LA PEQUEÑA AMÉLIE -EL CENTRO DEL UNIVERSO


Ya lo debería saber todo el mundo, que la animación no es un género cinematográfico menor, ni es exclusivamente infantil, ni es un género. Pero por si acaso, hay que recomendar fervientemente La pequeña Amélie (2026), una maravilla de película, nominada al Óscar, que utiliza la animación para adaptar la novela Metafísica de los tubos (2000) de la popular autora Amélie Nothomb, escritora belga de mirada personalísima y autobiográfica, marcada por su infancia en Asia y por su posible síndrome de Asperger. El lenguaje de la animación, su libertad formal y su infinidad de recursos se muestra aquí como la forma ideal de visualizar las ideas de la novela y plasmar en la pantalla la imaginación de la autora adaptada. Dirigida por Maïlys Vallade y Liane-Cho Han, esta película firmada por la productora francesa Maybe Movies, narra en primera persona la llegada a la existencia de Amélie, una bebé muy peculiar y un personaje con una personalidad y un carisma tremendos, de esos que permanecen en la memoria. La película es naturalista y costumbrista, centrándose en el núcleo familiar y en su vida cotidiana, pero también está abierta a la metáfora y a la fantasía visual, abordando además temas complejos como el choque cultural entre Europa y Japón, con las heridas de la Segunda Guerra Mundial todavía abiertas -la historia ocurre a finales de los años 60-. Amélie va abriendo poco a poco los ojos al mundo y establece relaciones importantes -con su abuela o con la empleada doméstica Nishio-San- pero también aprende el significado de la pérdida y la idea de la muerte. Todo esto, interesante de por sí, está contado de forma deslumbrante, valiéndose de recursos cinematográficos que solo están al alcance de la animación. Señalemos algunos momentos espléndidos: cuando Nishio-San explica a Amélie su terrible experiencia en la guerra mientras cocina, convirtiéndose los ingredientes y la preparación culinaria en metáforas ilustrativas del conflicto bélico; o cómo el drama personal de la rencorosa Kashima-san se desvela solo con miradas y gestos mínimos, dando lugar a un instante de intensidad emocional tremenda en la escena del ritual japonés del Toro Nagashi; y por último, la preciosa idea de que se pueda meter la playa en un bote de cristal, en una escena que establece una conexión inesperada con Roma (2018) de Alfonso Cuarón. Todos estos son momentos de gran cine, de sabiduría narrativa, en una película de apenas 77 minutos de duración, que es una de las mejores obras del año.

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