramo final que contiene su propia crítica cinematográfica y en el que el director se rebela contra la idea de que ya ha dado al mundo sus mejores obras y que solo le quedan películas menores -o de culto- en su filmografía. Un final atrevido, arriesgado, estimulante, que revela que Almodóvar, esta vez, se despreocupa de sus criaturas para hablar de sí mismo.

ÈREM UNA GRAN FAMILIA -METRAJE ENCONTRADO


Una fotografía es un momento congelado en el tiempo. Y una película es el tiempo inmortalizado. Hay algo mágico en el acto de coger una cámara y captar un momento de la vida y arrancarlo de la fugacidad del presente. Esa magia, quizás, ha perdido hoy parte de su poder: vivimos rodeados de cámaras, fabricamos imágenes continuamente con nuestros teléfonos móviles, hemos convertido las redes sociales en una galería de las imágenes de nuestras vidas. El documental 
Èrem una gran família (2026) de la directora debutante Cristina Rosselló, que se presenta en el D'A Festival Cinema, recupera el poder primitivo de las imágenes del cine en sus inicios, ese que en 1896 sorprendía a los espectadores con la llegada de un tren a la estación. Rosselló rescata las películas caseras de una familia de Vic, los Riera Fiter, entre los años 1942 y 1999, mucho antes de la omnipresencia de los mencionados móviles. La directora nos cuenta así la historia de una familia, a la que vamos descubriendo poco a poco de forma asombrosa. Van pasando los años y delante de nuestros ojos vemos a estas personas crecer, madurar y casarse, tener hijos y envejecer. Esto es, de por sí, muy valioso. Roselló devuelve la importancia a las imágenes por su valor intrínseco como documento histórico y como testimonio de estas vidas, pero además las realza valiéndose del montaje y de la música, con técnicas de videoarte, que imprimen evocadoras atmósferas al relato y que nos hacen anticipar cómo va a evolucionar la vida de estas personas. No hay necesidad de narraciones en off, ni de textos -más allá de los que marcan la cronología- ya que las imágenes de los retratados dicen mucho sobre su estilo de vida, sobre la época en la que viven, sobre la personalidad de cada uno. Para complementar lo que vemos, Roselló entrevista a los miembros de esta familia, cuyas voces aparecen explicando -subjetivamente, claro- quién es quién en el árbol genealógico que aparece en la pantalla. Pero hay más. Un recurso especialmente afortunado es el que hace Roselló de los noticiarios de cada época, concretamente de sus locuciones, que utiliza para explicar las películas caseras rodadas por la propia familia. Y aunque esos textos hablados estaban pensados para acompañar otras imágenes, por coincidencia y por contraste sirven aquí para contextualizar lo que vemos. Con ello se consigue contar también la historia de España y de Cataluña en el último tramo del siglo XX, siempre desde el microcosmos de una familia concreta con sus peculiaridades. Las relaciones de un matrimonio, las dinámicas entre padres e hijos, las cosas que pasan entre los hermanos, se suman a cómo fue la dictadura franquista para una familia burguesa y afín al régimen, a la que conocemos en su esplendor pero también en su decadencia, en un retrato real nada lejos de la satírica La escopeta nacional (1978) de Berlanga. La familia vista como ese grupo fundamental en el que vivimos los momentos más felices, pero también en el que aparecen los celos, el rencor, la frustración y esas penas que arrastramos durante toda una existencia. Èrem una gran família está llena de imágenes poderosas, de ideas que invitan a la reflexión y, claro, de nostalgia por un tiempo rescatado del olvido que acaba siendo el de todos.

