JUEGO DE TRONOS: EL PRINCIPIO DEL FIN



Acabada la séptima temporada de Juego de Tronos podemos decir que ha muy sido divertido. Como ya sabéis, la ficción televisiva creada por David Benioff y D.B. Weiss ha sobrepasado las novelas de George R.R. Martin, y eso ha sido bueno y malo a la vez. Por un lado, la trama pisa el acelerador: el ritmo narrativo ha sido mucho más ágil, lo que se traduce en una serie más entretenida. Esto elimina uno de los grandes problemas de esta adaptación: su exceso de fidelidad al original literario -para complacer al autor y a su legión de fans-. Esta fidelidad era sin duda un lastre: una cantidad exagerada de personajes, tramas, y nombres de reinos fantásticos a recordar, expuestos farragosamente y en menoscabo de una propuesta visual más elaborada. Cada temporada de JdT había sido hasta ahora algo así como ocho capítulos de exposición y una gran batalla en el noveno, para recompensar nuestra paciencia. Ahora que Benioff y Weiss van por libre, sin ataduras, la serie encuentra un lenguaje más visual: hay más acción y menos escenas de diálogos en cámaras de palacios. Además, los elementos fantásticos crecen: ganan protagonismo los dragones y el ejército de muertos vivientes, que se acerca lentamente desde el primer episodio de la primera temporada. Ahora bien, también es cierto que Juego de Tronos ha perdido densidad. Los conflictos shakespereanos, la lucha entre familias por el poder, se han diluido en favor de lo que parece una partida de Risk. Las metáforas políticas se han simplificado hasta ser esquemáticas: los oprimidos contra los poderosos. Todo esto ha causado un cómico malestar entre los que consideraban la adaptación de la obra de Martin una serie "de calidad". Esos que confundían su pesada narrativa con profundidad y que ahora se quejan de la "teletransportación" de los protagonistas. Tienen su parte de razón, pero también es verdad que Daenerys Targaryen (Emilia Clarke) había tardado 60 capítulos en llegar a Poniente. También es cierto que JdT ha perdido algo en originalidad y en capacidad de sorpresa. Martin estaba escribiendo una historia río en la que la premisa original no era más que una excusa para crear personajes y situaciones, profundizando en ellos sin prestar tanta atención a la trama general. La ficción televisiva post-Perdidos exige sin embargo un desenlace claro -que ahora mismo parece bastante predecible- para que los fans no se sientan "estafados". Las muertes inesperadas que han hecho famosa -y excitante- esta serie ya no existen. Benioff y Weiss siguen viviendo de la traumática Boda Roja. Resumiendo, esta séptima temporada ha sido muy entretenida, vibrante y a pesar de las críticas de los aburridos defensores de lo "creíble", fiel a la esencia de Juego de Tronos. Analizamos ahora cada capítulo, por supuesto, con spoilers.



