La idea de escapar de la claustrofóbica ciudad para refugiarse en la amplitud del campo y la montaña está presente en más de una película desde el confinamiento de 2020. La necesidad de huir de una sociedad hipertecnificada y marcada por las redes sociales para reconectar con la naturaleza, es un sentimiento todavía más actual y urgente. Pero la idea de alejarse de un sistema capitalista en el que el trabajo ha perdido su sentido para reencontrarse con algo más primitivo y puro es todavía más antigua y nos puede llevar a finales de los años sesenta y a la revolución hippie. Todo esto está muy presente en la estupenda Hasta la montaña (2026), dirigida por la canadiense Sophie Deraspe e inspirada en hechos reales, en el relato autobiográfico de Mathyas Lefebure publicado en 2006. El argumento nos cuenta cómo el protagonista, Mathyas (Félix-Antoine Duval), un joven canadiense, creativo publicitario, decide abandonarlo todo tras una crisis existencial con la idea de convertirse en pastor de ovejas en la Francia rural. El guion sigue entonces los quijotescos esfuerzos de Mathyas por conseguir sus objetivos: debe aprender un oficio ancestral, encontrar trabajo y estar a la altura de un modo de vida tan antiguo como exigente. Lo más interesante de la película es que, a pesar del idealismo, algo naive, del protagonista, no hay concesiones al romanticismo. El conflicto nace, precisamente, del choque entre los deseos de Mathyas y la realidad del campo en Europa, un sector siempre en crisis que se enfrenta al capitalismo salvaje del mercado global, a las presiones ecologistas -que lógicamente intentan salvar al lobo-, y a la precariedad de un oficio en vías de extinción que solo sobrevive gracias a la contratación -a veces ilegal- de inmigrantes. Mathyas se enfrenta a todo eso y a la mala leche de unos campesinos y ganaderos que no son los de As bestas (2022), pero casi. Estos conflictos sociales complementan y sirven de escenario para la búsqueda filosófica de Mathyas, que encontrará en una funcionaria (Solène Rigot) a una sorprendente compañera de aventuras. La apuesta por el realismo de Sophie Deraspe consigue que conectemos con la película, que en su segundo tramo nos llevará a las montañas en las que Mathyas debe afrontar el durísimo reto de la trashumancia y en el que los fantásticos paisajes, fotografiados por Vincent Gonneville, harán el milagro de llevarnos desde la sala de cine hasta los Alpes franceses. Una cinta sin pretensiones, pero que llama a la reflexión, cuyos protagonistas conectan con el espectador y que hay que ver en una pantalla de cine tan grande como las cimas que intenta conquistar Mathyas con su rebaño de más de 800 ovejas.

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