En 1945 se hicieron públicas las películas rodadas en los desmantelados campos de concentración nazis. El objetivo de aquellas filmaciones era registrar el horror del mayor crimen cometido en la historia de la humanidad. La revelación de aquellas imágenes, de cientos de cuerpos sin vida apilados o en fosas comunes, conmovió al mundo entero, planteando perturbadoras interrogantes sobre el verdadero alcance de la maldad humana, sobre nuestra identidad e incluso sobre la existencia de Dios. Uno de los encargados de trabajar con ese material fílmico fue nada menos que Alfred Hitchcok, quien recomendó exhibir las películas sin cortes, para evitar la sospecha de la manipulación. Uno de los mejores discípulos de Hitchock -y de John Ford y de Cecil B. DeMille- es Steven Spielberg, director de la magistral La lista de Schindler (1993) y necesariamente conocedor de esas terribles imágenes de los campos de concentración, que bien podrían haber tenido una influencia en la rotunda El día de la revelación (2026). Aquí, Spielberg especula con lo que pasaría si llegase a la población general el conocimiento de una realidad que lo cambia absolutamente todo. Para contar esto, Spielberg se muestra, una vez más, hitchcockiano, con un thriller paranoico y político con una excusa argumental de ciencia ficción. Cuando comienza la película, no sabemos qué pasa realmente con Daniel Kellner (Josh O'Connor), un informático que ha con seguido robar una información clasificada del gobierno; ni con la chica del tiempo Margaret Fairchild (Emily Blunt) que ha empezado a comportarse de forma extraña -él es una especie de moderno Prometeo, ella una Pandora del siglo XXI-. Lo que sí sabemos es que a estos personajes los persiguen, como si los hubieran confundido con otros, al estilo de Con la muerte en los talones (1959). Solo sabemos que los persigue el siniestro líder de una corporación secreta, Noah Scanlon (Colin Firth), y que ellos huyen, aunque tampoco sepan su propio papel en la trama. Spielberg y el guionista David Koepp llevan al extremo el famoso macguffin, obligando al espectador a dejarse llevar por una historia que no entiende y que se va descubriendo poco a poco. El día de la revelación es cine en el que lo más importante es la forma. Spielberg está en la cima de su talento como narrador y su puesta en escena es apabullante. Podría convertir en película la constitución americana. Y está arropado por un diseño de producción fantástico, por la fotografía del habitual Janusz Kaminski y por la magnífica, y quizás la última, banda sonora de un genio como John Williams. El argumento es tan sencillo como sofisticada su forma. Los mensajes de fondo son humanistas y se pueden resumir en que la palabra alien, en inglés, significa también inmigrante irregular; en que el cuarto poder que debía salvar a un país en Los archivos del Pentágono (2017) aparece aquí retratado como un puro entretenimiento. La película tiene además un mensaje pacifista heredado del gran clásico Ultimátum a la Tierra (1951) y las disquisiciones sobre la fe religiosa estaban ya presentes en La guerra de los mundos (1953), que Spielberg versionó con sus belicosos marcianos nihilistas en 2005. Pero la cosa va mucho más allá. Spielberg vuelve al cine fantástico y fabrica imágenes maravillosas, con Colin Firth como gran protagonista. Imágenes extrañas, inquietantes y audaces que parecen una lujosa versión de La furia (1978) de Brian de Palma y sobre todo de Scanners (1981) de David Cronenberg, jugando con el lenguaje cinematográfico para expresar extraños hechos paranormales, rozando la abstracción -por cierto, lo que le ocurre al personaje de Emily Blunt, no deja de recordarme a la imprescindible serie de DC Comics, Absolute Martian Manhunter de Deniz Camp y Javier Rodríguez-. En la película hay ideas soberbias que aparecen mientras vemos la loca evasión de los protagonistas, o nos preguntamos qué significa esa casa que se construye alrededor del personaje de Colman Domingo, en lo que parece una metáfora de la naturaleza del propio cine y su capacidad para copiar y evocar la realidad. Y es que Spielberg, como siempre, lo que quiere es hablarnos de la importancia de mantener viva la infancia, los cuentos infantiles como Pinocho, Blancanieves, Peter Pan, Mary Poppins o E.T., el extraterrestre (1982). Nos invita a volver a una de las escenas más icónicas de Encuentros en la tercera fase (1977), en la que un niño inocente abría una puerta inundada de luz. Y además de maravillarnos, Spielberg nos recuerda su genio en la escena del tren, un ejercicio perfecto de tensión y de montaje -que firma Sarah Broshar, colaboradora del director en sus últimos trabajos-. Ya explicó Spielberg, por cierto, lo mucho que le gustan los trenes en Los Fabelman (2022) y antes dijo Orson Welles que el cine era el tren eléctrico más caro del mundo. Por todo esto, creo que estamos ante la que puede ser la película más personal de Spielberg y que el que tuvo la revelación fue él mismo, esa capacidad irrepetible de entender el cine como nadie. El día de la revelación es el resumen de toda su obra y esta se resume a su vez en esa mirada de asombro ante lo maravilloso a la que se entregan los personajes -y los espectadores- en esta película.