El primer capítulo de esta séptima entrega, Dragonstone, es el mejor exponente de lo que era Juego de Tronos, una ficción tan apasionante como pesada, obesa por la cantidad de tramas y personajes. Cada uno de los muchos protagonistas tiene aquí su pequeña escena en un capítulo que es puro planteamiento argumental, sin desarrollo: la llegada al Muro de Bran Stark (Isaac Hempstead Wright) -algo así como el jedi de JdT, un personaje muy desaprovechado-; la venganza de una endurecida Arya Stark (Maisie Williams) contra los asesinos de la mencionada Boda Roja; la lenta marcha de los Caminantes Blancos y la investigación de Samwell Tarly (John Bradley) -nos enseñan su vida diaria en una secuencia algo reiterativa- que busca descubrir la fórmula para derrotarlos; las primeras sospechas entre Jon Snow (Kit Harington) y su hermana Sansa Stark (Sophie Turner), con el maquiavélico Meñique (Aidan Gillen) esperando la oportunidad de sembrar cizaña; y así hasta la esperadísima llegada de Daenerys Targaryen (Emilia Clarke) a Poniente (llevábamos seis temporadas esperando ese momento). Hay una escena, en la sala del mapa, entre Cersei Lannister (Lena Headey) y su hermano/amante Jaime (Nikolaj Coster-Waldau), que intenta ser un resumen explicativo de todo lo que ha ocurrido, pero nos perdemos de nuevo entre tantos nombres mencionados rápidamente. Todo esto sirve solo para dejar claro que los objetivos dramáticos de JdT se resumen ahora en tres: la amenaza de los Caminantes Blancos; la ambición de los Lannister; y la revolución de Daenerys. Pasado el trámite del planteamiento, el segundo capítulo, Stormborn, es una pasada. Las tramas comienzan a desarrollarse sin la lentitud que ha caracterizado a la serie. Aquí encontramos escenas más elaboradas, menos historias intercaladas y momentos de acción como la batalla naval -y familiar entre los Greyjoy- o alianzas decisivas que generan tantas expectativas como la reunión de Jon Nieve y Daenerys, personajes que nunca habíamos visto juntos. Hay decididamente otro tono, otro ritmo, y un subtexto feminista: el poder sobre la vida y la muerte de Daenerys; el miedo que despierta Cersei; Missandei manteniendo relaciones con el eunuco Grey Worm (Jacob Anderson); Sansa tomando el relevo como Reina del Norte ante la ausencia de su hermano; Arya convertida en un guerrero maleducado; la mala leche de Ellaria Sand (Indira Varma); el poder de Olenna Tyrell (Diana Rigg); lo guerrera que es Yara Greyjoy (Gemma Whelan). El episodio gana también visualmente: transiciones entre tramas como la de Samwell Tarly arrancando las placas de soriagris de Jorah Mormont (Iain Glen) que por corte nos lleva a un asqueroso pastel que se come a lo bruto un hombre en un bar. En el tercer episodio, The Queens Justice, la acción se acelera todavía más. En temporadas anteriores habría sido impensable ver cómo Jon Snow y Daenerys se encuentran, establecen una dinámica interesante con una predecible tensión sexual, en un solo capítulo. Pero además, los Inmaculados conquistan el castillo de los Lannister y estos a su vez se quedan con el de los Tyrell, matando de paso a Olenna. Cersei se venga de las Serpientes de Arena, sale del armario en cuanto al incesto y encima Sansa comienza a dar muestras de liderazgo: todo en un solo episodio. Los malos comienzan a ser muy malos -¡A Cersei la apoyan los bancos (Mark Gatiss)!- y Jon Snow y Daenerys se perfilan como los grandes héroes de la función. En The Spoils of War se confirma la nueva dirección de la serie, que da prioridad a la acción y a la fantasía más descerebrada (y divertida). Hay una espectacular batalla entre los Dothrakis y los Lannister, con aires de western, solo que ahora los buenos son el equivalente de los indios. Aún así, la serie sigue buscando metáforas políticas, aunque estas son cada vez más simples: Missandei (Nathalie Emmanuel) defiende una idealización de la democracia en la que asegura que los seguidores de Daenerys lo hacen por voluntad propia y no por un vínculo hereditario, aunque la reina apele a una monárquica línea de sucesión para ganarse la lealtad de Jon Snow. En estos últimos compases de la serie, los personajes se han ido alineando de forma maniquea, polarizados por la amenaza de los Caminantes Blancos. Solo Jaime Lannister y Meñique, en sus respectivos bandos, evitan que la trama se convierta en un enfrentamiento entre buenos y malos.


