LA ODISEA -EL FORMATO ES EL MENSAJE


En el programa Días de cine que se emite en la 2 de TVE, que es el mejor ejemplo de lo que debería ser la televisión pública, se le pregunta regularmente a directores y directoras, productores, actores y actrices, por sus películas favoritas. También se les pregunta por la película que es considerada una obra maestra pero que a ellos no les gusta. A  ojo, un porcentaje bastante alto señala 2001: Una odisea del espacio (1968). Grandes artistas y técnicos del cine español confiesan que la cinta de Stanley Kubrick puede ser una obra maestra, pero ellos no entran, se aburren, no conectan, no la entienden. Permítame el lector hacer una apuesta: todos ellos han visto esa película, rodada con cámaras Super Panavision 70 y en película de 70 mm, en un televisor doméstico. Y si la revolucionaria película de ciencia ficción ya era un reto para los espectadores de 1968 en una gran pantalla de cine, en un televisor puede convertirse en un visionado imposible. Los que hablan en Días de cine no la entienden porque no la han visto. Pero no seamos absolutistas. Todos hemos visto cine clásico en la tele. Yo mismo, perdonen la anécdota personal, vi 2001 por primera vez en una tele de tubo, aunque bastante grande, y, eso sí, en Laserdisc, en la casa de mi tío Alberto. Y aquello me cambió la vida. Quizás porque tenía la imaginación suficiente para comprender que estaba viendo una versión reducida de un espectáculo mucho mayor. No ocurre lo mismo con la épica Lawrence de Arabia (1962) de David Lean, que siempre vimos mutilada para encajarla en cuatro tercios televisivos, pero que tiene una base argumental mucho más asequible, narrativa y casi literaria. Si ves 2001: Una odisea del espacio en una pantalla de cine, puede que no te guste, pero la entiendes inmediatamente, sin necesidad de que te la explique nadie. Sus imágenes te atrapan aunque no entiendas el sentido de la historia. Un ejemplo más reciente es Sirat (2025). Los que la vieron en el cine, les haya gustado o no, seguramente tuvieron menos dudas que los que esperaron a verla en casa, en sus televisores. Hablo de esos que dijeron que en la película de Oliver Laxe "no pasa nada". Este año la gran experiencia cinematográfica es La Odisea (2026), la primera película de la historia rodada íntegramente con cámaras IMAX de 70 mm. Para poder verla en ese formato hay que tener la inmensa suerte de vivir cerca de una de las 30 salas que existen en el mundo con un proyector en activo. Muy básicamente, estamos hablando de la cantidad de información que cabe en la pantalla, que disminuye de forma decreciente del IMAX de 70 mm hasta el convencional 35 mm, recortándose el plano en la parte superior e inferior. Esto le ha costado a Nolan acusaciones de elitismo en las redes sociales, pero creo que la intención del director británico es otra: aprovechar su prestigio, su fama y su tirón, para poner sobre la mesa el problema de la menguante y deslucida experiencia en cines. Al poner el listón tan alto para ver su película, Nolan nos obliga a pensar en algo a lo que la mayoría no le ha prestado nunca atención -sobre todos esos que pueden ver una serie en un teléfono móvil-. Evidentemente, la gran mayoría de los espectadores no podremos ver su película en una sala IMAX de 70 mm. Pero quizás más de uno se plantee ir a una sala IMAX -digital-, ya que en el mundo hay más de 1700 -y en España, cinco-. La mayoría se tendrá que conformar, por tanto, con ver la película en una sala de cine convencional, en digital, en el formato habitual de 35 mm, lo que no supondrá un problema real, porque el director ha planificado su Odisea pensando en todos estos formatos para que su visión se mantenga en lo esencial. Pero con esto Nolan ha sacado de la conversación a todos esos perezosos que prefieren esperar a ver las películas en casa. Lo siento, amigos, una pantalla de cine es 100 veces más grande, de media, que un televisor convencional. Con todo lo expuesto hasta ahora, no se le podrá dar crédito a esos que, tras ver la película en plataformas, van a decir que "no era para tanto". Porque Christopher Nolan ha hecho una obra que se debe experimentar en una sala de cine y que no se entiende igual de bien si la vemos desde la comodidad del sofá.

