EL MUNDO PERDIDO: JURASSIC PARK (STEVEN SPIELBERG, 1997)


El argumento básico de El mundo perdido: Jurassic Park hace honor a la novela de Arthur Conan Doyle, nada menos que de 1912, de la que adopta su título. Un grupo de exploradores encuentra un territorio que se ha mantenido aislado durante millones de años y en el que por lo tanto perviven animales prehistóricos. Esta idea se repite una y otra vez en la historia del cine de dinosaurios: primero en la propia adaptación de la novela, El mundo perdido (Harry O. Hoyt, 1925), y luego en la famosa Isla Calavera de King Kong (Merian C. Cooper y Ernest B. Shoedsack, 1933) -a la que Spielberg hace un homenaje directo en la escena del encuentro con los Stegosaurus- y sus remakes. Es el mismo concepto que encontramos en el western fantástico, El Valle de Gwangi (Jim O´Conolly, 1969) -citada también cuando los cazadores lazan a los saurios- o en La tierra olvidada por el tiempo (Kevin Connor, 1975). En la secuela de Parque Jurásico (1993), ese mundo perdido es una segunda isla cuya existencia era desconocida y en la que los saurios clonados viven libremente.

Hay además una segunda idea en esta película que ya aparece apuntada en la novela de Conan Doyle: los exploradores vuelven del mundo perdido con un animal prehistórico que acaba suelto en la civilización. En la novela no es más que una anécdota que sirve de epílogo casi humorístico: un pterodáctilo se pierde volando en la niebla londinense, una imagen recuperada en el mejor momento de Parque Jurásico III (Joe Johnston, 2001). Pero esta idea se desarrolla mucho más en la mencionada King Kong, en la que la bestia encuentra su final en Nueva York. En esta secuela, el Tiranosaurus Rex campa a sus anchas por las calles de San Diego, lo que permite un guiño a Godzilla (Ishiro Honda, 1954) cuando un grupo de turistas japoneses huyen despavoridos. Hay una escena, además, en la que el depredador prehistórico se pasea por una urbanización y se infiltra en un chalé, que luego tendrá eco en otra producción de Spielberg, Transformers (Michael Bay, 2007). La idea de trasladar a un monstruo a un parque tampoco es nueva. Ya lo hacían con la famosa criatura de la Laguna Negra en su secuela, La venganza de la criatura (Jack Arnold, 1955) y con el escualo del propio Spielberg en Tiburón 3 (Joe Alves, 1983). Curiosamente, ambas fueron exhibidas en 3D. Por último, la captura de la cría del dinosaurio en este El Mundo Perdido, tiene un precedente claro en Gorgo (Eugène Lourié, 1961).

Semejante cantidad de referentes me parece suficiente para que una película sea, al menos, simpática. A esto hay que sumarle unos efectos especiales difíciles de superar (incluso hoy) y a un genio en la dirección como Spielberg. Sin embargo, esta secuela ha tenido numerosos detractores y en ese sentido es a la saga de Parque Jurásico lo que Indiana Jones y el Templo Maldito (1984) fue a En busca del arca Perdida (1981). Yo creo que en ambos casos -aunque se pueda defender que estas secuelas son inferiores a sus primeras partes- estamos ante grandes películas que son obras maestras del cine de entretenimiento. Es verdad que, en los dos casos, se trata de variaciones más oscuras de la idea original: gran parte de El mundo perdido sucede de noche y bajo la lluvia; los dinosaurios son mucho más feroces; las muertes más sangrientas; el protagonista, Ian Malcolm (Jeff Goldblum), más cínico; el antagonista, Peter Ludlow (Arliss Howard) mucho más frío que el entrañable John Hammond encarnado por Richard Attenborough. Pero para mí, El mundo perdido es aventura pura. No puedo evitar pensar en los pasajes más entusiastas de Tiburón (Steven Spielberg, 1975) cuando los cazadores se lanzan a la captura de los saurios, en una secuencia vibrante que parece un homenaje a ¡Hatari! (Howard Hawks, 1962); o que Roland Tembo (Pete Postlethwaite) tiene mucho del John Wilson de Cazador blanco, corazón negro (Clint Eastwood, 1990), inspirado en la obsesión de John Huston por matar a un elefante durante el rodaje de La Reina de África (1951), que plasmó Peter Viertel en su novela de 1953.

En El Mundo Perdido estamos de nuevo ante una película estructurada en set pieces con el espíritu de un parque de atracciones: la mejor es la del remolque que cae por un barranco; o cuando los protagonistas se refugian en un complejo abandonado y son atacados por los velocirraptores; la ya mencionada secuencia del Tiranosaurus Rex en la ciudad. Esta película no deja un solo respiro, tras un inicio algo lento. Por último, esta secuela continúa -y confirma- las reglas de Parque Jurásico. Hay una niña, Kelly (Vanessa Lee Chester) que junto a la pareja de Malcolm y Sarah (Julianne Moore) acaban formando una unidad familiar al final de la historia. Y a pesar de la gran cantidad de cazadores, ningún dinosaurio muere a manos del hombre -utilizan dardos tranquilizantes- lo que obliga a inventarse un final en el que el Tiranosaurus Rex es capturado sin sufrir daño alguno. Todo lo contrario, es el animal el que se come al capitalista, el verdadero monstruo.

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