El que firma este texto ha visto La Odisea en 70 mm y en IMAX, en Madrid, y puede decir que estamos ante la experiencia cinematográfica del año. Nolan utiliza elementos de la Ilíada y la Odisea de Homero para hacer una película en la que están todas sus señas como autor, pero que además es un gran espectáculo con momentos dramáticos, escenas de tensión, peleas, batallas épicas, y sobre todo aventura. La estructura argumental -el propio Nolan firma el guion- presenta los acostumbrados saltos temporales del director de Memento (2000): flashbacks dentro de flashbacks, además de un uso expresivo del montaje -de Jennifer Lame- que convierte la narración en un flujo temporal en el que pasado, presente y futuro ocurren simultáneamente, lo que contrasta con el estilo visual realista del autor, imprimiendo un tono lírico que permite que lo que vemos alce el vuelo. Y hablando del montaje, el ritmo es trepidante, acompañado siempre por la banda sonora compuesta por Ludwig Göransson que realza secuencias espléndidas como el asalto de Troya. No creo que haya planos que tengan una duración de más de unos pocos segundos. Y volviendo al guion, Nolan abarca mucha historia y muchas peripecias incluso cuando estamos hablando de un metraje de 172 minutos. Y como es habitual en él, despacha en escenas de diálogo información y datos necesarios para entender algunos aspectos del argumento y las intenciones de la historia -aún así, un segundo visionado permite ver que debe ser de sus textos más redondos-. El espectador sin un conocimiento básico de estos mitos griegos puede perderse en algunos momentos, pero, como también es habitual en Nolan, el poder de sus imágenes impide la frustración. Los motivos principales de los personajes, están más que claros: el héroe, Odiseo (Matt Damon) desea volver a casa tras la guerra de Troya para reunirse con su esposa, Penélope (Anne Hathaway) y su hijo, Telémaco (Tom Holland), mientras estos sufren el asedio de un grupo de ambiciosos pretendientes, como Antínoo (Robert Pattinson), que intentan hacerse con el trono vacío. Nolan se asegura de contar con un reparto inagotable y espectacular, inapelable, de estrellas y caras conocidas para que cada personaje sea reconocible sin necesidad de dar muchas explicaciones: a los mencionados, sumemos a Zendaya, Charlize Theron, John Leguizamo, Jon Bernthal, Mia Goth, Himesh Patel, Elliot Page, Travis Scott y Lupita Nyong'o, que interpreta a Helena de Troya -y a su hermana gemela Clitemnestra- y que para este papel es perfecta ya que el principal atributo del personaje es la belleza. Todo para contarnos una historia que es la madre de todas las historias: desde Centauros del desierto (1956) a Taxi Driver (1976) y hasta O Brother (2000), pasando por la versión dirigida por Fritz Lang que soñó Godard, por no hablar de cualquier relato de viajes, del cine de aventuras y de todas las road movies, la Odisea es la semilla inmortal de todos los relatos. Y Nolan la pone en pantalla llevando al extremo su forma de entender el cine, que es la de hacer que ocurran cosas delante de la cámara. Y en su película hay que dejarse llevar por la fisicidad de una playa infinita, de una colina rocosa, de la fuerza del mar o de la oscuridad de una cueva, todo magníficamente fotografiado por Hoyte van Hoytema. Las naves griegas están ahí y el enorme caballo de madera también, así como decenas de guerreros luchando furiosos con sus armaduras y cascos: el diseño de artístico de Ruth de Jong y el vestuario de Ellen Mirojnick son una maravilla -a mí me recuerdan al 300 (1998) de Frank Miller-. Todo es real en un mundo dominado por la simulación digital y la inteligencia artificial. Y con esto en mente, hay que destacar un elemento inédito en la obra de Nolan: la fantasía. El estilo hiperrealista de Nolan, que había bajado a tierra a los superhéroes, los viajes interestelares y hasta los sueños, genera una forma interesantísima de ver a los dioses y monstruos que pueblan la antigua Grecia. La forma de procesar el mito en Nolan es la misma que utilizó para plasmar a Batman en la pantalla: se imagina cómo serían estos seres imposibles si existiesen en el mundo real -y hasta los pone en duda-. Y con esto, el director, lejos de evocar la magia onírica de Ray Harryhausen, fabrica imágenes de pesadilla y de verdadero terror, como el espeluznante pasaje de Circe (Samantha Morton) o la cueva del gigante Polifemo (Bill Irwin), uno de los mejores momentos de la película, que parece salido de las pinturas negras de Goya. Todo creado con efectos prácticos y sin la muleta de lo digital, devolviendo al cine su magia y al espectador esa pregunta que nos hacíamos antes, ese ¿Cómo lo han hecho? La Odisea es un triunfo como espectáculo, pero no un entretenimiento vacío. Nolan nos habla de un mundo que se acaba, que es precisamente la cuna de la civilización, porque se quiebran los acuerdos entre hombres -y dioses, como Zeus- cuyo principal pecado es entregarse a la guerra, a la destrucción del otro, por intereses egoístas, en una crítica diáfana del espíritu bélico e imperialista de las grandes potencias occidentales. Aquí, los soldados griegos, que conquistan Troya en el vientre de un caballo, son iguales que los aterrados jóvenes refugiados en un barco pesquero encallado en Dunquerque (2017) y, sobre todo, su Odiseo es un héroe inteligente pero imperfecto que acaba arrepintiéndose de su propio ingenio, con el que ha conseguido ganar una gran guerra, pero con un coste tremendo en vidas, como el atormentado Oppenheimer encarnado por Cillian Murphy. Ambos, como Prometeo, desafían a unos dioses en los que ya no tienen fe.
LA ODISEA -EL FORMATO ES EL MENSAJE
MAGALLANES -LA ODISEA... DE LA COLONIZACIÓN
Muy lejos del cine histórico clásico está Magallanes (2026). Dos nombres de los artífices de esta película deberían ser suficientes para ilustrar por qué no estamos ante un biopic al uso de un personaje histórico o ante el relato aventurero de una gesta marítima tan celebrada como la primera vuelta al mundo -aunque aquí, Juan Sebastián Elcano, no aparece-. El primero es el del director y guionista filipino Lav Díaz -también se encarga aquí de la fotografía y el montaje-, cineasta independiente cuyo éxito y prestigio tiene más que ver con los festivales de cine que con la taquilla. El otro es nada menos que Albert Serra, cineasta rebelde, transgresor y arriesgado, que aparece acreditado aquí como productor. Estamos hablando de dos artistas que ven el cine de una forma muy diferente a la que se puede encontrar en la mayoría de las salas comerciales. Aunque una estrella de cine aparezca en el cartel encarnando al explorador y navegante Fernando de Magallanes, el mexicano Gael Garcia Bernal, estamos ante una película que evita las convenciones propias, digamos, del cine de Hollywood. Magallanes tiene una narrativa fragmentada, no hay construcción dramática evidente ni desarrollo convencional de los personajes, y el planteamiento visual evita la fragmentación del montaje para favorecer los planos fijos de larga duración. No encontraremos aquí, por ejemplo, ningún primer plano del actor protagonista, y sí muchos planos generales en los que la acción de los personajes se pierde en un paisaje -ya sea la selva, la playa o el mar- que aplasta a los seres humanos con la fuerza del viento, el sol o la lluvia. El retrato que se ofrece en Magallanes de los grandes logros del famoso explorador no es precisamente épico, todo lo contrario, desmitificador: le veremos herido, dolorido, quejándose amargamente o incapaz de mantener su autoridad sobre su tripulación, sobre los pueblos nativos que encuentra en el sudeste asiático, o incluso sobre sus bajos instintos. Y la expedición que capitanea el protagonista es más bien un catálogo de atrocidades -ejecuciones, torturas, violaciones- y presenta la mentalidad de la época como intolerante, racista y de un violento extremismo religioso. La película, de 164 minutos de duración, nos muestra primero a un Magallanes derrotado en una aventura anterior, para luego ser rechazado por el reino de Portugal, lo que le llevará a buscar la financiación española para emprender su famosa expedición. En esta primera mitad del film, Lav Díaz nos muestra tribus para las que el encuentro con el hombre blanco es el fin del mundo, y sobre todo el paisaje salvaje como escenario hostil. Para disfrutar de Magallanes hay que disfrutar del cine primordial, del placer pictórico y sensorial de registrar la realidad con la cámara: la lluvia sobre el agua de un río; el viento agitando las velas de un navío; las olas lamiendo la arena de una playa sobre la que descansan los cadáveres de los conquistadores. Es en la segunda parte de la película cuando Lav Díaz despliega su discurso sobre el colonialismo, sobre el choque entre los españoles y portugueses que, buscando rutas comerciales y estratégicas para dominar el mundo, quebrantan la normalidad de unos pueblos que vivían en armonía con la naturaleza, con sus propios ídolos y con sus propias costumbres. Un paraíso perdido por la llegada de hombres blancos barbados y armados con espadas dispuestos a imponer su visión del mundo a través de la guerra, que Díaz retrata sin énfasis ni subrayados, lo que no evita que su mirada sea crítica y brutal.
