¡LA NOVIA! -HASTA QUE LA MUERTE LOS REÚNA

 


Si no habías leído la novela original, era La novia de Frankenstein (1935) la que te descubría que Mary Shelley, en su texto inmortal, había hecho que Víctor Frankenstein creara también una mujer -aunque nunca le diera vida-. En el texto, el héroe romántico literario era obligado por su criatura a crearle una compañera para paliar su soledad, tal como se nos ha dicho que Dios creó a Eva como compañera de Adán, en el primer matrimonio concertado de la creación. Aquella película, dirigida por James Whale para Universal, sigue siendo una de las mejores de la historia del cine. Realmente una comedia de terror, la película está llena de imágenes icónicas con subtexto queer y deliciosos efectos especiales prácticos que todavía mantienen intacto su encanto. En ella, la actriz Elsa Lanchester encarna a la novia, de peinado imposible, pero también a la escritora Mary Shelley en el prólogo de esta secuela que supera a la original. 91 años después, ¡La novia! (2026) también nos presenta a la actriz  Jessie Buckley -siempre maravillosa- en el mismo doble papel. Antes que ella, eso sí, hemos visto novias de todo tipo: la rubia modelo Brigitte Bardot que fue Susan Denberg en Frankenstein creó a la mujer (1967), con subtexto transgénero para Hammer Films; la Eva que fue Jennifer Beals en La prometida (1985) creada nada menos que por Sting; la novia de recambio hecha de partes de prostitutas en la muy trash, Frankenputa (1990); la trágica Helena Bonham Carter en la romántica Frankenstein de Mary Shelley (1994) que firmó un melenudo Kenneth Branagh; la muy sexualmente activa Emma Stone de Pobres criaturas (2024); o el también doble papel edípico de Mia Goth en la versión de Guillermo del Toro nominada al Óscar en 2026. Quizás, el peso de estos antecedentes ha obrado a favor de que la actriz Maggie Gyllenhaal, que firma su segunda película como directora -tras la interesante La hija oscura (2021)-, ofrezca una versión completamente diferente del mito prometeico, desinteresándose de la figura patriarcal del mad doctor y de la idea de crear vida artificial, para centrarse en la figura de la novia y en su perspectiva femenina y feminista, que canaliza explícitamente la energía de Mary Shelley -hija de la filósofa y escritora protofeminista Mary Wollstonecraft (1759-1797)-. Gyllenhaal se inspira en la película de Whale de 1935 y decide insertar a sus personajes, el monstruo y la novia, en una película de gángsteres en el Chicago de 1936. La directora se aprovecha de la eterna confusión entre el doctor y su criatura y bautiza directamente como Frankenstein a su monstruo, un estupendo Christopher Bale caracterizado según el maquillaje clásico e icónico creado por Jack Pierce para Boris Karloff. Frankenstein -un cinéfilo empedernido como John Dillinger- busca a una compañera y para conseguirlo recurre a una científica, la doctora Cornelia Euphronius (Anette Benning) -su nombre recuerda al doctor Septimus Pretorius (Ernest Thesiger) de La novia de Frankenstein-. Y a partir de ese momento, la pareja de monstruos se convierte en una suerte de Bonnie y Clyde, perseguidos por la policía -los detectives encarnados por Peter Sarsgaard y Penélope Cruz- y por la propia mafia -John Magaro-. En esta huida, Gyllenhaal encadena diferentes secuencias en las que desarrolla la relación entre los protagonistas -la química entre los actores es tremenda- marcada por la idea de que la novia no sabe quién es, ni cuál es su nombre, ni ha podido elegir al ser resucitada y emparejada; y además apunta una serie de temas como las discriminaciones, abusos y violencias a los que se han enfrentado las mujeres históricamente. Eso sí, esta novia es más que una compañera, es la semilla de una revolución -feminista- y una heroína independiente a pesar de su romántica relación con el monstruo. La película de Gyllenhaal es atrevida, violenta, sexy, cool y sobre todo punk, llena de guiños cinéfilos -al cine clásico musical con el desmitificador personaje de Jake Gyllenhaal; a la parodia de El jovencito Frankenstein (1974); y a la directora pionera de Hollywood, Ida Lupino-. Brillan el diseño de producción de Karen Murphy, la fotografía expresionista de Lawrence Sher y la música trepidante de la islandesa Hildur Guonadóttir. La puesta en escena exuberante de Gyllenhaal deslumbra -sobre todo en su prometedor arranque- y confirma a esta directora como una artista capaz de fabricar un producto comercial pero con alma.

TORRENTE, PRESIDENTE -LA PARODIA NACIONAL

Santiago Segura es muchas cosas. Empezó siendo el héroe de los cortometrajistas cinéfilos que soñaban con hacer películas de género al estilo americano; es también un personaje televisivo al que identificamos como humorista; y ha acabado siendo el blanco de las iras en las redes tras ser incluido en la llamada fachosfera. Es el signo de los tiempos de división y polarización que nos han tocado vivir. Pero realmente, Segura es un productor, guionista, director y actor cinematográfico de gran éxito. El heredero y continuador de las comedias de los años 70 y 80 de Ozores, Pajares y Esteso, a los que emula como rey de la taquilla y con su olfato inigualable para conectar con los gustos del público y reflejar los temas de actualidad que más preocupan a los espectadores. En Torrente, presidente (2026), Segura consigue una comedia perfecta cuyo gran objetivo es que nadie se aburra. La trama, claro, recupera al famoso antihéroe, el casposo policía José Luis Torrente, que es reclutado por un partido político de extrema derecha. Segura no esconde cuáles son sus referentes de la vida real: Nox es Vox, y, de hecho, gran parte de la gracia de la película es el juego de espejos que establece en una correspondencia al alcance de cualquier espectador. El guion del propio Segura sigue la dinámica marcada en su saga de Padre no hay más que uno: los chistes se suceden uno tras otro sin dar respiro. Ante tal batería de bromas, puede que algunas no funcionen del todo, pero no pasa nada, enseguida viene la siguiente, y así sin parar, emulando un estilo más bien televisivo que remite a series animadas como Los Simpson o Padre de familia, o quizás, también, a un tebeo de Bruguera. Una sucesión de sketches en los que impera, sobre todo, el humor incorrecto, a veces zafio, pero siempre buscando incomodar. Segura perfecciona la jugada en la sexta película de su saga: Torrente le sirve para reírse de los fascistas, racistas, homófobos, nacionalistas y rancios que lamentablemente abundan en España; pero, además, sabe perfectamente que el espectador de derechas también se va a reír con esos viejos chistes que la cultura woke ha desterrado al terreno del mal gusto y la cancelación. Si Los domingos (2025) consiguió interesar a católicos y ateos -las dos Españas- lo mismo consigue Segura con su película. No puede haber nada más sano que el facherío riéndose de su propia cutrez. El otro gran talento de Santiago Segura es su poder de convocatoria: la película apuntala su sucesión de chistes en infinitos cameos -algunos fugaces- de sus famosos amiguetes, que deparan sorpresas -y risas- continuas. Personajes muy conocidos que van desde los frikis de la telebasura y las viejas glorias -los más humanos y entrañables- hasta las estrellas de Hollywood, pasando por periodistas, escritores, cantantes y deportistas. Y lo más meritorio es que todos se prestan al juego de autoparodiarse de buen grado. Segura se ríe con ellos, pero también de ellos. Con todos estos rostros, el director de Carabanchel dibuja un panorama muy completo de la guerra política, social y mediática en la que vivimos inmersos. El espectador se va a reír, y mucho, pero, quizás, a la salida del cine, también se le encoja un poco el corazón ante la idea de que Torrente, presidente, siendo como es una farsa, está demasiado cerca de ser un espejo de la realidad. Con sus bromas y con la elección de los cameos, queda clara una postura crítica ante la política y el populismo, pero también hay un comentario más fino sobre la cultura de la cancelación y contra la corrección política cuando se vuelve un arma de censura. La propuesta es redonda porque la película recupera personajes y hace guiños a toda la saga iniciada en 1998. Y como la propia serie, la cinta evoluciona del costumbrismo cañí a la parodia del cine de acción hollywoodiense -mirando sobre todo a James Bond y sus villanos megalómanos- para preguntarse quién está verdaderamente detrás de los políticos, los medios y los empresarios, riéndose de paso de las teorías de la conspiración pero haciéndonos ver que, en el fondo, todos somos meros títeres. Te puede gustar más o menos lo que propone la película, puede caerte muy mal su autor, pero Torrente, Presidente es una película perfecta: cumple sobradamente con lo que promete.

