CALLE MÁLAGA -DRAMA Y COMEDIA


María Ángeles (Carmen Maura) es una mujer de 79 años, española, que ha residido siempre en Tánger y que a pesar de estar sola, disfruta de su independencia, de sus rutinas, de su vida. Todo esto cambia cuando su hija Clara (Marta Etura) la visita para comunicarle que ha decidido vender la casa porque necesita dinero para mantenerse a flote en Madrid. Este es el sencillo pero complejo planteamiento de Calle Málaga (2026), primera película en castellano de la directora marroquí Maryam Touzani -El caftán azul (2022)-. La protagonista absoluta del relato es María Ángeles, papel enteramente al servicio de una estupenda Maura que se entrega completamente a un personaje que la lleva del drama a la comedia y de vuelta otra vez. La película, justamente, tiene dos caras muy diferenciadas. Por un lado, tenemos un conflicto complejo entre una madre y su hija, que el guion no termina de explorar, ya que sus intenciones son otras. Este enfrentamiento lleva también a apuntar temas tan interesantes como la responsabilidad de los padres para con los hijos. ¿Cuándo acaba? ¿Cuándo puede una madre comenzar a disfrutar de su propia vida tras haber criado a una hija que ya es adulta? ¿Debe una madre sacrificarlo todo? Este conflicto familiar tampoco tiene demasiado recorrido en la película, y deja de fondo una serie de asuntos de la actualidad española que tienen que ver con problemas sociales como el trabajo precario, la crisis del sistema sanitario público, el problema de la vivienda, etc. Touzani utiliza estos temas casi como un prólogo y un epílogo sobre realidades muy duras de las que su protagonista escapa embarcándose en un viaje personal de autodescubrimiento, un coming of age de la tercera edad, en la que María Ángeles se niega a quedarse aparcada en una residencia y se lanza a la aventura de recuperar su vida -aunque de forma ilusoria- y volver a experimentar la amistad, el amor, el sexo -y hasta convertirse en emprendedora de éxito-. Touzani evita el drama social y embarca al espectador en una feel good movie emotiva y con mucho humor, que se deja llevar por el preciosismo de las imágenes -la fotografía es de su colaboradora habitual Virginie Surdej, y la música de Franziska Henke- para darle al espectador un mensaje de esperanza y hacerle olvidar, aunque sea durante casi dos horas, los dramas ¿irresolubles? de la vida real.

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