RUFUS -LA SERPIENTE MARINA
La criptozoología siempre me ha parecido fascinante y aunque soy consciente de que las posibilidades de que haya un dinosaurio o una serpiente marina en el Lago Ness en Escocia son ínfimas, soy de los que prefiere creer. O al menos dejar volar la imaginación. Por eso una película como Rufus (2026) tiene de entrada mi simpatía, y como padre de un par de niños de vacaciones con demasiado tiempo libre, mi agradecimiento. Lo he escrito muchas veces aquí, en Indienauta: hay que llevar a los niños al cine, sacarlos de vez en cuando de las pequeñas pantallas de la tele, tablets, móviles y ordenadores para que participen de la experiencia de ver una película en una sala, en pantalla grande, compartiendo con otros espectadores. Una experiencia cultural que debe comenzar cuanto antes y que seguramente enriquecerá sus vidas con recuerdos imperecederos. Para los más pequeños, para los que todavía no se hayan estrenado en un cine, Rufus puede ser la oportunidad ideal. Se trata de una película colorida, luminosa y entretenida sobre una joven serpiente marina, salida de la mitología nórdica, que no sabe nadar. Esta simple contradicción es la que hace interesante a un personaje como Rufus, que se siente diferente y rechazado. Cuando decida embarcarse en una aventura para recuperar la bufanda de su tío Ludovic se verá obligado a superar sus miedos, pero también, conocerá nuevos lugares más allá de su isla en mitad del océano, descubrirá nuevos amigos de todo tipo y, también, algunos enemigos. La película es una coproducción entre Noruega y Bélgica, dirigida por Ender Skandfer, y está basada en un clásico de la literatura nórdica. Aunque la animación es efectiva y cumple, no es tan potente como la de gigantes como Pixar o Ghibli. Rufus es una cinta sencilla y llena de buenas intenciones, con un diseño bonito y un ritmo estupendo que combina acción, aventura y humor. Perfecto para captar la atención del exigente espectador infantil. Y ya de paso, habla de cosas importantes como la necesidad de superar nuestros miedos, el valor de la amistad, la solidaridad y el sacrificio.
DRÁCULA DE RADU JUDE -HÉROE NACIONAL
Si hacemos caso al experto David J. Skal, el irlandés Bram Stoker no se inspiró más que mínimamente en el héroe nacional rumano Vlad Tepes, conocido como el empalador, para escribir su famosa novela Drácula en 1897. Sin embargo, la relación entre el personaje histórico y el ficticio vampiro transilvano ha servido como coartada para darle un giro novedoso a varias películas -principalmente a partir de Drácula, de Bram Stoker (1992) de Francis Ford Coppola- y sobre todo, para propulsar la industria turística local de Rumanía, con mucho oportunismo y no demasiada vergüenza. Esto último lo aprovecha el director rumano Radu Jude para pergeñar su propia versión de Drácula (2026) que, más que una reinterpretación del texto clásico, es un nuevo ensayo cinematográfico del autor, en el que mezcla ficción, documental e imágenes generadas por IA, todo con el único fin de poner en solfa la sociedad actual. El hilo conductor es una representación teatral -muy cutre- para turistas en Transilvania, que incluye la persecución callejera de los dos actores principales -Gabriel Spahiu como Drácula y Alina Serban como una vampira- por parte de los espectadores armados con estacas. Una suerte de narrador (Adonis Tanta) rompe la cuarta pared para ofrecer al espectador una nueva versión de la obra de Stoker utilizando la inteligencia artificial, lo que va generando diferentes versiones del mito, que van desde la idea de que el vampiro -que aquí se confunde completamente con Vlad Tepes- pueda resucitar saliendo de una pantalla de cine; la reutilización del clásico de Murnau, Nosferatu (1922) -nombre, por cierto, que debemos a un error de traducción de Stoker, que lo recogió de una guía de viajes en la que se equivocaba su traducción del rumano como 'no muerto' según dice también Skal-; una bonita historia de amor rural; la adaptación de la primera novela de vampiros escrita en Rumanía; un cuento vulgar e irreverente sobre un campo de 'nabos'; y la tierna historia de un trabajador del aseo urbano que acude a ver a su hija al colegio cuando celebran la fiesta nacional. Radu Jude mezcla todos estos elementos en tono de absoluta farsa, burlándose de la sociedad rumana, a la que critica ferozmente; haciendo un divertido repaso por las adaptaciones cinematográficas sobre el famoso vampiro y hasta riéndose despiadadamente de las imágenes generadas con inteligencia artificial, esas que supuestamente amenazan el cine, pero que ahora mismo son patéticas. Con una curiosa afición a hablar de pollas, felaciones, sexo oral y penetraciones, Jude realiza una película muy personal, sangrienta, decididamente no para todos los públicos, que pasa a formar parte del gran ensayo crítico audiovisual sobre su país que es su obra artística.
LAS CORRIENTES -INSATISFACCIÓN
Las corrientes (2026) comienza con dos acciones contradictorias, que se muestran al espectador de forma visual y sin diálogos: la protagonista, Catalina -Cata para unos, Lina para otros-, recibe un premio y luego se deja caer en el agua de un río. Este extraño comportamiento es el que resume la película y el que marca el tono del relato de la directora y guionista argentina Milagros Mumenthaler. Siempre veremos a Catalina -estupenda e hipnótica Isabel Aimé Gonzalez Sola, que parece una joven Isabelle Adjani- desde fuera y como espectadores tendremos que interpretar lo que ocurre dentro de ella. ¿Por qué una mujer se deja caer a un río? El argumento nos mostrará entonces la vida de Catalina, su pareja (Esteban Bigliardi), su hija (Emma Fayo Duarte), su suegra (Claudia Sánchez), su compañera de trabajo (Ernestina Gatti), una vieja amiga peluquera (Jazmín Carballo), o incluso su madre (Sara Bessio); y como detectives iremos buscando las razones de la insatisfacción. Una idea, la de que una mujer puede sentirse desgraciada aunque su vida parezca perfecta que va a la contra de las leyes del melodrama, en las que la heroína mantiene siempre su integridad y pureza moral a pesar de que sufre una desgracia tras otras. La película de Mumenthaler es espléndida, sensible y misteriosa, visualmente brillante -la fotografía es de Gabriel Sandru-, un estudio de personaje fantástico y estimulante, lo que no impide digresiones como la estupenda secuencia del faro. La forma en la que Mumenthaler utiliza el agua en la película parece conectar su cinta con otros títulos dirigidos por mujeres, como El agua (2022) de Elena López Riera, y mencionemos también la tremenda casualidad de que la protagonista de la estupenda Apuntes para una ficción consentida (2026) de Ana Serret Ituarte también se lanza a un río, también se deja llevar por la corriente y también lo hace en Suiza. Y según se va desenrollando la historia de Las corrientes, nos encontramos una historia sobre los miedos, las fobias y sobre cómo estos pueden acabar paralizando a una persona e incluso, heredarse de madres a hijas, una idea presente también en la reciente novela de Desirée de Fez, No la dejes sola y en su ensayo Reina del grito, publicados por Blackie Books. Las corrientes es una de las revelaciones del año, una película misteriosa y visualmente arrebatadora sobre la insatisfacción existencial.