El que firma este texto ha visto La Odisea en 70 mm y en IMAX, en Madrid, y puede decir que estamos ante la experiencia cinematográfica del año. Nolan utiliza elementos de la Ilíada y la Odisea de Homero para hacer una película en la que están todas sus señas como autor, pero que además es un gran espectáculo con momentos dramáticos, escenas de tensión, peleas, batallas épicas, y sobre todo aventura. La estructura argumental -el propio Nolan firma el guion- presenta los acostumbrados saltos temporales del director de Memento (2000): flashbacks dentro de flashbacks, además de un uso expresivo del montaje -de Jennifer Lame- que convierte la narración en un flujo temporal en el que pasado, presente y futuro ocurren simultáneamente, lo que contrasta con el estilo visual realista del autor, imprimiendo un tono lírico que permite que lo que vemos alce el vuelo. Y hablando del montaje, el ritmo es trepidante, acompañado siempre por la banda sonora compuesta por Ludwig Göransson que realza secuencias espléndidas como el asalto de Troya. No creo que haya planos que tengan una duración de más de unos pocos segundos. Y volviendo al guion, Nolan abarca mucha historia y muchas peripecias incluso cuando estamos hablando de un metraje de 172 minutos. Y como es habitual en él, despacha en escenas de diálogo información y datos necesarios para entender algunos aspectos del argumento y las intenciones de la historia -aún así, un segundo visionado permite ver que debe ser de sus textos más redondos-. El espectador sin un conocimiento básico de estos mitos griegos puede perderse en algunos momentos, pero, como también es habitual en Nolan, el poder de sus imágenes impide la frustración. Los motivos principales de los personajes, están más que claros: el héroe, Odiseo (Matt Damon) desea volver a casa tras la guerra de Troya para reunirse con su esposa, Penélope (Anne Hathaway) y su hijo, Telémaco (Tom Holland), mientras estos sufren el asedio de un grupo de ambiciosos pretendientes, como Antínoo (Robert Pattinson), que intentan hacerse con el trono vacío. Nolan se asegura de contar con un reparto inagotable y espectacular, inapelable, de estrellas y caras conocidas para que cada personaje sea reconocible sin necesidad de dar muchas explicaciones: a los mencionados, sumemos a Zendaya, Charlize Theron, John Leguizamo, Jon Bernthal, Mia Goth, Himesh Patel, Elliot Page, Travis Scott y Lupita Nyong'o, que interpreta a Helena de Troya -y a su hermana gemela Clitemnestra- y que para este papel es perfecta ya que el principal atributo del personaje es la belleza. Todo para contarnos una historia que es la madre de todas las historias: desde Centauros del desierto (1956) a Taxi Driver (1976) y hasta O Brother (2000), pasando por la versión dirigida por Fritz Lang que soñó Godard, por no hablar de cualquier relato de viajes, del cine de aventuras y de todas las road movies, la Odisea es la semilla inmortal de todos los relatos. Y Nolan la pone en pantalla llevando al extremo su forma de entender el cine, que es la de hacer que ocurran cosas delante de la cámara. Y en su película hay que dejarse llevar por la fisicidad de una playa infinita, de una colina rocosa, de la fuerza del mar o de la oscuridad de una cueva, todo magníficamente fotografiado por Hoyte van Hoytema. Las naves griegas están ahí y el enorme caballo de madera también, así como decenas de guerreros luchando furiosos con sus armaduras y cascos: el diseño de artístico de Ruth de Jong y el vestuario de Ellen Mirojnick son una maravilla -a mí me recuerdan al 300 (1998) de Frank Miller-. Todo es real en un mundo dominado por la simulación digital y la inteligencia artificial. Y con esto en mente, hay que destacar un elemento inédito en la obra de Nolan: la fantasía. El estilo hiperrealista de Nolan, que había bajado a tierra a los superhéroes, los viajes interestelares y hasta los sueños, genera una forma interesantísima de ver a los dioses y monstruos que pueblan la antigua Grecia. La forma de procesar el mito en Nolan es la misma que utilizó para plasmar a Batman en la pantalla: se imagina cómo serían estos seres imposibles si existiesen en el mundo real -y hasta los pone en duda-. Y con esto, el director, lejos de evocar la magia onírica de Ray Harryhausen, fabrica imágenes de pesadilla y de verdadero terror, como el espeluznante pasaje de Circe (Samantha Morton) o la cueva del gigante Polifemo (Bill Irwin), uno de los mejores momentos de la película, que parece salido de las pinturas negras de Goya. Todo creado con efectos prácticos y sin la muleta de lo digital, devolviendo al cine su magia y al espectador esa pregunta que nos hacíamos antes, ese ¿Cómo lo han hecho? La Odisea es un triunfo como espectáculo, pero no un entretenimiento vacío. Nolan nos habla de un mundo que se acaba, que es precisamente la cuna de la civilización, porque se quiebran los acuerdos entre hombres -y dioses, como Zeus- cuyo principal pecado es entregarse a la guerra, a la destrucción del otro, por intereses egoístas, en una crítica diáfana del espíritu bélico e imperialista de las grandes potencias occidentales. Aquí, los soldados griegos, que conquistan Troya en el vientre de un caballo, son iguales que los aterrados jóvenes refugiados en un barco pesquero encallado en Dunquerque (2017) y, sobre todo, su Odiseo es un héroe inteligente pero imperfecto que acaba arrepintiéndose de su propio ingenio, con el que ha conseguido ganar una gran guerra, pero con un coste tremendo en vidas, como el atormentado Oppenheimer encarnado por Cillian Murphy. Ambos, como Prometeo, desafían a unos dioses en los que ya no tienen fe.

