Hay más cine en la mayoría de los videoclips de Michael Jackson que en la película Michael (2026). El rey del pop, un tipo visionario, colaboró nada menos que con Martin Scorsese, Francis Ford Coppola, John Landis, Spike Lee, David Fincher o John Singleton en un puñado de videoclips fantásticos y revolucionarios. Sin embargo, el competente Antoine Fuqua fracasa en este biopic intrascendente, plano, sin enjundia dramática y con números musicales que ni siquiera son demasiado espectaculares. No hay prácticamente vida ni verdad, ni ninguna idea interesante, en el relato biográfico de Michael Jackson, interpretado, primero, por el carismático Juliano Krue Valdi, y luego por el sobrino del cantante en la vida real, Jaafar Jackson. El primero consigue dar vida a su personaje y transmitir el inmenso carisma de la estrella infantil, pero el segundo solo consigue una imitación del cantante, cosa nada fácil, sin caer en la caricatura. El problema es que los personajes de la película apenas están dibujados, son como meros bocetos sin peso dramático. Si en la estupenda Un completo desconocido (2024) se apostaba por dejar en el misterio la figura de Bob Dylan, y en la estimable Deliver Me From Nowhere (2025) se intentaba profundizar en la psicología de Bruce Springsteen, Michael se parece más a la recreación superficial de la nefasta Bohemian Rhapsody (2018) y acaba convirtiéndose en una suerte de concierto homenaje con un estupendo imitador haciendo gala de tres canciones ¡íntegras! para abultar su renqueante metraje. Es imposible saber qué fue del guión original de John Logan, pero aquí nos encontramos con una película que tiene un solo conflicto, el de Michael con su padre, al que da vida un siempre estupendo Colman Domingo, inexplicablemente sepultado bajo un innecesario maquillaje, y auténtico villano de la función, como lo es Tom Hanks en Elvis (2022), seguramente el mejor biopic musical de la última hornada -de la quema tampoco se salva Rocketman (2019)-. Estamos, por tanto, ante un film fallido, sin gracia, que solo se apoya en el poder de la música de Michael Jackson, que sigue vigente. El artista y su leyenda siguen siendo enormes, a pesar de las turbias acusaciones de supuesta pedofilia y pederastia, ausentes en el metraje, lo que, la verdad, no me molestaría especialmente si se tratase de una decisión artística. Habría que preguntarse si realmente Michael Jackson, siendo un pederasta en la mente de muchos, podría ser sin embargo objeto de una película tan exitosa en taquilla como esta. ¿Dónde está la supuesta dictadura de la cancelación? En todo caso, Michael, es la razón por la que las películas podrían acabar siendo realizadas por una Inteligencia Artificial.
MICHAEL -LARGA VIDA AL REY
Hay más cine en la mayoría de los videoclips de Michael Jackson que en la película Michael (2026). El rey del pop, un tipo visionario, colaboró nada menos que con Martin Scorsese, Francis Ford Coppola, John Landis, Spike Lee, David Fincher o John Singleton en un puñado de videoclips fantásticos y revolucionarios. Sin embargo, el competente Antoine Fuqua fracasa en este biopic intrascendente, plano, sin enjundia dramática y con números musicales que ni siquiera son demasiado espectaculares. No hay prácticamente vida ni verdad, ni ninguna idea interesante, en el relato biográfico de Michael Jackson, interpretado, primero, por el carismático Juliano Krue Valdi, y luego por el sobrino del cantante en la vida real, Jaafar Jackson. El primero consigue dar vida a su personaje y transmitir el inmenso carisma de la estrella infantil, pero el segundo solo consigue una imitación del cantante, cosa nada fácil, sin caer en la caricatura. El problema es que los personajes de la película apenas están dibujados, son como meros bocetos sin peso dramático. Si en la estupenda Un completo desconocido (2024) se apostaba por dejar en el misterio la figura de Bob Dylan, y en la estimable Deliver Me From Nowhere (2025) se intentaba profundizar en la psicología de Bruce Springsteen, Michael se parece más a la recreación superficial de la nefasta Bohemian Rhapsody (2018) y acaba convirtiéndose en una suerte de concierto homenaje con un estupendo imitador haciendo gala de tres canciones ¡íntegras! para abultar su renqueante metraje. Es imposible saber qué fue del guión original de John Logan, pero aquí nos encontramos con una película que tiene un solo conflicto, el de Michael con su padre, al que da vida un siempre estupendo Colman Domingo, inexplicablemente sepultado bajo un innecesario maquillaje, y auténtico villano de la función, como lo es Tom Hanks en Elvis (2022), seguramente el mejor biopic musical de la última hornada -de la quema tampoco se salva Rocketman (2019)-. Estamos, por tanto, ante un film fallido, sin gracia, que solo se apoya en el poder de la música de Michael Jackson, que sigue vigente. El artista y su leyenda siguen siendo enormes, a pesar de las turbias acusaciones de supuesta pedofilia y pederastia, ausentes en el metraje, lo que, la verdad, no me molestaría especialmente si se tratase de una decisión artística. Habría que preguntarse si realmente Michael Jackson, siendo un pederasta en la mente de muchos, podría ser sin embargo objeto de una película tan exitosa en taquilla como esta. ¿Dónde está la supuesta dictadura de la cancelación? En todo caso, Michael, es la razón por la que las películas podrían acabar siendo realizadas por una Inteligencia Artificial.
YO SIEMPRE A VECES -ENSAYO Y ERROR
Lo más difícil de asumir en la vida son, primero, nuestras contradicciones y después, las de los demás. Yo siempre a veces (2026) es una serie sobre una mujer real: con defectos, que comete errores, que casi nunca acierta y que tendrá que asumir sus contradicciones una y otra vez. La relativa originalidad del guión de Marta Bassols -a la que veremos también como actriz- y Marta Loza es proponer como protagonista a un personaje femenino muy lejos de estar idealizado. Laura, interpretada por Ana Boga, que me parece una revelación, es una joven normal, no especialmente brillante, con un físico no normativo, que fuma, bebe alcohol y se droga, que le gusta estar de fiesta y se enamora ingenuamente de un tipo tan imperfecto como ella, Rubén (David Menéndez), un 'hijo de mamá' egoísta e inmaduro. Es esta pareja la que se nos presenta en el primer capítulo de la serie y, aunque intuyo que el espectador de la misma generación puede sentirse identificado, la idea es que nos parezcan dos descerebrados. Intuición que se confirma cuando Laura se queda embarazada y se convierte en una madre a la fuerza. Los siguientes episodios nos muestran cómo Laura debe lidiar con su nueva situación, lo que la aleja del camino que tenía trazado en su vida -vivía y trabajaba en Berlín- y la devuelve a Barcelona donde se enfrenta al problema de la vivienda, al trabajo precario y a la misión imposible que es la conciliación familiar en España. No solo eso, Laura debe lidiar también con sus padres -Paco Tous y Belén Ponce de León-, con sus compañeros de trabajo y con sus amigues. Todos le dirán a Laura cómo vivir su vida y algunos intentarán ayudarla con escaso éxito. En este proceso vital de Laura, de convertirse en madre, veremos el coming of age de una treintañera, que a pesar de su edad y su independencia seguía siendo una adolescente. Ahora no le quedará más remedio que asumir que sus nuevas responsabilidades limitan su libertad, sus deseos e incluso sus oportunidades de ser feliz, o al menos, de alcanzar lo que ella pensaba que era la felicidad. Todo esto se cuenta en cinco episodios -tras el prólogo- que nunca intentan dar lecciones morales ni criticar esas problemáticas que todos conocemos, sino contar la historia de este personaje, las cosa que le pasan, los problemas en los que se mete, con mucho amor y más de una digresión que se sale de la posible agenda de temas sensibles, lo que se agradece. El guión es francamente inteligente y la producción corre a cargo de los Javis, lo que sigue siendo sinónimo de calidad, frescura e incluso algo de riesgo -y de una serie de temas progresistas-. Detrás de la cámara encontramos a las dos Martas, y a realizadoras como Claudia Costafreda y Ginesta Guindal, que imprimen ese estilo de cine indie que vemos en muchas series de los Javis, que resulta estéticamente atractivo, intimista y emotivo y que juega con el montaje y la música de una forma original. Un empaque atractivo para seguir las aventuras y desventuras de Laura. Si la dramaturgia convencional exige que los personajes aprendan de sus errores y cambien, a ella la veremos madurar para luego equivocarse otra vez. Como en la vida real.
