SE TIENE QUE MORIR MUCHA GENTE -AMIGAS


Desde luego, hacen falta más comedias. A poder ser, inteligentes, modernas y hasta progresistas. Se tiene que morir mucha gente (2026) -un título afortunado-, creada por Victoria Martín para Movistar +, es todo eso. Su gran virtud es que la prioridad de los guiones que firma Martín -junto a Laura Márquez e Ignasi Taltavull- es hacer reír. Y eso se agradece, en un momento en el que la mayor parte de la ficción parece más interesada en mandar un mensaje. No quiero decir con esto que las series o películas no deban ser políticas -todas lo son- pero sí es cierto que se echa de menos la voluntad de anteponer el chiste a todo lo demás. Los mejores cómicos son capaces de soltar la broma más incorrecta del mundo solo por hacer reír. Y en sus mejores momentos, Se tiene que morir mucha gente hace lo propio. Esto sin negar que las tramas argumentales de esta comedia reflejan problemas sociales actuales. Como protagonista tenemos a Bárbara (Anna Castillo) una joven guionista con problemas de salud mental. La actitud derrotista, rebelde y antisocial que despliega Bárbara es lo mejor de la serie, siempre metida en problemas por su incapacidad para integrarse y por su creciente adicción a los ansiolíticos. Una versión actualizada y femenina de Harvey Pekar. A Bárbara la acompaña siempre su voz interior, una niña (Sofía Otero), que se dedica a darle pésimos consejos y que suelta por su boca todo lo que nadie se atrevería a decir en voz alta. La mejor amiga de Bárbara -y compañera de piso- es Macarena (Laura Weissmahr), un personaje más centrado y con más sentido común, pero marcado por sus continuos fracasos sentimentales con sucesivas novias. El trío se completa con Elena (Macarena García), una amiga de la infancia que se ha convertido en una pija y que espera su primer hijo de un marido con pasta. Son tres personajes muy diferentes interpretados por tres actrices que están maravillosas. Los momentos cómicos que ha creado Victoria Martín son estupendos, en una serie, de episodios de media hora cada uno, que se consume en un suspiro. Un plan perfecto. A la ficción se le puede achacar, sin embargo, que sus temas sean la agenda habitual de la ficción audiovisual reciente: la salud mental, el retrato de la industria audiovisual y sus sinsabores, la tiranía de las apariencias de las redes sociales y la maternidad desmitificado. Eso por no hablar de asuntos importantes que también están de fondo como la precariedad laboral o el grandísimo problema de la vivienda. Todos estos temas, por ya manidos, lastran y le quitan originalidad a una comedia que, en realidad, no parece tener demasiadas pretensiones. Y aunque las tres intérpretes principales son fantásticas, hay que decir también que no son actrices de comedia que dominen el timing cómico. Aún así, la serie tiene momentos brillantes cuando estos personajes -y sus actrices- se dejan llevar por el exabrupto antisocial, violento y transgresor, por el egoísmo y la falta de empatía. Cuando la niña que le habla a Bárbara deja de ser graciosa y resulta incómoda. La sátira social de las clases altas funciona estupendamente y hay que aplaudir también la crueldad de Martín de negarle el éxito -social, económico, sentimental y profesional- a sus criaturas. Y sobre todo, encontramos en Se tiene que morir mucha gente un retrato emotivo de la amistad. De esas amigas que tienes desde el instituto y que, aunque luego tomen caminos diferentes y la vida las convierta en personas despreciables, siempre serán tus mejores amigas.

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