ZETA -ESPÍAS IBÉRICOS


Ya en el cine mudo, la maravillosa Los espías (1928) del grandísimo Fritz Lang inauguraba el subgénero de las películas de espías. Antes, con El doctor Mabuse (1922), el propio Lang había creado el modelo del villano megalómano que aspira a derribar el sistema, que hoy se sigue enfrentando al héroe de acción moderno. De todo ello tomó buena nota Alfred Hitchcock, con títulos tan divertidos como 39 escalones (1935), Agente secreto (1936) y hasta la obra maestra que es Con la muerte en los talones (1959), influencia decisiva en el agente secreto más famoso de todos, James Bond, nacido en Dr. No (1962). Poco a poco, la popular saga del agente 007 fue pasando de la intriga de espionaje a la acción más espectacular, que ha dado pie a franquicias igualmente pirotécnicas como Misión Imposible y la saga de Bourne. Esta tendencia al blockbuster ha hecho casi imposible que cinematografías más modestas -en presupuesto- aborden el subgénero, de ahí que haya que valorar el riesgo de un director como Dani de la Torre al atreverse con Zeta (2026), incursión en el cine de espías que propone a Mario Casas como héroe -patrio- de acción. Sorprendentemente, la cosa sale bien. La película es un impecable producto de entretenimiento, que, si bien no alcanza el despliegue técnico de las sagas antes citadas, ofrece emoción, tensión y sorpresas. Zeta es el nombre clave de un agente semiretirado (Casas) que es llamado por la directora del CNI -estupenda Nora Navas- para buscar al asesino de cuatro exagentes ubicados en diferentes embajadas internacionales. Todos participaron en una misión secreta en Colombia en los años 90 -lo que nos hace pensar en Narcos (2015-2017) en varios momentos- y la clave de todo puede ser otro misterioso exagente veterano (Luis Zahera). Además, Zeta se verá obligado a colaborar con una expeditiva espía colombiana, Alfa (Mariela Garriga). Con este planteamiento, la historia se va desarrollando con buen ritmo, dosificando las revelaciones que hacen interesante la intriga, gracias a un guion muy trabajado de Oriol Paulo, Jordi Vallejo y el propio director, que va atando cabos de forma muy divertida. Una de las mejores cosas de Zeta es que se toma muy en serio a sí misma como película, lo que no impide momentos muy divertidos y pasados de rosca. Eso sí, estamos ante una cinta de espías en la que son muy importantes los diálogos y los flashbacks sobre la misteriosa operación Ciénaga, que se sostienen sobre todo por el buen hacer de Luis Zahera, carismático y misterioso personaje que mueve los hilos de todo siguiendo sus propios intereses. Y puntuando el argumento, estupendas escenas de acción que remedan el mejor cine de Hollywood: persecuciones de coches, exhibiciones de parkour por las favelas brasileñas y una estupenda pelea, violenta y seca, en plano secuencia. Hay que sumar a esto escenarios internacionales espectaculares y, sobre todo, la voluntad de ser verosímiles, pero no demasiado realistas y aburridos. Creo que Zeta apuesta sobre todo de la idea de introducir elementos personales e íntimos que afectan directamente al héroe inmerso en la intriga, siguiendo los pasos de la estupenda serie Alias (2001-2006) de J.J. Abrams. Una cinta muy entretenida, buen ejemplo de cine de género, y muy posiblemente la primera de una serie cuyas futuras entregas, ojalá, podamos disfrutar en una pantalla de cine.

CALCINACIÓN -DEMONIOS DE LA MENTE


El terror o el thriller psicológico se apoyan en una premisa básica: los espectadores no sabemos si lo que vemos en la pantalla de cine está ocurriendo objetivamente o si solo existe en la mente del protagonista, cuyo punto de vista contamina la narración. Calcinación (2026), del director y guionista Luis Navarrete, es un viaje alucinado al fondo de una mente, la de Álvaro (Javier Hernández), un joven que atraviesa una crisis existencial y que parece acosado por misteriosos personajes. Pero ¿Qué está en su cabeza y qué le persigue realmente? El interés argumental de la película reside, sobre todo, en desentrañar qué está ocurriendo y cuál es ese mal que aqueja al protagonista, cuya vida parece marcada por la oscuridad y la desesperación. Es entonces cuando aparece un posible rayo de luz, el amor, en la forma de la luminosa Diana (Vanessa Pámpano), que podría cambiarle la vida a Álvaro. Al mismo tiempo, aparece en la trama un personaje oscuro y sórdido, que no necesita nombre, interpretado por Antonia San Juan, actriz capaz de transfigurarse en una máscara aterradora ¿Por qué persigue a Álvaro? El espectador tendrá que resolver el puzle, pero la película mantiene el interés, sobre todo, por sus imágenes, bien construidas para crear una atmósfera inquietante, casi onírica, gracias a la fotografía expresionista de Alex Arteaga, que se conjuga estupendamente con la música de Ramón Grau. Poco a poco se irán desvelando las cartas, aunque la película, afortunadamente, mantiene siempre cierta ambigüedad mientras la cinta se va haciendo progresivamente más terrorífica, con momentos de cine fantástico bastante conseguidos que llevan a un clímax infernal, en el que toda la contención anterior estalla en la pantalla. Bien dirigida, con un acabado visual que contradice su modestia presupuestaria, sólidamente interpretada, Calcinación esconde bajo sus imágenes el tema de la salud mental, la depresión y la ansiedad, y consigue expresar en la pantalla los demonios de la mente, sean reales, o no.



Hablamos con Luis Navarrete, director y guionista que estrena Calcinación, su segunda película tras la comedia musical El fantasma de la sauna (2021), que supone un estimulante cambio de registro al thriller psicológico y de la que también hablamos en Indienauta.