TAFITI Y SUS AMIGOS -EL VALOR DE LA AMISTAD

Tafiti es una suricata que vive con su familia en el desierto africano. De su abuelo aprende importantes lecciones para sobrevivir, pero cuando se embarca en una peligrosa aventura con un nuevo amigo, el cerdo salvaje Púas, descubrirá también el valor de la amistad y la solidaridad. Tafiti y sus amigos (2026) es una cinta de animación alemana, dirigida por la experimentada Nina Wells, que lleva a la pantalla al popular personaje infantil creado por Julia Boehme, autora que también participa en el guion. Aunque no se trata de una cinta animada con los recursos de un film de Disney, Pixar o Ghibli, la película compensa sus limitaciones puramente técnicas en el campo de la animación con un vistoso uso del color y de la luz en impresionantes escenarios, como el infinito desierto de Namibia que deben cruzar los personajes, y sobre todo, con un guion que imprime un ritmo ágil encadenando situaciones y presentándonos a diferentes animales africanos para no perder la atención de los niños. La película es ideal como una primera experiencia en la sala de cine para niños desde los 3 años y promueve valores como la familia, la amistad y la solidaridad. Hay sobre todo un mensaje en contra del odio y la desconfianza en el otro, en el desconocido, en el extranjero. Y hay que destacar también ideas muy divertidas, como que una elefanta se enamore de un ratón; o momentos trepidantes como la secuencia subacuática en la que aparece un monstruoso pez. Tafiti y sus amigos es una película modesta pero también honesta, bien construida y sobre todo apta para ver en salas con los más pequeños.

AMARGA NAVIDAD -EL CREADOR Y SU OBRA


Puede ser que un artista tenga dos opciones: insistir en un estilo buscando la perfección hasta agotarse, o romper con su obra anterior, arriesgarse a perderlo todo, con el objetivo de ganar nuevas vías a explorar. Pedro Almodóvar, director ya más que consagrado, arranca Amarga Navidad (2026) -título robado a una canción del mexicano José Alfredo Jiménez- transitando por terrenos más que conocidos. Elsa -siempre magnética Bárbara Lennie- es una directora de cine que sufre -autobiográficas- migrañas y busca paliar sus dolores con la ayuda de las drogas -legales- y de su pareja, un bombero/estríper llamado Bonifacio (Patrick Criado). Puro Almodóvar. El director que iniciara su filmografía con Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón (1980) parece recuperar en este inicio la ligereza y la comedia de sus primeros tiempos en lo que parece una nueva incursión en el drama íntimo con protagonista femenina al estilo de tantas y tantas obras del autor de Todo sobre mi madre (1999). Pero Almodóvar evita los conflictos trágicos y se limita hablar de dolencias, de salud mental, de amor, y de amistad entre mujeres, hasta que esa historia principal resulta ser una ficción dentro de otra, en la que un segundo director de cine, Raúl Durán -Leonardo Sbaraglia como alter ego del manchego- está escribiendo un guión y se enfrenta a conflictos vitales que, también, parecen menores: con su productora, Mónica (Aitana Sánchez-Gijón), en una trama que parece un esqueje de Dolor y gloria (2019). Almodóvar es un guionista barroco y aquí juegas enreda yendo de una trama a la otra, introduciendo personajes y conflictos -las amigas paralelas que interpretan Victoria Luengo, Milena Smith-, se deja llevar por divertidas y hermosas digresiones -el baile de Criado, la fiesta de Rossy de Palma y la cantante Amaia Romero, un nuevo homenaje a Chavela Vargas-, mientras el relato se va enrevesado y haciendo más melodramático, dejando atrás la ligereza para volver a la intensidad trágica de la segunda etapa de su carrera. Todo esto se desarrolla de forma muy libre, el argumento fluye sin que sepamos muy bien a dónde quieren llevarnos, plasmándose la historia en la pantalla con la acostumbrada exuberancia visual de Almodóvar: su perfecta planificación pictórica, la estupenda fotografía de Pau Esteve Birba, la combinación pop de colores, el esmerado diseño de los decorados y el vestuario, las localizaciones de revista de arquitectura y la envolvente y arrebatada música de Alberto Iglesias. Con sus acostumbrados diálogos de fotonovela, Almodóvar nos lleva finalmente a un trampantojo narrativo en el que el autor se cuestiona a sí mismo el uso de la autoficción y se reprocha ser como un vampiro que se aprovecha de las vidas de los demás. Esto en un tramo final que contiene su propia crítica cinematográfica y en el que el director se rebela contra la idea de que ya ha dado al mundo sus mejores obras y que solo le quedan películas menores -o de culto- en su filmografía. Un final atrevido, arriesgado, estimulante, que revela que Almodóvar, esta vez, se despreocupa de sus criaturas para hablar de sí mismo.

ÈREM UNA GRAN FAMILIA -METRAJE ENCONTRADO


Una fotografía es un momento congelado en el tiempo. Y una película es el tiempo inmortalizado. Hay algo mágico en el acto de coger una cámara y captar un momento de la vida y arrancarlo de la fugacidad del presente. Esa magia, quizás, ha perdido hoy parte de su poder: vivimos rodeados de cámaras, fabricamos imágenes continuamente con nuestros teléfonos móviles, hemos convertido las redes sociales en una galería de las imágenes de nuestras vidas. El documental 
Èrem una gran família (2026) de la directora debutante Cristina Rosselló, que se presenta en el D'A Festival Cinema, recupera el poder primitivo de las imágenes del cine en sus inicios, ese que en 1896 sorprendía a los espectadores con la llegada de un tren a la estación. Rosselló rescata las películas caseras de una familia de Vic, los Riera Fiter, entre los años 1942 y 1999, mucho antes de la omnipresencia de los mencionados móviles. La directora nos cuenta así la historia de una familia, a la que vamos descubriendo poco a poco de forma asombrosa. Van pasando los años y delante de nuestros ojos vemos a estas personas crecer, madurar y casarse, tener hijos y envejecer. Esto es, de por sí, muy valioso. Roselló devuelve la importancia a las imágenes por su valor intrínseco como documento histórico y como testimonio de estas vidas, pero además las realza valiéndose del montaje y de la música, con técnicas de videoarte, que imprimen evocadoras atmósferas al relato y que nos hacen anticipar cómo va a evolucionar la vida de estas personas. No hay necesidad de narraciones en off, ni de textos -más allá de los que marcan la cronología- ya que las imágenes de los retratados dicen mucho sobre su estilo de vida, sobre la época en la que viven, sobre la personalidad de cada uno. Para complementar lo que vemos, Roselló entrevista a los miembros de esta familia, cuyas voces aparecen explicando -subjetivamente, claro- quién es quién en el árbol genealógico que aparece en la pantalla. Pero hay más. Un recurso especialmente afortunado es el que hace Roselló de los noticiarios de cada época, concretamente de sus locuciones, que utiliza para explicar las películas caseras rodadas por la propia familia. Y aunque esos textos hablados estaban pensados para acompañar otras imágenes, por coincidencia y por contraste sirven aquí para contextualizar lo que vemos. Con ello se consigue contar también la historia de España y de Cataluña en el último tramo del siglo XX, siempre desde el microcosmos de una familia concreta con sus peculiaridades. Las relaciones de un matrimonio, las dinámicas entre padres e hijos, las cosas que pasan entre los hermanos, se suman a cómo fue la dictadura franquista para una familia burguesa y afín al régimen, a la que conocemos en su esplendor pero también en su decadencia, en un retrato real nada lejos de la satírica La escopeta nacional (1978) de Berlanga. La familia vista como ese grupo fundamental en el que vivimos los momentos más felices, pero también en el que aparecen los celos, el rencor, la frustración y esas penas que arrastramos durante toda una existencia. Èrem una gran família está llena de imágenes poderosas, de ideas que invitan a la reflexión y, claro, de nostalgia por un tiempo rescatado del olvido que acaba siendo el de todos.