MOTHER MARY -UNA DIVA ES VALIENTE
¿Hay algo que conecte para siempre a dos personas tras romperse una relación? Después de la estupenda A Ghost Story (2017), el director y guionista estadounidense David Lowery reincide en la idea de utilizar como metáfora la figura sobrenatural del fantasma para hablar de la pérdida y de la ausencia del otro en Mother Mary (2026), cinta interesante y arriesgada. El argumento nos presenta a dos mujeres de éxito, una diseñadora de moda, Sam Anselm -estupenda Michaela Coel- y una cantante pop de fama mundial, Mother Mary -entregada y frágil Anne Hathaway-, que se reencuentran tras haber colaborado durante años y haberse separado de una forma traumática. Ahora, la cantante le pide a Sam que diseñe para ella un último vestido, en apenas tres o cuatro días. El reencuentro entre las dos mujeres es un choque frontal cargado de reproches y cuentas pendientes del pasado. La relación de ambas era profesional, creativa y de amistad, pero Lowery se encarga de mantener una tensión homoerótica que hace todavía más interesante el asunto, pero que nunca se aclara del todo. En esta ambigüedad, podríamos estar ante una actualización de Las amargas lágrimas de Petra von Kant (1972) de R.W. Fassbinder, en la que asistimos a una relación desigual y abusiva, y en la que la tercera en discordia podría ser la asistente Hilda (Hunter Schafer). Pero las intenciones de Lowery son otras. Desde el principio asistimos a espectaculares actuaciones musicales en las que Hathaway da vida con credibilidad a una diva del pop -realmente interpreta las canciones- y esto le sirve al director para jugar con las imágenes, la música y el sonido -de la fotografía se encarga Andrew Droz Palermo y de la música Daniel Hart, con canciones de Charli XCX, Jack Antonof y FKA twigs- rompiendo la unidad espacial de las escenas entre las dos mujeres, de aliento teatral. Pero además, Lowery imprime en las secuencias musicales cierta fantasía que acaba derivando, incluso, al terror. Y desde allí consigue convertir los conflictos, reproches, envidias y rencores de una pareja rota en una nueva historia de fantasmas. La mezcla de géneros es arriesgada e interesante, pero no acaba de funcionar y el director se deja llevar por el poder las imágenes para resolver la trama, cuando quizás hacía falta también profundizar en el conflicto dramático entre las dos mujeres. La propuesta visual es sólida y la labor interpretativa de las dos actrices, notable, pero Mother Mary parece una película fallida.
SPIDER-MAN: BRAND NEW DAY -EL MEJOR SUPERHÉROE
A diferencia de Superman, que siempre era un señor de traje, periodista de profesión, enamorado en scereto de Lois Lane, Spider-Man pronto dejó al instituto para irse a la universidad, y en el camino, como cualquier mortal, dejó detrás varias relaciones con diferentes chicas, desde Betty Brant hasta Mary Jane Watson. Spider-Man empezó siendo un tímido adolescente, pero acabaría convirtiéndose, cómic a cómic, en un joven independiente tratando de convertirse en adulto. Marvel Comics introducía así el paso del tiempo en sus historias y sus personajes crecían y maduraban con sus lectores. Quizás por eso, Tom Holland ha podido dejar de ser un chaval de instituto en Spider-Man: Brand New Day (2026) sin que haya la necesidad de buscar a un nuevo actor, algo tremendamente conveniente porque se trata de una estrella y uno de los actores más taquilleros, sino el que más. El personaje creado por Stan Lee y Steve Ditko es probablemente el superhéroe cinematográfico más exitoso, inmune a la supuesta fatiga del género, capaz de seguir batiendo récords después de ocho películas. Hay algo en el personaje que lo hace atractivo incluso para un niño pequeño, pero, además, Peter Parker es el más humano de los superhéroes -aunque ya suene a cliché-, el equivalente a Charlie Brown, siempre con problemas cotidianos como la falta de dinero, el no tener tiempo para estudiar para un examen, el llegar tarde porque se ha liado luchando con el doctor Octopus. Y sobre todo, en Spider-Man pesa dramáticamente su círculo cercano, su entrañable tía May (Mira Sorvino), su novia MJ (Zendaya) y su mejor amigo Ned (Jacob Batalon). Todos ellos hacen más cercano al personaje, pero, además, lo hacen más vulnerable, lo cargan con una gran responsabilidad en su empeño por hacer un buen uso de sus extraordinarios poderes. El guión de esta película entiende muy bien todo esto -lo firma un triunvirato, Chris McKenna, Erik Sommers y Justin Kuritzkes- y hace que el corazón de la historia sean los problemas muy humanos de Peter Parker, que ahora cuenta con una nueva aliada y confidente, la capitana de policía Jean DeWolff (Liza Colón-Zayas). Con este enfoque, esta película es un éxito porque es una película de Spider-Man, además de ser un capítulo más en el Universo Marvel Cinematográfico, con la presentación de un villano que seguramente será muy importante en el futuro de la franquicia. Con este peaje bien solventado, el director Destin Daniel Cretton firma un lujoso producto de acción, con buenos efectos especiales y, además, con ideas estupendas de puesta en escena, como la forma en la que se manifiestan los poderes del misterioso villano principal. La película funciona como un Marvel Team-Up una serie de los años 70 en los que Spider-Man compartía una aventura con un superhéroe diferente en cada episodio, mientras se iba enlazando una macrohistoria de un número al otro. Aquí ocurre lo propio y el protagonista se las ve con Punisher -el Castigador- felizmente interpretado por Jon Bernthal, que desarrolla una química estupenda con Tom Holland -los podemos ver juntos también en La Odisea (2026)- que aporta mucho a la cinta; y también con Hulk (Mark Ruffalo) que protagoniza momentos espectaculares. Como no podía ser de otra forma, siendo una de Spider-Man, hay mucho humor, que se combina con momentos dramáticos y románticos, al más puro estilo de los tebeos de Stan Lee y John Romita, y que se sostienen sobre el tremendo carisma de los actores, especialmente de Holland y Zendaya. La película recupera algo del espíritu original de la cinta de Sam Raimi de 2002 y tiene una estupenda secuencia de homenaje a los cómics, permitiendo cameos de villanos menos conocidos pero muy queridos por el fan. Spider-Man: Brand New Day es una película redonda, que consigue equilibrar un montón de elementos para constituir una peli de palomitas satisfactoria, que, al mismo tiempo, forma parte de ese pesado universo marveliano, que ahora, por fin, parece encarrilarse hacia el buen camino. Veremos.
POSESIÓN INFERNAL: EN LLAMAS -TERROR
Con Posesión infernal (1981), un joven Sam Raimi intentaba reducir una película de terror a su esencia más pura: los sustos. En su ópera prima, hecha con poquísimos recursos, la historia es prácticamente inexistente y los personajes no tienen el más mínimo desarrollo. Nada de eso importa, porque Raimi pensaba, como espectador, que el público solo está deseando llegar a los momentos terroríficos. Más de 40 años después, esa película hecha entre amigos se ha convertido en una rentable franquicia manejada por Raimi, por el productor Rob Tapert y por el actor Bruce Campbell, con series, remakes y secuelas que funcionan muy bien en taquilla además de ser productos muy dignos. Un nuevo ejemplo es esta Posesión infernal: En llamas (2026), dirigida por el francés Sébastien Vanicek, que decide volver a la esencia del original: un tour de force de sustos, en los que la historia no es más que un esqueleto mínimo para sostener una sucesión de momentos terroríficos, violencia y escenas gore, todo con el fin de mantener entretenido al espectador. El mejor ejemplo es ese vínculo mínimo, apenas una excusa, que enlaza esta película con la anterior, Posesión infernal: El despertar (2023), para luego hablarnos de un matrimonio joven, Alice (Souheila Yacoub) y Will (George Pullar), y la familia política de la primera. La posesión infernal del título convertirá a los suegros -Tandi Wright y Erroll Shand- y a la abuela (Maude Davey) en gente muy peligrosa. También están por ahí los cuñados -Hunter Doohan y Luciane Buchanan- para lidiar con los deadites, pero no son más que excusas para que Sébastien Vanicek despliegue todos los trucos de cámara, planos aberrantes, y movimientos vertiginosos que tiene en su arsenal para mostrarnos a los poseídos realizando todo tipo de crueldades, mutilaciones, apuñalamientos y mordiscos por no hablar de prácticas asquerosas -lo de la dentadura postiza, tela-. Con estos mimbres, la película funciona muy bien, es sobre todo un festín de sangre y efectos de maquillaje, de acrobacias y contorsiones diabólicas, de gritos y risas satánicas -el prólogo es fantástico- que tiene más humor que las dos secuelas anteriores, pero eso sí, negrísimo, aunque sin la energía cartoon de Raimi. La falta de historia con enjundia hay que asumirla, aunque haya que pagar el peaje del terror actual e introducir un tema social, cosa que nunca esta demás. Pero quizás había más para rascar en lo que podría haber sido una sátira sobre la desconfianza, mezquindad y egoísmo de toda familia política. No se puede tener todo.