Eastwatch es un capítulo de transición que reincide en los mensajes políticos simplificados: Daenerys como defensora de los oprimidos, aunque arroje sombras sobre su revolución forjada con el fuego de los dragones, ejecutando a sus enemigos. Esto genera malestar en Tyrion Lannister (Peter Dinklage). El enano ha olvidado su atractivo nihilismo del inicio de la serie y se ha convertido en un auténtico Pepito Grillo. El polémico sexto episodio, Beyond the Wall, parece haber sido la gota que derrama el vaso de la paciencia de los fans. Es en este capítulo donde los ociosos seriéfilos tienen más combustible para criticar momentos "poco creíbles" y la ya famosa "teletransportación" que permite a los personajes recorrer supuestas grandes distancias en poco tiempo. Esto a pesar de que los guionistas se esfuerzan en cerrar tramas abiertas hace años. O más bien, en atar cabos sueltos, pequeños detalles que quizás George R.R. Martin se iba a dejar en el tintero. Jon Snow revela a Jorah Mormont (Iain Glen) que tiene la espada de su padre; Arya le cuenta a Sansa que estuvo presente en la ejecución del suyo, allá por la primera temporada. Mucho diálogo que luego se compensa con un nuevo enfrentamiento con los Caminantes Blancos, siempre muy intensos. Jon Snow y sus compañeros vuelven a meterse en una situación imposible, lo que lleva a los guionistas a inventarse escapatorias de última hora, una detrás de otra y sin ningún rubor. El rescate contra reloj, tan antiguo como el cine y el deus ex machina del teatro griego. Los dragones de Daenerys llegan justo a tiempo para salvar a los héroes de los zombies. Esto evidencia que los "hijos" de la reina son demasiado poderosos: aniquilan con su aliento de fuego a los muertos vivientes como si nada. Lo que obliga a los guionistas a inventarse inmediatamente una kryptonita: no solo los Caminantes Blancos tienen lanzas capaces de abatir a estos seres de leyenda, sino que uno de los monstruos caídos se convierte en zombie. Sí, amigos, un dragón zombie. ¿Puede molar más? No. Para completar la sensación de fantasy opera, Jon Snow y Daenerys siguen avanzando en el terreno amoroso mientras los guionistas nos lanzan indirectas sobre la posibilidad de que sean parientes. ¿Alguien se acuerda de Luke y Leia? ¿No hay suficiente incesto en esta serie? Por último, Arya sigue transformándose en un ser vengativo, enfrentada a Sansa, en un giro un poco loco, pero muy divertido, con elementos feministas -la chica tenía prohibido tirar al arco; afirma que con las máscaras de los Hombres sin Rostro puede ser quién quiera, mientras Sansa, como mujer, no ha podido elegir-. El final de la temporada, The Dragon and the Wolf, es un gran episodio. Empezando por ese diálogo inicial, desmitificador, entre Jaime Lannister y Bronn (Jerome Flynn) sobre los hombres, los hombres sin polla y la polla como sentido de la vida para los hombres. Luego, el estupendo y tenso encuentro entre las dos fuerzas en conflicto, que tiene mucho, precisamente, de medirse la polla. Benioff y Weiss ya no se deben al texto de George R.R. Martin, pero siguen sintiendo la necesidad de hacer honor a los libros, antes de lanzarse a darle un final a esta historia. Por eso en este capítulo, y durante toda la temporada, se han dedicado a cerrar las subtramas de cada personaje. Aquí, prácticamente todos los importantes se ven las caras y se producen reencuentros esperados -como el de los hermanos Clegane- o la tensa entrevista entre Tyrion y Cersei. La liberación del muerto viviente para convencer a Cersei, la espantada de Euron Greyjoy (Pilou Asbaek), todo funciona en un capítulo que no tiene casi acción, ni batallas. Pero la trama avanza tan rápido que produce incluso cierto vértigo. Se resuelve de forma inesperada, pero satisfactoria, la traición más que predecible de Meñique. También resulta lógico el engaño de Cersei, pero su decisión acerca de Jaime es una sorpresa mayúscula. Lo malo es que cada bando prescinde de su verso libre. Sospechábamos la revelación que hace Bran Stark a Samwell Tarly, pero sigue siendo un momento muy potente -de fantasy opera-. La genialidad es hacer la revelación de que Jon es un Targaryen en paralelo al primer -e incestuoso- encuentro sexual con Daenerys, cambiando completamente su significado. Por último, un cliffhanger al que ya estamos habituados: nos recuerdan la amenaza de los Caminantes Blancos, que derriban el Muro y penetran por fin esa barrera inconsciente que hasta ahora los convertía en una mera pesadilla.

