PAPER GIRLS -BIENVENIDAS AL FUTURO


Tu nuevo cómic favorito se llama Paper Girls. O más bien, tu primera serie de cómics favorita se llama Paper Girls. Dicho mal y pronto, lo que han ideado Brian K. Vaughan y Cliff Chiang es, en viñetas, el equivalente a una serie de Netflix -de hecho, Amazon Prime tiene los derechos de una adaptación televisiva-. El cómic perfecto para el que no lee cómics. La imagen de cuatro chicas en bicicletas, en los años 80, le ha valido a este tebeo comparaciones con Stranger Things. Y la verdad es que las similitudes existen: el motor de la acción es el misterio y hay constantes referencias a la cultura popular. Pero Vaughan no está obsesionado con los años 80, como los hermanos Duffer. Empecemos por la premisa argumental: cuatro adolescentes, la recién llegada Erin Tieng, la fumadora Mackenzie ‘Mac’ Coyle, la jugadora de hockey Karina ‘KJ’ y la videojugona Tiffany Quilkin, son repartidoras de periódicos -The Cleveland Preserver- que viven en el típico small town, Stony Stream, en 1988. Todo lo que contemos a partir de esto, es susceptible de ser un spoiler. Vaughan hace avanzar la historia en cada número -30 en total- a fuerza de descubrimientos, sorpresas y giros inesperados. Estos suelen estar expresados en una fantástica splash page de Chiang, que sirve para darle fuerza al momento en el que todo cambia. En cada número suele haber una sorpresa argumental o un descubrimiento, y luego un cliffhanger que hace prácticamente imposible dejar de leer. Los primeros 5 episodios de Paper Girls (Image Comics) plantean muy brevemente la historia y son como una catapulta que lanza la acción hacia adelante, produciendo en el lector un vértigo muy divertido. No sabemos a dónde va el argumento porque Vaughan mezcla tantos elementos que no parecen tener relación entre sí, que resulta complicado imaginar un hilo conductor. Lo hay. Los siguientes diez números, aproximadamente, mantienen el ritmo de descubrimientos muy locos, cambios de escenario y personajes nuevos, pero establece un marco -de ciencia ficción- para que todo lo que nos presentan tenga cabida y sea coherente. Esos primeros 15 números de Paper Girls -publicada en España por Planeta Comicson el puro placer de leer, y es fácil imaginarse al guionista del otro lado de las viñetas dejándose llevar por el puro placer de contar. Además, la narración está trufada de referencias a películas, canciones y objetos de la cultura popular -estupenda la idea de convertir el cotidiano logo de Apple en símbolo del misterio- además de presentar continuamente conceptos geniales que podrían convertirse perfectamente en pequeñas historias en sí mismas. Un ritmo creativo que me recuerda a los primeros números de Stan Lee y Jack Kirby al frente de Los Cuatro Fantásticos. Los dibujos de Chiang son maravillosos, sencillos pero detallados y sólidos. Sorprende que pueda mantener ese nivel gráfico en una serie mensual. 

Es aquí cuando conviene recordar que Vaughan es uno de los guionistas más en forma actualmente -Y: El último hombre (2002) y Saga (2012)- pero también que formó parte del equipo de escritores de Perdidos, serie de televisión que parece un referente claro para la forma de narrar, siempre hacia adelante, de Paper Girls. Pero cuidado, porque, no sé si para bien o para mal, Vaughan parece haber aprendido bien la lección del final de la serie de J.J. Abrams y Damon Lindelof, tan criticado -injustamente en mi opinión-. Quizás por ello, a partir del número 20, Vaughan va cerrando cabos y desarrollando su historia sin abrir más vías de fuga, concentrando el relato sobre sí mismo. Hasta ahora, no se había preocupado demasiado por profundizar en sus personajes, muy esquemáticos en los inicios de la narración, y luego moldeados en estupendas escenas aisladas en las que descubrimos los miedos, deseos y frustraciones de las adolescentes protagonistas. En sus últimos números, la serie deja de ser la aventura de esas repartidoras de periódicos, para hablarnos de cómo procesan ellas -tras haber madurado durante un viaje en el que han visto de todo- las experiencias y los conflictos. Pero hay más. Si el final de Perdidos -y el de The Leftovers- desactivaba las expectativas del espectador sobre las principales incógnitas de la historia, Vaughan hace algo similar en Paper Girls. No es que deje de explicar nada: todo está más o menos sobreentendido. Pero los saltos narrativos que da Vaughan le sirven para que deje de importarnos el desenlace de su historia, puramente anecdótico a pesar de sus repercusiones cósmicas, y nos centremos en lo importante, en lo que pasa en las cabezas y en los corazones de las cuatro chicas que hemos aprendido a querer durante 30 números. Vaughan pone en duda el choque generacional y juega con el tiempo, con la percepción que tenemos de este, habla de madurar, de la nostalgia y convierte ese momento que parece eterno, cuando tenemos 12 o 13 años, en una aventura cósmica infinita, que contiene no una sino varias vidas, pero que, en realidad, solo ha durado un instante. La gran lección es que solo debe importarnos el presente.

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