LA ODISEA -EL FORMATO ES EL MENSAJE


En el programa Días de cine que se emite en la 2 de TVE, que es el mejor ejemplo de lo que debería ser la televisión pública, se le pregunta regularmente a directores y directoras, productores, actores y actrices, por sus películas favoritas. También se les pregunta por la película que es considerada una obra maestra pero que a ellos no les gusta. A  ojo, un porcentaje bastante alto señala 2001: Una odisea del espacio (1968). Grandes artistas y técnicos del cine español confiesan que la cinta de Stanley Kubrick puede ser una obra maestra, pero ellos no entran, se aburren, no conectan, no la entienden. Permítame el lector hacer una apuesta: todos ellos han visto esa película, rodada con cámaras Super Panavision 70 y en película de 70 mm, en un televisor doméstico. Y si la revolucionaria película de ciencia ficción ya era un reto para los espectadores de 1968 en una gran pantalla de cine, en un televisor puede convertirse en un visionado imposible. Los que hablan en Días de cine no la entienden porque no la han visto. Pero no seamos absolutistas. Todos hemos visto cine clásico en la tele. Yo mismo, perdonen la anécdota personal, vi 2001 por primera vez en una tele de tubo, aunque bastante grande, y, eso sí, en Laserdisc, en la casa de mi tío Alberto. Y aquello me cambió la vida. Quizás porque tenía la imaginación suficiente para comprender que estaba viendo una versión reducida de un espectáculo mucho mayor. No ocurre lo mismo con la épica Lawrence de Arabia (1962) de David Lean, que siempre vimos mutilada para encajarla en cuatro tercios televisivos, pero que tiene una base argumental mucho más asequible, narrativa y casi literaria. Si ves 2001: Una odisea del espacio en una pantalla de cine, puede que no te guste, pero la entiendes inmediatamente, sin necesidad de que te la explique nadie. Sus imágenes te atrapan aunque no entiendas el sentido de la historia. Un ejemplo más reciente es Sirat (2025). Los que la vieron en el cine, les haya gustado o no, seguramente tuvieron menos dudas que los que esperaron a verla en casa, en sus televisores. Hablo de esos que dijeron que en la película de Oliver Laxe "no pasa nada". Este año la gran experiencia cinematográfica es La Odisea (2026), la primera película de la historia rodada íntegramente con cámaras IMAX de 70 mm. Para poder verla en ese formato hay que tener la inmensa suerte de vivir cerca de una de las 30 salas que existen en el mundo con un proyector en activo. Muy básicamente, estamos hablando de la cantidad de información que cabe en la pantalla, que disminuye de forma decreciente del IMAX de 70 mm hasta el convencional 35 mm, recortándose el plano en la parte superior e inferior. Esto le ha costado a Nolan acusaciones de elitismo en las redes sociales, pero creo que la intención del director británico es otra: aprovechar su prestigio, su fama y su tirón, para poner sobre la mesa el problema de la menguante y deslucida experiencia en cines. Al poner el listón tan alto para ver su película, Nolan nos obliga a pensar en algo a lo que la mayoría no le ha prestado nunca atención -sobre todos esos que pueden ver una serie en un teléfono móvil-. Evidentemente, la gran mayoría de los espectadores no podremos ver su película en una sala IMAX de 70 mm. Pero quizás más de uno se plantee ir a una sala IMAX -digital-, ya que en el mundo hay más de 1700 -y en España, cinco-. La mayoría se tendrá que conformar, por tanto, con ver la película en una sala de cine convencional, en digital, en el formato habitual de 35 mm, lo que no supondrá un problema real, porque el director ha planificado su Odisea pensando en todos estos formatos para que su visión se mantenga en lo esencial. Pero con esto Nolan ha sacado de la conversación a todos esos perezosos que prefieren esperar a ver las películas en casa. Lo siento, amigos, una pantalla de cine es 100 veces más grande, de media, que un televisor convencional. Con todo lo expuesto hasta ahora, no se le podrá dar crédito a esos que, tras ver la película en plataformas, van a decir que "no era para tanto". Porque Christopher Nolan ha hecho una obra que se debe experimentar en una sala de cine y que no se entiende igual de bien si la vemos desde la comodidad del sofá.