ZETA -ESPÍAS IBÉRICOS


Ya en el cine mudo, la maravillosa Los espías (1928) del grandísimo Fritz Lang inauguraba el subgénero de las películas de espías. Antes, con El doctor Mabuse (1922), el propio Lang había creado el modelo del villano megalómano que aspira a derribar el sistema, que hoy se sigue enfrentando al héroe de acción moderno. De todo ello tomó buena nota Alfred Hitchcock, con títulos tan divertidos como 39 escalones (1935), Agente secreto (1936) y hasta la obra maestra que es Con la muerte en los talones (1959), influencia decisiva en el agente secreto más famoso de todos, James Bond, nacido en Dr. No (1962). Poco a poco, la popular saga del agente 007 fue pasando de la intriga de espionaje a la acción más espectacular, que ha dado pie a franquicias igualmente pirotécnicas como Misión Imposible y la saga de Bourne. Esta tendencia al blockbuster ha hecho casi imposible que cinematografías más modestas -en presupuesto- aborden el subgénero, de ahí que haya que valorar el riesgo de un director como Dani de la Torre al atreverse con Zeta (2026), incursión en el cine de espías que propone a Mario Casas como héroe -patrio- de acción. Sorprendentemente, la cosa sale bien. La película es un impecable producto de entretenimiento, que, si bien no alcanza el despliegue técnico de las sagas antes citadas, ofrece emoción, tensión y sorpresas. Zeta es el nombre clave de un agente semiretirado (Casas) que es llamado por la directora del CNI -estupenda Nora Navas- para buscar al asesino de cuatro exagentes ubicados en diferentes embajadas internacionales. Todos participaron en una misión secreta en Colombia en los años 90 -lo que nos hace pensar en Narcos (2015-2017) en varios momentos- y la clave de todo puede ser otro misterioso exagente veterano (Luis Zahera). Además, Zeta se verá obligado a colaborar con una expeditiva espía colombiana, Alfa (Mariela Garriga). Con este planteamiento, la historia se va desarrollando con buen ritmo, dosificando las revelaciones que hacen interesante la intriga, gracias a un guion muy trabajado de Oriol Paulo, Jordi Vallejo y el propio director, que va atando cabos de forma muy divertida. Una de las mejores cosas de Zeta es que se toma muy en serio a sí misma como película, lo que no impide momentos muy divertidos y pasados de rosca. Eso sí, estamos ante una cinta de espías en la que son muy importantes los diálogos y los flashbacks sobre la misteriosa operación Ciénaga, que se sostienen sobre todo por el buen hacer de Luis Zahera, carismático y misterioso personaje que mueve los hilos de todo siguiendo sus propios intereses. Y puntuando el argumento, estupendas escenas de acción que remedan el mejor cine de Hollywood: persecuciones de coches, exhibiciones de parkour por las favelas brasileñas y una estupenda pelea, violenta y seca, en plano secuencia. Hay que sumar a esto escenarios internacionales espectaculares y, sobre todo, la voluntad de ser verosímiles, pero no demasiado realistas y aburridos. Creo que Zeta apuesta sobre todo de la idea de introducir elementos personales e íntimos que afectan directamente al héroe inmerso en la intriga, siguiendo los pasos de la estupenda serie Alias (2001-2006) de J.J. Abrams. Una cinta muy entretenida, buen ejemplo de cine de género, y muy posiblemente la primera de una serie cuyas futuras entregas, ojalá, podamos disfrutar en una pantalla de cine.

CALCINACIÓN -DEMONIOS DE LA MENTE


El terror o el thriller psicológico se apoyan en una premisa básica: los espectadores no sabemos si lo que vemos en la pantalla de cine está ocurriendo objetivamente o si solo existe en la mente del protagonista, cuyo punto de vista contamina la narración. Calcinación (2026), del director y guionista Luis Navarrete, es un viaje alucinado al fondo de una mente, la de Álvaro (Javier Hernández), un joven que atraviesa una crisis existencial y que parece acosado por misteriosos personajes. Pero ¿Qué está en su cabeza y qué le persigue realmente? El interés argumental de la película reside, sobre todo, en desentrañar qué está ocurriendo y cuál es ese mal que aqueja al protagonista, cuya vida parece marcada por la oscuridad y la desesperación. Es entonces cuando aparece un posible rayo de luz, el amor, en la forma de la luminosa Diana (Vanessa Pámpano), que podría cambiarle la vida a Álvaro. Al mismo tiempo, aparece en la trama un personaje oscuro y sórdido, que no necesita nombre, interpretado por Antonia San Juan, actriz capaz de transfigurarse en una máscara aterradora ¿Por qué persigue a Álvaro? El espectador tendrá que resolver el puzle, pero la película mantiene el interés, sobre todo, por sus imágenes, bien construidas para crear una atmósfera inquietante, casi onírica, gracias a la fotografía expresionista de Alex Arteaga, que se conjuga estupendamente con la música de Ramón Grau. Poco a poco se irán desvelando las cartas, aunque la película, afortunadamente, mantiene siempre cierta ambigüedad mientras la cinta se va haciendo progresivamente más terrorífica, con momentos de cine fantástico bastante conseguidos que llevan a un clímax infernal, en el que toda la contención anterior estalla en la pantalla. Bien dirigida, con un acabado visual que contradice su modestia presupuestaria, sólidamente interpretada, Calcinación esconde bajo sus imágenes el tema de la salud mental, la depresión y la ansiedad, y consigue expresar en la pantalla los demonios de la mente, sean reales, o no.



Hablamos con Luis Navarrete, director y guionista que estrena Calcinación, su segunda película tras la comedia musical El fantasma de la sauna (2021), que supone un estimulante cambio de registro al thriller psicológico y de la que también hablamos en Indienauta.


* ¿Cómo surge la idea de Calcinación y cómo es el proceso de escribir un guión que tiene el reto de dosificar la información sin que el argumento se atasque?

- El proceso de crear Calcinación fue bastante intuitivo, porque se fue construyendo a partir de sentimientos aleatorios. En aquel momento estaba pasando por un episodio depresivo, y solo era capaz de escribir frases sobre cómo me sentía, mayormente inconexas. Hasta que al final se fueron acumulando y crearon un mapa que eran un reflejo de los síntomas de ese estado. Luego ya sí fui haciendo muchas revisiones para intentar hacerlo más limpio y ordenado, pero intentando respetar ese "mapa". Intenté ser perfeccionista pero, sobre todo, sin expectativas, ni remordimientos.


* ¿Cómo has manejado la dirección de actores? ¿Pudiste tener ensayos con ellos?

- Sí, esta vez sí pudimos ensayar bastante. Fue una asignatura pendiente en mi primera peli, que por la falta de recursos me daba mucho palo freír a los actores a ensayos, y al final fuimos muy verdes. Pero con Calcinación, aunque los recursos han sido iguales, hemos acordado entre todos volcarnos en construir los personajes y practicar lo máximo posible. El elenco estaba entregadísimo y yo estoy super agradecido por ello.


* ¿Qué referencias tuviste para Calcinación? Hay momentos que recuerdan a un Brian de Palma más grave y serio

- Pues me flipa Brian de Palma de hecho, y me parece un honor que te venga a la mente. En mi primera peli sí te sabría contestar mucho mejor a esto, porque era un homenaje al cine que me había acompañado desde pequeño, pero en esta ocasión, al ser un volcado tan intuitivo, me cuesta más. Habrá mil referencias, porque al final yo soy lo que he visto previamente, pero no te las sabría señalar conscientemente.


* ¿Cómo afrontas el look visual de la película? ¿Cómo fue la colaboración con tu director de fotografía, Álex Arteaga?

- Fue un viaje muy bonito, y también un pedazo de reto, pero he tenido la enorme suerte de tener a Álex a mi lado. En el guion yo ya fui cauto de no plantear cosas fuera de nuestro alcance, pero aún así la imaginación vuela y los dos teníamos cosas muy locas en la cabeza. Fue tras el primer scouting cuando nos dimos cuenta que no teníamos los medios para generar todo el universo que teníamos en mente; aunque ahí viene también lo divertido, que es estrujarse los sesos. Y al final creo que conseguimos expresar lo que queríamos. 


* La música me parece muy importante para establecer el tono de la película ¿Qué le pediste al compositor Ramón Grau?

- Con Ramón es que son ya 10 años de conexión artística y amistad, y estamos llegando a un punto que casi me lee la mente. Este proyecto fue un reto grande de todos modos, porque yo sentía por dentro cómo quería que se expresara musicalmente cada estado de la depresión, pero no sabía darle referencias exactas. Por ejemplo, la pieza que hace más referencia a la apatía, fueron varios meses de ensayo y error, hasta que nos fuimos aproximando y un día le dije "Así, así se siente". O así la siento yo, al menos.


* En Calcinación hay momentos muy inquietantes ¿Te gusta el género? ¿Te has planteado afrontar una historia todavía más terrorífica?

- Creo que el thriller psicológico es mi género favorito. De calle. Hay otros que me encantan, pero este es el que sé que no falla. Y voy a tirar mucho por ahí de aquí en adelante porque lo disfruto una barbaridad y va en sintonía con las cosas que necesito desahogar. En cuanto a una historia más terrorífica, para el siguiente guion que estoy moviendo, no sé si usaría esa palabra, pero sin duda es muchísimo más salvaje y descarnado. Creo que se me ha ido completamente la olla y no sé si será mejor o peor, pero va a ser una explosión, una liberación. Estoy deseando.


* ¿Cómo se puede ser director de cine en España sin morir en el intento? 

- Pues creo que se muere varias veces en el intento (risas). Es una cuesta arriba y cuando crees que has superado varios muros, te encuentras con 100 más. Lo único que está en tu mano y lo que yo recomendaría es trabajar en tu salud mental, no dejando que el cine o las expectativas se conviertan en una cosa agónica que absorba todo, y dar pasos solo cuando los disfrutes. Lo importante cuidarte, y cuidar y disfrutar de los tuyos.


* ¿Cuál es la película que te hizo querer ser director?

- Eduardo Manostijeras (1990). Muchas más, claro, pero esa la voy a respirar siempre. En El Fantasma de la Sauna me salía por los poros y veo las referencias más claras, pero aunque en Calcinación no sean tan evidentes, sé que las tiene que haber porque es que esa película me ha configurado como creador. La amo.

PILLION -LA EXTRAÑA PAREJA


¿Estamos realmente preparados para el amor? Nos pasamos la vida soñando con historias románticas, idealizadas, en literatura, cine y televisión, que son pura ficción. Pero ¿Cómo amamos en la vida real? Seguramente no seguimos los dictados de nuestro corazón -quizás para bien- y preferimos atender primero a cuestiones prácticas como la cercanía, la posición económica, la pura costumbre, la hipoteca, los hijos, para elegir o mantener una relación antes que dejarnos llevar por un flechazo, que, sospechamos, tampoco iba a durar demasiado. En la vida real amar significa arriesgar, abrirse a otra persona, mostrarse vulnerable y exponerse a que el otro no atienda nuestros deseos al dedillo, que nos rechace o nos deje directamente colgados. La película Pillion (2026) -que significa 'ir de paquete' en una moto- hace un maravilloso análisis de todo esto al contarnos la historia de dos hombres, el tímido y apocado Colin -un magnífico Harry Melling- y el misterioso y guapísimo Ray -un apolíneo Alexander Skarsgard con mirada rompecorazones- afín a la ropa de cuero y que encima es motero. Dos personajes que pueden parecer disímiles pero que acaban formando pareja, o algo así, porque la trama se desarrolla en el submundo del sadomasoquismo: Ray es el amo, Colin su siervo. La estupenda ópera prima del británico Harry Lighton adapta la una obra de la serie literaria Box Hill de Adam Mars-Jones y nos mete de lleno en un mundo de hombres homosexuales y moteros sadomasoquistas. Un mundo fascinante con sus propias reglas y su estética de cuero y cadenas, que sirve de metáfora para entender cualquier relación sentimental humana. En una pareja, los amantes deben estar dispuestos a entregarse completamente, o de lo contrario el vínculo acabará rompiéndose. Aquí, Colin decide seguir las reglas que le impone Ray, enfrentándose a sus entrañables padres (Lesley Sharp y Douglas Hodge) y dejando a un lado su forma de entender la vida -y el amor- para satisfacer a Ray. Todo esto está contado de forma brillante, con mucho humor, humanidad y emoción, a través de interpretaciones brillantes y varias escenas de sexo que, lejos de ser gratuitas, ayudan a contar esta historia. Y la pregunta que plantea este maravilloso film es la misma que se plantea en algún momento en cualquier relación de pareja ¿Están los dos dispuestos a entregarse completamente?

PROYECTO SALVACIÓN -LA HUMANIDAD EN PELIGRO

Proyecto salvación (2026) es una de las mejores experiencias cinematográficas que se pueden tener. Una película para todos los públicos, con una historia épica de ciencia ficción, que se apoya en unos estupendos personajes y que tiene drama, acción y sobre todo humor, además de un mensaje positivo y esperanzador. Poco más se puede pedir. Su título en castellano esconde el original en inglés, Project Hail Mary, proyecto ave María, que no tiene demasiado que ver con la religión católica -aunque la película nos hable de un milagro y su protagonista se llame Grace, gracia- sino con una expresión propia del fútbol americano: se conoce como un pase de Hail Mary cuando un equipo se la juega al todo o nada, cuando ya no queda tiempo en el reloj del partido, y las posibilidades de ganar son mínimas. De eso precisamente va esta película: el científico y profesor de instituto Ryland Grace (Ryan Gosling) es el encargado de llevar a cabo una peligrosa misión en el espacio para salvar al Sol que nos da luz, calor y energía. Y tiene muy pocas posibilidades de conseguirlo, y ninguna de salir con vida. Detrás de esta premisa está la novela de 2021 de Andy Weir, conocido autor de El marciano (2011) llevada al cine por Ridley Scott con Matt Damon, escritor capaz de imprimir una verosimilitud científica a sus relatos, lo que no está reñido con el dibujo de personajes muy humanos. El encargado de adaptar dicho texto es otro autor interesante, Drew Goddard, guionista y director que participó en series televisivas míticas para pasar luego al cine con títulos como Monstruoso (2008), La cabaña en el bosque (2011) o la mencionada adaptación de El marciano (2015). Por último, detrás de la cámara hay dos tipos especialmente dotados para la comedia como Phil Lord y Chris Miller, autores de la estupenda La Lego película (2014) o de las magníficas cintas animadas sobre Spider-Man y su spider-verso. Tres talentos que se conjugan para darle forma a una magnífica historia en la que los efectos especiales brillan -siempre bajo la alargada sombra de 2001: Una odisea del espacio (1968)- pero que se apoya en personajes muy bien escritos -con mucho sentido del humor- y en la que brilla un actor que es una estrella de cine, Ryan Gosling. Le acompaña un reparto estupendo, empezando por una brillante Sandra Huller, que saca petróleo de los relativamente pocos minutos que tiene su personaje, y continuando con la voz -en la versión original- de James Ortiz, como Rocky. Hay además pequeños papeles para Lionel Boyce -muy divertido como Carl-, Ken Leung y Milana Vayntrub, que, aunque apenas son cameos, aportan humanidad al reparto de lo que tiene que ser una historia sobre el fin del mundo. A pesar de su extenso metraje -dos horas y media-, Proyecto salvación consigue implicarnos tanto con sus personajes, que no queremos abandonar la compañía de Grace y Rocky. Porque la película nos habla de la amistad y de cómo querer a alguien de verdad significa anteponer su bienestar al propio. El máximo sacrificio.

CIUDAD SIN SUEÑO -UN NIÑO Y SU PERRA


Un trepidante movimiento de cámara sigue a una galga corriendo a toda velocidad detrás de un conejo, mientras un par de coches sigue de cerca la persecución. Es un momento vibrante, como salido de ¡Hatari! (1962), casi de cine de acción, en una película, Ciudad sin sueño (2025), cuya historia se desarrolla en el poblado de la Cañada Real en Madrid. Lo que propone el director Guillermo Galoe es cine social, sin duda, pero su mirada no parece limitada por el rigor del realismo y su película pasa del estilo casi documental -escenarios reales, actores naturales- a la fantasía sin que nada chirríe en lo más mínimo en la transición. Galoe amplía en este largometraje los planteamientos de su cortometraje Aunque es de noche (2023), una obra maestra de 16 minutos que funciona como una semilla que ahora crece en todas direcciones. El protagonista vuelve a ser Toni (Antonio Fernández), un chico de 15 años, de etnia gitana, familia de chatarreros, que vive en la Cañada. Se enfrenta, cómo no, a problemas que sabemos que existen y que la película expone de forma realista: niños pequeños que ya fuman, vapean y que son padres; trapicheos con drogas; la amenaza de los desalojos y derribos; la falta de agua y luz; el peso de la ley gitana; la incertidumbre de vivir fuera de la Cañada, en un mundo más amplio en el que las reglas son distintas y en el que se enfrentarán a la discriminación. Todo esto aparece en la película, pero no ocupa el primer plano, sino que se mantiene de fondo porque lo importante es la historia de un niño y su perra -lo que inevitablemente me hace pensar en la emoción del clásico neorrealista Umberto D. (1952)-, cuyo futuro es pura incertidumbre y cuyo gran amigo, Bilal (Bilal Sedraoui), se marcha a Francia. Toni es un niño enfrentado a una realidad de la que no puede escapar más que cambiando su color con los filtros de la cámara de su teléfono móvil para que la tierra sea roja y las personas azules, como en Avatar (2009). Es solo un apunte fantástico en una película espléndida, repito, que va del realismo a la poesía con pasmosa facilidad -la escena en la que escapan las aves exóticas, rescatada del cortometraje-, o incluso ofrece momentos de aventura, como cuando entramos en el territorio de la Paqui, una suerte de inframundo donde los yonquis parecen seres fantásticos, muertos vivientes que no hacen daño a nadie. Galoe pasa de un registro realista al mundo de los sueños como Buñuel lo hacía en Los olvidados (1950). En su película encontramos la verdad del cine mudo, sombras expresionistas y texturas de cine digital, todo en uno. Un largo plano sobre el rostro de Antonio Fernández mientras le cae una lágrima demuestra por qué ganó el Goya al mejor actor revelación. Una imagen de Bilal en la playa hace pensar en Los 400 golpes (1959). Ciudad sin sueño es, también, una película sobre la infancia desamparada, una denuncia, pero desde una mirada humanista, la de Galoe, que no juzga y que ofrece esperanza.

LA GRAZIA -POLÍTICA DE ALTOS VUELOS


¿De dónde ha sacado Paolo Sorrentino al político que retrata en La Grazia (2026)? El director italiano parece haberse inspirado en el actual presidente de la república, Sergio Mattarella, pero desde luego dibuja a un funcionario con vocación de servicio y dilemas morales muy lejos de los líderes populistas y sectarios que parecen dirigir el enloquecido mundo actual. El ficticio presidente Mariano De Santis (Toni Servillo) es un hombre maduro, cerca de acabar su último mandato. Su vida es ir de acto en acto, de reunión en reunión, hasta agotar la legislatura. El guión de Sorrentino pone sobre la mesa de este presidente la firma de tres asuntos polémicos: dos indultos y la ley de la eutanasia. Cada uno de estos asuntos es una pregunta que se plantea el presidente, y la propia película al espectador. Son preguntas complejas que no necesariamente tienen respuestas fáciles. Pero Sorrentino no hace un film de tesis. Humaniza a su protagonista haciendo que, de vez en cuando, se fume un cigarrillo. Haciendo de él un hombre roto que no ha superado la muerte de su mujer y, peor aún, la idea de que hace 40 años le fue infiel -lo que puede reafirmar a esos que consideran a Sorrentino, un 
machista-. Con estos elementos -y alguno más, como un caballo o un rap-, el director hace un retrato muy humano, apoyado en una nueva estupenda interpretación de Servillo. El estilo visual de Sorrentino, siempre exuberante, muy dado a jugar con la puesta en escena, la fotografía -de nuevo, Daria D'Antonio-, el montaje -el habitual Cristiano Travaglioli-, y la música -de varios artistas-, aparece aquí ciertamente más contenido, más pegado a lo real -a pesar de algunas fugas poéticas-, dejando que sea el guión y los personajes, los que desarrollen la historia. Hay una mirada muy humana, casi optimista, sobre estos altos funcionarios y sobre el entorno del presidente protagonista, rodeado de viejos amigos -Milvia Marigliano, Massimo Venturiello- o su propia hija -Anna Ferzetti- o su fiel guardaespaldas -Orlando Cinque-. No hay buenos ni malos, no hay bandos ni división, y eso que el tema es la política y el protagonista un político. Inimaginable. Y lo que comienza siendo una película sobre asuntos éticos y morales de alcance social, acaba siendo una historia de personajes entrañables que emociona al espectador.

53 DOMINGOS -ENREDOS DE FAMILIA



Todo el mundo miente. Y así lo refleja la estupenda 53 domingos (2026) de Cesc Gay, una inteligente pieza de cámara que corre el riesgo de ser considerada una película menor, lo que, en todo caso, tampoco tendría nada de malo. Gay adapta una obra de teatro propia, y el origen escénico se nota porque todo ocurre prácticamente en un solo escenario con cuatro personajes principales, interpretados por un reparto de lujo: Javier Cámara, Carmen Machi, Javier Gutiérrez y Alexandra Jiménez. Los tres primeros son improbables hermanos, Julián, Natalia y Víctor, mientras la cuarta ejerce de anfitriona, mujer de Julián y cuñada de los restantes. Y si los elementos dramáticos son mínimos -un solo escenario, pocos personajes, todo ocurre en tres tardes- el planteamiento es todavía más minimalista. Asistimos a tres encuentros sucesivos entre los hermanos, que se han propuesto -y pospuesto- discutir los cuidados que requiere su padre anciano. El conflicto dramático potente sería hablar del drama de la tercera edad, de la llegada de la enfermedad y la proximidad de la muerte. Pero no. Cesc Gay utiliza esta excusa para enfrentar -sin estridencias- a los tres hermanos y que así surjan sus diferencias de personalidad, las cuentas pendientes, las envidias y las siempre odiosas comparaciones. Esto, sin dramas, como la vida misma. Y con este material dramático, Gay explora al ser humano en sociedad, y en familia. Nunca se dice la verdad -ni aunque sea buena- y sin embargo siempre se pide honestidad y se buscan pistas en el discurso del otro para descubrir una realidad oculta. Pero también vemos cómo, entre hermanos, se pueden decir verdades hirientes que estarían vedadas a cualquier extraño. Un dibujo de las relaciones familiares que las retrata como muy tóxicas, pero, al mismo tiempo, dejando entrever un cariño muy natural, quizás porque el vínculo está allí, es de nacimiento, hay un pasado común y en resumen, la familia obliga. Todo muy real, muy reconocible, pero también muy agudo y, encima, divertido. 53 domingos está muy bien escrita e interpretada, dirigida para que no se note y su mayor virtud es precisamente su sencillez, su aparente ligereza, que una mínima reflexión, contradice.

KILL BILL: THE WHOLE BLOODY AFFAIR -CINE CLÁSICO


Hay pocas películas perfectas en la historia del cine y yo propongo entre ellas
Kill Bill de Quentin Tarantino, ya sea en la forma que se estrenó originalmente, en 2003 y 2004, en dos volúmenes, o en su versión unitaria, The Whole Bloody Affair (2026) que ahora vuelve a los cines en 35 mm, 70 mm y 4K. En ella, el director y guionista de Pulp Fiction (1994) se dejaba llevar por su pasión por el cine grindhouse para relatar una historia de venganza, la clásica revenge movie, en la que una asesina experta, Beatrix Kiddo -conocida también como La Bamba Negra o la novia- (Uma Thurman) es traicionada y asesinada por su pareja, Bill (David Carradine) y su banda criminal, pero resucita y se embarca en una sangrienta misión que consiste en matar a cada uno de los miembros de su antiguo equipo. Tarantino, como es habitual, divide el argumento en capítulos, desordena cronológicamente el relato, y dedica cada episodio a un personaje, los interpretados por Vivica Fox, Lucy Liu, Michael Madsen y Daryl Hannah. Cada uno con su personalidad, su estética y su propia historia. Y en cada etapa del relato, Tarantino evoca un subgénero del cine de acción de los márgenes: el spaghetti western, el cine de kungfu, el de samuráis y hasta el anime japonés. Se desplegaba así, como nunca antes en su obra, el gusto de Tarantino por lo hiperbólico, con momentos gore, auténticos baños de sangre, tiroteos, peleas de artes marciales y luchas con espadas en las que no faltan las amputaciones y decapitaciones. La película pasa de una secuencia a la otra deslumbrando gracias a los diálogos agudos, la acción espectacular, el humor irónico, y unas interpretaciones disfrutonas. Uma Thurman es simplemente inmensa, está guapísima y carga sobre sus espaldas todo el peso del film;  y David Carradine pone el contrapunto con largos monólogos muy bien escritos pero mejor interpretados gracias a la voz y las inflexiones del veterano actor. Kill Bill es algo así como el mejor homenaje posible al cine de barrio -de vaqueros, de artes marciales, de acción- y al mismo tiempo la mejor película posible de cualquiera de esos géneros, con interminables citas cinéfilas a Sergio Leone, Sergio Corbucci, al cine de los Shaw Brothers y las artes marciales en general, gracias a la inclusión de nombres como Gordon Liu, Sonny Chiba o Yuen Woo-ping, por no hablar del uso de la música de otras películas: Tarantino samplea sobre todo temas de Ennio Morricone, que convierten esta cinta en una explosión de citas y referencias que resulta difícil abarcar, pero que acaba transformándose en algo nuevo y único. Tarantino demuestra su pasión por contar historias y por entretener al espectador, sorprendiéndole con giros argumentales, manteniéndole en tensión, y deslumbrando con secuencias pasadas de rosca como la infinita pelea contra los Crazy 88. El diseño de producción y la fotografía son deslumbrantes -era la primera colaboración con Robert Richardson, que participará en las siguientes obras del director-, el montaje perfecto -se encargaba la habitual Sally Menke-, y el uso de la música invasivo -RZA-, y todo se conjuga para hacer una película brillante que de lo festivo va evolucionando hacia un tono más grave, reposado, filosófico si se quiere, peckinpahiano, que redondea la jugada resaltando la figura de Thurman como parte creativa del proyecto, que imprime un punto de vista femenino al relato, que habla de maternidad, de sororidad y de relaciones sentimentales tóxicas. Una película perfecta.

CALLE MÁLAGA -DRAMA Y COMEDIA


María Ángeles (Carmen Maura) es una mujer de 79 años, española, que ha residido siempre en Tánger y que a pesar de estar sola, disfruta de su independencia, de sus rutinas, de su vida. Todo esto cambia cuando su hija Clara (Marta Etura) la visita para comunicarle que ha decidido vender la casa porque necesita dinero para mantenerse a flote en Madrid. Este es el sencillo pero complejo planteamiento de Calle Málaga (2026), primera película en castellano de la directora marroquí Maryam Touzani -El caftán azul (2022)-. La protagonista absoluta del relato es María Ángeles, papel enteramente al servicio de una estupenda Maura que se entrega completamente a un personaje que la lleva del drama a la comedia y de vuelta otra vez. La película, justamente, tiene dos caras muy diferenciadas. Por un lado, tenemos un conflicto complejo entre una madre y su hija, que el guion no termina de explorar, ya que sus intenciones son otras. Este enfrentamiento lleva también a apuntar temas tan interesantes como la responsabilidad de los padres para con los hijos. ¿Cuándo acaba? ¿Cuándo puede una madre comenzar a disfrutar de su propia vida tras haber criado a una hija que ya es adulta? ¿Debe una madre sacrificarlo todo? Este conflicto familiar tampoco tiene demasiado recorrido en la película, y deja de fondo una serie de asuntos de la actualidad española que tienen que ver con problemas sociales como el trabajo precario, la crisis del sistema sanitario público, el problema de la vivienda, etc. Touzani utiliza estos temas casi como un prólogo y un epílogo sobre realidades muy duras de las que su protagonista escapa embarcándose en un viaje personal de autodescubrimiento, un coming of age de la tercera edad, en la que María Ángeles se niega a quedarse aparcada en una residencia y se lanza a la aventura de recuperar su vida -aunque de forma ilusoria- y volver a experimentar la amistad, el amor, el sexo -y hasta convertirse en emprendedora de éxito-. Touzani evita el drama social y embarca al espectador en una feel good movie emotiva y con mucho humor, que se deja llevar por el preciosismo de las imágenes -la fotografía es de su colaboradora habitual Virginie Surdej, y la música de Franziska Henke- para darle al espectador un mensaje de esperanza y hacerle olvidar, aunque sea durante casi dos horas, los dramas ¿irresolubles? de la vida real.

SCARLET -HAMLET Y TODO LO DEMÁS


De trabajar en las series y películas sobre la franquicia Digimon, el japonés Mamoru Hosoda se ha convertido en un autor consolidado que utiliza la animación como medio de expresión artística para contar historias cada vez más complejas. Scarlet (2026) es una espectacular cinta épica que propone como escenario una suerte de limbo llamado Otromundo. Cuando morimos, se nos dice, no vamos al cielo ni al infierno, sino a esta dimensión en la que se reúnen personas de todas las épocas, e incluso, alguno o alguna que todavía no ha fallecido realmente. El argumento que propone Hosoda parte nada más y nada menos que del Hamlet de Willian Shakespeare, aunque cambiando el género del protagonista: la princesa danesa Scarlet busca vengarse de su tío Claudius, el asesino de su padre, Amleth. Para ello, tendrá que cruzar la extraña dimensión en la que se encuentra atrapada, espada en mano, para acceder a un mundo superior de privilegiados, el Lugar Infinito, donde podrá vengarse. En su camino, sin embargo, se encontrará con un joven paramédico del siglo XXI, Hiriji, que intentará ayudar a la heroína, pero desde una perspectiva opuesta a la venganza, con una actitud pacifista y conciliadora. Con estos elementos, Hosoda parece tener, sobre todo, libertad creativa y artística para llevarnos de la mano a través de una trama mutante en la que veremos escenas de acción, grandes batallas bélicas, escenas de masas que parecen remitir al cine mudo colosal, momentos dramáticos -y románticos- entre los personajes, viajes en el tiempo, secuencias de cine musical, comedia, existencialismo -con cita a 2001: Una odisea del espacio (1968)- y hasta cine social, porque las almas del limbo en el que se desarrolla la película acaban siendo marginados oprimidos por malvados reyes que, como migrantes y exiliados, aspiran a poder entrar en el lugar infinito. 
Scarlet es visualmente espectacular, por la escala de las acciones que vemos y por los efectos de luz, los colores y los diseños de todas las épocas que se mezclan en una sola historia. Pero quizás por eso mismo, resulta también irregular, incapaz de mantener el ritmo y el impulso dramático durante todo el metraje. Es el precio a pagar, seguramente, por la voluntad de riesgo y la libertad creativa de un autor como Hosoda.

SORRY, BABY -DOS AMIGAS


A nadie se le ocurriría hablar de ciertos temas -el cáncer, la violencia machista, la muerte- desde la comedia, pero es precisamente eso lo que hace Sorry, Baby (2026), el estupendo debut cinematográfico de la directora y actriz Eva Victor. No todo el humor es inteligente, desde luego, pero está claro que una mirada inteligente acaba llegando casi siempre al humor. Esta sencilla película es la historia de dos amigas, Agnes -la propia Victor- y Lydie (Naomi Ackie), dos universitarias que llevan vidas paralelas pero muy diferentes. Lydie ha dejado atrás la pequeña ciudad universitaria de Nueva Inglaterra en la que vivían ambas para irse a Nueva York; la vida de Agnes se ha petrificado por un suceso traumático que le impide, incluso visualizar su futuro. El inteligentísimo guión de Victor -premiado en el Festival de Sundance- explora el dolor, la culpa, la soledad y la incomprensión que sufre la protagonista como víctima, desarrollando un discurso sobre una terrible lacra social desde una óptica feminista que evita convertir en monstruo al agresor y victimizar a la protagonista. Y Eva Victor hace todo esto desde el humor y desde una mirada humanista. Hay que destacar su talento para crear personajes entrañables. La protagonista, Agnes, es inteligente, sensible y divertida -un poco en la línea de Fleabag (2016)- y su amistad con Lydie es tierna y cariñosa, lo que ayuda a meternos de lleno en la historia. Pero Agnes y Lydie no están solas. Sorry, Baby está habitada por personajes secundarios maravillosos: el vecino (Lucas Hedges), la excéntrica y psicópata compañera de carrera (Kelly McCormack); y hasta un personaje menor, episódico, el dueño de una cafetería (John Carroll Lynch), protagoniza una secuencia memorable y llena de humanidad. Con estos personajes, la directora crea un pequeño mundo de hermosos paisajes rurales lánguidos -la fotografía es de Mia Cioffi Henry-, de pequeñas casas acogedoras, de personajes que leen libros o ven viejas películas en blanco y negro. Un pequeño mundo en el que te gustaría vivir, aunque no sea perfecto. Ver Sorry, Baby es tener la sensación de asistir al descubrimiento de una autora talentosa, divertida e inteligente, a la que apetece seguir la pista en sus próximas películas.

LA PEQUEÑA AMÉLIE -EL CENTRO DEL UNIVERSO


Ya lo debería saber todo el mundo, que la animación no es un género cinematográfico menor, ni es exclusivamente infantil, ni es un género. Pero por si acaso, hay que recomendar fervientemente La pequeña Amélie (2026), una maravilla de película, nominada al Óscar, que utiliza la animación para adaptar la novela Metafísica de los tubos (2000) de la popular autora Amélie Nothomb, escritora belga de mirada personalísima y autobiográfica, marcada por su infancia en Asia y por su posible síndrome de Asperger. El lenguaje de la animación, su libertad formal y su infinidad de recursos se muestra aquí como la forma ideal de visualizar las ideas de la novela y plasmar en la pantalla la imaginación de la autora adaptada. Dirigida por Maïlys Vallade y Liane-Cho Han, esta película firmada por la productora francesa Maybe Movies, narra en primera persona la llegada a la existencia de Amélie, una bebé muy peculiar y un personaje con una personalidad y un carisma tremendos, de esos que permanecen en la memoria. La película es naturalista y costumbrista, centrándose en el núcleo familiar y en su vida cotidiana, pero también está abierta a la metáfora y a la fantasía visual, abordando además temas complejos como el choque cultural entre Europa y Japón, con las heridas de la Segunda Guerra Mundial todavía abiertas -la historia ocurre a finales de los años 60-. Amélie va abriendo poco a poco los ojos al mundo y establece relaciones importantes -con su abuela o con la empleada doméstica Nishio-San- pero también aprende el significado de la pérdida y la idea de la muerte. Todo esto, interesante de por sí, está contado de forma deslumbrante, valiéndose de recursos cinematográficos que solo están al alcance de la animación. Señalemos algunos momentos espléndidos: cuando Nishio-San explica a Amélie su terrible experiencia en la guerra mientras cocina, convirtiéndose los ingredientes y la preparación culinaria en metáforas ilustrativas del conflicto bélico; o cómo el drama personal de la rencorosa Kashima-san se desvela solo con miradas y gestos mínimos, dando lugar a un instante de intensidad emocional tremenda en la escena del ritual japonés del Toro Nagashi; y por último, la preciosa idea de que se pueda meter la playa en un bote de cristal, en una escena que establece una conexión inesperada con Roma (2018) de Alfonso Cuarón. Todos estos son momentos de gran cine, de sabiduría narrativa, en una película de apenas 77 minutos de duración, que es una de las mejores obras del año.