A 500 MILLAS DE CASA (500 MILES) -CARRETERA Y PAÑUELOS
A 500 millas de casa (2026) parece una película de las de antes. Con esto me refiero a que aquí no hay trampa ni cartón, no hay trucos publicitarios, ni estrellas, ni franquicias, ni fenómenos en las redes sociales. Es simplemente una buena película. Una historia bien contada, con personajes definidos, sin ensalada de géneros, pero con momentos de drama, de comedia y de tragedia, como la vida misma. Todo contado con contención, siguiendo un relato coherente, aunque con rupturas temporales narrativas que revelan el verdadero corazón de la historia. No hay vistosos efectos especiales, sino una historia sobre seres humanos, los de una familia de clase obrera que vive en Reino Unido. Y parecen felices. Los protagonistas son los hermanos Finn (Roman Griffin Davis) y su hermano pequeño Charlie (Dexter Sol Ansell), sus padres -Clare Dunne y Michael Socha- y los abuelos -nada menos que Bill Nighy y Deirdre Monaghan-. Los primeros minutos de la película nos llevan a un lugar en el que queremos vivir, con personajes felices y entrañables, en paisajes preciosos de Inglaterra e Irlanda. Pero se trata de un paraíso a punto de perderse por el conflicto: el posible divorcio de los padres y la idea de separar a los hermanos da pie a una aventura para recorrer las 500 millas que los separan de la casa del abuelo. La película es entonces una road movie en toda regla, en la que los dos hermanos van superando obstáculos y descubriendo a personajes por el camino, como la rebelde Kait (Maisie Williams), una música callejera que se gana la vida con su ukelele. Dirige con aliento clásico Morgan Matthews -con amplia experiencia televisiva y ganador de cuatro premios Bafta- un guion de Malcolm Campbell que adapta la novela de Mark Lowery, Charlie and Me, en una película que busca contar una historia que sea agradable y emotiva para los espectadores, cosa a la que ayudan unos actores carismáticos y humanos, con el siempre estupendo Nighy a la cabeza, y con ese robacorazones que es Dexter Sol Ansell -los fans de Juego de Tronos tienen el aliciente de ver juntos al Egg de El caballero de los siete reinos con la popular Arya Stark- y también está muy bien Maisie Williams demostrando carisma también para la interpretación musical. Esta historia emotiva se envuelve en una lista de canciones pop muy conocidas, la banda sonora original de Jamie Duffy y Atli Örvasson, y la fotografía preciosista de Tom Comerford, para convertirse en historia amable que, sin embargo, sí que esconde un truco de prestidigitación utilizado para alcanzar momentos trágicos de puro desgarro emocional, para provocar la catarsis en el espectador, pero también la lágrima. Avisados estáis.
SE TIENE QUE MORIR MUCHA GENTE -AMIGAS
Desde luego, hacen falta más comedias. A poder ser, inteligentes, modernas y hasta progresistas. Se tiene que morir mucha gente (2026) -un título afortunado-, creada por Victoria Martín para Movistar +, es todo eso. Su gran virtud es que la prioridad de los guiones que firma Martín -junto a Laura Márquez e Ignasi Taltavull- es hacer reír. Y eso se agradece, en un momento en el que la mayor parte de la ficción parece más interesada en mandar un mensaje. No quiero decir con esto que las series o películas no deban ser políticas -todas lo son- pero sí es cierto que se echa de menos la voluntad de anteponer el chiste a todo lo demás. Los mejores cómicos son capaces de soltar la broma más incorrecta del mundo solo por hacer reír. Y en sus mejores momentos, Se tiene que morir mucha gente hace lo propio. Esto sin negar que las tramas argumentales de esta comedia reflejan problemas sociales actuales. Como protagonista tenemos a Bárbara (Anna Castillo) una joven guionista con problemas de salud mental. La actitud derrotista, rebelde y antisocial que despliega Bárbara es lo mejor de la serie, siempre metida en problemas por su incapacidad para integrarse y por su creciente adicción a los ansiolíticos. Una versión actualizada y femenina de Harvey Pekar. A Bárbara la acompaña siempre su voz interior, una niña (Sofía Otero), que se dedica a darle pésimos consejos y que suelta por su boca todo lo que nadie se atrevería a decir en voz alta. La mejor amiga de Bárbara -y compañera de piso- es Macarena (Laura Weissmahr), un personaje más centrado y con más sentido común, pero marcado por sus continuos fracasos sentimentales con sucesivas novias. El trío se completa con Elena (Macarena García), una amiga de la infancia que se ha convertido en una pija y que espera su primer hijo de un marido con pasta. Son tres personajes muy diferentes interpretados por tres actrices que están maravillosas. Los momentos cómicos que ha creado Victoria Martín son estupendos, en una serie, de episodios de media hora cada uno, que se consume en un suspiro. Un plan perfecto. A la ficción se le puede achacar, sin embargo, que sus temas sean la agenda habitual de la ficción audiovisual reciente: la salud mental, el retrato de la industria audiovisual y sus sinsabores, la tiranía de las apariencias de las redes sociales y la maternidad desmitificado. Eso por no hablar de asuntos importantes que también están de fondo como la precariedad laboral o el grandísimo problema de la vivienda. Todos estos temas, por ya manidos, lastran y le quitan originalidad a una comedia que, en realidad, no parece tener demasiadas pretensiones. Y aunque las tres intérpretes principales son fantásticas, hay que decir también que no son actrices de comedia que dominen el timing cómico. Aún así, la serie tiene momentos brillantes cuando estos personajes -y sus actrices- se dejan llevar por el exabrupto antisocial, violento y transgresor, por el egoísmo y la falta de empatía. Cuando la niña que le habla a Bárbara deja de ser graciosa y resulta incómoda. La sátira social de las clases altas funciona estupendamente y hay que aplaudir también la crueldad de Martín de negarle el éxito -social, económico, sentimental y profesional- a sus criaturas. Y sobre todo, encontramos en Se tiene que morir mucha gente un retrato emotivo de la amistad. De esas amigas que tienes desde el instituto y que, aunque luego tomen caminos diferentes y la vida las convierta en personas despreciables, siempre serán tus mejores amigas.
TOY STORY 5 -JUGUETES CONTRA PANTALLAS
Las tres primeras películas de Toy Story constituyen un hito cinematográfico indiscutible. La primera cinta, dirigida por John Lasseter en 1995, fue el primer largometraje animado por ordenador de la historia, pero además, fue la presentación de unos personajes que se han convertido en iconos de la cultura pop. Si la segunda entrega era una apuesta por ofrecer un entretenimiento espectacular, la tercera película cerraba la historia del protagonista humano, Andy, convirtiéndolo en un joven que ha dejado de jugar con sus juguetes, en una metáfora del transcurso de la vida y de cómo inevitablemente vamos dejando cosas atrás. Una trilogía perfecta. Si lo lógico habría sido dar por concluida esta historia, el gran éxito de la serie -y la pésima salud del cine en salas- hizo que Pixar/Disney hayan seguido produciendo películas de Toy Story. Son nuevos capítulos casi independientes que dan por terminado el relato original protagonizado por Woody (Tom Hanks) y Buzz (Tim Allen) pero que proponen algo así como una serie de epílogos o apéndices. Así, Toy Story 4 (2019) presentaba a nuevos personajes pero en el fondo estaba dedicada a jubilar a Woody, en una cinta estupenda, aunque algo oscura. Luego llegaría una auténtica rareza, Lightyear (2022), que contaba el origen de Buzz como si este hubiera sido un verdadero héroe galáctico y no un juguete. Ahora, Toy Story 5 (2026) llega a las salas para ofrecer una aventura infantil de entretenimiento puro. Vuelven los personajes de siempre, pero el protagonismo recae ahora en la vaquera Jessie (Joan Cusack), que tendrá que enfrentarse a un enemigo que los padres de hoy conocemos muy bien: las pantallas. La película nos muestra -de forma divertida, sin profundizar y sin dar lecciones- cómo un mundo de tablets, smartphones y ordenadores personales ha dejado obsoletos a los juguetes y está haciendo que los niños crezcan demasiado rápido e impidiendo que desarrollen su imaginación. Todo esto alrededor de la niña Bonnie (Scarlett Spears), que debe decidir si deja a un lado sus queridos juguetes para integrarse en ese grupo de niñas que ya solo juegan online. Lo que en manos de cualquier otro equipo creativo habría sido un tostón, en manos del talento de Pixar -dirigen y escriben Andrew Stanton y McKenna Harris- se convierte en una película impecable formalmente. Un guión redondo, que cuida a los personajes y que tiene constantes golpes de humor, con una narrativa eficaz y dinámica, que en algunos momentos alcanza un ritmo trepidante y destellos de brillantez visual. Mi personaje favorito es un juguete electrónico llamado Buen Rollito al que pone voz Conan O'Brien en la versión original. Y aunque Woody y Buzz pasan aquí a un segundo plano, hay que decir que el astronauta de juguete es el protagonista -en cierta forma- de una subtrama innecesaria pero visualmente muy atractiva que da pie a un prólogo mudo que es pura narrativa visual. Toy Story 5 no es la mejor película se la serie, pero sí una excelente secuela y un entretenimiento familiar de lujo.
