¿De dónde ha sacado Paolo Sorrentino al político que retrata en La Grazia (2026)? El director italiano parece haberse inspirado en el actual presidente de la república, Sergio Mattarella, pero desde luego dibuja a un funcionario con vocación de servicio y dilemas morales muy lejos de los líderes populistas y sectarios que parecen dirigir el enloquecido mundo actual. El ficticio presidente Mariano De Santis (Toni Servillo) es un hombre maduro, cerca de acabar su último mandato. Su vida es ir de acto en acto, de reunión en reunión, hasta agotar la legislatura. El guión de Sorrentino pone sobre la mesa de este presidente la firma de tres asuntos polémicos: dos indultos y la ley de la eutanasia. Cada uno de estos asuntos es una pregunta que se plantea el presidente, y la propia película al espectador. Son preguntas complejas que no necesariamente tienen respuestas fáciles. Pero Sorrentino no hace un film de tesis. Humaniza a su protagonista haciendo que, de vez en cuando, se fume un cigarrillo. Haciendo de él un hombre roto que no ha superado la muerte de su mujer y, peor aún, la idea de que hace 40 años le fue infiel -lo que puede reafirmar a esos que consideran a Sorrentino, un machista-. Con estos elementos -y alguno más, como un caballo o un rap-, el director hace un retrato muy humano, apoyado en una nueva estupenda interpretación de Servillo. El estilo visual de Sorrentino, siempre exuberante, muy dado a jugar con la puesta en escena, la fotografía -de nuevo, Daria D'Antonio-, el montaje -el habitual Cristiano Travaglioli-, y la música -de varios artistas-, aparece aquí ciertamente más contenido, más pegado a lo real -a pesar de algunas fugas poéticas-, dejando que sea el guión y los personajes, los que desarrollen la historia. Hay una mirada muy humana, casi optimista, sobre estos altos funcionarios y sobre el entorno del presidente protagonista, rodeado de viejos amigos -Milvia Marigliano, Massimo Venturiello- o su propia hija -Anna Ferzetti- o su fiel guardaespaldas -Orlando Cinque-. No hay buenos ni malos, no hay bandos ni división, y eso que el tema es la política y el protagonista un político. Inimaginable. Y lo que comienza siendo una película sobre asuntos éticos y morales de alcance social, acaba siendo una historia de personajes entrañables que emociona al espectador.
LA GRAZIA -POLÍTICA DE ALTOS VUELOS
¿De dónde ha sacado Paolo Sorrentino al político que retrata en La Grazia (2026)? El director italiano parece haberse inspirado en el actual presidente de la república, Sergio Mattarella, pero desde luego dibuja a un funcionario con vocación de servicio y dilemas morales muy lejos de los líderes populistas y sectarios que parecen dirigir el enloquecido mundo actual. El ficticio presidente Mariano De Santis (Toni Servillo) es un hombre maduro, cerca de acabar su último mandato. Su vida es ir de acto en acto, de reunión en reunión, hasta agotar la legislatura. El guión de Sorrentino pone sobre la mesa de este presidente la firma de tres asuntos polémicos: dos indultos y la ley de la eutanasia. Cada uno de estos asuntos es una pregunta que se plantea el presidente, y la propia película al espectador. Son preguntas complejas que no necesariamente tienen respuestas fáciles. Pero Sorrentino no hace un film de tesis. Humaniza a su protagonista haciendo que, de vez en cuando, se fume un cigarrillo. Haciendo de él un hombre roto que no ha superado la muerte de su mujer y, peor aún, la idea de que hace 40 años le fue infiel -lo que puede reafirmar a esos que consideran a Sorrentino, un machista-. Con estos elementos -y alguno más, como un caballo o un rap-, el director hace un retrato muy humano, apoyado en una nueva estupenda interpretación de Servillo. El estilo visual de Sorrentino, siempre exuberante, muy dado a jugar con la puesta en escena, la fotografía -de nuevo, Daria D'Antonio-, el montaje -el habitual Cristiano Travaglioli-, y la música -de varios artistas-, aparece aquí ciertamente más contenido, más pegado a lo real -a pesar de algunas fugas poéticas-, dejando que sea el guión y los personajes, los que desarrollen la historia. Hay una mirada muy humana, casi optimista, sobre estos altos funcionarios y sobre el entorno del presidente protagonista, rodeado de viejos amigos -Milvia Marigliano, Massimo Venturiello- o su propia hija -Anna Ferzetti- o su fiel guardaespaldas -Orlando Cinque-. No hay buenos ni malos, no hay bandos ni división, y eso que el tema es la política y el protagonista un político. Inimaginable. Y lo que comienza siendo una película sobre asuntos éticos y morales de alcance social, acaba siendo una historia de personajes entrañables que emociona al espectador.
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