AMARGA NAVIDAD -EL CREADOR Y SU OBRA


Puede ser que un artista tenga dos opciones: insistir en un estilo buscando la perfección hasta agotarse, o romper con su obra anterior, arriesgarse a perderlo todo, con el objetivo de ganar nuevas vías a explorar. Pedro Almodóvar, director ya más que consagrado, arranca Amarga Navidad (2026) -título robado a una canción del mexicano José Alfredo Jiménez- transitando por terrenos más que conocidos. Elsa -siempre magnética Bárbara Lennie- es una directora de cine que sufre -autobiográficas- migrañas y busca paliar sus dolores con la ayuda de las drogas -legales- y de su pareja, un bombero/estríper llamado Bonifacio (Patrick Criado). Puro Almodóvar. El director que iniciara su filmografía con Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón (1980) parece recuperar en este inicio la ligereza y la comedia de sus primeros tiempos en lo que parece una nueva incursión en el drama íntimo con protagonista femenina al estilo de tantas y tantas obras del autor de Todo sobre mi madre (1999). Pero Almodóvar evita los conflictos trágicos y se limita hablar de dolencias, de salud mental, de amor, y de amistad entre mujeres, hasta que esa historia principal resulta ser una ficción dentro de otra, en la que un segundo director de cine, Raúl Durán -Leonardo Sbaraglia como alter ego del manchego- está escribiendo un guión y se enfrenta a conflictos vitales que, también, parecen menores: con su productora, Mónica (Aitana Sánchez-Gijón), en una trama que parece un esqueje de Dolor y gloria (2019). Almodóvar es un guionista barroco y aquí juegas enreda yendo de una trama a la otra, introduciendo personajes y conflictos -las amigas paralelas que interpretan Victoria Luengo, Milena Smith-, se deja llevar por divertidas y hermosas digresiones -el baile de Criado, la fiesta de Rossy de Palma y la cantante Amaia Romero, un nuevo homenaje a Chavela Vargas-, mientras el relato se va enrevesado y haciendo más melodramático, dejando atrás la ligereza para volver a la intensidad trágica de la segunda etapa de su carrera. Todo esto se desarrolla de forma muy libre, el argumento fluye sin que sepamos muy bien a dónde quieren llevarnos, plasmándose la historia en la pantalla con la acostumbrada exuberancia visual de Almodóvar: su perfecta planificación pictórica, la estupenda fotografía de Pau Esteve Birba, la combinación pop de colores, el esmerado diseño de los decorados y el vestuario, las localizaciones de revista de arquitectura y la envolvente y arrebatada música de Alberto Iglesias. Con sus acostumbrados diálogos de fotonovela, Almodóvar nos lleva finalmente a un trampantojo narrativo en el que el autor se cuestiona a sí mismo el uso de la autoficción y se reprocha ser como un vampiro que se aprovecha de las vidas de los demás. Esto en un tramo final que contiene su propia crítica cinematográfica y en el que el director se rebela contra la idea de que ya ha dado al mundo sus mejores obras y que solo le quedan películas menores -o de culto- en su filmografía. Un final atrevido, arriesgado, estimulante, que revela que Almodóvar, esta vez, se despreocupa de sus criaturas para hablar de sí mismo.

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