OBSESSION -NO, NO ES AMOR LO QUE TÚ SIENTES
En la ecuación del amor siempre hay una incógnita que, al ser despejada, puede convertirse en felicidad o en sufrimiento. El amor no correspondido puede ser difícil de asumir, pero incluso si los sentimientos son recíprocos se puede acabar experimentando desengaños, infidelidades, o desavenencias por incompatibilidad de caracteres. Hemos visto muchas comedias románticas sobre estos asuntos, pero me parece muy original convertir lo romántico en terror, cosa que consigue el director y guionista Curry Barker -otro joven cineasta nacido en Youtube- en la estimulante Obsession (2016), un auténtico festín de terror y mal rollo sobre el amor romántico. La historia nos presenta al pusilánime pero bienintencionado Bear (Michael Johnston), que lleva años enamorado en secreto de Nikki (Inde Navarrette) sin atreverse a declarar su amor para saber de una vez si es correspondido o no. Es entonces cuando, de forma inocente, Bear compra un extraño juguete, un 'sauce del deseo', en una tienda esotérica y pide que Nikki le ame más que a nadie en el mundo. Cuando el deseo parece cumplirse, comienzan a ocurrir cosas tan extrañas como terroríficas. La película se convierte entonces en una sucesión de momentos inquietantes que van aumentando su intensidad hasta el terror extremo y el gore muy violento. Barker ha creado un guión muy inteligente, lleno de giros macabros y crueles, con los que acaba construyendo una comedia de humor negrísimo, en la que todo parece turbio -el propio protagonista es presentado como un incel- y todo se cuestiona: el amor, sí, pero también la amistad, las relaciones laborales y la sociedad en general. Detrás de la cámara, Barker demuestra una capacidad tremenda para fabricar sustos, pero también para crear atmósferas inquietantes e imágenes verdaderamente aterradoras. El mecanismo argumental puede ser clásico y remite a relatos como El diablillo de la botella, La pata de mono o un episodio de The Twilight Zone, pero a partir de esto, los planteamiento de Barker son muy originales, frescos y divertidos, con un punto de mala baba que, más que criticar las relaciones tóxicas, hace una parodia del amor romántico idealizado y visto como una entrega total, sirviéndose de una deslumbrante interpretación de Inde Navarrette. Y a pesar de su originalidad, también podemos inscribir Obsession en cierta tendencia del terror reciente, con películas como Smile (2022), Háblame (2002) o Weapons (2025), cintas que comparten el elemento sobrenatural, la idea de una maldición, el terror violento y extremo, y los toques de humor negro y comedia. Obsession es un festival y una de las experiencias en salas más entretenidas de este 2026. De la carcajada al grito.
VIAJE AL PAÍS DE LOS BLANCOS -SOLIDARIDAD
Viaje al país de los blancos (2026) está hecha con la mejor de las intenciones para contar una historia de superación, resiliencia y esperanza, enmarcada en la denuncia de uno de los grandes males del mundo actual, la inmigración ilegal. Para ello, la película se apoya en una historial real, en las vivencias ejemplares de Ousman Umar, y en el libro del mismo título que cuenta la odisea de su vida, la de un joven nacido en Ghana que cruzó el continente africano movido por la curiosidad que le despertó el ver un avión surcando el cielo, lo que se le antojó prácticamente mágico. Lo que no sabía Ousman es que iba a vivir un infierno de sed, calores extremos, detenciones, encarcelamientos y torturas, hasta llegar finalmente a España. La película se centra, sin embargo, en su llegada a Barcelona, donde también tuvo que soportar el no tener un hogar y el verse obligado a trabajar de forma ilegal como mantero. Es entonces cuando conoce a Montse, una mujer, que, de la nada, le echará una mano. Este relato biográfico beneficia a la película, ya que lo que se cuenta es concreto, lo que permite que el guión escrito por Guillem Clua escape de los clichés. Aunque la historia de un inmigrante sea, un poco, la de todos, la de los titulares de los periódicos. Dirige Dani Sancho, con experiencia en el documental, que intenta imprimir una estética que escape del realismo documental, ayudado en la fotografía por Luis Ferrer Calafell y Marcel Pascual (Noun). Sancho también consigue un buen trabajo de sus actores. Primero del niño y el joven que interpretan a Ousman en la primera parte de la cinta, Víctor Say y Benjamin Kakraba, y luego del propio Ousman Umar, que se interpreta a sí mismo cuando el relato se acerca a la actualidad. Pero interpretativamente, la película se apoya sobre todo en Emma Vilarasau, estupenda actriz que da vida a Montse, y que sustenta el clímax emocional de la historia, cuando se desvela una culpa que Ousman ha guardado demasiado tiempo en su conciencia. Vilarasau no deja de estar algo desaprovechada, ya que su relación con Ousman podría haber dado para más. Viaje al país de los blancos es un film correcto, con mensajes importantes, que incluso consigue emocionar al espectador en varios momentos.
VIVA -NO MORIR EN EL INTENTO
La actriz Aina Clotet debuta en el largometraje como directora y guionista con una ópera prima deslumbrante, Viva (2026), ganadora del premio Revelación en la Semana de la Crítica de Cannes. Se trata de una obra desbordante en la que la protagonista, Nora -una fantástica y entregada Clotet- es una mujer madura que acaba de superar un cáncer de mama pero se enfrenta de nuevo a un diagnóstico incierto. Tras esto, la vida de Nora parece cambiar radicalmente, debido a una serie de decisiones erráticas, una huida hacia adelante con una extraña voluntad de autodestrucción o más bien de romper con las coordenadas de lo que ha sido su vida. Nos embarca Nora en su aventura vital, un salto al vacío sin red, que la llevará a experimentar todo tipo de emociones, y el espectador con ella. Las situaciones que plantea la película se van sucediendo sin atender a un argumento convencional, más bien dejándose llevar por la sorpresa y hasta por un espíritu transgresor. A través de los conflictos de Nora, Clotet nos habla de la crisis de la madurez, pero también, claro, del cáncer, de la pareja, del sexo y la infidelidad, la vejez y la familia, la vida laboral y el éxito profesional, la maternidad y, sobre todo, nos habla del miedo a la muerte. Porque el miedo nos puede paralizar -como a Cleo en la obra maestra de Agnès Varda- pero también nos puede empujar al cambio, sin que eso sea necesariamente ni bueno ni malo. Clotet plantea que estar viva es tener miedo y que hay que aprender a vivir con ello. Todo eso sin dar lecciones. El guión de Clotet -y Valentina Viso- puede ser irregular y algo desequilibrado, pero esto parece un defecto muy menor en una película poco convencional, vitalista, calurosa, que goza de una extraña energía que se exhibe en sus escenas de sexo o en peleas de barro. La puesta en escena de Clotet es vibrante y moderna, con una estupenda fotografía expresiva de Nilo Mur -mencionemos también la música de Clara Aguilar- y la directora se muestra capaz de crear escenas intensas y sudorosas, de dar con afortunados momentos de comedia y hasta de screwball comedy en los que se puede pasar inmediatamente a lo incómodo, al drama; Clotet incluso tiene la habilidad de fabricar una atmósfera de terror cuando nos enseña la peor cara de la vejez y la muerte -esos ancianos postrados en una residencia-. La directora acapara toda la atención como actriz, pero hay que hablar también de un reparto muy compensado, con el carisma del joven Marc Soler que interpreta a Max; la amiga embarazada a la que da vida Laura Conejero; la sabiduría incómoda que comparten los padres de Nora, encarnados por Willy Toledo y Lloll Bertran; o el estupendo trabajo de Nabi Dakhli en el papel menos agradecido. Estamos ante una película fantástica, capaz de normalizar la cicatriz de una mastectomía y de romper tabúes sobre los personajes femeninos en el cine, un despliegue de madurez y riesgo.