MAGALLANES -LA ODISEA... DE LA COLONIZACIÓN


Muy lejos del cine histórico clásico está Magallanes (2026). Dos nombres de los artífices de esta película deberían ser suficientes para ilustrar por qué no estamos ante un biopic al uso de un personaje histórico o ante el relato aventurero de una gesta marítima tan celebrada como la primera vuelta al mundo -aunque aquí, Juan Sebastián Elcano, no aparece-. El primero es el del director y guionista filipino Lav Díaz -también se encarga aquí de la fotografía y el montaje-, cineasta independiente cuyo éxito y prestigio tiene más que ver con los festivales de cine que con la taquilla. El otro es nada menos que Albert Serra, cineasta rebelde, transgresor y arriesgado, que aparece acreditado aquí como productor. Estamos hablando de dos artistas que ven el cine de una forma muy diferente a la que se puede encontrar en la mayoría de las salas comerciales. Aunque una estrella de cine aparezca en el cartel encarnando al explorador y navegante Fernando de Magallanes, el mexicano Gael Garcia Bernal, estamos ante una película que evita las convenciones propias, digamos, del cine de Hollywood. Magallanes tiene una narrativa fragmentada, no hay construcción dramática evidente ni desarrollo convencional de los personajes, y el planteamiento visual evita la fragmentación del montaje para favorecer los planos fijos de larga duración. No encontraremos aquí, por ejemplo, ningún primer plano del actor protagonista, y sí muchos planos generales en los que la acción de los personajes se pierde en un paisaje -ya sea la selva, la playa o el mar- que aplasta a los seres humanos con la fuerza del viento, el sol o la lluvia. El retrato que se ofrece en Magallanes de los grandes logros del famoso explorador no es precisamente épico, todo lo contrario, desmitificador: le veremos herido, dolorido, quejándose amargamente o incapaz de mantener su autoridad sobre su tripulación, sobre los pueblos nativos que encuentra en el sudeste asiático, o incluso sobre sus bajos instintos. Y la expedición que capitanea el protagonista es más bien un catálogo de atrocidades -ejecuciones, torturas, violaciones- y presenta la mentalidad de la época como intolerante, racista y de un violento extremismo religioso. La película, de 164 minutos de duración, nos muestra primero a un Magallanes derrotado en una aventura anterior, para luego ser rechazado por el reino de Portugal, lo que le llevará a buscar la financiación española para emprender su famosa expedición. En esta primera mitad del film, Lav Díaz nos muestra tribus para las que el encuentro con el hombre blanco es el fin del mundo, y sobre todo el paisaje salvaje como escenario hostil. Para disfrutar de Magallanes hay que disfrutar del cine primordial, del placer pictórico y sensorial de registrar la realidad con la cámara: la lluvia sobre el agua de un río; el viento agitando las velas de un navío; las olas lamiendo la arena de una playa sobre la que descansan los cadáveres de los conquistadores. Es en la segunda parte de la película cuando Lav Díaz despliega su discurso sobre el colonialismo, sobre el choque entre los españoles y portugueses que, buscando rutas comerciales y estratégicas para dominar el mundo, quebrantan la normalidad de unos pueblos que vivían en armonía con la naturaleza, con sus propios ídolos y con sus propias costumbres. Un paraíso perdido por la llegada de hombres blancos barbados y armados con espadas dispuestos a imponer su visión del mundo a través de la guerra, que Díaz retrata sin énfasis ni subrayados, lo que no evita que su mirada sea crítica y brutal.