ATÓMICA: CHARLIZE, HEROÍNA DE ACCIÓN



La noticia de la caída del muro de Berlín, emitida en directo por Kurt Loder, mítico VJ de la mítica MTV de finales de los ochenta, es el resumen perfecto del espíritu de Atómica. Estamos ante una de espías, con la mencionada caída del telón de acero como marco, pero sin ningún ánimo histórico o siquiera de verosimilitud. Atómica es una película de espíritu videoclipero, estética de neones pop con música ochentera en casi cada set piece de acción. Su playlist, lamentablemente, es poco original: David Bowie, New Order, George Michael, Siouxsie and the Banshees, o Depeche Mode aportan sus temas más reconocibles de la época. ¡Cuando la acción se traslada a Londres, escuchamos el London Calling de los Clash! No estamos, de todas formas, ante una propuesta que utilice la música de forma orgánica como la genial Baby Driver (2017). Dirige el especialista David Leitch tras ganar experiencia sin acreditar en John Wick (2014) y antes de presentar nada menos que Deadpool 2 (2018). Protagoniza una subyugante Charlize Theron -lo mejor del film- que tras Mad Max: Furia en la carretera (2015) y ser la mala en Fast and Furious 8 (2017) parece empeñada en divertirse, a hostias. La actriz ganadora de un Oscar por Monster (2003) es una peligrosa agente secreta británica, Lorraine Broughton, a la que vemos por primera vez en una bañera llena de cubitos de hielo. Su atlético cuerpo cubierto de moratones. En un flashback descubriremos cómo consiguió cada uno de ellos. Lo malo es que el argumento gira y gira dando vueltas sobre sí mismo, en lo que parece ser la estructura argumental inevitable en una de espías. Basada en una novela gráfica, sufre Atómica del gran mal del cine comercial actual: el vaciado de sus personajes. No sabemos mucho de Lorraine, aunque, siendo justos, descubriremos de qué va al final de la historia. La acompañan en esta intriga personajes todavía más esquemáticos, aunque interpretados por actores solventes. El jefe de Lorraine en el MI6 es un Toby Jones robado de El Topo (2015); acompañado del siempre interesante John Goodman como un agente de la CIA; también tenemos una espía francesa a la que da vida la guapísima Sofia Boutella -hay que decir que no resulta creíble, aunque su química con Theron es candente-; o el mero McGuffin que es Eddie Marsan; y el mejor de todos, un James McAvoy que viene a ser el corazón y la moraleja de la película. Lo más destacable de la misma es sin duda un (falso) plano secuencia de casi 10 minutos, de violencia seca, en el que desaparecen los temas musicales ochenteros, y en el que Charlize se luce pegando mamporros a diestro y siniestro.

IT: ESA PELÍCULA DE LOS AÑOS 80



El It del argentino Andy Muschietti -Mamá (2008)- es la adaptación ideal de la novela de Stephen King. No sé si es la perfecta, pero digo que es la ideal porque la traducción del texto del autor de El resplandor (1977) es, necesariamente, una película de los 80, en el sentido del canon establecido por películas como Gremlins (1984), Los Goonies (1985), Exploradores (1985), Una pandilla alucinante (1987), Jóvenes ocultos (1987) o los films de Pesadilla en Elm  Street (1984) -citados explícitamente- y sin olvidar la reciente Stranger Things, que comparte con esta a uno de sus jóvenes actores. Este nuevo It se siente como una de esas películas, igual que cuando lees la novela de King sientes que estás viendo uno de aquellos maravillosos films. Estamos, de nuevo, ante la historia de un grupo de preadolescentes enfrentados al proceso de madurez, a la incomprensión de los adultos y a un hecho sobrenatural (y terrorífico). It, Eso, es una metáfora del miedo: puede transformarse en cualquier cosa que atemorice a sus víctimas, pero sobre todo adopta la forma del siniestro payaso Pennywise -excelentemente interpretado por Bill Skarsgard-. La adaptación se toma varias libertades importantes -algunas arriesgadas, otras comprensibles, como la eliminación de la "orgía"- con respecto al texto. Lo primero, cambia la época en la que ocurre la primera parte de la historia de los 50 a los 80, algo coherente con las intenciones de la propuesta. Pero no estamos ante un mero simulacro nostálgico porque Muschietti se toma en serio a sus personajes, porque el guión se toma su tiempo para desarrollarlos y sobre todo por los actores. Los siete chavales están soberbios y son absolutamente entrañables, creando retratos humanos, creíbles, identificables y divertidos: los golpes de humor son de lo mejor de la función. Ahora bien, una decisión que considero cuestionable es la de dividir el relato original para ordenarlo cronológicamente: aquí nos cuentan la infancia de los protagonistas, a los que veremos en su madurez en una futura secuela. En la novela, las dos líneas temporales se mezclaban creando nuevos significados, potenciando escenas, y sugiriendo que cada momento tiene su eco en otro. Esto sí se respetaba en la estupenda miniserie de 1990 dirigida por Tommy Lee Wallace con Tim Curry como Pennywise. Habrá entonces que ver la secuela, por lo que la valoración no puede ser completa. Pero este It, sin embargo, triunfa trasladando fielmente muchos elementos del original: la mencionada metáfora del miedo, del abuso infantil, la oscura historia del pueblo de Derry y cómo los adultos parecen formar parte de una extraña maldición. Stephen King expandió la idea de una casa encantada a un pueblo entero. Es genial cómo el guión asimila todo esto y logra integrarlo con el desarrollo de personajes y con las escenas de terror, muy logradas aunque deudoras del James Wan de Expediente Warren (2016). It tiene un guión muy trabajado, que va cerrando todos sus planteamientos y una puesta en escena excelente, repleta de ideas visuales. Para mí, todo funciona en una de las mejores películas de género del año, que supera las fronteras del terror.