LA HABITACIÓN DE MARIANA -TODAS LAS GUERRAS
El cine es cuestión de punto de vista. La mirada de un personaje es la mejor manera de conseguir que el espectador se involucre emocionalmente en una historia, que acceda a un universo de ficción que muestra un lugar y una época diferentes a los vividos. El director Emmanuel Finkiel sostiene su película, La habitación de Mariana (2026), sobre la mirada de un niño judío de 12 años, Hugo (Artem Kyryk), que escapa de los nazis en la Ucrania ocupada y se refugia en la casa de una amiga de su madre, Marianne (Mélanie Thierry). Allí, Hugo deberá permanecer escondido, lo que limitará su visión del mundo a una estrecha rendija a través del armario, a un agujero en la pared, a lo que se ve desde la ventana de la habitación, o a asomarse desde lo alto de unas escaleras, arriesgándolo todo. Esta limitación del punto de vista que se impone Finkiel es cine. Encerrado como Ana Frank, a través de esa visión reducida, Hugo será capaz de ver quiénes son los personajes que lo rodean, los peligros que lo amenazan, y tendrá que descubrir los hechos de la vida que se revelan a su edad: la muerte, el sexo, la solidaridad, el miedo y el egoísmo. La naturaleza humana. Y como En la trinchera infinita (2019), a través de la rendija de Hugo pasa la historia, la guerra, las invasiones, la destrucción y el hambre. Finkiel saca el máximo provecho artístico del encierro de Hugo mezclando sus recuerdos y su imaginación con lo real, haciendo que el presente y el pasado se mezclen, consiguiendo que interactúen personajes presentes y ausentes, anhelados. El vínculo de Hugo con el exterior es Mariana, una mujer obligada a prostituirse por las circunstancias y una mujer valiente marcada por una sonrisa ante a la adversidad, a la que da vida Mélanie Thierry, musa de Finkiel, y aquí capaz de ofrecer un recital interpretativo -que le valió una nominación al premio César- que le permite conquistar al espectador. La risa y las lágrimas de Thierry son la expresión de un personaje complejo, fuerte y vulnerable a la vez, que se convierte en todo para Hugo. Finkiel trasciende la recreación histórica con una obra intimista y de aliento poético en La habitación de Mariana, la historia de todas las guerras a través de los ojos de un niño.
LA ASISTENTA -CUENTO DE HADAS
Película fenómeno en taquilla y fenómeno literario -que desconozco-, La asistenta (2025) triunfó en cines apoyándose en su ausencia de complejos. Muy en consonancia con cierto cine de los últimos años, la adaptación de la novela de Freida McFadden -el guión lo firma Rebecca Sonnenshine- difumina los géneros clásicos para mantener atrapado al espectador y para no perder su atención. El director Paul Feig, conocido por sus exitosas comedias, se toma el material con cierta distancia irónica, no le tiene miedo al cliché y a la estilización, pero al mismo tiempo se toma completamente en serio la historia y los personajes. Evitar el espóiler exige minizar la sinopsis: una joven (Sidney Sweeney) con un pasado entra a trabajar como asistenta en una lujosa mansión para un matrimonio que parece perfecto, el de los Winchster, Nina (Amanda Seyfreid) y Andrew (Brandon Sklenar). Ese triángulo dramático y el escenario de la mansión son los que marcan el argumento que, como ya hemos dicho, va mutando casi constantemente, cambiando las coordenadas de la historia y las expectativas del espectador. Si al principio del film parece que nos encontramos ante un melodrama sobre una chica desvalida enfrentada a vejaciones y humillaciones, al estilo gótico de Rebeca (1940) de Alfred Hitchcock, el arquetipo de la Cenicienta acaba desapareciendo en favor de lo que parece un thriller sexual noventero. Pero la cosa no acaba aquí. Un nuevo giro sorprendente, nos lleva al terreno del cine de terror e incluso del un -moderado- torture porn. Una montaña rusa que me ha hecho pensar en el guionista británico Jimmy Sangster, que desarrolló con éxito una serie de thrillers de suspense en los años 60 para Hammer Films, inspirados en Hitchcock, en blanco y negro, que desechaban lo verosímil en favor del giro sorprensa y el entretenimiento. No nos engañemos: cada giro es tan inverosímil y poco justificado como divertido y atractivo, enganchándonos irremediablemente. Lo más impactante es que una última jugada nos lleva al terreno temático de la denuncia de las relaciones tóxicas, el machismo, la violencia doméstica y la sororidad. Todo, eso sí, llevado al extremo, como si estuviésemos ante un moderno cuento de hadas para adultos con moraleja incluida.
RESURRECTION -EL CINE
Puede resultar pertinente
preguntarse qué sitio ocupa una película como Resurrection (2026),
del director chino Bi Gan, en una cartelera española donde el primer lugar de
taquilla lo ocupa un título tan fallido y sin vida como Michael (2026),
situación extrapolable a todo el mundo, por cierto, y sin que esto nos impida
decir también que bienvenida sea cualquier cosa que atraiga a los espectadores
a las salas. Pero está claro que Resurrection está en las
antípodas del cine masivo. La película ganadora del premio especial del
jurado en Cannes es una muestra -soberbia- del llamado cine de autor. Una obra
que reboza tanto talento como hermetismo en su mensaje. No vamos a caer en el
intento de describir su argumento, porque no lo tiene o, al menos, yo he sido
incapaz de captarlo. Sí que podemos apoyarnos en su planteamiento, expuesto de
forma algo misteriosa y apelando a la fantasía: la humanidad ha alcanzado la
inmortalidad al prescindir de los sueños. Pero unos pocos, los delirantes, se
empeñan en seguir soñando. Así, nos encontramos ante una película de episodios
sin relación entre ellos. Como en Los sueños de Akira Kurosawa (1990),
veremos una serie de historias extrañas, a veces incomprensibles, que pueden
ser los viajes oníricos de un delirante. El primer tramo se refiere claramente
al origen del cine, cuando este era silente, con posibles referencias al
expresionismo alemán, con algo de Fritz Lang, del Nosferatu (1922)
de Murnau y de El gabinete del doctor Caligari (1922). Es un
arranque precioso, en el que Bi Gan juega sobre todo con el decorado. Le sigue,
quizás con una lógica cronológica según la historia del cine, un episodio de
cine negro, de tipos con gabardinas, trenes nocturnos y disparos. Un poco como Europa (1991)
de Lars Von Trier. Un manto de nieve blanca marca el tercer capítulo, en el que
un tipo se mete en un templo budista abandonado, con un dolor de muelas
tremendo que parece permitirle conectar con los espíritus. El cuarto episodio
es quizás el más bonito, la historia de un timador y de una niña que intentan
colarle a un millonario que esta tiene poderes mentales. Es sin duda el pasaje
más narrativo del film, y parece evocar Stalker (1979) de
Tarkovski. A esto le sigue un segmento marcado por un portentoso plano
secuencia -pensemos en Béla Tarr- que sigue a una pareja de jóvenes enamorados
-pensemos ahora en Wong Kar-Wai- que quiere escapar de todo en una noche en la
que podría acabarse el mundo y en la que la propia cámara se convierte en el
personaje principal. Y todo esto nos lleva al principio, cuando Bi Gan nos dice
-creo yo- que todo ha sido una representación -el discurso recuerda a Holy
Motors (2012)-, cine dentro del cine. El recorrido es magnífico, con
una portentosa fotografía de Dong Jingsong, y un diseño de producción
fantástico para crear escenarios increíbles y una sorpresa en cada plano. La
imagen final, en la que unos espectadores que son seres de luz acuden a un cine
y se van apagando, nos acaba emocionando, sin saber muy bien por qué, quizás
porque nos gusta el cine, y, al fin y al cabo, se trata de eso, de dejarse
llevar y emocionarse con un arte en peligro de extinción por muy taquilleras
que sean las películas como Michael.