RUFUS -LA SERPIENTE MARINA


La criptozoología siempre me ha parecido fascinante y aunque soy consciente de que las posibilidades de que haya un dinosaurio o una serpiente marina en el Lago Ness en Escocia son ínfimas, soy de los que prefiere creer. O al menos dejar volar la imaginación. Por eso una película como Rufus (2026) tiene de entrada mi simpatía, y como padre de un par de niños de vacaciones con demasiado tiempo libre, mi agradecimiento. Lo he escrito muchas veces aquí, en Indienauta: hay que llevar a los niños al cine, sacarlos de vez en cuando de las pequeñas pantallas de la tele, tablets, móviles y ordenadores para que participen de la experiencia de ver una película en una sala, en pantalla grande, compartiendo con otros espectadores. Una experiencia cultural que debe comenzar cuanto antes y que seguramente enriquecerá sus vidas con recuerdos imperecederos. 
Para los más pequeños, para los que todavía no se hayan estrenado en un cine, Rufus puede ser la oportunidad ideal. Se trata de una película colorida, luminosa y entretenida sobre una joven serpiente marina, salida de la mitología nórdica, que no sabe nadar. Esta simple contradicción es la que hace interesante a un personaje como Rufus, que se siente diferente y rechazado. Cuando decida embarcarse en una aventura para recuperar la bufanda de su tío Ludovic se verá obligado a superar sus miedos, pero también, conocerá nuevos lugares más allá de su isla en mitad del océano, descubrirá nuevos amigos de todo tipo y, también, algunos enemigos. La película es una coproducción entre Noruega y Bélgica, dirigida por Ender Skandfer, y está basada en un clásico de la literatura nórdica. Aunque la animación es efectiva y cumple, no es tan potente como la de gigantes como Pixar o GhibliRufus es una cinta sencilla y llena de buenas intenciones, con un diseño bonito y un ritmo estupendo que combina acción, aventura y humor. Perfecto para captar la atención del exigente espectador infantil. Y ya de paso, habla de cosas importantes como la necesidad de superar nuestros miedos, el valor de la amistad, la solidaridad y el sacrificio.

DRÁCULA DE RADU JUDE -HÉROE NACIONAL


Si hacemos caso al experto David J. Skal, el irlandés Bram Stoker no se inspiró más que mínimamente en el héroe nacional rumano Vlad Tepes, conocido como el empalador, para escribir su famosa novela Drácula en 1897. Sin embargo, la relación entre el personaje histórico y el ficticio vampiro transilvano ha servido como coartada para darle un giro novedoso a varias películas -principalmente a partir de Drácula, de Bram Stoker (1992) de Francis Ford Coppola- y sobre todo, para propulsar la industria turística local de Rumanía, con mucho oportunismo y no demasiada vergüenza. Esto último lo aprovecha el director rumano Radu Jude para pergeñar su propia versión de Drácula (2026) que, más que una reinterpretación del texto clásico, es un nuevo ensayo cinematográfico del autor, en el que mezcla ficción, documental e imágenes generadas por IA, todo con el único fin de poner en solfa la sociedad actual. El hilo conductor es una representación teatral -muy cutre- para turistas en Transilvania, que incluye la persecución callejera de los dos actores principales -Gabriel Spahiu como Drácula y Alina Serban como una vampira- por parte de los espectadores armados con estacas. Una suerte de narrador (Adonis Tanta) rompe la cuarta pared para ofrecer al espectador una nueva versión de la obra de Stoker utilizando la inteligencia artificial, lo que va generando diferentes versiones del mito, que van desde la idea de que el vampiro -que aquí se confunde completamente con Vlad Tepes- pueda resucitar saliendo de una pantalla de cine; la reutilización del clásico de Murnau, Nosferatu (1922) -nombre, por cierto, que debemos a un error de traducción de Stoker, que lo recogió de una guía de viajes en la que se equivocaba su traducción del rumano como 'no muerto' según dice también Skal-; una bonita historia de amor rural; la adaptación de la primera novela de vampiros escrita en Rumanía; un cuento vulgar e irreverente sobre un campo de 'nabos'; y la tierna historia de un trabajador del aseo urbano que acude a ver a su hija al colegio cuando celebran la fiesta nacional. Radu Jude mezcla todos estos elementos en tono de absoluta farsa, burlándose de la sociedad rumana, a la que critica ferozmente; haciendo un divertido repaso por las adaptaciones cinematográficas sobre el famoso vampiro y hasta riéndose despiadadamente de las imágenes generadas con inteligencia artificial, esas que supuestamente amenazan el cine, pero que ahora mismo son patéticas. Con una curiosa afición a hablar de pollas, felaciones, sexo oral y penetraciones, Jude realiza una película muy personal, sangrienta, decididamente no para todos los públicos, que pasa a formar parte del gran ensayo crítico audiovisual sobre su país que es su obra artística.