LA MOMIA DE LEE CRONIN -POSESIÓN EGIPCIA INFERNAL
Una de las escenas más perturbadoras de la historia del cine de terror es soprendentemente sencilla: cuando Cheryl clava un lápiz en el tobillo de Linda en Posesión infernal (1981). Es imposible ver esa escena sin encogerse y retorcerse en la butaca del cine y de ello parece haber tomado buena nota el director irlandés Lee Cronin para marcar el tono y fabricar varios momentos muy desagradables en su versión de La momia (2026). Este monstruo clásico ha tenido ya los rasgos de Boris Karloff en la fantástica película expresionista dirigida por el checo Karl Freund para la Universal en 1932; los del altísimo Christopher Lee en la preciosa película de colores saturados de Terence Fisher para Hammer en 1959; y los de Arnold Vosloo en la aventurera aproximación de Stephen Sommers de 1999. Pero esta nueva momia no es un gigante vendado de andares pesados e impulsos asesinos. Cronin apuesta por un planteamiento novedoso que nos sitúa en la actualidad en Egipto y que comienza con el misterioso rapto de una niña, Katie (Emily Mitchell), en un prólogo con ecos de El hombre que sabía demasiado (1956). Tras esto, la historia se desarrolla en el interior de una vivienda familiar y se convierte en una película de casa encantada y sobre todo en una historia de posesiones diabólicas. Porque bajo las vendas de esta nueva versión de la momia se esconde una secuela apócrifa de la ya mencionada Posesión infernal, saga creada por Sam Raimi, a la que Cronin ya aportó la inquietante Posesión infernal: el despertar (2023), que tiene muchísimos puntos en común con esta. Cronin propone a la familia como blanco de un mal contagioso y el hogar como el escenario del terror. En su película, los lazos familiares son la trampa por la que los Cannon serán víctimas de situaciones de terror extremo. Lideran el reparto nuestra Laia Costa, Jack Reynor, Shylo Molina, Billie Roy, Carmen Santiago y una poseída Natalie Grace. Porque Posesión infernal no dejaba de ser un exploit hiperactivo de El exorcista (1973) y aquí se sigue notando esa influencia. Los escenarios egipcios remiten, además, a los paisajes africanos de Exorcista II: El hereje (1977) o de El exorcista: el comienzo (2004). Cronin mezcla todo esto y, si bien poco hay de momia en el resultado y se nota demasiado la sombra de Evil Dead, el festival de momentos sangrientos, body horror, y situaciones extremas -incluyendo un sentido del humor muy retorcido- compensa de sobra su carácter derivativo. Con una historia que busca ser oscura, violenta y de una crueldad muy física, en la línea de las recientes Cuando acecha la maldad (2023) o Devuélvemela (2025), La momia de Lee Cronin es terror puro y extremo sin coartadas, una película con cierta ambición, redonda, que no defraudará al fan de las emociones fuertes.
EL SONIDO DE LA CAÍDA -CUATRO MUJERES
MARACUDA -AVENTURA PREHISTÓRICA
Con una visión de la prehistoria cercana a los Picapiedra llega la divertida Maracuda (2026), cinta de animación destinada a los más pequeños y una estupenda ocasión para llevar a los niños al cine. El protagonista es Maracuda, un joven torpe y con déficit de atención pero de buen corazón que decepciona una y otra vez a su padre, el jefe del clan. En la línea de Los Croods (2013) o Cavernícola (2018) la película genera humor mostrándonos la vida en una prehistoria con aspectos realistas -la dificultad de hacer fuego, la vida nómada, la búsqueda constante de comida- pero también colorida y fantasiosa para asegurar la diversión. El mejor ejemplo es el personaje de Tink, un pájaro extraterrestre mágico con el extraño poder de evolucionar y transformar a los seres vivos, lo que da muchísimo juego durante la película. Dirigida por el ruso Viktor Glukhushin, especializado en animación, la trama tiene un ritmo estupendo, encadenando situaciones de aventura, acción y humor -además de algunos momentos emotivos- y aunque estamos ante una producción independiente, la película cumple con una imagen bonita y una narrativa clara. Hay un montón de personajes divertidos: además de Tink, Maracuda y su padre, está su hermana, la mejor cazadora del clan, además de una divertida abuela y el bruto y velludo Aha; por no hablar de todo tipo de animales extraños, incluyendo un despistado dinosaurio. Maracuda ofrece todo esto y, además, mensajes positivos sobre las relaciones entre padres e hijos, la amistad y el aprender a asumir responsabilidades. Una película recomendada para esa primera experiencia en una sala de cine de los más pequeños.
INCONTROLABLE -EN BOCA CERRADA
¡Cuidado con lo que dices! La discreción y la prudencia, más que expresiones de buena educación, son actualmente puro instinto de supervivencia. Un comentario ofensivo, una manifestación política o un simple chiste pueden dinamitar rápidamente con nuestra vida social. ¿Quién no ha metido la pata alguna vez por decir lo que no debía? En este ambiente opresivo hay que imaginar el sufrimiento del protagonista de Incontrolable (2026), John Davidson, que sufre el síndrome de Tourette, lo que le lleva a soltar espontáneamente, en los peores momentos, esas palabras o ideas que nunca se deben decir en público. Una historia real -amplificada por lo ocurrido en los premios Bafta- que conoceremos en esta estupenda película escrita y dirigida por Kirk Jones. Este biopic modélico tiene los rasgos de identidad de la comedia social británica de los últimas dos décadas, que nos cuenta un conflicto o un problema dramático con una mirada humanista y mucho humor. Bien escrita y dirigida, esta cinta goza además de estupendos intérpretes, empezando por el galardonado Robert Aramayo, que resulta completamente verosímil en un personaje que le exige todo tipo de tics, gritos e improperios que deben parecer involuntarios. Le acompaña un reparto entrañable formando por Scott Ellis -quien interpreta al Davidson adolescente-; una estupenda y maternal Maxine Peake, además de Shirley Henderson -la única 'villana' de la función- y un fantástico Peter Mullan que nos hace recuperar la fe en el ser humano. No se le puede pedir mucho más a una película que una historia bien contada, bien fotografiada y mejor interpretada, encima, sobre una historia verídica de superación que reboza optimismo. Pero es verdad que Incontrolable es, quizás, demasiado convencional y demasiado neutral: evita cualquier reflexión sobre la sociedad en la que vivimos, sobre la hipocresía de lo políticamente correcto y eso que llega a la conclusión de que el problema no está en tener el síndrome de Tourette, sino en la falta de educación de la sociedad, una idea estimulante que daba para mucho más.