YO NO MORIRÉ DE AMOR -LO QUE NO SE VE
Decía Jean-Luc Godard que un travelling es una cuestión moral. Dónde colocar la cámara es lo más importante para un director de cine y esa decisión define necesariamente su mirada como artista y supone incluso una demostración de talento -o de su carencia-. En la estupenda La vida manda (1944), película que parece tener muy poco que ver con la que nos ocupa, un maestro como David Lean demostraba su precoz sabiduría narrativa al presentar en off la reacción de los protagonistas, Frank y Ethel, ante una trágica noticia, dejando el plano vacío, encuadrado desde la puerta de la casa familiar que da al jardín trasero, despojando de sentido un escenario familiar y cotidiano de tardes apacibles y tazas de té, ante la llegada insoportable de la muerte. En la sobresaliente Yo no moriré de amor (2026), la debutante Marta Matute opta también por no colocar la cámara sobre sus personajes en un momento esencial de la trama. Una decisión que se puede calificar de respetuosa, pudorosa y que, al no mostrarnos lo que ocurre directamente, provoca una poderosa reacción emocional en el espectador. Una decisión de Matute que sorprende en una ópera prima y que la coloca como una autora a seguir de cerca. Es que estamos ante una de las películas españolas del año. El guión de Matute, inspirado en su propia experiencia vital, gira alrededor de Claudia (Júlia Mascort), una chica de 18 años que está despertando a la vida, a la independencia, al sexo y al amor. Pero el coming of age de Claudia se ve violentamente interrumpido por la enfermedad de su madre (Sonia Almarcha), que la convierte en una cuidadora, lo m ismo que le pasa a su padre (Tomás del Estal) y a su hermana mayor (Laura Weissmahr). No estamos ante la historia de cómo la enfermedad paraliza a un individuo y acaba borrando su identidad, sino de cómo afecta a todo su entorno familiar, cuyas vidas se quedan en suspenso al tener que dedicarse en cuerpo y alma a cuidar a una persona dependiente. El rigor realista de Matute para contarnos esta historia deja detalles durísimos que recuerdan a la despiadada Amor (2012) de Haneke y el estupendo guión de la propia Matute se centra en lo cotidiano, en las duras tareas de cuidados, pero también en los frustrantes intentos de fuga de Claudia, desesperada por tener su propia vida, y en cómo el agotamiento y el síndrome del cuidador quemado acaban deshumanizando a esta familia, atrapada en una situación insostenible, paradójicamente, por el vínculo del amor. Una situación que acaba desnaturalizando nada menos que la noticia de la llegada al mundo de una nueva vida, en uno de los mejores momentos de esta portentosa cinta. Yo no moriré de amor es la vida, y la vida es lo que ocurre en las largas elipsis de esta película, que en otra demostración del buen hacer de su directora, tiene más peso y encuentra más profundidad en lo que no se cuenta, en los silencios, en ese "estoy bien" que repiten una y otra vez los personajes, en lo que no vemos en la pantalla.
HANGAR ROJO -GOLPE DE ESTADO
Me siento tentado a decir que Hangar rojo (2026) es un wéstern. La historia de un individuo ante el fascismo, como Gary Cooper en Solo ante el peligro (1952). Esta estupenda película chilena está inspirada en la vida real del capitán Jorge Silva, que de la noche a la mañana se vio inmerso en el golpe de estado del 11 de septiembre de 1973 en Chile. La narración de los hechos es completamente objetiva, por lo que, aunque la cámara está pegada al rostro o a la nuca de Silva -estupendo Nicolás Zárate-, debemos adivinar sus sentimientos y lealtades, que son constantemente puestos a prueba por las circunstancias. Esta magnífica contención en el relato se debe al guión que firma Luis Emilio Guzmán, un ejercicio de concreción y efectividad que impulsa la historia hacia adelante de forma imparable mientras la tensión va creciendo en el relato y el cerco se estrecha alrededor del capitán y exparacaidista protagonista. El director debutante, Juan Pablo Sallato, demuestra un pulso ejemplar, una vehemencia y efectividad narrativas propias de la mejor serie B estadounidense -pienso en Jack Arnold o en el primer Anthony Mann- potenciadas por la estupenda fotografía en blanco y negro de Diego Pequeño, que evoca las sombras -también morales- del cine negro clásico, ese que nació de un esqueje del expresionismo alemán, ese cine que presagiaba la llegada de los nazis. La cámara de Sallato se pega a su protagonista y lo sigue a todas partes -en esto se parece a la espléndida El hijo de Saúl (2015)- dejando fuera de campo a todo un país y a una democracia que se desmorona, pero evocando el terror del fascismo militar que se hace con el poder y que no pierde tiempo en consumar venganzas largamente soñadas, en ejercer la violencia, en ajusticiar a los que no piensan igual. Porque si hemos empezado hablando de un wéstern, hay que hablar también de cómo Hangar rojo se transforma necesaria e inevitablemente en una película de terror en blanco y negro, en La invasión de los ladrones de cuerpos (1956) o en La noche de los muertos vivientes (1968), en una historia en la que el horror, en un instante, se apodera del mundo inevitablemente. Un asfixiante relato distópico de cómo puede sobrevenir el fin del mundo que parece hoy más pertinente que nunca.
EL AMIGO INESPERADO -¿Y SI?
Puede ser que la premisa de El amigo inesperado (2026) parezca surrealista: un exitoso escritor contacta a un imitador de famosos para que responda a sus llamadas telefónicas personales, suplantándole gracias a su talento para copiar voces ajenas. Pero, una vez aceptada esta descabellada idea, la película de la directora y guionista francesa Fabienne Godet se desarrolla de forma muy estimulante e ingeniosa como una deliciosa comedia marcada por los giros inesperados. Porque el guión se dedica a explorar las posibilidades de la idea inicial, en la que el protagonista, un estupendo Salif Cissé -toda una revelación- a fuerza de hablar con el entorno cercano del escritor que le ha contratado -un divertido Denis Podalydès- acaba conociéndolo mejor que nadie e, inevitablemente, metiéndose en su vida, transformándose en una figura neutral que intenta resolver los problemas personales de su contratador sin la carga de toda una vida de inseguridades, rencores y cuentas pendientes. La película juega con la fantasía de lo que pasaría si fuésemos capaces de desembarazarnos de nuestro círculo social y profesional, de las responsabilidades y los compromisos, convirtiéndonos en personas un poco egoístas, sí, pero también en seres completamente libres, con todo el tiempo del mundo a nuestra disposición. El amigo inesperado está llena de ideas estimulantes que se plantean en un tono relajado, divertido y alejado de conflictos y dramas. Una comedia de baja intensidad, completamente agradable, que desarrolla a sus personajes haciéndolos cercanos, cómplices y entrañables. Y ya de paso, la película nos sitúa en un escenario de vocaciones artísticas, de alta cultura, de literatura, pintura, espectáculo y crítica cultural, con sus miserias pero también con sus sueños e ilusiones. Una cinta muy disfrutable.