LAS CORRIENTES -INSATISFACCIÓN


Las corrientes
(2026) comienza con dos acciones contradictorias, que se muestran al espectador de forma visual y sin diálogos: la protagonista, Catalina -Cata para unos, Lina para otros-, recibe un premio y luego se deja caer en el agua de un río. Este extraño comportamiento es el que resume la película y el que marca el tono del relato de la directora y guionista argentina Milagros Mumenthaler. Siempre veremos a Catalina -estupenda e hipnótica Isabel Aimé Gonzalez Sola, que parece una joven Isabelle Adjani- desde fuera y como espectadores tendremos que interpretar lo que ocurre dentro de ella. ¿Por qué una mujer se deja caer a un río? El argumento nos mostrará entonces la vida de Catalina, su pareja (Esteban Bigliardi), su hija (Emma Fayo Duarte), su suegra (Claudia Sánchez), su compañera de trabajo (Ernestina Gatti), una vieja amiga peluquera (Jazmín Carballo), o incluso su madre (Sara Bessio); y como detectives iremos buscando las razones de la insatisfacción. Una idea, la de que una mujer puede sentirse desgraciada aunque su vida parezca perfecta que va a la contra de las leyes del melodrama, en las que la heroína mantiene siempre su integridad y pureza moral a pesar de que sufre una desgracia tras otras. La película de Mumenthaler es espléndida, sensible y misteriosa, visualmente brillante -la fotografía es de Gabriel Sandru-, un estudio de personaje fantástico y estimulante, lo que no impide digresiones como la estupenda secuencia del faro. La forma en la que Mumenthaler utiliza el agua en la película parece conectar su cinta con otros títulos dirigidos por mujeres, como El agua (2022) de Elena López Riera, y mencionemos también la tremenda casualidad de que la protagonista de la estupenda Apuntes para una ficción consentida (2026) de Ana Serret Ituarte también se lanza a un río, también se deja llevar por la corriente y también lo hace en Suiza. Y según se va desenrollando la historia de Las corrientes, nos encontramos una historia sobre los miedos, las fobias y sobre cómo estos pueden acabar paralizando a una persona e incluso, heredarse de madres a hijas, una idea presente también en la reciente novela de Desirée de Fez, No la dejes sola y en su ensayo Reina del grito, publicados por Blackie Books. Las corrientes es una de las revelaciones del año, una película misteriosa y visualmente arrebatadora sobre la insatisfacción existencial.

MOTHER MARY -UNA DIVA ES VALIENTE

 

