EL DRAMA -Y LA VERGÜENZA


¿Conocemos realmente a las personas que nos rodean? ¿Y a nuestros eres queridos? La premisa de El drama (2026) es tan sencilla como eficaz. Una pareja a punto de casarse, de esas que parecen perfectas, esos que están hechos el uno para el otro, con unas copas de vino de más, deciden jugar a un peligroso reto: confesar públicamente lo peor que han hecho en la vida. Lo que admite uno de los miembros de la pareja acabará por obsesionar al otro, y por desestabilizar la vida entera de ambos, incluyendo su entorno cercano. Ella es Emma (Zendaya) y él es Charlie (Robert Pattinson), y ambos protagonizan una comedia sutil y maligna escrita y dirigida por el noruego Kristoffer Borgli, que ya dio pistas de mala leche en Sick of Myself (2023). Aquí, nos encontramos ante una entretenida pero despiadada disección del amor y la pareja, que invita a una reflexión moral en el interior de cada espectador: ¿Qué es lo peor que he hecho? ¿Y qué es lo peor que podría aceptar en mi pareja sentimental? Mientras uno de los miembros de la pareja se obsesiona sobre quién es realmente el otro y de qué es capaz, la otra persona se siente juzgada, perseguida, cancelada. Mientras los dos personajes se revuelven desesperados en sus dudas, la fecha de la boda se va acercando, mientras las interrogantes y la tensión aumentan. Y un apunte, aparentemente inocente, del inicio del relato, cobra todo el sentido del mundo: para conocer a Emma, Charlie finge haber leído el mismo libro que ella, con el fin de iniciar una conversación con una desconocida -así arrancaba, por cierto, el periplo de Jo, ¡qué noche! (1985)- lo que viene a decir que, en el fondo, cuando conocemos a nuestra posible pareja, durante esos primeros días de primeras impresiones, todos mentimos un poco y nadie revela todas las facetas de su personalidad. La verdad es que Borgli peca de ser demasiado obvio en los primeros minutos de la película al plasmar las dudas y los miedos de los personajes con insertos fantasiosos, que funcionan como imágenes mentales. Pero, poco a poco, el conflicto interno se va expandiendo al entorno de la pareja, los amigos, los compañeros de trabajo y la familia. En el reparto encontramos a una estupenda y desquiciada Alana Haim, además de Mamoudu Athie, como el enervante amigo siempre razonable, que nunca se moja. Cuando el argumento de la película comienza a ser reiterativo, descubrimos que las intenciones de Borgli no se limitan a hablar de la pareja, sino de la confusión del individuo en la sociedad actual ante un mundo completamente polarizado en el que la verdad, el bien y el mal, son conceptos difusos. El personaje protagonista de El drama no sabe qué hacer con la información que tiene ya que recibe opiniones externas -y extremas- que contradicen sus verdaderos sentimientos. Igual que nosotros no sabemos si debemos seguir viendo las películas de Woody Allen o votar por un político acusado de corrupción. ¿Qué es lo correcto? El clímax de la película ocurre en esa celebración basada puramente en las apariencias, la boda, que da pie a momentos incómodos -aunque no tanto como los de la reunión familiar de La celebración (1998)-. Durante todo el metraje, casi imperceptiblemente, Borgli ha colocado en el salón del maravilloso piso de clase media-alta de sus personajes un póster de la película La vergüenza (1968), en la que Ingmar Bergman diseccionaba la crisis de una pareja -Liv Ullmann y Max Von Sydow- en un escenario de guerra -también se compara Borgli con una película de Louis Malle, Lacombe Lucien (1974), que ocurre ¡En la Francia ocupada por los nazis!-. El director noruego hace un poco lo mismo que Bergman, aunque sitúa a su pareja en crisis en el mundo de los ofendidos, lo políticamente correcto y los esqueletos en el armario, mientras comprime años de relación de pareja en unos pocos días: pasan del enamoramiento, el sexo intenso y la complicidad, a las dudas, la inapetencia y el silencio.

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