PIZZA MOVIES -LA PAREJA A PRUEBA DE BOMBAS
No sé si en España existe un ranking de las parejas más influyentes del audiovisual -en realidad no lo quiero saber- pero me imagino que a la cabeza habrían estado los talentosos Javis -aunque ahora estén separados-. En el mundo en el que me gustaría vivir, esa pareja sería Carlo Padial y Desirée De Fez. El primero es director de cine, escritor y humorista -lo puedes escuchar en el podcast Media Offline-. Ella es una crítica de cine de referencia, conductora del imprescindible podcast Marea nocturna, y acaba de publicar una estupenda primera novela, No la dejes sola. Juntos, él como director y ella como guionista, colaboran ahora en una pequeña, divertida y maravillosa película titulada Pizza Movies (2026). Protagonizan Berto Romero y una actriz que es un descubrimiento, Judit Martín. A Padial no le gusta el término de autoficción, pero lo cierto es que Berto y Judit interpretan una versión muy divertida de Carlo y Desirée -en la novela de ella también se puede encontrar equivalencias autobiográficas- como una pareja, Thais y Alan, que viven en Barcelona y se enfrentan a los sinsabores de la vida moderna. Él trabaja en una agencia creativa y ella es, efectivamente, crítica de cine. Tienen problemas para llegar a fin de mes, un abuelo dependiente y un hijo que necesita terapia, y se enfrentan a una montaña de gastos que deben afrontar desde trabajos cada vez más precarios. La realidad de casi todos los españoles. Es entonces cuando a ella se le ocurre una idea disparatada: dejar su trabajo para montar una pizzería. Con este sencillo planteamiento, Padial se dedica a meter a sus personajes en problemas que van apareciendo con humor, con ingenio, y siempre con mucho cariño por esa pareja algo excéntrica de perdedores que se enfrentan a las desdichas de la vida cotidiana y de la sociedad que nosotros mismos hemos creado. Aparecen temas sociales, pero también asuntos mucho menos vistos en la ficción, como la crisis de la cultura -y de la industria cultural-, la pérdida de prestigio de la crítica, la pérdida de relevancia del cine en un mundo dominado por las apariencias, por las redes sociales y por una cultura del éxito depredadora. Es imposible no pensar en Woody Allen -sobre todo en Granujas de medio pelo (2000)- pero Padial tiene su propia voz y referentes menos obvios. A mí la escena del juicio me lleva a pensar en el capítulo final de la mejor sitcom de todos los tiempos, Seinfeld (1989-1998). Padial, De Fez y Carlos de Diego escriben un guión y unos diálogos que demuestran un gran poder de observación y talento para el humor costumbrista, lo que no impide momentos de humor absurdo. El reparto que rodea a la pareja principal es tremendo: Joaquín Reyes -amigo en la vida real de la pareja- Bruna Cusí, Raúl Arévalo, Tamar Novas, Melina Matthews, el monstruo del cine español, Javier Botet -un cómico tremendo-, además de los habituales colaboradores de Padial, como Didac Alcaraz y sobre todo un inmenso Miguel Noguera, aportando surrealismo. Mencionemos también cameos de críticos de cine como Fausto Fernández. Pero sobre todo hay en Pizza Movies una entrañable reivindicación de la pareja como parapeto ante un mundo hostil, ante el capitalismo salvaje, ante la degradación cultural y educativa a la que nos enfrentamos. El lecho y la intimidad como un refugio a prueba de bombas. Como una versión neurótica de John Lennon y Yoko Ono, los protagonistas desencadenan una pequeña revolución desde su cama, aunque el sistema siempre encuentre una forma de devolver las aguas a su cauce. No hay amargura en esta película, sino una resignación inteligente y madura, casi un manual de resistencia, la única respuesta posible ante tiempos desesperados.
LA ISLA DE AMRUM -EL LADO CORRECTO DE LA HISTORIA
Cuenta la leyenda que un joven Steven Spielberg pudo conocer en persona al enorme John Ford, y que este le dio una lección que nunca olvidó: dónde colocar el horizonte dentro del encuadre. En La isla de Amrum (2026) es una maravilla cómo el cielo ocupa gran parte del encuadre al no haber montañas ni colinas en los escenarios elegidos por el director alemán de origen turco Fatih Akin, espléndidamente fotografiados por Karl Walter Lindelaub. Juntos consiguen plasmar imágenes de esas que permanecen en la memoria cinéfila. La isla de Amrum está basada en las memorias del cineasta Hark Bohm, que participa en el guión y que hace un emocionante cameo hacia el final del film. Suya es esta estimulante historia, que ocurre justo al final de la terrible Segunda Guerra Mundial, en la isla ubicada en la costa del Mar del Norte, que se convierte en un microcosmos de la sociedad alemana y de sus conflictos internos. El protagonista es un niño, Nanning (Jasper Billerbeck), que pertenece a una familia del partido Nazi y que por ello, hasta ese momento, ha gozado de privilegios. Precisamente la caída del tercer Reich coincide con el despertar a la adolescencia del muchacho, que se enfrenta a varias revelaciones sobre cómo es el mundo y cómo es la vida fuera de la protección de su hogar. Estamos ante relato ubicado en un momento clave de la historia contado desde la perspectiva de un niño en la edad de soñar y vivir aventuras. Hay algo en esta película que remite a relatos clásicos como Grandes esperanzas de Dickens, y ahí está la referencia directa a Moby Dick de Hermann Melville, pertinente porque la comunidad de Amrum se dedicó durante generaciones a la caza de ballenas. La fantasía del chico choca con la realidad del momento: es el final de la guerra, la economía se hunde, el desabastecimiento marca el día a día de los vecinos y los enfrentamientos ideológicos están a punto de estallar. En este escenario, Nanning se embarca en su propia aventura: encontrar los ingredientes necesarios para darle un capricho a su madre (Laura Tonke), una simple rebanada de pan blanco untada con mantequilla y miel -en este planteamiento coincide con la reciente La tarta del presidente (2026)-. Una labor que se convertirá en una odisea de relacionará al niño con todo el pueblo -mencionemos la presencia de una estupenda Diane Kruger, cuyo personaje daba para más-. Algunos simpatizan con el régimen, otros esperan ansiosos su caída. Con ellos, el protagonista se verá obligado a hacer trabajos, pedir favores y proponer trueques para hacerse, poco a poco, con todo lo necesario para satisfacer a su madre, sumida en una depresión postparto que esconde más cosas. En el trayecto, Nanning se enfrentará a los prejuicios, al odio, al instinto de supervivencia en tiempos de guerra y de paso aprenderá a buscarse la vida, a enfrentarse a la muerte, a conocer al extranjero y desubrirá también el valor de la amistad. Un coming of age en toda regla. Akin es un director de estilo moderno, preocupado por los conflictos del presente, pero aquí se transforma en un narrador clásico, al estilo del ya mencionado Spielberg en su vertiente mas fordiana, el de El imperio del sol (1987) o Los Fabelman (2022) -tanto, que me parece que ese piloto que encuentra a Nanning en la playa se parece al John Belushi de 1941 (1979) y su rostro hinchado da lugar a un momento que recuerda el susto más efectivo de Tiburón (1975), película, por cierto, inspirada en Moby Dick-. Tiene algo La isla de Amrum que recuerda a la inapelable Alemania, año cero (1948), pero, claro, sin el nihilismo de la obra maestra de Rossellini: aquí no se ven las ruinas de Europa, sino el recuerdo de un momento terrible necesariamente edulcorado al ser unas memorias autobiográficas. El clímax de la película trae a la memoria otro clásico del neorrealismo italiano, es el mismo final, aunque a la inversa, de Ladrón de bicicletas (1948), un momento en el que la figura del padre -o de la madre- se desmorona pero al mismo tiempo encuentra su dignidad en el sacrificio para sacar adelante a la familia, mientras el resto del mundo, insolidario, se envilece, aunque estén del lado correcto de la historia.
FLEAK -TODO ES POSIBLE
Un niño de 11 años ve cómo su vida cambia para siempre cuando un accidente lo deja postrado en una silla de ruedas. Esta premisa argumental, que la mayoría de las veces daría lugar a un drama, en Fleak (2026) se convierte en una luminosa cinta de animación, divertida, colorida y llena de magia, apta para los más pequeños. El protagonista es Thomas, un niño normal y corriente, aficionado al baloncesto pero no demasiado talentoso para dicho deporte, que intenta llamar la atención de sus hermanos mayores, que no le hacen mucho caso. Es entonces cuando entra en su vida un ser fantástico, Fleak, un bichillo entrañable y divertido, que permite a Thomas introducirse a un mundo imaginario poblado por otros personajes curiosos y en el que todo es posible. El director danés Jens Møller, con experiencia en series animadas como Ninja Go y Lego Star Wars hace de la sencillez una virtud: la historia se centra en los personajes que forman la familia de Thomas -al que añadimos el típico amigo chulito que es una fuente de problemas- y los escenarios principales son la casa familiar y el colorido mundo de Fleak. Así, la película se concentra en estos personajes para que nos encariñemos con ellos -los niños se quedarán con ganas de más Fleak- y en contar sus extrañas aventuras en ese mundo mágico que tiene sus propias reglas. Una historia sencilla, con buen ritmo, y con mensajes importantes como el amor familiar, la solidaridad, la inclusión y la capacidad de superación, que permite identificarnos con personas -y niños- con alguna discapacidad para entender sus problemas.




















