En un momento en el que parece imperar el modelo de las series de televisión, ficciones enfocadas a lo argumental, con una puesta en escena meramente funcional, sorprende encontrar entre las nominadas al Óscar a la mejor película una propuesta tan arriesgada como Nickel Boys (2025), dirigida por RaMell Ross, que adapta una novela de Colson Whitehead de 2019 -publicada en España como Los chicos de la Nickel-. La sinopsis de la película resulta engañosa: es la historia de un joven afroamericano, Elwood (Ethan Herisse), en los años 60, que ingresa en un reformatorio donde es tratado de forma brutal. Allí conoce a otro chico que se convertirá en su gran amigo, Turner (Brandon Wilson), junto al que luchará por sobrevivir a los maltratos y la marginación propios del racismo. Este escaso resumen argumental puede generar en la imaginación del espectador muchas películas diferentes, la mayoría, seguramente, poco interesantes por manidas y ya vistas. Pero la aproximación de Ross cambia radicalmente la propuesta y demuestra lo que debería ser una perogrullada: que una película no es solo lo que se cuenta, sino, en gran medida, cómo se cuenta. Nickel Boys adopta una cámara subjetiva que nos mete dentro de la perspectiva del protagonista. Si nos atenemos a la idea de que el cine estadounidense ha contado de forma muy minoritaria historias desde una perspectiva afroamericana, puede resultar incluso revolucionaria la idea de apostar radicalmente por meter al espectador dentro de la mirada de un joven que sufre racismo y violencia. Más allá de una intención política y social, convertir a la cámara en los ojos de un personaje imprime un tono radicalmente distinto al de una película más convencional y, sobre todo narrativa. La primera hora, aproximadamente, de Nickel Boys, es extraordinaria, con una narrativa fragmentada y subjetiva de instantes que buscan provocar sensaciones en el espectador, con imágenes parciales que pueden ser incluso abstractas -hay que destacar una estupenda fotografía de Jomo Fray- que poco a poco van completando un puzle sensorial sobre lo que significa ser Elwood, y, sobre todo, sobre los momentos de terror que experimenta. Esta narración subjetiva nos permite estar dentro de la película, pero también limita nuestra perspectiva como espectadores, que es mucho más amplia en una puesta en escena convencional que incluye planos generales para situarnos. Hay además saltos temporales, materiales documentales e incluso imágenes imposibles, fantásticas, que trascienden el realismo de lo que estamos viendo. Esta narrativa subjetiva, personalmente, me recuerda a la de algunos videojuegos en primera persona -pienso, por ejemplo, en L.A. Noire (2017) o en la saga Fallout (1997), que tienen elementos de aventura conversacional- y resulta francamente inmersiva, pero también produce un efecto extraño, curiosamente alejado del realismo, que parece sumergirnos en un sueño o en la memoria de recuerdos ajenos. Señalemos que, para evitar el agotamiento en el espectador, Ross decide, en determinado momento, que los dos personajes principales compartan el punto de vista narrativo, lo que nos permite verlos a ambos de una forma más tradicional, en plano y contraplano, resultando esto en una decisión formal que acaba siendo una interesante premonición argumental. A pesar de un metraje que puede resultar abultado, al final de la cinta, el puzle se completa, los fragmentos se integran en un todo, generando, incluso, la sopresa dramática e invitando a la reflexión sobre el racismo, la desigualdad y la memoria histórica.
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