¿Hay algo que conecte para siempre a dos personas tras romperse una relación? Después de la estupenda A Ghost Story (2017), el director y guionista estadounidense David Lowery reincide en la idea de utilizar como metáfora la figura sobrenatural del fantasma para hablar de la pérdida y de la ausencia del otro en Mother Mary (2026), cinta interesante y arriesgada. El argumento nos presenta a dos mujeres de éxito, una diseñadora de moda, Sam Anselm -estupenda Michaela Coel- y una cantante pop de fama mundial, Mother Mary -entregada y frágil Anne Hathaway-, que se reencuentran tras haber colaborado durante años y haberse separado de una forma traumática. Ahora, la cantante le pide a Sam que diseñe para ella un último vestido, en apenas tres o cuatro días. El reencuentro entre las dos mujeres es un choque frontal cargado de reproches y cuentas pendientes del pasado. La relación de ambas era profesional, creativa y de amistad, pero Lowery se encarga de mantener una tensión homoerótica que hace todavía más interesante el asunto, pero que nunca se aclara del todo. En esta ambigüedad, podríamos estar ante una actualización de Las amargas lágrimas de Petra von Kant (1972) de R.W. Fassbinder, en la que asistimos a una relación desigual y abusiva, y en la que la tercera en discordia podría ser la asistente Hilda (Hunter Schafer). Pero las intenciones de Lowery son otras. Desde el principio asistimos a espectaculares actuaciones musicales en las que Hathaway da vida con credibilidad a una diva del pop -realmente interpreta las canciones- y esto le sirve al director para jugar con las imágenes, la música y el sonido -de la fotografía se encarga Andrew Droz Palermo y de la música Daniel Hart, con canciones de Charli XCX, Jack Antonof y FKA twigs- rompiendo la unidad espacial de las escenas entre las dos mujeres, de aliento teatral. Pero además, Lowery imprime en las secuencias musicales cierta fantasía que acaba derivando, incluso, al terror. Y desde allí consigue convertir los conflictos, reproches, envidias  y rencores de una pareja rota en una nueva historia de fantasmas. La mezcla de géneros es arriesgada e interesante, pero no acaba de funcionar y el director se deja llevar por el poder las imágenes para resolver la trama, cuando quizás hacía falta también profundizar en el conflicto dramático entre las dos mujeres. La propuesta visual es sólida y la labor interpretativa de las dos actrices, notable, pero Mother Mary parece una película fallida.

SPIDER-MAN: BRAND NEW DAY -EL MEJOR SUPERHÉROE


A diferencia de Superman, que siempre era un señor de traje, periodista de profesión, enamorado en scereto de Lois Lane, Spider-Man pronto dejó al instituto para irse a la universidad, y en el camino, como cualquier mortal, dejó detrás varias relaciones con diferentes chicas, desde Betty Brant hasta Mary Jane Watson. Spider-Man empezó siendo un tímido adolescente, pero acabaría convirtiéndose, cómic a cómic, en un joven independiente tratando de convertirse en adulto. Marvel Comics introducía así el paso del tiempo en sus historias y sus personajes crecían y maduraban con sus lectores. Quizás por eso, Tom Holland ha podido dejar de ser un chaval de instituto en Spider-Man: Brand New Day (2026) sin que haya la necesidad de buscar a un nuevo actor,  algo tremendamente conveniente porque se trata de una estrella y uno de los actores más taquilleros, sino el que más. El personaje creado por Stan Lee y Steve Ditko es probablemente el superhéroe cinematográfico más exitoso, inmune a la supuesta fatiga del género, capaz de seguir batiendo récords después de ocho películas. Hay algo en el personaje que lo hace atractivo incluso para un niño pequeño, pero, además, Peter Parker es el más humano de los superhéroes -aunque ya suene a cliché-, el equivalente a Charlie Brown, siempre con problemas cotidianos como la falta de dinero, el no tener tiempo para estudiar para un examen, el llegar tarde porque se ha liado luchando con el doctor Octopus. Y sobre todo, en Spider-Man pesa dramáticamente su círculo cercano, su entrañable tía May (Mira Sorvino), su novia MJ (Zendaya) y su mejor amigo Ned (Jacob Batalon). Todos ellos hacen más cercano al personaje, pero, además, lo hacen más vulnerable, lo cargan con una gran responsabilidad en su empeño por hacer un buen uso de sus extraordinarios poderes. El guión de esta película entiende muy bien todo esto -lo firma un triunvirato, Chris McKenna, Erik Sommers y Justin Kuritzkes- y hace que el corazón de la historia sean los problemas muy humanos de Peter Parker, que ahora cuenta con una nueva aliada y confidente, la capitana de policía Jean DeWolff (Liza Colón-Zayas). Con este enfoque, esta película es un éxito porque es una película de Spider-Man, además de ser un capítulo más en el Universo Marvel Cinematográfico, con la presentación de un villano que seguramente será muy importante en el futuro de la franquicia. Con este peaje bien solventado, el director Destin Daniel Cretton firma un lujoso producto de acción, con buenos efectos especiales y, además, con ideas estupendas de puesta en escena, como la forma en la que se manifiestan los poderes del misterioso villano principal. La película funciona como un Marvel Team-Up una serie de los años 70 en los que Spider-Man compartía una aventura con un superhéroe diferente en cada episodio, mientras se iba enlazando una macrohistoria de un número al otro. Aquí ocurre lo propio y el protagonista se las ve con Punisher -el Castigador- felizmente interpretado por Jon Bernthal, que desarrolla una química estupenda con Tom Holland -los podemos ver juntos también en La Odisea (2026)- que aporta mucho a la cinta; y también con Hulk (Mark Ruffalo) que protagoniza momentos espectaculares. Como no podía ser de otra forma, siendo una de Spider-Man, hay mucho humor, que se combina con momentos dramáticos y románticos, al más puro estilo de los tebeos de Stan Lee y John Romita, y que se sostienen sobre el tremendo carisma de los actores, especialmente de Holland y Zendaya. La película recupera algo del espíritu original de la cinta de Sam Raimi de 2002 y tiene una estupenda secuencia de homenaje a los cómics, permitiendo cameos de villanos menos conocidos pero muy queridos por el fan. 
Spider-Man: Brand New Day es una película redonda, que consigue equilibrar un montón de elementos para constituir una peli de palomitas satisfactoria, que, al mismo tiempo, forma parte de ese pesado universo marveliano, que ahora, por fin, parece encarrilarse hacia el buen camino. Veremos.