* ¿Cómo surge la idea de Calcinación y cómo es el proceso de escribir un guión que tiene el reto de dosificar la información sin que el argumento se atasque?

- El proceso de crear Calcinación fue bastante intuitivo, porque se fue construyendo a partir de sentimientos aleatorios. En aquel momento estaba pasando por un episodio depresivo, y solo era capaz de escribir frases sobre cómo me sentía, mayormente inconexas. Hasta que al final se fueron acumulando y crearon un mapa que eran un reflejo de los síntomas de ese estado. Luego ya sí fui haciendo muchas revisiones para intentar hacerlo más limpio y ordenado, pero intentando respetar ese "mapa". Intenté ser perfeccionista pero, sobre todo, sin expectativas, ni remordimientos.


* ¿Cómo has manejado la dirección de actores? ¿Pudiste tener ensayos con ellos?

- Sí, esta vez sí pudimos ensayar bastante. Fue una asignatura pendiente en mi primera peli, que por la falta de recursos me daba mucho palo freír a los actores a ensayos, y al final fuimos muy verdes. Pero con Calcinación, aunque los recursos han sido iguales, hemos acordado entre todos volcarnos en construir los personajes y practicar lo máximo posible. El elenco estaba entregadísimo y yo estoy super agradecido por ello.


* ¿Qué referencias tuviste para Calcinación? Hay momentos que recuerdan a un Brian de Palma más grave y serio

- Pues me flipa Brian de Palma de hecho, y me parece un honor que te venga a la mente. En mi primera peli sí te sabría contestar mucho mejor a esto, porque era un homenaje al cine que me había acompañado desde pequeño, pero en esta ocasión, al ser un volcado tan intuitivo, me cuesta más. Habrá mil referencias, porque al final yo soy lo que he visto previamente, pero no te las sabría señalar conscientemente.


* ¿Cómo afrontas el look visual de la película? ¿Cómo fue la colaboración con tu director de fotografía, Álex Arteaga?

- Fue un viaje muy bonito, y también un pedazo de reto, pero he tenido la enorme suerte de tener a Álex a mi lado. En el guion yo ya fui cauto de no plantear cosas fuera de nuestro alcance, pero aún así la imaginación vuela y los dos teníamos cosas muy locas en la cabeza. Fue tras el primer scouting cuando nos dimos cuenta que no teníamos los medios para generar todo el universo que teníamos en mente; aunque ahí viene también lo divertido, que es estrujarse los sesos. Y al final creo que conseguimos expresar lo que queríamos. 


* La música me parece muy importante para establecer el tono de la película ¿Qué le pediste al compositor Ramón Grau?

- Con Ramón es que son ya 10 años de conexión artística y amistad, y estamos llegando a un punto que casi me lee la mente. Este proyecto fue un reto grande de todos modos, porque yo sentía por dentro cómo quería que se expresara musicalmente cada estado de la depresión, pero no sabía darle referencias exactas. Por ejemplo, la pieza que hace más referencia a la apatía, fueron varios meses de ensayo y error, hasta que nos fuimos aproximando y un día le dije "Así, así se siente". O así la siento yo, al menos.


* En Calcinación hay momentos muy inquietantes ¿Te gusta el género? ¿Te has planteado afrontar una historia todavía más terrorífica?

- Creo que el thriller psicológico es mi género favorito. De calle. Hay otros que me encantan, pero este es el que sé que no falla. Y voy a tirar mucho por ahí de aquí en adelante porque lo disfruto una barbaridad y va en sintonía con las cosas que necesito desahogar. En cuanto a una historia más terrorífica, para el siguiente guion que estoy moviendo, no sé si usaría esa palabra, pero sin duda es muchísimo más salvaje y descarnado. Creo que se me ha ido completamente la olla y no sé si será mejor o peor, pero va a ser una explosión, una liberación. Estoy deseando.


* ¿Cómo se puede ser director de cine en España sin morir en el intento? 

- Pues creo que se muere varias veces en el intento (risas). Es una cuesta arriba y cuando crees que has superado varios muros, te encuentras con 100 más. Lo único que está en tu mano y lo que yo recomendaría es trabajar en tu salud mental, no dejando que el cine o las expectativas se conviertan en una cosa agónica que absorba todo, y dar pasos solo cuando los disfrutes. Lo importante cuidarte, y cuidar y disfrutar de los tuyos.


* ¿Cuál es la película que te hizo querer ser director?

- Eduardo Manostijeras (1990). Muchas más, claro, pero esa la voy a respirar siempre. En El Fantasma de la Sauna me salía por los poros y veo las referencias más claras, pero aunque en Calcinación no sean tan evidentes, sé que las tiene que haber porque es que esa película me ha configurado como creador. La amo.