UN POETA -VERSOS DEL SUBDESARROLLO
Hay películas que son la vida y Un poeta (2026) me parece una de ellas. La cinta del colombiano Simón Mesa Soto es una comedia triste anclada en la realidad, sin renunciar por ello a un humor casi surrealista por la vía de lo grotesco. El planteamiento es sencillo: un poeta fracasado, Óscar (Ubeimar Ríos), vive con su madre sin ninguna esperanza de futuro hasta que descubre a una adolescente, Yurlady (Rebeca Andrade), con un prometedor talento natural para la poesía, lo que lo lleva a intentar convertirse en su mentor. Esta sinopsis hace pensar en una historia de superación y redención, siguiendo un esquema argumental -el encuentro de dos personajes en momentos vitales muy diferentes- que remite al cine indie estadounidense más convencional -y exitoso-, pero la mirada de Mesa Soto impregna el relato de humor negro, de sátira, provocando en el espectador una risa hiriente. Un reparto de actores naturales con un físico no normativo sirve para representar en pantalla a personas reales con sus defectos, e incluso se nota una cierta querencia por el rasgo físico peculiar. La estética de la película, el vestuario y los escenarios, es feísta, e incluso kitsch, lo que convierte a este director en el pariente colombiano de Jared Hess -Napoleon Dynamite (2004)-. Estamos ante la historia de un perdedor, cuyas desgracias se acumulan una detrás de otra -para hacernos reír- y con ello Simón Mesa dibuja una despiadada caricatura social: la marginación del inadaptado; la fragilidad de la vocación artística y la hipocresía del mundo de la alta cultura; la ridiculez de los que viven de las apariencias y la miseria de las clases desfavorecidas convertidas en supervivientes a los que no les interesa la moral ni el arte. En Un poeta encontramos acertadas y afiladas metáforas sobre la sociedad actual y sus defectos más universales, pero si vamos a lo concreto nos encontramos con un retrato de Colombia como país y, por extension, de la realidad de Latinoamérica, donde los países parecen condenados a vivir en una absurda imitación de los modelos capitalistas, pero sin recursos, desde la miseria, sin perspectiva de progreso y siempre con la nostalgia de los sueños revolucionarios frustrados. Un poeta es una comedia que nos hace reír con un humor esperpéntico que esconde sin embargo una mirada humanista y la tierna historia del amor -imposible- entre un padre irresponsable y una hija con sentimientos de abandono. Una de las películas del año.
¡LA NOVIA! -HASTA QUE LA MUERTE LOS REÚNA
Si no habías leído la novela
original, era La novia de Frankenstein (1935) la que te descubría que
Mary Shelley, en su texto inmortal, había hecho que Víctor Frankenstein creara también
una mujer -aunque nunca le diera vida-. En el texto, el héroe romántico
literario era obligado por su criatura a crearle una compañera para paliar su
soledad, tal como se nos ha dicho que Dios creó a Eva como compañera de Adán,
en el primer matrimonio concertado de la creación. Aquella película, dirigida
por James Whale para Universal, sigue siendo una de las mejores de la
historia del cine. Realmente una comedia de terror, la película está llena de
imágenes icónicas con subtexto queer y deliciosos efectos especiales
prácticos que todavía mantienen intacto su encanto. En ella, la actriz Elsa
Lanchester encarna a la novia, de peinado imposible, pero también a la
escritora Mary Shelley en el prólogo de esta secuela que supera a la original.
91 años después, ¡La novia! (2026) también nos presenta a la actriz Jessie Buckley -siempre maravillosa- en el
mismo doble papel. Antes que ella, eso sí, hemos visto novias de todo tipo: la
rubia modelo Brigitte Bardot que fue Susan Denberg en Frankenstein creó a la
mujer (1967), con subtexto transgénero para Hammer Films; la Eva que
fue Jennifer Beals en La prometida (1985) creada nada menos que por
Sting; la novia de recambio hecha de partes de prostitutas en la muy trash,
Frankenputa (1990); la trágica Helena Bonham Carter en la romántica Frankenstein
de Mary Shelley (1994) que firmó un melenudo Kenneth Branagh; la muy
sexualmente activa Emma Stone de Pobres criaturas (2024); o el también
doble papel edípico de Mia Goth en la versión de Guillermo del Toro nominada al
Óscar en 2026. Quizás, el peso de estos antecedentes ha obrado a favor de que
la actriz Maggie Gyllenhaal, que firma su segunda película como directora -tras
la interesante La hija oscura (2021)-, ofrezca una versión completamente
diferente del mito prometeico, desinteresándose de la figura patriarcal del mad
doctor y de la idea de crear vida artificial, para centrarse en la figura
de la novia y en su perspectiva femenina y feminista, que canaliza
explícitamente la energía de Mary Shelley -hija de la filósofa y escritora
protofeminista Mary Wollstonecraft (1759-1797)-. Gyllenhaal se inspira en la
película de Whale de 1935 y decide insertar a sus personajes, el monstruo y la
novia, en una película de gángsteres en el Chicago de 1936. La directora se
aprovecha de la eterna confusión entre el doctor y su criatura y bautiza
directamente como Frankenstein a su monstruo, un estupendo Christopher Bale
caracterizado según el maquillaje clásico e icónico creado por Jack Pierce para
Boris Karloff. Frankenstein -un cinéfilo empedernido como John Dillinger- busca
a una compañera y para conseguirlo recurre a una científica, la doctora
Cornelia Euphronius (Anette Benning) -su nombre recuerda al doctor Septimus
Pretorius (Ernest Thesiger) de La novia de Frankenstein-. Y a partir de
ese momento, la pareja de monstruos se convierte en una suerte de Bonnie y
Clyde, perseguidos por la policía -los detectives encarnados por Peter
Sarsgaard y Penélope Cruz- y por la propia mafia -John Magaro-. En esta huida,
Gyllenhaal encadena diferentes secuencias en las que desarrolla la relación
entre los protagonistas -la química entre los actores es tremenda- marcada por
la idea de que la novia no sabe quién es, ni cuál es su nombre, ni ha podido
elegir al ser resucitada y emparejada; y además apunta una serie de temas como
las discriminaciones, abusos y violencias a los que se han enfrentado las
mujeres históricamente. Eso sí, esta novia es más que una compañera, es la
semilla de una revolución -feminista- y una heroína independiente a pesar de su
romántica relación con el monstruo. La película de Gyllenhaal es atrevida,
violenta, sexy, cool y sobre todo punk, llena de guiños cinéfilos
-al cine clásico musical con el desmitificador personaje de Jake Gyllenhaal; a
la parodia de El jovencito Frankenstein (1974); y a la directora pionera
de Hollywood, Ida Lupino-. Brillan el diseño de producción de Karen Murphy, la
fotografía expresionista de Lawrence Sher y la música trepidante de la
islandesa Hildur Guonadóttir. La puesta en escena exuberante de Gyllenhaal
deslumbra -sobre todo en su prometedor arranque- y confirma a esta directora
como una artista capaz de fabricar un producto comercial pero con alma.
TORRENTE, PRESIDENTE -LA PARODIA NACIONAL
Santiago Segura es muchas cosas.