POSESIÓN INFERNAL: EN LLAMAS -TERROR


Con
Posesión infernal (1981), un joven Sam Raimi intentaba reducir una película de terror a su esencia más pura: los sustos. En su ópera prima, hecha con poquísimos recursos, la historia es prácticamente inexistente y los personajes no tienen el más mínimo desarrollo. Nada de eso importa, porque Raimi pensaba, como espectador, que el público solo está deseando llegar a los momentos terroríficos. Más de 40 años después, esa película hecha entre amigos se ha convertido en una rentable franquicia manejada por Raimi, por el productor Rob Tapert y por el actor Bruce Campbell, con series, remakes y secuelas que funcionan muy bien en taquilla además de ser productos muy dignos. Un nuevo ejemplo es esta Posesión infernal: En llamas (2026), dirigida por el francés Sébastien Vanicek, que decide volver a la esencia del original: un tour de force de sustos, en los que la historia no es más que un esqueleto mínimo para sostener una sucesión de momentos terroríficos, violencia y escenas gore, todo con el fin de mantener entretenido al espectador. El mejor ejemplo es ese vínculo mínimo, apenas una excusa, que enlaza esta película con la anterior, Posesión infernal: El despertar (2023), para luego hablarnos de un matrimonio joven, Alice (Souheila Yacoub) y Will (George Pullar), y la familia política de la primera. La posesión infernal del título convertirá a los suegros -Tandi Wright y Erroll Shand- y a la abuela (Maude Davey) en gente muy peligrosa. También están por ahí los cuñados -Hunter Doohan y Luciane Buchanan- para lidiar con los deadites, pero no son más que excusas para que Sébastien Vanicek despliegue todos los trucos de cámara, planos aberrantes, y movimientos vertiginosos que tiene en su arsenal para mostrarnos a los poseídos realizando todo tipo de crueldades, mutilaciones, apuñalamientos y mordiscos por no hablar de prácticas asquerosas -lo de la dentadura postiza, tela-. Con estos mimbres, la película funciona muy bien, es sobre todo un festín de sangre y efectos de maquillaje, de acrobacias y contorsiones diabólicas, de gritos y risas satánicas -el prólogo es fantástico- que tiene más humor que las dos secuelas anteriores, pero eso sí, negrísimo, aunque sin la energía cartoon de Raimi. La falta de historia con enjundia hay que asumirla, aunque haya que pagar el peaje del terror actual e introducir un tema social, cosa que nunca esta demás. Pero quizás había más para rascar en lo que podría haber sido una sátira sobre la desconfianza, mezquindad y egoísmo de toda familia política. No se puede tener todo.