REY ARTURO: LA LEYENDA DE EXCÁLIBUR -CAMELOT, BAJOS FONDOS


Suele ser una queja habitual en el cinéfilo amargado la sobrepoblación de superhéroes en el panorama cinematográfico actual, pero tras ver una película como Rey Arturo: La leyenda de Excálibur debo decir que lo que parece agotado es el blockbuster de toda la vida. El problema, para mí, es un enfoque basado en encadenar set pieces espectaculares sin demasiados eslabones argumentales -la noción de causa y efecto no existe- y sobre todo el vaciado de los personajes. Estas películas, en su afán de conseguir una acción sin pausa, sacrifican el detalle humano que permite una identificación entre el espectador y los héroes que ve en la pantalla. Así, mientras los superhéroes de Marvel Studios triunfan centrándose en sus personajes antes que en la trama -véase la reciente Spider-Man: Homecoming (2017)- e inyectando en sus productos grandes dosis de humor -Guardianes de la galaxia Vol. 2 (2017)- el resto del cine comercial sigue estrenando superproducciones mastodónticas, pesadas y sin alma. Incluso DC acaba de acertar, de lleno, con su divertida e idealista Wonder Woman (2017) tras fracasar con sus impostadamente oscuras Batman v. Superman (2016) y Escuadrón suicida (2016). ¿Cuál es el problema de Rey Arturo? La falta de atractivo de sus personajes, empezando por un Arturo, interpretado por Charlie Hunnan -alejadísimo de su papel en la aventura de Z, la ciudad perdida (2016)-. El personaje no convence a pesar de que este mítico héroe tiene la personalidad macarra de un personaje barriobajero de Snatch: Cerdos y diamantes (2000) y a pesar de que su origen y motivaciones -idénticas, por cierto, a las de cualquier superhéroe con mallas- son desarrolladas ampliamente. Vemos incluso su proceso de maduración, desde la niñez hasta la edad adulta, resumido en la mejor secuencia de la película, en la que su director, Guy Ritchie, hace gala de su estilo habitual: esa narración frenética montada a hachazos para acelerar el ritmo y contarnos en un par de minutos unos 15 años de la vida del legendario héroe. Y si Arturo no es lo suficientemente atractivo, sus acompañantes son apenas bosquejos antes que retratos: Astrid Bergès-Frisbey es una maga de la que sabemos más bien poco, solo que sustituye al tradicional Merlín; Djimon Hounsou aporta el exotismo de su físico, lo que viene a ser habitual en su carrera; Aidan Gillen apenas puede sacar nada de su papel que huele a Juego de Tronos; y lo mismo podríamos decir de Neil Maskell, Tom Wu y Annabelle Wallis, caras reconocibles dando vida a personajes intercambiables. Mencionemos el divertido cameo de David Beckham, y salvemos de la quema a un Jude Law en el papel de malvado, que intenta compensar con crueldad el vacío de su personaje. Luego está el siempre contundente Eric Bana, en un importante pero reducido papel. No sé cómo, pero Bana siempre está genial. Esta versión de la leyenda artúrica no se interesa por el esplendor de Camelot y no nos enseña caballeros en brillantes armaduras: aquí el héroe es un rebelde, que lucha de forma clandestina, más parecido a Robin Hood. Y es una pena porque la película contiene ideas muy apreciables: los elementos fantásticos de la leyenda, reinterpretados de forma imaginativa e inquietante; la revelación de la naturaleza de la piedra que alberga la espada mágica; y los típicos elementos visuales que Guy Ritchie imprime en todas sus películas. El británico lleva varios proyectos empeñado en instaurar su propia franquicia: las dos entregas sobre Sherlock Holmes -prepara una tercera- los espías de Operación U.N.C.L.E (2015) y ahora este Rey Arturo. Pero parece haber perdido el carisma -y el sentido del humor desenfadado- de sus primeras obras de corte criminal y pseudo Tarantinianas. No creo que nadie espere su versión -en imagen real - del Aladdin de Disney.