Empezó siendo el héroe de los cortometrajistas cinéfilos que soñaban con hacer
películas de género al estilo americano; es también un personaje televisivo al
que identificamos como humorista; y ha acabado siendo el blanco de las iras en
las redes tras ser incluido en la llamada fachosfera. Es el signo de los
tiempos de división y polarización que nos han tocado vivir. Pero realmente,
Segura es un productor, guionista, director y actor cinematográfico de gran
éxito. El heredero y continuador de las comedias de los años 70 y 80 de Ozores,
Pajares y Esteso, a los que emula como rey de la taquilla y con su olfato
inigualable para conectar con los gustos del público y reflejar los temas
de actualidad que más preocupan a los espectadores. En Torrente, presidente (2026),
Segura consigue una comedia perfecta cuyo gran objetivo es que nadie se aburra.
La trama, claro, recupera al famoso antihéroe, el casposo policía José Luis
Torrente, que es reclutado por un partido político de extrema derecha. Segura
no esconde cuáles son sus referentes de la vida real: Nox es Vox, y, de hecho,
gran parte de la gracia de la película es el juego de espejos que establece en
una correspondencia al alcance de cualquier espectador. El guion del propio
Segura sigue la dinámica marcada en su saga de Padre no hay más que uno:
los chistes se suceden uno tras otro sin dar respiro. Ante tal batería de
bromas, puede que algunas no funcionen del todo, pero no pasa nada, enseguida
viene la siguiente, y así sin parar, emulando un estilo más bien televisivo que
remite a series animadas como Los Simpson o Padre de
familia, o quizás, también, a un tebeo de Bruguera. Una sucesión de sketches en
los que impera, sobre todo, el humor incorrecto, a veces zafio, pero siempre
buscando incomodar. Segura perfecciona la jugada en la sexta película de su
saga: Torrente le sirve para reírse de los fascistas, racistas, homófobos,
nacionalistas y rancios que lamentablemente abundan en España; pero, además,
sabe perfectamente que el espectador de derechas también se va a reír con esos
viejos chistes que la cultura woke ha desterrado al terreno
del mal gusto y la cancelación. Si Los domingos (2025) consiguió interesar a
católicos y ateos -las dos Españas- lo mismo consigue Segura con su película.
No puede haber nada más sano que el facherío riéndose de su propia cutrez. El
otro gran talento de Santiago Segura es su poder de convocatoria: la película
apuntala su sucesión de chistes en infinitos cameos -algunos fugaces- de sus
famosos amiguetes, que deparan sorpresas -y risas- continuas. Personajes muy
conocidos que van desde los frikis de la telebasura y las viejas glorias -los
más humanos y entrañables- hasta las estrellas de Hollywood, pasando por
periodistas, escritores, cantantes y deportistas. Y lo más meritorio es que todos se prestan al juego de autoparodiarse de buen grado. Segura
se ríe con ellos, pero también de ellos. Con todos estos rostros, el director
de Carabanchel dibuja un panorama muy completo de la guerra política, social y
mediática en la que vivimos inmersos. El espectador se va a reír, y mucho,
pero, quizás, a la salida del cine, también se le encoja un poco el corazón
ante la idea de que Torrente, presidente, siendo como es una farsa,
está demasiado cerca de ser un espejo de la realidad. Con sus bromas y con la
elección de los cameos, queda clara una postura crítica ante la política y el populismo, pero también hay un comentario más fino sobre la cultura de la
cancelación y contra la corrección política cuando se vuelve un arma de censura. La
propuesta es redonda porque la película recupera personajes y hace guiños a
toda la saga iniciada en 1998. Y como la propia serie, la cinta evoluciona del
costumbrismo cañí a la parodia del cine de acción hollywoodiense -mirando sobre
todo a James Bond y sus villanos megalómanos- para preguntarse quién está verdaderamente detrás de los
políticos, los medios y los empresarios, riéndose de paso de las teorías de la
conspiración pero haciéndonos ver que, en el fondo, todos somos meros títeres.
Te puede gustar más o menos lo que propone la película, puede caerte muy mal su
autor, pero Torrente, Presidente es una película perfecta:
cumple sobradamente con lo que promete.
TAFITI Y SUS AMIGOS -EL VALOR DE LA AMISTAD
Tafiti es una suricata que vive
con su familia en el desierto africano. De su abuelo aprende importantes
lecciones para sobrevivir, pero cuando se embarca en una peligrosa aventura con
un nuevo amigo, el cerdo salvaje Púas, descubrirá también el valor de la
amistad y la solidaridad. Tafiti y sus amigos (2026) es una cinta
de animación alemana, dirigida por la experimentada Nina Wells, que lleva a la
pantalla al popular personaje infantil creado por Julia Boehme, autora que
también participa en el guion. Aunque no se trata de una cinta animada con los
recursos de un film de Disney, Pixar o Ghibli, la película
compensa sus limitaciones puramente técnicas en el campo de la animación con un
vistoso uso del color y de la luz en impresionantes escenarios, como el
infinito desierto de Namibia que deben cruzar los personajes, y sobre todo, con
un guion que imprime un ritmo ágil encadenando situaciones y presentándonos a
diferentes animales africanos para no perder la atención de los niños. La
película es ideal como una primera experiencia en la sala de cine para niños
desde los 3 años y promueve valores como la familia, la amistad y la
solidaridad. Hay sobre todo un mensaje en contra del odio y la desconfianza en
el otro, en el desconocido, en el extranjero. Y hay que destacar también ideas
muy divertidas, como que una elefanta se enamore de un ratón; o momentos
trepidantes como la secuencia subacuática en la que aparece un monstruoso
pez. Tafiti y sus amigos es una película modesta pero también
honesta, bien construida y sobre todo apta para ver en salas con los más
pequeños.
AMARGA NAVIDAD -EL CREADOR Y SU OBRA
Puede ser que un artista tenga dos opciones: insistir en un estilo buscando la perfección hasta agotarse, o romper con su obra anterior, arriesgarse a perderlo todo, con el objetivo de ganar nuevas vías a explorar. Pedro Almodóvar, director ya más que consagrado, arranca Amarga Navidad (2026) -título robado a una canción del mexicano José Alfredo Jiménez- transitando por terrenos más que conocidos. Elsa -siempre magnética Bárbara Lennie- es una directora de cine que sufre -autobiográficas- migrañas y busca paliar sus dolores con la ayuda de las drogas -legales- y de su pareja, un bombero/estríper llamado Bonifacio (Patrick Criado). Puro Almodóvar. El director que iniciara su filmografía con Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón (1980) parece recuperar en este inicio la ligereza y la comedia de sus primeros tiempos en lo que parece una nueva incursión en el drama íntimo con protagonista femenina al estilo de tantas y tantas obras del autor de Todo sobre mi madre (1999). Pero Almodóvar evita los conflictos trágicos y se limita hablar de dolencias, de salud mental, de amor, y de amistad entre mujeres, hasta que esa historia principal resulta ser una ficción dentro de otra, en la que un segundo director de cine, Raúl Durán -Leonardo Sbaraglia como alter ego del manchego- está escribiendo un guión y se enfrenta a conflictos vitales que, también, parecen menores: con su productora, Mónica (Aitana Sánchez-Gijón), en una trama que parece un esqueje de Dolor y gloria (2019). Almodóvar es un guionista barroco y aquí juegas enreda yendo de una trama a la otra, introduciendo personajes y conflictos -las amigas paralelas que interpretan Victoria Luengo, Milena Smith-, se deja llevar por divertidas y hermosas digresiones -el baile de Criado, la fiesta de Rossy de Palma y la cantante Amaia Romero, un nuevo homenaje a Chavela Vargas-, mientras el relato se va enrevesado y haciendo más melodramático, dejando atrás la ligereza para volver a la intensidad trágica de la segunda etapa de su carrera. Todo esto se desarrolla de forma muy libre, el argumento fluye sin que sepamos muy bien a dónde quieren llevarnos, plasmándose la historia en la pantalla con la acostumbrada exuberancia visual de Almodóvar: su perfecta planificación pictórica, la estupenda fotografía de Pau Esteve Birba, la combinación pop de colores, el esmerado diseño de los decorados y el vestuario, las localizaciones de revista de arquitectura y la envolvente y arrebatada música de Alberto Iglesias. Con sus acostumbrados diálogos de fotonovela, Almodóvar nos lleva finalmente a un trampantojo narrativo en el que el autor se cuestiona a sí mismo el uso de la autoficción y se reprocha ser como un vampiro que se aprovecha de las vidas de los demás. Esto en un tramo final que contiene su propia crítica cinematográfica y en el que el director se rebela contra la idea de que ya ha dado al mundo sus mejores obras y que solo le quedan películas menores -o de culto- en su filmografía. Un final atrevido, arriesgado, estimulante, que revela que Almodóvar, esta vez, se despreocupa de sus criaturas para hablar de sí mismo.
ÈREM UNA GRAN FAMILIA -METRAJE ENCONTRADO
Una fotografía es un momento congelado en el tiempo. Y una película es el tiempo inmortalizado. Hay algo mágico en el acto de coger una cámara y captar un momento de la vida y arrancarlo de la fugacidad del presente. Esa magia, quizás, ha perdido hoy parte de su poder: vivimos rodeados de cámaras, fabricamos imágenes continuamente con nuestros teléfonos móviles, hemos convertido las redes sociales en una galería de las imágenes de nuestras vidas. El documental Èrem una gran família (2026) de la directora debutante Cristina Rosselló, que se presenta en el D'A Festival Cinema, recupera el poder primitivo de las imágenes del cine en sus inicios, ese que en 1896 sorprendía a los espectadores con la llegada de un tren a la estación. Rosselló rescata las películas caseras de una familia de Vic, los Riera Fiter, entre los años 1942 y 1999, mucho antes de la omnipresencia de los mencionados móviles. La directora nos cuenta así la historia de una familia, a la que vamos descubriendo poco a poco de forma asombrosa. Van pasando los años y delante de nuestros ojos vemos a estas personas crecer, madurar y casarse, tener hijos y envejecer. Esto es, de por sí, muy valioso. Roselló devuelve la importancia a las imágenes por su valor intrínseco como documento histórico y como testimonio de estas vidas, pero además las realza valiéndose del montaje y de la música, con técnicas de videoarte, que imprimen evocadoras atmósferas al relato y que nos hacen anticipar cómo va a evolucionar la vida de estas personas. No hay necesidad de narraciones en off, ni de textos -más allá de los que marcan la cronología- ya que las imágenes de los retratados dicen mucho sobre su estilo de vida, sobre la época en la que viven, sobre la personalidad de cada uno. Para complementar lo que vemos, Roselló entrevista a los miembros de esta familia, cuyas voces aparecen explicando -subjetivamente, claro- quién es quién en el árbol genealógico que aparece en la pantalla. Pero hay más. Un recurso especialmente afortunado es el que hace Roselló de los noticiarios de cada época, concretamente de sus locuciones, que utiliza para explicar las películas caseras rodadas por la propia familia. Y aunque esos textos hablados estaban pensados para acompañar otras imágenes, por coincidencia y por contraste sirven aquí para contextualizar lo que vemos. Con ello se consigue contar también la historia de España y de Cataluña en el último tramo del siglo XX, siempre desde el microcosmos de una familia concreta con sus peculiaridades. Las relaciones de un matrimonio, las dinámicas entre padres e hijos, las cosas que pasan entre los hermanos, se suman a cómo fue la dictadura franquista para una familia burguesa y afín al régimen, a la que conocemos en su esplendor pero también en su decadencia, en un retrato real nada lejos de la satírica La escopeta nacional (1978) de Berlanga. La familia vista como ese grupo fundamental en el que vivimos los momentos más felices, pero también en el que aparecen los celos, el rencor, la frustración y esas penas que arrastramos durante toda una existencia. Èrem una gran família está llena de imágenes poderosas, de ideas que invitan a la reflexión y, claro, de nostalgia por un tiempo rescatado del olvido que acaba siendo el de todos.
ZETA -ESPÍAS IBÉRICOS
Ya en el cine mudo, la
maravillosa Los espías (1928) del grandísimo Fritz Lang
inauguraba el subgénero de las películas de espías. Antes, con El
doctor Mabuse (1922), el propio Lang había creado el modelo del
villano megalómano que aspira a derribar el sistema, que hoy se sigue enfrentando
al héroe de acción moderno. De todo ello tomó buena nota Alfred Hitchcock, con
títulos tan divertidos como 39 escalones (1935), Agente
secreto (1936) y hasta la obra maestra que es Con la muerte en
los talones (1959), influencia decisiva en el agente secreto más
famoso de todos, James Bond, nacido en Dr. No (1962). Poco a
poco, la popular saga del agente 007 fue pasando de la intriga de espionaje a
la acción más espectacular, que ha dado pie a franquicias igualmente
pirotécnicas como Misión Imposible y la saga de Bourne. Esta
tendencia al blockbuster ha hecho casi imposible que
cinematografías más modestas -en presupuesto- aborden el subgénero, de ahí que
haya que valorar el riesgo de un director como Dani de la Torre al atreverse
con Zeta (2026), incursión en el cine de espías que propone a
Mario Casas como héroe -patrio- de acción. Sorprendentemente, la cosa sale
bien. La película es un impecable producto de entretenimiento, que, si bien no
alcanza el despliegue técnico de las sagas antes citadas, ofrece emoción,
tensión y sorpresas. Zeta es el nombre clave de un agente semiretirado (Casas)
que es llamado por la directora del CNI -estupenda Nora Navas- para buscar al
asesino de cuatro exagentes ubicados en diferentes embajadas internacionales.
Todos participaron en una misión secreta en Colombia en los años 90 -lo que nos
hace pensar en Narcos (2015-2017) en varios momentos- y la
clave de todo puede ser otro misterioso exagente veterano (Luis Zahera).
Además, Zeta se verá obligado a colaborar con una expeditiva espía colombiana,
Alfa (Mariela Garriga). Con este planteamiento, la historia se va desarrollando
con buen ritmo, dosificando las revelaciones que hacen interesante la intriga,
gracias a un guion muy trabajado de Oriol Paulo, Jordi Vallejo y el propio
director, que va atando cabos de forma muy divertida. Una de las mejores cosas
de Zeta es que se toma muy en serio a sí misma como película,
lo que no impide momentos muy divertidos y pasados de rosca. Eso sí, estamos
ante una cinta de espías en la que son muy importantes los diálogos y los flashbacks sobre
la misteriosa operación Ciénaga, que se sostienen sobre todo por el
buen hacer de Luis Zahera, carismático y misterioso personaje que mueve los
hilos de todo siguiendo sus propios intereses. Y puntuando el argumento,
estupendas escenas de acción que remedan el mejor cine de Hollywood:
persecuciones de coches, exhibiciones de parkour por las
favelas brasileñas y una estupenda pelea, violenta y seca, en plano secuencia.
Hay que sumar a esto escenarios internacionales espectaculares y, sobre todo,
la voluntad de ser verosímiles, pero no demasiado realistas y aburridos. Creo
que Zeta apuesta sobre todo de la idea de introducir elementos
personales e íntimos que afectan directamente al héroe inmerso en la intriga,
siguiendo los pasos de la estupenda serie Alias (2001-2006) de
J.J. Abrams. Una cinta muy entretenida, buen ejemplo de cine de género, y muy
posiblemente la primera de una serie cuyas futuras entregas, ojalá, podamos
disfrutar en una pantalla de cine.
CALCINACIÓN -DEMONIOS DE LA MENTE
El terror o el thriller psicológico se apoyan en una premisa básica: los espectadores no sabemos si lo que vemos en la pantalla de cine está ocurriendo objetivamente o si solo existe en la mente del protagonista, cuyo punto de vista contamina la narración. Calcinación (2026), del director y guionista Luis Navarrete, es un viaje alucinado al fondo de una mente, la de Álvaro (Javier Hernández), un joven que atraviesa una crisis existencial y que parece acosado por misteriosos personajes. Pero ¿Qué está en su cabeza y qué le persigue realmente? El interés argumental de la película reside, sobre todo, en desentrañar qué está ocurriendo y cuál es ese mal que aqueja al protagonista, cuya vida parece marcada por la oscuridad y la desesperación. Es entonces cuando aparece un posible rayo de luz, el amor, en la forma de la luminosa Diana (Vanessa Pámpano), que podría cambiarle la vida a Álvaro. Al mismo tiempo, aparece en la trama un personaje oscuro y sórdido, que no necesita nombre, interpretado por Antonia San Juan, actriz capaz de transfigurarse en una máscara aterradora ¿Por qué persigue a Álvaro? El espectador tendrá que resolver el puzle, pero la película mantiene el interés, sobre todo, por sus imágenes, bien construidas para crear una atmósfera inquietante, casi onírica, gracias a la fotografía expresionista de Alex Arteaga, que se conjuga estupendamente con la música de Ramón Grau. Poco a poco se irán desvelando las cartas, aunque la película, afortunadamente, mantiene siempre cierta ambigüedad mientras la cinta se va haciendo progresivamente más terrorífica, con momentos de cine fantástico bastante conseguidos que llevan a un clímax infernal, en el que toda la contención anterior estalla en la pantalla. Bien dirigida, con un acabado visual que contradice su modestia presupuestaria, sólidamente interpretada, Calcinación esconde bajo sus imágenes el tema de la salud mental, la depresión y la ansiedad, y consigue expresar en la pantalla los demonios de la mente, sean reales, o no.
Hablamos con Luis Navarrete, director y guionista que estrena Calcinación, su segunda película tras la comedia musical El fantasma de la sauna (2021), que supone un estimulante cambio de registro al thriller psicológico y de la que también hablamos en Indienauta.
* ¿Cómo surge la idea de Calcinación y cómo es el proceso de escribir un guión que tiene el reto de dosificar la información sin que el argumento se atasque?
- El proceso de crear Calcinación fue bastante intuitivo, porque se fue construyendo a partir de sentimientos aleatorios. En aquel momento estaba pasando por un episodio depresivo, y solo era capaz de escribir frases sobre cómo me sentía, mayormente inconexas. Hasta que al final se fueron acumulando y crearon un mapa que eran un reflejo de los síntomas de ese estado. Luego ya sí fui haciendo muchas revisiones para intentar hacerlo más limpio y ordenado, pero intentando respetar ese "mapa". Intenté ser perfeccionista pero, sobre todo, sin expectativas, ni remordimientos.
* ¿Cómo has manejado la dirección de actores? ¿Pudiste tener ensayos con ellos?
- Sí, esta vez sí pudimos ensayar bastante. Fue una asignatura pendiente en mi primera peli, que por la falta de recursos me daba mucho palo freír a los actores a ensayos, y al final fuimos muy verdes. Pero con Calcinación, aunque los recursos han sido iguales, hemos acordado entre todos volcarnos en construir los personajes y practicar lo máximo posible. El elenco estaba entregadísimo y yo estoy super agradecido por ello.
* ¿Qué referencias tuviste para Calcinación? Hay momentos que recuerdan a un Brian de Palma más grave y serio
- Pues me flipa Brian de Palma de hecho, y me parece un honor que te venga a la mente. En mi primera peli sí te sabría contestar mucho mejor a esto, porque era un homenaje al cine que me había acompañado desde pequeño, pero en esta ocasión, al ser un volcado tan intuitivo, me cuesta más. Habrá mil referencias, porque al final yo soy lo que he visto previamente, pero no te las sabría señalar conscientemente.
* ¿Cómo afrontas el look visual de la película? ¿Cómo fue la colaboración con tu director de fotografía, Álex Arteaga?
- Fue un viaje muy bonito, y también un pedazo de reto, pero he tenido la enorme suerte de tener a Álex a mi lado. En el guion yo ya fui cauto de no plantear cosas fuera de nuestro alcance, pero aún así la imaginación vuela y los dos teníamos cosas muy locas en la cabeza. Fue tras el primer scouting cuando nos dimos cuenta que no teníamos los medios para generar todo el universo que teníamos en mente; aunque ahí viene también lo divertido, que es estrujarse los sesos. Y al final creo que conseguimos expresar lo que queríamos.
* La música me parece muy importante para establecer el tono de la película ¿Qué le pediste al compositor Ramón Grau?
- Con Ramón es que son ya 10 años de conexión artística y amistad, y estamos llegando a un punto que casi me lee la mente. Este proyecto fue un reto grande de todos modos, porque yo sentía por dentro cómo quería que se expresara musicalmente cada estado de la depresión, pero no sabía darle referencias exactas. Por ejemplo, la pieza que hace más referencia a la apatía, fueron varios meses de ensayo y error, hasta que nos fuimos aproximando y un día le dije "Así, así se siente". O así la siento yo, al menos.
* En Calcinación hay momentos muy inquietantes ¿Te gusta el género? ¿Te has planteado afrontar una historia todavía más terrorífica?
- Creo que el thriller psicológico es mi género favorito. De calle. Hay otros que me encantan, pero este es el que sé que no falla. Y voy a tirar mucho por ahí de aquí en adelante porque lo disfruto una barbaridad y va en sintonía con las cosas que necesito desahogar. En cuanto a una historia más terrorífica, para el siguiente guion que estoy moviendo, no sé si usaría esa palabra, pero sin duda es muchísimo más salvaje y descarnado. Creo que se me ha ido completamente la olla y no sé si será mejor o peor, pero va a ser una explosión, una liberación. Estoy deseando.
* ¿Cómo se puede ser director de cine en España sin morir en el intento?
- Pues creo que se muere varias veces en el intento (risas). Es una cuesta arriba y cuando crees que has superado varios muros, te encuentras con 100 más. Lo único que está en tu mano y lo que yo recomendaría es trabajar en tu salud mental, no dejando que el cine o las expectativas se conviertan en una cosa agónica que absorba todo, y dar pasos solo cuando los disfrutes. Lo importante cuidarte, y cuidar y disfrutar de los tuyos.
* ¿Cuál es la película que te hizo querer ser director?
- Eduardo Manostijeras (1990). Muchas más, claro, pero esa la voy a respirar siempre. En El Fantasma de la Sauna me salía por los poros y veo las referencias más claras, pero aunque en Calcinación no sean tan evidentes, sé que las tiene que haber porque es que esa película me ha configurado como creador. La amo.
PILLION -LA EXTRAÑA PAREJA
¿Estamos realmente preparados para el amor? Nos pasamos la vida soñando con historias románticas, idealizadas, en literatura, cine y televisión, que son pura ficción. Pero ¿Cómo amamos en la vida real? Seguramente no seguimos los dictados de nuestro corazón -quizás para bien- y preferimos atender primero a cuestiones prácticas como la cercanía, la posición económica, la pura costumbre, la hipoteca, los hijos, para elegir o mantener una relación antes que dejarnos llevar por un flechazo, que, sospechamos, tampoco iba a durar demasiado. En la vida real amar significa arriesgar, abrirse a otra persona, mostrarse vulnerable y exponerse a que el otro no atienda nuestros deseos al dedillo, que nos rechace o nos deje directamente colgados. La película Pillion (2026) -que significa 'ir de paquete' en una moto- hace un maravilloso análisis de todo esto al contarnos la historia de dos hombres, el tímido y apocado Colin -un magnífico Harry Melling- y el misterioso y guapísimo Ray -un apolíneo Alexander Skarsgard con mirada rompecorazones- afín a la ropa de cuero y que encima es motero. Dos personajes que pueden parecer disímiles pero que acaban formando pareja, o algo así, porque la trama se desarrolla en el submundo del sadomasoquismo: Ray es el amo, Colin su siervo. La estupenda ópera prima del británico Harry Lighton adapta la una obra de la serie literaria Box Hill de Adam Mars-Jones y nos mete de lleno en un mundo de hombres homosexuales y moteros sadomasoquistas. Un mundo fascinante con sus propias reglas y su estética de cuero y cadenas, que sirve de metáfora para entender cualquier relación sentimental humana. En una pareja, los amantes deben estar dispuestos a entregarse completamente, o de lo contrario el vínculo acabará rompiéndose. Aquí, Colin decide seguir las reglas que le impone Ray, enfrentándose a sus entrañables padres (Lesley Sharp y Douglas Hodge) y dejando a un lado su forma de entender la vida -y el amor- para satisfacer a Ray. Todo esto está contado de forma brillante, con mucho humor, humanidad y emoción, a través de interpretaciones brillantes y varias escenas de sexo que, lejos de ser gratuitas, ayudan a contar esta historia. Y la pregunta que plantea este maravilloso film es la misma que se plantea en algún momento en cualquier relación de pareja ¿Están los dos dispuestos a entregarse completamente?
PROYECTO SALVACIÓN -LA HUMANIDAD EN PELIGRO
Proyecto salvación (2026) es una de las mejores experiencias cinematográficas que se pueden tener. Una película para todos los públicos, con una historia épica de ciencia ficción, que se apoya en unos estupendos personajes y que tiene drama, acción y sobre todo humor, además de un mensaje positivo y esperanzador. Poco más se puede pedir. Su título en castellano esconde el original en inglés, Project Hail Mary, proyecto ave María, que no tiene demasiado que ver con la religión católica -aunque la película nos hable de un milagro y su protagonista se llame Grace, gracia- sino con una expresión propia del fútbol americano: se conoce como un pase de Hail Mary cuando un equipo se la juega al todo o nada, cuando ya no queda tiempo en el reloj del partido, y las posibilidades de ganar son mínimas. De eso precisamente va esta película: el científico y profesor de instituto Ryland Grace (Ryan Gosling) es el encargado de llevar a cabo una peligrosa misión en el espacio para salvar al Sol que nos da luz, calor y energía. Y tiene muy pocas posibilidades de conseguirlo, y ninguna de salir con vida. Detrás de esta premisa está la novela de 2021 de Andy Weir, conocido autor de El marciano (2011) llevada al cine por Ridley Scott con Matt Damon, escritor capaz de imprimir una verosimilitud científica a sus relatos, lo que no está reñido con el dibujo de personajes muy humanos. El encargado de adaptar dicho texto es otro autor interesante, Drew Goddard, guionista y director que participó en series televisivas míticas para pasar luego al cine con títulos como Monstruoso (2008), La cabaña en el bosque (2011) o la mencionada adaptación de El marciano (2015). Por último, detrás de la cámara hay dos tipos especialmente dotados para la comedia como Phil Lord y Chris Miller, autores de la estupenda La Lego película (2014) o de las magníficas cintas animadas sobre Spider-Man y su spider-verso. Tres talentos que se conjugan para darle forma a una magnífica historia en la que los efectos especiales brillan -siempre bajo la alargada sombra de 2001: Una odisea del espacio (1968)- pero que se apoya en personajes muy bien escritos -con mucho sentido del humor- y en la que brilla un actor que es una estrella de cine, Ryan Gosling. Le acompaña un reparto estupendo, empezando por una brillante Sandra Huller, que saca petróleo de los relativamente pocos minutos que tiene su personaje, y continuando con la voz -en la versión original- de James Ortiz, como Rocky. Hay además pequeños papeles para Lionel Boyce -muy divertido como Carl-, Ken Leung y Milana Vayntrub, que, aunque apenas son cameos, aportan humanidad al reparto de lo que tiene que ser una historia sobre el fin del mundo. A pesar de su extenso metraje -dos horas y media-, Proyecto salvación consigue implicarnos tanto con sus personajes, que no queremos abandonar la compañía de Grace y Rocky. Porque la película nos habla de la amistad y de cómo querer a alguien de verdad significa anteponer su bienestar al propio. El máximo sacrificio.
CIUDAD SIN SUEÑO -UN NIÑO Y SU PERRA
Un trepidante movimiento de cámara sigue a una galga corriendo a toda velocidad detrás de un conejo, mientras un par de coches sigue de cerca la persecución. Es un momento vibrante, como salido de ¡Hatari! (1962), casi de cine de acción, en una película, Ciudad sin sueño (2025), cuya historia se desarrolla en el poblado de la Cañada Real en Madrid. Lo que propone el director Guillermo Galoe es cine social, sin duda, pero su mirada no parece limitada por el rigor del realismo y su película pasa del estilo casi documental -escenarios reales, actores naturales- a la fantasía sin que nada chirríe en lo más mínimo en la transición. Galoe amplía en este largometraje los planteamientos de su cortometraje Aunque es de noche (2023), una obra maestra de 16 minutos que funciona como una semilla que ahora crece en todas direcciones. El protagonista vuelve a ser Toni (Antonio Fernández), un chico de 15 años, de etnia gitana, familia de chatarreros, que vive en la Cañada. Se enfrenta, cómo no, a problemas que sabemos que existen y que la película expone de forma realista: niños pequeños que ya fuman, vapean y que son padres; trapicheos con drogas; la amenaza de los desalojos y derribos; la falta de agua y luz; el peso de la ley gitana; la incertidumbre de vivir fuera de la Cañada, en un mundo más amplio en el que las reglas son distintas y en el que se enfrentarán a la discriminación. Todo esto aparece en la película, pero no ocupa el primer plano, sino que se mantiene de fondo porque lo importante es la historia de un niño y su perra -lo que inevitablemente me hace pensar en la emoción del clásico neorrealista Umberto D. (1952)-, cuyo futuro es pura incertidumbre y cuyo gran amigo, Bilal (Bilal Sedraoui), se marcha a Francia. Toni es un niño enfrentado a una realidad de la que no puede escapar más que cambiando su color con los filtros de la cámara de su teléfono móvil para que la tierra sea roja y las personas azules, como en Avatar (2009). Es solo un apunte fantástico en una película espléndida, repito, que va del realismo a la poesía con pasmosa facilidad -la escena en la que escapan las aves exóticas, rescatada del cortometraje-, o incluso ofrece momentos de aventura, como cuando entramos en el territorio de la Paqui, una suerte de inframundo donde los yonquis parecen seres fantásticos, muertos vivientes que no hacen daño a nadie. Galoe pasa de un registro realista al mundo de los sueños como Buñuel lo hacía en Los olvidados (1950). En su película encontramos la verdad del cine mudo, sombras expresionistas y texturas de cine digital, todo en uno. Un largo plano sobre el rostro de Antonio Fernández mientras le cae una lágrima demuestra por qué ganó el Goya al mejor actor revelación. Una imagen de Bilal en la playa hace pensar en Los 400 golpes (1959). Ciudad sin sueño es, también, una película sobre la infancia desamparada, una denuncia, pero desde una mirada humanista, la de Galoe, que no juzga y que ofrece esperanza.
