Con Posesión infernal (1981), un joven Sam Raimi intentaba reducir una película de terror a su esencia más pura: los sustos. En su ópera prima, hecha con poquísimos recursos, la historia es prácticamente inexistente y los personajes no tienen el más mínimo desarrollo. Nada de eso importa, porque Raimi pensaba, como espectador, que el público solo está deseando llegar a los momentos terroríficos. Más de 40 años después, esa película hecha entre amigos se ha convertido en una rentable franquicia manejada por Raimi, por el productor Rob Tapert y por el actor Bruce Campbell, con series, remakes y secuelas que funcionan muy bien en taquilla además de ser productos muy dignos. Un nuevo ejemplo es esta Posesión infernal: En llamas (2026), dirigida por el francés Sébastien Vanicek, que decide volver a la esencia del original: un tour de force de sustos, en los que la historia no es más que un esqueleto mínimo para sostener una sucesión de momentos terroríficos, violencia y escenas gore, todo con el fin de mantener entretenido al espectador. El mejor ejemplo es ese vínculo mínimo, apenas una excusa, que enlaza esta película con la anterior, Posesión infernal: El despertar (2023), para luego hablarnos de un matrimonio joven, Alice (Souheila Yacoub) y Will (George Pullar), y la familia política de la primera. La posesión infernal del título convertirá a los suegros -Tandi Wright y Erroll Shand- y a la abuela (Maude Davey) en gente muy peligrosa. También están por ahí los cuñados -Hunter Doohan y Luciane Buchanan- para lidiar con los deadites, pero no son más que excusas para que Sébastien Vanicek despliegue todos los trucos de cámara, planos aberrantes, y movimientos vertiginosos que tiene en su arsenal para mostrarnos a los poseídos realizando todo tipo de crueldades, mutilaciones, apuñalamientos y mordiscos por no hablar de prácticas asquerosas -lo de la dentadura postiza, tela-. Con estos mimbres, la película funciona muy bien, es sobre todo un festín de sangre y efectos de maquillaje, de acrobacias y contorsiones diabólicas, de gritos y risas satánicas -el prólogo es fantástico- que tiene más humor que las dos secuelas anteriores, pero eso sí, negrísimo, aunque sin la energía cartoon de Raimi. La falta de historia con enjundia hay que asumirla, aunque haya que pagar el peaje del terror actual e introducir un tema social, cosa que nunca esta demás. Pero quizás había más para rascar en lo que podría haber sido una sátira sobre la desconfianza, mezquindad y egoísmo de toda familia política. No se puede tener todo.
POSESIÓN INFERNAL: EN LLAMAS -TERROR
Con Posesión infernal (1981), un joven Sam Raimi intentaba reducir una película de terror a su esencia más pura: los sustos. En su ópera prima, hecha con poquísimos recursos, la historia es prácticamente inexistente y los personajes no tienen el más mínimo desarrollo. Nada de eso importa, porque Raimi pensaba, como espectador, que el público solo está deseando llegar a los momentos terroríficos. Más de 40 años después, esa película hecha entre amigos se ha convertido en una rentable franquicia manejada por Raimi, por el productor Rob Tapert y por el actor Bruce Campbell, con series, remakes y secuelas que funcionan muy bien en taquilla además de ser productos muy dignos. Un nuevo ejemplo es esta Posesión infernal: En llamas (2026), dirigida por el francés Sébastien Vanicek, que decide volver a la esencia del original: un tour de force de sustos, en los que la historia no es más que un esqueleto mínimo para sostener una sucesión de momentos terroríficos, violencia y escenas gore, todo con el fin de mantener entretenido al espectador. El mejor ejemplo es ese vínculo mínimo, apenas una excusa, que enlaza esta película con la anterior, Posesión infernal: El despertar (2023), para luego hablarnos de un matrimonio joven, Alice (Souheila Yacoub) y Will (George Pullar), y la familia política de la primera. La posesión infernal del título convertirá a los suegros -Tandi Wright y Erroll Shand- y a la abuela (Maude Davey) en gente muy peligrosa. También están por ahí los cuñados -Hunter Doohan y Luciane Buchanan- para lidiar con los deadites, pero no son más que excusas para que Sébastien Vanicek despliegue todos los trucos de cámara, planos aberrantes, y movimientos vertiginosos que tiene en su arsenal para mostrarnos a los poseídos realizando todo tipo de crueldades, mutilaciones, apuñalamientos y mordiscos por no hablar de prácticas asquerosas -lo de la dentadura postiza, tela-. Con estos mimbres, la película funciona muy bien, es sobre todo un festín de sangre y efectos de maquillaje, de acrobacias y contorsiones diabólicas, de gritos y risas satánicas -el prólogo es fantástico- que tiene más humor que las dos secuelas anteriores, pero eso sí, negrísimo, aunque sin la energía cartoon de Raimi. La falta de historia con enjundia hay que asumirla, aunque haya que pagar el peaje del terror actual e introducir un tema social, cosa que nunca esta demás. Pero quizás había más para rascar en lo que podría haber sido una sátira sobre la desconfianza, mezquindad y egoísmo de toda familia política. No se puede tener todo.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario