TORRENTE, PRESIDENTE -LA PARODIA NACIONAL

Santiago Segura es muchas cosas. Empezó siendo el héroe de los cortometrajistas cinéfilos que soñaban con hacer películas de género al estilo americano; es también un personaje televisivo al que identificamos como humorista; y ha acabado siendo el blanco de las iras en las redes tras ser incluido en la llamada fachosfera. Es el signo de los tiempos de división y polarización que nos han tocado vivir. Pero realmente, Segura es un productor, guionista, director y actor cinematográfico de gran éxito. El heredero y continuador de las comedias de los años 70 y 80 de Ozores, Pajares y Esteso, a los que emula como rey de la taquilla y con su olfato inigualable para conectar con los gustos del público y reflejar los temas de actualidad que más preocupan a los espectadores. En Torrente, presidente (2026), Segura consigue una comedia perfecta cuyo gran objetivo es que nadie se aburra. La trama, claro, recupera al famoso antihéroe, el casposo policía José Luis Torrente, que es reclutado por un partido político de extrema derecha. Segura no esconde cuáles son sus referentes de la vida real: Nox es Vox, y, de hecho, gran parte de la gracia de la película es el juego de espejos que establece en una correspondencia al alcance de cualquier espectador. El guion del propio Segura sigue la dinámica marcada en su saga de Padre no hay más que uno: los chistes se suceden uno tras otro sin dar respiro. Ante tal batería de bromas, puede que algunas no funcionen del todo, pero no pasa nada, enseguida viene la siguiente, y así sin parar, emulando un estilo más bien televisivo que remite a series animadas como Los Simpson o Padre de familia, o quizás, también, a un tebeo de Bruguera. Una sucesión de sketches en los que impera, sobre todo, el humor incorrecto, a veces zafio, pero siempre buscando incomodar. Segura perfecciona la jugada en la sexta película de su saga: Torrente le sirve para reírse de los fascistas, racistas, homófobos, nacionalistas y rancios que lamentablemente abundan en España; pero, además, sabe perfectamente que el espectador de derechas también se va a reír con esos viejos chistes que la cultura woke ha desterrado al terreno del mal gusto y la cancelación. Si Los domingos (2025) consiguió interesar a católicos y ateos -las dos Españas- lo mismo consigue Segura con su película. No puede haber nada más sano que el facherío riéndose de su propia cutrez. El otro gran talento de Santiago Segura es su poder de convocatoria: la película apuntala su sucesión de chistes en infinitos cameos -algunos fugaces- de sus famosos amiguetes, que deparan sorpresas -y risas- continuas. Personajes muy conocidos que van desde los frikis de la telebasura y las viejas glorias -los más humanos y entrañables- hasta las estrellas de Hollywood, pasando por periodistas, escritores, cantantes y deportistas. Y lo más meritorio es que todos se prestan al juego de autoparodiarse de buen grado. Segura se ríe con ellos, pero también de ellos. Con todos estos rostros, el director de Carabanchel dibuja un panorama muy completo de la guerra política, social y mediática en la que vivimos inmersos. El espectador se va a reír, y mucho, pero, quizás, a la salida del cine, también se le encoja un poco el corazón ante la idea de que Torrente, presidente, siendo como es una farsa, está demasiado cerca de ser un espejo de la realidad. Con sus bromas y con la elección de los cameos, queda clara una postura crítica ante la política y el populismo, pero también hay un comentario más fino sobre la cultura de la cancelación y contra la corrección política cuando se vuelve un arma de censura. La propuesta es redonda porque la película recupera personajes y hace guiños a toda la saga iniciada en 1998. Y como la propia serie, la cinta evoluciona del costumbrismo cañí a la parodia del cine de acción hollywoodiense -mirando sobre todo a James Bond y sus villanos megalómanos- para preguntarse quién está verdaderamente detrás de los políticos, los medios y los empresarios, riéndose de paso de las teorías de la conspiración pero haciéndonos ver que, en el fondo, todos somos meros títeres. Te puede gustar más o menos lo que propone la película, puede caerte muy mal su autor, pero Torrente, Presidente es una película perfecta: cumple sobradamente con lo que promete.

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