EL DÍA DE LA REVELACIÓN -QUIERO CREER
En 1945 se hicieron públicas las películas rodadas en los desmantelados campos de concentración nazis. El objetivo de aquellas filmaciones era registrar el horror del mayor crimen cometido en la historia de la humanidad. La revelación de aquellas imágenes, de cientos de cuerpos sin vida apilados o en fosas comunes, conmovió al mundo entero, planteando perturbadoras interrogantes sobre el verdadero alcance de la maldad humana, sobre nuestra identidad e incluso sobre la existencia de Dios. Uno de los encargados de trabajar con ese material fílmico fue nada menos que Alfred Hitchcok, quien recomendó exhibir las películas sin cortes, para evitar la sospecha de la manipulación. Uno de los mejores discípulos de Hitchock -y de John Ford y de Cecil B. DeMille- es Steven Spielberg, director de la magistral La lista de Schindler (1993) y necesariamente conocedor de esas terribles imágenes de los campos de concentración, que bien podrían haber tenido una influencia en la rotunda El día de la revelación (2026). Aquí, Spielberg especula con lo que pasaría si llegase a la población general el conocimiento de una realidad que lo cambia absolutamente todo. Para contar esto, Spielberg se muestra, una vez más, hitchcockiano, con un thriller paranoico y político con una excusa argumental de ciencia ficción. Cuando comienza la película, no sabemos qué pasa realmente con Daniel Kellner (Josh O'Connor), un informático que ha con seguido robar una información clasificada del gobierno; ni con la chica del tiempo Margaret Fairchild (Emily Blunt) que ha empezado a comportarse de forma extraña -él es una especie de moderno Prometeo, ella una Pandora del siglo XXI-. Lo que sí sabemos es que a estos personajes los persiguen, como si los hubieran confundido con otros, al estilo de Con la muerte en los talones (1959). Solo sabemos que los persigue el siniestro líder de una corporación secreta, Noah Scanlon (Colin Firth), y que ellos huyen, aunque tampoco sepan su propio papel en la trama. Spielberg y el guionista David Koepp llevan al extremo el famoso macguffin, obligando al espectador a dejarse llevar por una historia que no entiende y que se va descubriendo poco a poco. El día de la revelación es cine en el que lo más importante es la forma. Spielberg está en la cima de su talento como narrador y su puesta en escena es apabullante. Podría convertir en película la constitución americana. Y está arropado por un diseño de producción fantástico, por la fotografía del habitual Janusz Kaminski y por la magnífica, y quizás la última, banda sonora de un genio como John Williams. El argumento es tan sencillo como sofisticada su forma. Los mensajes de fondo son humanistas y se pueden resumir en que la palabra alien, en inglés, significa también inmigrante irregular; en que el cuarto poder que debía salvar a un país en Los archivos del Pentágono (2017) aparece aquí retratado como un puro entretenimiento. La película tiene además un mensaje pacifista heredado del gran clásico Ultimátum a la Tierra (1951) y las disquisiciones sobre la fe religiosa estaban ya presentes en La guerra de los mundos (1953), que Spielberg versionó con sus belicosos marcianos nihilistas en 2005. Pero la cosa va mucho más allá. Spielberg vuelve al cine fantástico y fabrica imágenes maravillosas, con Colin Firth como gran protagonista. Imágenes extrañas, inquietantes y audaces que parecen una lujosa versión de La furia (1978) de Brian de Palma y sobre todo de Scanners (1981) de David Cronenberg, jugando con el lenguaje cinematográfico para expresar extraños hechos paranormales, rozando la abstracción -por cierto, lo que le ocurre al personaje de Emily Blunt, no deja de recordarme a la imprescindible serie de DC Comics, Absolute Martian Manhunter de Deniz Camp y Javier Rodríguez-. En la película hay ideas soberbias que aparecen mientras vemos la loca evasión de los protagonistas, o nos preguntamos qué significa esa casa que se construye alrededor del personaje de Colman Domingo, en lo que parece una metáfora de la naturaleza del propio cine y su capacidad para copiar y evocar la realidad. Y es que Spielberg, como siempre, lo que quiere es hablarnos de la importancia de mantener viva la infancia, los cuentos infantiles como Pinocho, Blancanieves, Peter Pan, Mary Poppins o E.T., el extraterrestre (1982). Nos invita a volver a una de las escenas más icónicas de Encuentros en la tercera fase (1977), en la que un niño inocente abría una puerta inundada de luz. Y además de maravillarnos, Spielberg nos recuerda su genio en la escena del tren, un ejercicio perfecto de tensión y de montaje -que firma Sarah Broshar, colaboradora del director en sus últimos trabajos-. Ya explicó Spielberg, por cierto, lo mucho que le gustan los trenes en Los Fabelman (2022) y antes dijo Orson Welles que el cine era el tren eléctrico más caro del mundo. Por todo esto, creo que estamos ante la que puede ser la película más personal de Spielberg y que el que tuvo la revelación fue él mismo, esa capacidad irrepetible de entender el cine como nadie. El día de la revelación es el resumen de toda su obra y esta se resume a su vez en esa mirada de asombro ante lo maravilloso a la que se entregan los personajes -y los espectadores- en esta película.
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