HASTA LA MONTAÑA -PASTOS FRESCOS


La idea de escapar de la claustrofóbica ciudad para refugiarse en la amplitud del campo y la montaña está presente en más de una película desde el confinamiento de 2020. La necesidad de huir de una sociedad hipertecnificada y marcada por las redes sociales para reconectar con la naturaleza, es un sentimiento todavía más actual y urgente. Pero la idea de alejarse de un sistema capitalista en el que el trabajo ha perdido su sentido para reencontrarse con algo más primitivo y puro es todavía más antigua y nos puede llevar a finales de los años sesenta y a la revolución hippie. Todo esto está muy presente en la estupenda Hasta la montaña (2026), dirigida por la canadiense Sophie Deraspe e inspirada en hechos reales, en el relato autobiográfico de Mathyas Lefebure publicado en 2006. El argumento nos cuenta cómo el protagonista, Mathyas (Félix-Antoine Duval), un joven canadiense, creativo publicitario, decide abandonarlo todo tras una crisis existencial con la idea de convertirse en pastor de ovejas en la Francia rural. El guion sigue entonces los quijotescos esfuerzos de Mathyas por conseguir sus objetivos: debe aprender un oficio ancestral, encontrar trabajo y estar a la altura de un modo de vida tan antiguo como exigente. Lo más interesante de la película es que, a pesar del idealismo, algo naive, del protagonista, no hay concesiones al romanticismo. El conflicto nace, precisamente, del choque entre los deseos de Mathyas y la realidad del campo en Europa, un sector siempre en crisis que se enfrenta al capitalismo salvaje del mercado global, a las presiones ecologistas -que lógicamente intentan salvar al lobo-, y a la precariedad de un oficio en vías de extinción que solo sobrevive gracias a la contratación -a veces ilegal- de inmigrantes. Mathyas se enfrenta a todo eso y a la mala leche de unos campesinos y ganaderos que no son los de As bestas (2022), pero casi. Estos conflictos sociales complementan y sirven de escenario para la búsqueda filosófica de Mathyas, que encontrará en una funcionaria (Solène Rigot) a una sorprendente compañera de aventuras. La apuesta por el realismo de Sophie Deraspe consigue que conectemos con la película, que en su segundo tramo nos llevará a las montañas en las que Mathyas debe afrontar el durísimo reto de la trashumancia y en el que los fantásticos paisajes, fotografiados por Vincent Gonneville, harán el milagro de llevarnos desde la sala de cine hasta los Alpes franceses. Una cinta sin pretensiones, pero que llama a la reflexión, cuyos protagonistas conectan con el espectador y que hay que ver en una pantalla de cine tan grande como las cimas que intenta conquistar Mathyas con su rebaño de más de 800 ovejas.

UN FANTASMA EN LA BATALLA -DOBLE VIDA

Agustín Díaz Yanes vuelve tras la cámara con la muy sólida Un fantasma en la batalla (2025), en la que una estupenda Susana Abaitua -nominada al Goya- protagoniza un tenso thriller sobre una mujer guardia civil que se infiltra en un comando de ETA en sus años más violentos y sangrientos. No hace falta decir que el planteamiento, basado en hechos reales, es muy similar al de La infiltrada (2024), pero estamos hablando de dos películas completamente diferentes que solo tienen en común su calidad. En su aproximación a la violencia terrorista, Yanes -nominado al Goya al mejor guion- apuesta por un film oscuro, que nos muestra a dos bandos enfrentados, por un lado, los terroristas y por el otro, los agentes de la benemérita, que poco a poco se van deshumanizando en una lucha sin cuartel. En medio del conflicto está Amaia, una joven que se entrega a la causa contra la violencia -no se nos dan demasiadas pistas sobre sus circunstancias personales- y que debe hacer un tremendo sacrificio para aguantar durante años entre las filas de unos criminales curtidos en la desconfianza y la paranoia. La protagonista -y el espectador- tienen pocos momentos de respiro: Amaia se enfrenta constantemente a la posibilidad de ser descubierta o al dilema moral de tener que colaborar con los terroristas para mantener en pie el engaño. La película se apoya en varios elementos para mantener esta tensión: una puesta en escena ejemplar de Yanes y un estupendo montaje de Bernat Vilaplana, nominado al Goya; una estupenda fotografía, con una cualidad fantasmagórica, de Paco Femenía; una música digna de una película de terror de Arnau Bataller; y, sobre todo, el rostro, la gestualidad, de una fantástica Abaitua, capaz de expresar un amplio rango de emociones sin necesidad de apoyarse en los diálogos. A la contundencia de Un fantasma en la batalla ayuda en no poca medida la mezcla de las escenas de ficción con materiales documentales, emisiones noticiosas televisivas reales, que imprimen veracidad y el peso del horror que se vivió en España en aquellos años. A Abaitua la acompaña un reparto sólido: Andrés Gertrúdix, Iraia Elias, Raúl Arévalo, una durísima Ariadna Gil y un sorprendente cameo del director Jaime Chávarri para dar vida a personas que actuaban como soldados en una guerra sin sentido y que intentaban esconder las heridas propias de ejercer -y sufrir- la violencia.

DECORADO -NO ESPERÉIS EL FIN DEL MUNDO


"Tal divorcio entre el hombre y su vida, entre el actor y su decorado, es propiamente el sentimiento de lo absurdo" dijo Albert Camus en El mito de Sísifo y ese espíritu es el que rige Decorado (2025), nominada al premio Goya a la mejor cinta de animación y quizás la película española más política del curso pasado. Su director, Alberto Vázquez, es uno de los autores cinematográficos más interesantes del panorama actual, con un discurso coherente, comprometido y personal y con un estilo reconocible a primera vista. En Decorado encontramos una crítica feroz de la sociedad actual, marcada por un capitalismo salvaje, por unas relaciones deshumanizadas, por la precariedad laboral, el desempleo y la imposibilidad de acceder a una vivienda, el clasismo, el uso manipulador de los medios de comunicación, de información y entretenimiento para distraer a la clase obrera y sedar cualquier atisbo de rebelión. Y este dibujo (animado) cruel y nihilista del mundo, lo hace Vázquez utilizando tiernos animales antropomorfizados, en la tradición de Disney y de los Looney Toons, lo que provoca un contraste escalofriante que produce una risa helada y, sobre todo, desasosiego. En la historia, el protagonista es Arnold, un ratón de mediana edad, casado y en paro. Un ratón que se siente un extraño en su propia vida y que intenta descubrir si hay algo más allá del bosque. Pero escapar, no es fácil, como ocurre en tantas y tantas obras de ciencia ficción distópica, empezando por la referencia principal de esta película, el clásico 1984 de George Orwell. Vázquez mezcla así los problemas existenciales con la opresión social, económica y política, y añade oscuros elementos de fantasía y de terror, como demonios, fantasmas y monstruosas sirenas, para crear un universo oscuro, poblado de retratos reconocibles: el empresario exitoso pero desalmado, el juguete roto de la fama, el artista frustrado en un mundo que no aprecia la cultura, el mendigo y el drogadicto autoexcluido del sistema. Vázquez no deja títere con cabeza, pero también matiza y nos muestra a un capitalista opresor con capacidad para amar y a un marginado oprimido pero también víctima de sus propias debilidades. Con un humor negrísimo, Decorado encoge el corazón, sí, pero también engancha, quizás por su forma descarnada de decir verdades. Lo único que se le puede achacar es que no ofrece respuestas ni esperanzas. Pero ¿Quién puede?