LA GRAZIA -POLÍTICA DE ALTOS VUELOS
¿De dónde ha sacado Paolo Sorrentino al político que retrata en La Grazia (2026)? El director italiano parece haberse inspirado en el actual presidente de la república, Sergio Mattarella, pero desde luego dibuja a un funcionario con vocación de servicio y dilemas morales muy lejos de los líderes populistas y sectarios que parecen dirigir el enloquecido mundo actual. El ficticio presidente Mariano De Santis (Toni Servillo) es un hombre maduro, cerca de acabar su último mandato. Su vida es ir de acto en acto, de reunión en reunión, hasta agotar la legislatura. El guión de Sorrentino pone sobre la mesa de este presidente la firma de tres asuntos polémicos: dos indultos y la ley de la eutanasia. Cada uno de estos asuntos es una pregunta que se plantea el presidente, y la propia película al espectador. Son preguntas complejas que no necesariamente tienen respuestas fáciles. Pero Sorrentino no hace un film de tesis. Humaniza a su protagonista haciendo que, de vez en cuando, se fume un cigarrillo. Haciendo de él un hombre roto que no ha superado la muerte de su mujer y, peor aún, la idea de que hace 40 años le fue infiel -lo que puede reafirmar a esos que consideran a Sorrentino, un machista-. Con estos elementos -y alguno más, como un caballo o un rap-, el director hace un retrato muy humano, apoyado en una nueva estupenda interpretación de Servillo. El estilo visual de Sorrentino, siempre exuberante, muy dado a jugar con la puesta en escena, la fotografía -de nuevo, Daria D'Antonio-, el montaje -el habitual Cristiano Travaglioli-, y la música -de varios artistas-, aparece aquí ciertamente más contenido, más pegado a lo real -a pesar de algunas fugas poéticas-, dejando que sea el guión y los personajes, los que desarrollen la historia. Hay una mirada muy humana, casi optimista, sobre estos altos funcionarios y sobre el entorno del presidente protagonista, rodeado de viejos amigos -Milvia Marigliano, Massimo Venturiello- o su propia hija -Anna Ferzetti- o su fiel guardaespaldas -Orlando Cinque-. No hay buenos ni malos, no hay bandos ni división, y eso que el tema es la política y el protagonista un político. Inimaginable. Y lo que comienza siendo una película sobre asuntos éticos y morales de alcance social, acaba siendo una historia de personajes entrañables que emociona al espectador.
53 DOMINGOS -ENREDOS DE FAMILIA
KILL BILL: THE WHOLE BLOODY AFFAIR -CINE CLÁSICO
Hay pocas películas perfectas en la historia del cine y yo propongo entre ellas Kill Bill de Quentin Tarantino, ya sea en la forma que se estrenó originalmente, en 2003 y 2004, en dos volúmenes, o en su versión unitaria, The Whole Bloody Affair (2026) que ahora vuelve a los cines en 35 mm, 70 mm y 4K. En ella, el director y guionista de Pulp Fiction (1994) se dejaba llevar por su pasión por el cine grindhouse para relatar una historia de venganza, la clásica revenge movie, en la que una asesina experta, Beatrix Kiddo -conocida también como La Bamba Negra o la novia- (Uma Thurman) es traicionada y asesinada por su pareja, Bill (David Carradine) y su banda criminal, pero resucita y se embarca en una sangrienta misión que consiste en matar a cada uno de los miembros de su antiguo equipo. Tarantino, como es habitual, divide el argumento en capítulos, desordena cronológicamente el relato, y dedica cada episodio a un personaje, los interpretados por Vivica Fox, Lucy Liu, Michael Madsen y Daryl Hannah. Cada uno con su personalidad, su estética y su propia historia. Y en cada etapa del relato, Tarantino evoca un subgénero del cine de acción de los márgenes: el spaghetti western, el cine de kungfu, el de samuráis y hasta el anime japonés. Se desplegaba así, como nunca antes en su obra, el gusto de Tarantino por lo hiperbólico, con momentos gore, auténticos baños de sangre, tiroteos, peleas de artes marciales y luchas con espadas en las que no faltan las amputaciones y decapitaciones. La película pasa de una secuencia a la otra deslumbrando gracias a los diálogos agudos, la acción espectacular, el humor irónico, y unas interpretaciones disfrutonas. Uma Thurman es simplemente inmensa, está guapísima y carga sobre sus espaldas todo el peso del film; y David Carradine pone el contrapunto con largos monólogos muy bien escritos pero mejor interpretados gracias a la voz y las inflexiones del veterano actor. Kill Bill es algo así como el mejor homenaje posible al cine de barrio -de vaqueros, de artes marciales, de acción- y al mismo tiempo la mejor película posible de cualquiera de esos géneros, con interminables citas cinéfilas a Sergio Leone, Sergio Corbucci, al cine de los Shaw Brothers y las artes marciales en general, gracias a la inclusión de nombres como Gordon Liu, Sonny Chiba o Yuen Woo-ping, por no hablar del uso de la música de otras películas: Tarantino samplea sobre todo temas de Ennio Morricone, que convierten esta cinta en una explosión de citas y referencias que resulta difícil abarcar, pero que acaba transformándose en algo nuevo y único. Tarantino demuestra su pasión por contar historias y por entretener al espectador, sorprendiéndole con giros argumentales, manteniéndole en tensión, y deslumbrando con secuencias pasadas de rosca como la infinita pelea contra los Crazy 88. El diseño de producción y la fotografía son deslumbrantes -era la primera colaboración con Robert Richardson, que participará en las siguientes obras del director-, el montaje perfecto -se encargaba la habitual Sally Menke-, y el uso de la música invasivo -RZA-, y todo se conjuga para hacer una película brillante que de lo festivo va evolucionando hacia un tono más grave, reposado, filosófico si se quiere, peckinpahiano, que redondea la jugada resaltando la figura de Thurman como parte creativa del proyecto, que imprime un punto de vista femenino al relato, que habla de maternidad, de sororidad y de relaciones sentimentales tóxicas. Una película perfecta.


















