CIUDAD SIN SUEÑO -UN NIÑO Y SU PERRA


Un trepidante movimiento de cámara sigue a una galga corriendo a toda velocidad detrás de un conejo, mientras un par de coches sigue de cerca la persecución. Es un momento vibrante, como salido de ¡Hatari! (1962), casi de cine de acción, en una película, Ciudad sin sueño (2025), cuya historia se desarrolla en el poblado de la Cañada Real en Madrid. Lo que propone el director Guillermo Galoe es cine social, sin duda, pero su mirada no parece limitada por el rigor del realismo y su película pasa del estilo casi documental -escenarios reales, actores naturales- a la fantasía sin que nada chirríe en lo más mínimo en la transición. Galoe amplía en este largometraje los planteamientos de su cortometraje Aunque es de noche (2023), una obra maestra de 16 minutos que funciona como una semilla que ahora crece en todas direcciones. El protagonista vuelve a ser Toni (Antonio Fernández), un chico de 15 años, de etnia gitana, familia de chatarreros, que vive en la Cañada. Se enfrenta, cómo no, a problemas que sabemos que existen y que la película expone de forma realista: niños pequeños que ya fuman, vapean y que son padres; trapicheos con drogas; la amenaza de los desalojos y derribos; la falta de agua y luz; el peso de la ley gitana; la incertidumbre de vivir fuera de la Cañada, en un mundo más amplio en el que las reglas son distintas y en el que se enfrentarán a la discriminación. Todo esto aparece en la película, pero no ocupa el primer plano, sino que se mantiene de fondo porque lo importante es la historia de un niño y su perra -lo que inevitablemente me hace pensar en la emoción del clásico neorrealista Umberto D. (1952)-, cuyo futuro es pura incertidumbre y cuyo gran amigo, Bilal (Bilal Sedraoui), se marcha a Francia. Toni es un niño enfrentado a una realidad de la que no puede escapar más que cambiando su color con los filtros de la cámara de su teléfono móvil para que la tierra sea roja y las personas azules, como en Avatar (2009). Es solo un apunte fantástico en una película espléndida, repito, que va del realismo a la poesía con pasmosa facilidad -la escena en la que escapan las aves exóticas, rescatada del cortometraje-, o incluso ofrece momentos de aventura, como cuando entramos en el territorio de la Paqui, una suerte de inframundo donde los yonquis parecen seres fantásticos, muertos vivientes que no hacen daño a nadie. Galoe pasa de un registro realista al mundo de los sueños como Buñuel lo hacía en Los olvidados (1950). En su película encontramos la verdad del cine mudo, sombras expresionistas y texturas de cine digital, todo en uno. Un largo plano sobre el rostro de Antonio Fernández mientras le cae una lágrima demuestra por qué ganó el Goya al mejor actor revelación. Una imagen de Bilal en la playa hace pensar en Los 400 golpes (1959). Ciudad sin sueño es, también, una película sobre la infancia desamparada, una denuncia, pero desde una mirada humanista, la de Galoe, que no juzga y que ofrece esperanza.

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