53 DOMINGOS -ENREDOS DE FAMILIA



Todo el mundo miente. Y así lo refleja la estupenda 53 domingos (2026) de Cesc Gay, una inteligente pieza de cámara que corre el riesgo de ser considerada una película menor, lo que, en todo caso, tampoco tendría nada de malo. Gay adapta una obra de teatro propia, y el origen escénico se nota porque todo ocurre prácticamente en un solo escenario con cuatro personajes principales, interpretados por un reparto de lujo: Javier Cámara, Carmen Machi, Javier Gutiérrez y Alexandra Jiménez. Los tres primeros son improbables hermanos, Julián, Natalia y Víctor, mientras la cuarta ejerce de anfitriona, mujer de Julián y cuñada de los restantes. Y si los elementos dramáticos son mínimos -un solo escenario, pocos personajes, todo ocurre en tres tardes- el planteamiento es todavía más minimalista. Asistimos a tres encuentros sucesivos entre los hermanos, que se han propuesto -y pospuesto- discutir los cuidados que requiere su padre anciano. El conflicto dramático potente sería hablar del drama de la tercera edad, de la llegada de la enfermedad y la proximidad de la muerte. Pero no. Cesc Gay utiliza esta excusa para enfrentar -sin estridencias- a los tres hermanos y que así surjan sus diferencias de personalidad, las cuentas pendientes, las envidias y las siempre odiosas comparaciones. Esto, sin dramas, como la vida misma. Y con este material dramático, Gay explora al ser humano en sociedad, y en familia. Nunca se dice la verdad -ni aunque sea buena- y sin embargo siempre se pide honestidad y se buscan pistas en el discurso del otro para descubrir una realidad oculta. Pero también vemos cómo, entre hermanos, se pueden decir verdades hirientes que estarían vedadas a cualquier extraño. Un dibujo de las relaciones familiares que las retrata como muy tóxicas, pero, al mismo tiempo, dejando entrever un cariño muy natural, quizás porque el vínculo está allí, es de nacimiento, hay un pasado común y en resumen, la familia obliga. Todo muy real, muy reconocible, pero también muy agudo y, encima, divertido. 53 domingos está muy bien escrita e interpretada, dirigida para que no se note y su mayor virtud es precisamente su sencillez, su aparente ligereza, que una mínima reflexión, contradice.

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