Hay pocas películas perfectas en la historia del cine y yo propongo entre ellas Kill Bill de Quentin Tarantino, ya sea en la forma que se estrenó originalmente, en 2003 y 2004, en dos volúmenes, o en su versión unitaria, The Whole Bloody Affair (2026) que ahora vuelve a los cines en 35 mm, 70 mm y 4K. En ella, el director y guionista de Pulp Fiction (1994) se dejaba llevar por su pasión por el cine grindhouse para relatar una historia de venganza, la clásica revenge movie, en la que una asesina experta, Beatrix Kiddo -conocida también como La Bamba Negra o la novia- (Uma Thurman) es traicionada y asesinada por su pareja, Bill (David Carradine) y su banda criminal, pero resucita y se embarca en una sangrienta misión que consiste en matar a cada uno de los miembros de su antiguo equipo. Tarantino, como es habitual, divide el argumento en capítulos, desordena cronológicamente el relato, y dedica cada episodio a un personaje, los interpretados por Vivica Fox, Lucy Liu, Michael Madsen y Daryl Hannah. Cada uno con su personalidad, su estética y su propia historia. Y en cada etapa del relato, Tarantino evoca un subgénero del cine de acción de los márgenes: el spaghetti western, el cine de kungfu, el de samuráis y hasta el anime japonés. Se desplegaba así, como nunca antes en su obra, el gusto de Tarantino por lo hiperbólico, con momentos gore, auténticos baños de sangre, tiroteos, peleas de artes marciales y luchas con espadas en las que no faltan las amputaciones y decapitaciones. La película pasa de una secuencia a la otra deslumbrando gracias a los diálogos agudos, la acción espectacular, el humor irónico, y unas interpretaciones disfrutonas. Uma Thurman es simplemente inmensa, está guapísima y carga sobre sus espaldas todo el peso del film; y David Carradine pone el contrapunto con largos monólogos muy bien escritos pero mejor interpretados gracias a la voz y las inflexiones del veterano actor. Kill Bill es algo así como el mejor homenaje posible al cine de barrio -de vaqueros, de artes marciales, de acción- y al mismo tiempo la mejor película posible de cualquiera de esos géneros, con interminables citas cinéfilas a Sergio Leone, Sergio Corbucci, al cine de los Shaw Brothers y las artes marciales en general, gracias a la inclusión de nombres como Gordon Liu, Sonny Chiba o Yuen Woo-ping, por no hablar del uso de la música de otras películas: Tarantino samplea sobre todo temas de Ennio Morricone, que convierten esta cinta en una explosión de citas y referencias que resulta difícil abarcar, pero que acaba transformándose en algo nuevo y único. Tarantino demuestra su pasión por contar historias y por entretener al espectador, sorprendiéndole con giros argumentales, manteniéndole en tensión, y deslumbrando con secuencias pasadas de rosca como la infinita pelea contra los Crazy 88. El diseño de producción y la fotografía son deslumbrantes -era la primera colaboración con Robert Richardson, que participará en las siguientes obras del director-, el montaje perfecto -se encargaba la habitual Sally Menke-, y el uso de la música invasivo -RZA-, y todo se conjuga para hacer una película brillante que de lo festivo va evolucionando hacia un tono más grave, reposado, filosófico si se quiere, peckinpahiano, que redondea la jugada resaltando la figura de Thurman como parte creativa del proyecto, que imprime un punto de vista femenino al relato, que habla de maternidad, de sororidad y de relaciones sentimentales tóxicas. Una película perfecta.
KILL BILL: THE WHOLE BLOODY AFFAIR -CINE CLÁSICO
Hay pocas películas perfectas en la historia del cine y yo propongo entre ellas Kill Bill de Quentin Tarantino, ya sea en la forma que se estrenó originalmente, en 2003 y 2004, en dos volúmenes, o en su versión unitaria, The Whole Bloody Affair (2026) que ahora vuelve a los cines en 35 mm, 70 mm y 4K. En ella, el director y guionista de Pulp Fiction (1994) se dejaba llevar por su pasión por el cine grindhouse para relatar una historia de venganza, la clásica revenge movie, en la que una asesina experta, Beatrix Kiddo -conocida también como La Bamba Negra o la novia- (Uma Thurman) es traicionada y asesinada por su pareja, Bill (David Carradine) y su banda criminal, pero resucita y se embarca en una sangrienta misión que consiste en matar a cada uno de los miembros de su antiguo equipo. Tarantino, como es habitual, divide el argumento en capítulos, desordena cronológicamente el relato, y dedica cada episodio a un personaje, los interpretados por Vivica Fox, Lucy Liu, Michael Madsen y Daryl Hannah. Cada uno con su personalidad, su estética y su propia historia. Y en cada etapa del relato, Tarantino evoca un subgénero del cine de acción de los márgenes: el spaghetti western, el cine de kungfu, el de samuráis y hasta el anime japonés. Se desplegaba así, como nunca antes en su obra, el gusto de Tarantino por lo hiperbólico, con momentos gore, auténticos baños de sangre, tiroteos, peleas de artes marciales y luchas con espadas en las que no faltan las amputaciones y decapitaciones. La película pasa de una secuencia a la otra deslumbrando gracias a los diálogos agudos, la acción espectacular, el humor irónico, y unas interpretaciones disfrutonas. Uma Thurman es simplemente inmensa, está guapísima y carga sobre sus espaldas todo el peso del film; y David Carradine pone el contrapunto con largos monólogos muy bien escritos pero mejor interpretados gracias a la voz y las inflexiones del veterano actor. Kill Bill es algo así como el mejor homenaje posible al cine de barrio -de vaqueros, de artes marciales, de acción- y al mismo tiempo la mejor película posible de cualquiera de esos géneros, con interminables citas cinéfilas a Sergio Leone, Sergio Corbucci, al cine de los Shaw Brothers y las artes marciales en general, gracias a la inclusión de nombres como Gordon Liu, Sonny Chiba o Yuen Woo-ping, por no hablar del uso de la música de otras películas: Tarantino samplea sobre todo temas de Ennio Morricone, que convierten esta cinta en una explosión de citas y referencias que resulta difícil abarcar, pero que acaba transformándose en algo nuevo y único. Tarantino demuestra su pasión por contar historias y por entretener al espectador, sorprendiéndole con giros argumentales, manteniéndole en tensión, y deslumbrando con secuencias pasadas de rosca como la infinita pelea contra los Crazy 88. El diseño de producción y la fotografía son deslumbrantes -era la primera colaboración con Robert Richardson, que participará en las siguientes obras del director-, el montaje perfecto -se encargaba la habitual Sally Menke-, y el uso de la música invasivo -RZA-, y todo se conjuga para hacer una película brillante que de lo festivo va evolucionando hacia un tono más grave, reposado, filosófico si se quiere, peckinpahiano, que redondea la jugada resaltando la figura de Thurman como parte creativa del proyecto, que imprime un punto de vista femenino al relato, que habla de maternidad, de sororidad y de relaciones sentimentales tóxicas. Una película perfecta.
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