WESTWORLD: MIRADAS (11)

 
(11) Teatro dentro del teatro. En uno de los momentos más intensos e inquietantes de esta primera temporada de Westworld, uno de los robots -el primer "padre" de Dolores- comienza a recitar a Shakespeare. La explicación de su extraña e inquietante conducta, ajena a su programación, es que el androide está "recordando" una "vida" anterior, un papel previo para el que fue utilizado en el parque. "Los placeres violentos tienen finales violentos", le dice el robot defectuoso a su "hija", Dolores (Evan Rachel Wood), adquiriendo así, quizás, la consciencia de sí misma. De nuevo, un fallo podría estar provocando la evolución hacia la humanidad de un androide, pero, además, el poder del arte, de la ficción, de una frase del bardo, estaría consiguiendo despertar a la robótica Dolores. Toda Westworld se puede interpretar como una metáfora de la ficción narrativa, en la que Robert Ford (Anthony Hopkins) ejerce de show runner, de autor atrapado en el laberinto de sus propias fantasías, algo así como el Guido (Marcello Mastroianni) de Fellini ocho y medio (1963). Ford se presenta como un convencido de que todo, la vida misma, es una fabulación: "El ego es una ficción, una historia que nos contamos" dice hacia el final de la temporada. Ford es un personaje complejo, que ha reconstruido su infancia, creando robots de sus padres y su hermanos; y que quizás ha escrito el guión de su propia muerte. El filósofo Slavoj Zizek dice en su Guía perversa de la ideología (2012) que para existir como individuos tenemos la necesidad de crear la ficción del "gran Otro", alguien que registre lo que nos pasa, alguien con quien confesarnos. Solo cuando relatamos la cosas que nos ocurren, estas experiencias parecen hacerse realidad. Ese "otro" inventado puede ser también la voz interior, el ego, que los androides confunden con Dios y que luego parece ser la del socio fallecido de Ford, el misterioso Arnold. La serie no evita el juego de la metaficción: en uno de los mejores momentos, la ejecutiva Charlotte Hale (Tessa Thompson) aparece en el parque, con tacones, interrumpiendo la ilusión del hombre de negro, haciendo explícito que en el parque todo es un juego. En otro apunte genial, la androide Maeve (Thandie Newton) descubre que los recuerdos de una vida anterior, en la que tenía una hija, forman parte de un vídeo promocional del parque Westworld. Maeve ve, literalmente, la película de su vida, o, más bien, el trailer.

WESTWORLD: MIRADAS (10)



