Si no habías leído la novela
original, era La novia de Frankenstein (1935) la que te descubría que
Mary Shelley, en su texto inmortal, había hecho que Víctor Frankenstein creara también
una mujer -aunque nunca le diera vida-. En el texto, el héroe romántico
literario era obligado por su criatura a crearle una compañera para paliar su
soledad, tal como se nos ha dicho que Dios creó a Eva como compañera de Adán,
en el primer matrimonio concertado de la creación. Aquella película, dirigida
por James Whale para Universal, sigue siendo una de las mejores de la
historia del cine. Realmente una comedia de terror, la película está llena de
imágenes icónicas con subtexto queer y deliciosos efectos especiales
prácticos que todavía mantienen intacto su encanto. En ella, la actriz Elsa
Lanchester encarna a la novia, de peinado imposible, pero también a la
escritora Mary Shelley en el prólogo de esta secuela que supera a la original.
91 años después, ¡La novia! (2026) también nos presenta a la actriz Jessie Buckley -siempre maravillosa- en el
mismo doble papel. Antes que ella, eso sí, hemos visto novias de todo tipo: la
rubia modelo Brigitte Bardot que fue Susan Denberg en Frankenstein creó a la
mujer (1967), con subtexto transgénero para Hammer Films; la Eva que
fue Jennifer Beals en La prometida (1985) creada nada menos que por
Sting; la novia de recambio hecha de partes de prostitutas en la muy trash,
Frankenputa (1990); la trágica Helena Bonham Carter en la romántica Frankenstein
de Mary Shelley (1994) que firmó un melenudo Kenneth Branagh; la muy
sexualmente activa Emma Stone de Pobres criaturas (2024); o el también
doble papel edípico de Mia Goth en la versión de Guillermo del Toro nominada al
Óscar en 2026. Quizás, el peso de estos antecedentes ha obrado a favor de que
la actriz Maggie Gyllenhaal, que firma su segunda película como directora -tras
la interesante La hija oscura (2021)-, ofrezca una versión completamente
diferente del mito prometeico, desinteresándose de la figura patriarcal del mad
doctor y de la idea de crear vida artificial, para centrarse en la figura
de la novia y en su perspectiva femenina y feminista, que canaliza
explícitamente la energía de Mary Shelley -hija de la filósofa y escritora
protofeminista Mary Wollstonecraft (1759-1797)-. Gyllenhaal se inspira en la
película de Whale de 1935 y decide insertar a sus personajes, el monstruo y la
novia, en una película de gángsteres en el Chicago de 1936. La directora se
aprovecha de la eterna confusión entre el doctor y su criatura y bautiza
directamente como Frankenstein a su monstruo, un estupendo Christopher Bale
caracterizado según el maquillaje clásico e icónico creado por Jack Pierce para
Boris Karloff. Frankenstein -un cinéfilo empedernido como John Dillinger- busca
a una compañera y para conseguirlo recurre a una científica, la doctora
Cornelia Euphronius (Anette Benning) -su nombre recuerda al doctor Septimus
Pretorius (Ernest Thesiger) de La novia de Frankenstein-. Y a partir de
ese momento, la pareja de monstruos se convierte en una suerte de Bonnie y
Clyde, perseguidos por la policía -los detectives encarnados por Peter
Sarsgaard y Penélope Cruz- y por la propia mafia -John Magaro-. En esta huida,
Gyllenhaal encadena diferentes secuencias en las que desarrolla la relación
entre los protagonistas -la química entre los actores es tremenda- marcada por
la idea de que la novia no sabe quién es, ni cuál es su nombre, ni ha podido
elegir al ser resucitada y emparejada; y además apunta una serie de temas como
las discriminaciones, abusos y violencias a los que se han enfrentado las
mujeres históricamente. Eso sí, esta novia es más que una compañera, es la
semilla de una revolución -feminista- y una heroína independiente a pesar de su
romántica relación con el monstruo. La película de Gyllenhaal es atrevida,
violenta, sexy, cool y sobre todo punk, llena de guiños cinéfilos
-al cine clásico musical con el desmitificador personaje de Jake Gyllenhaal; a
la parodia de El jovencito Frankenstein (1974); y a la directora pionera
de Hollywood, Ida Lupino-. Brillan el diseño de producción de Karen Murphy, la
fotografía expresionista de Lawrence Sher y la música trepidante de la
islandesa Hildur Guonadóttir. La puesta en escena exuberante de Gyllenhaal
deslumbra -sobre todo en su prometedor arranque- y confirma a esta directora
como una artista capaz de fabricar un producto comercial pero con alma.