El que firma este texto ha visto La Odisea en 70 mm y en IMAX, en Madrid, y puede decir que estamos ante la experiencia cinematográfica del año. Nolan utiliza elementos de la Ilíada y la Odisea de Homero para hacer una película en la que están todas sus señas como autor, pero que además es un gran espectáculo con momentos dramáticos, escenas de tensión, peleas, batallas épicas, y sobre todo aventura. La estructura argumental -el propio Nolan firma el guion- presenta los acostumbrados saltos temporales del director de Memento (2000): flashbacks dentro de flashbacks, además de un uso expresivo del montaje -de Jennifer Lame- que convierte la narración en un flujo temporal en el que pasado, presente y futuro ocurren simultáneamente, lo que contrasta con el estilo visual realista del autor, imprimiendo un tono lírico que permite que lo que vemos alce el vuelo. Y hablando del montaje, el ritmo es trepidante, acompañado siempre por la banda sonora compuesta por Ludwig Göransson que realza secuencias espléndidas como el asalto de Troya. No creo que haya planos que tengan una duración de más de unos pocos segundos. Y volviendo al guion, Nolan abarca mucha historia y muchas peripecias incluso cuando estamos hablando de un metraje de 172 minutos. Y como es habitual en él, despacha en escenas de diálogo información y datos necesarios para entender algunos aspectos del argumento y las intenciones de la historia -aún así, un segundo visionado permite ver que debe ser de sus textos más redondos-. El espectador sin un conocimiento básico de estos mitos griegos puede perderse en algunos momentos, pero, como también es habitual en Nolan, el poder de sus imágenes impide la frustración. Los motivos principales de los personajes, están más que claros: el héroe, Odiseo (Matt Damon) desea volver a casa tras la guerra de Troya para reunirse con su esposa, Penélope (Anne Hathaway) y su hijo, Telémaco (Tom Holland), mientras estos sufren el asedio de un grupo de ambiciosos pretendientes, como Antínoo (Robert Pattinson), que intentan hacerse con el trono vacío. Nolan se asegura de contar con un reparto inagotable y espectacular, inapelable, de estrellas y caras conocidas para que cada personaje sea reconocible sin necesidad de dar muchas explicaciones: a los mencionados, sumemos a Zendaya, Charlize Theron, John Leguizamo, Jon Bernthal, Mia Goth, Himesh Patel, Elliot Page, Travis Scott y Lupita Nyong'o, que interpreta a Helena de Troya -y a su hermana gemela Clitemnestra- y que para este papel es perfecta ya que el principal atributo del personaje es la belleza. Todo para contarnos una historia que es la madre de todas las historias: desde Centauros del desierto (1956) a Taxi Driver (1976) y hasta O Brother (2000), pasando por la versión dirigida por Fritz Lang que soñó Godard, por no hablar de cualquier relato de viajes, del cine de aventuras y de todas las road movies, la Odisea es la semilla inmortal de todos los relatos. Y Nolan la pone en pantalla llevando al extremo su forma de entender el cine, que es la de hacer que ocurran cosas delante de la cámara. Y en su película hay que dejarse llevar por la fisicidad de una playa infinita, de una colina rocosa, de la fuerza del mar o de la oscuridad de una cueva, todo magníficamente fotografiado por Hoyte van Hoytema. Las naves griegas están ahí y el enorme caballo de madera también, así como decenas de guerreros luchando furiosos con sus armaduras y cascos: el diseño de artístico de Ruth de Jong y el vestuario de Ellen Mirojnick son una maravilla -a mí me recuerdan al 300 (1998) de Frank Miller-. Todo es real en un mundo dominado por la simulación digital y la inteligencia artificial. Y con esto en mente, hay que destacar un elemento inédito en la obra de Nolan: la fantasía. El estilo hiperrealista de Nolan, que había bajado a tierra a los superhéroes, los viajes interestelares y hasta los sueños, genera una forma interesantísima de ver a los dioses y monstruos que pueblan la antigua Grecia. La forma de procesar el mito en Nolan es la misma que utilizó para plasmar a Batman en la pantalla: se imagina cómo serían estos seres imposibles si existiesen en el mundo real -y hasta los pone en duda-. Y con esto, el director, lejos de evocar la magia onírica de Ray Harryhausen, fabrica imágenes de pesadilla y de verdadero terror, como el espeluznante pasaje de Circe (Samantha Morton) o la cueva del gigante Polifemo (Bill Irwin), uno de los mejores momentos de la película, que parece salido de las pinturas negras de Goya. Todo creado con efectos prácticos y sin la muleta de lo digital, devolviendo al cine su magia y al espectador esa pregunta que nos hacíamos antes, ese ¿Cómo lo han hecho? La Odisea es un triunfo como espectáculo, pero no un entretenimiento vacío. Nolan nos habla de un mundo que se acaba, que es precisamente la cuna de la civilización, porque se quiebran los acuerdos entre hombres -y dioses, como Zeus- cuyo principal pecado es entregarse a la guerra, a la destrucción del otro, por intereses egoístas, en una crítica diáfana del espíritu bélico e imperialista de las grandes potencias occidentales. Aquí, los soldados griegos, que conquistan Troya en el vientre de un caballo, son iguales que los aterrados jóvenes refugiados en un barco pesquero encallado en Dunquerque (2017) y, sobre todo, su Odiseo es un héroe inteligente pero imperfecto que acaba arrepintiéndose de su propio ingenio, con el que ha conseguido ganar una gran guerra, pero con un coste tremendo en vidas, como el atormentado Oppenheimer encarnado por Cillian Murphy. Ambos, como Prometeo, desafían a unos dioses en los que ya no tienen fe.

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