(10) El héroe de las mil caras. La idea de la muerte y la resurrección está muy presente en Westworld. No es casualidad. Según el mitógrafo Joseph Campbell, en todos los relatos y leyendas de las diferentes culturas del mundo hay un esquema oculto que se repite. Una de las etapas de ese viaje del héroe arquetípico es la resurrección, tras la cual el protagonista del relato adquiere poderes sobrehumanos: ya sabéis, Jesucristo resucitó al tercer día, demostrando así ser el hijo de Dios. En el libro Lacrimae Rerum (2006) el filósofo Slavoj Zizek analiza la película Matrix (1999) y define a su protagonista, Neo (Keanu Reeves): "En Matrix, el Elegido es aquel capaz de ver que nuestra realidad cotidiana no es real, sino un universo virtual codificado, y que es por lo tanto capaz de desenchufarse de ella, manipularla y dejar sus reglas en suspenso (volar por los aires, detener las balas...)". Esto lo logra Neo tras "morir" a manos del agente Smith (Hugo Weaving). La película de las hermanas Wachowski, como Star Wars (1977) antes que ella, sigue los pasos del viaje del héroe de Campbell. Algo equivalente ocurre, incluso, en la genial La Lego película (2014), cuando su protagonista descubre que es un juguete que vive en la casa de un niño del mundo real, tras lo cual adquiere la capacidad de ver y modificar las piezas de su mundo de Lego. En Westworld, Dolores (Evan Rachel Wood) se ve a sí misma en varias ocasiones -símbolo de que lo que busca es su propia identidad- pero también se topa con imágenes relacionadas con la muerte -un desfile del día de los muertos mexicano, una carta del Tarot, un trono de calaveras en el que se ve sentada a sí misma-. De hecho, Dolores acaba encontrando el laberinto escondido por su creador, en su propia tumba. Pero es Maeve la que muere una y otra vez, resucita repetidamente, y, tras empezar a recordar esas muertes, aprende a "despertarse" fuera de la caverna, en el mundo "real": el de los técnicos del parque. Esto desvela -cae el velo de Maya- para Maeve, la auténtica realidad, igual que cuando Neo consigue salir de la simulación de Matrix. A continuación, la androide adquiere también poderes extraordinarios, como el de controlar a los otros anfitriones del parque y el de modificar las narrativas, cambiando su destino y el de otros personajes.

WESTWORLD: MIRADAS (9)

 
(9) El velo de Maya. "¿Has cuestionado tu realidad?", es la pregunta que hace Bernard (Jeffrey Wright) a los anfitriones cuando los somete al test para descubrir si han cobrado consciencia de sí mismos. Dolores (Evan Rachel Wood) responde con una frase que suena a Camus: "Puede que haya algo malo con el mundo, algo debajo, o me estaré volviendo loca". Ese algo "debajo" puede ser el agujero por el que cae la protagonista de Alicia en el país de las maravillas (1865), libro que Bernard regala a Dolores. Ella afirma sentir que "algo la llama" -quizás un conejo blanco- y que hay "algo más". La serie cita literalmente el cuento de Lewis Carroll y las frases vienen como anillo al dedo a Dolores: "Me pregunto si he cambiado en la noche. Déjame pensar. ¿Era la misma persona cuando me levanté esta mañana? Casi pienso que puedo recordar sentirme un poco diferente. Pero si no soy la misma, la siguiente pregunta es ¿Quién soy en el mundo? ¡Ese es el gran puzle!". Mencionemos una película clave de la ciencia ficción reciente, que también bebía de Alicia en el país de las maravillas: Neo (Keanu Reeves) también descubre otra realidad en Matrix (1999), aunque allí la situación sea a la inversa, ya que son los humanos los que viven esclavizados y sometidos en la realidad virtual creada por las máquinas, tras haber cobrado estas consciencia. Recordemos el mito de la caverna de Platón, en el que los seres humanos están encadenados mirando sombras, sin sospechar que fuera la verdad resplandece cegadora. Es la misma idea presente en películas como La fuga de Logan (1976), THX 1138 (1971), La isla (2005), La señal (2014), Calle Cloverfield 10 (2016) o incluso La habitación (2015). El mundo de la androide Maeve (Thandie Newton), es una simulación de la que comienza a sospechar al tener sueños con las mencionadas otras "vidas", pero también al experimentar extrañas alucinaciones con hombres con trajes anticontaminación, que los indios del parque interpretan como dioses -"el hombre que anda entre mundos"- y que nos remiten a las leyendas urbanas modernas sobre abducciones extraterrestres. Es genial el momento en el que Maeve descubre, escondidos en el suelo, varios dibujos sobre estos hombres que había olvidado haber hecho ella misma; o cuando un niño indio juega con un muñeco que representa a uno de estos misteriosos seres, que no son más que los técnicos del parque. La capacidad de Maeve de ver a estos hombres misteriosos es alabada por los indios: "Es una bendición poder ver a los amos que tiran de tus hilos". La frase nos hace pensar en otro autómata que cobra conciencia -mágicamente- como Pinocho, cuya famosa canción, Sin hilos, fue parodiada por la malvada inteligencia robótica de Ultrón (James Spader) en Vengadores: La era de Ultrón (2015).