Me siento tentado a decir que Hangar rojo (2026) es un wéstern. La historia de un individuo ante el fascismo, como Gary Cooper en Solo ante el peligro (1952). Esta estupenda película chilena está inspirada en la vida real del capitán Jorge Silva, que de la noche a la mañana se vio inmerso en el golpe de estado del 11 de septiembre de 1973 en Chile. La narración de los hechos es completamente objetiva, por lo que, aunque la cámara está pegada al rostro o a la nuca de Silva -estupendo Nicolás Zárate-, debemos adivinar sus sentimientos y lealtades, que son constantemente puestos a prueba por las circunstancias. Esta magnífica contención en el relato se debe al guión que firma Luis Emilio Guzmán, un ejercicio de concreción y efectividad que impulsa la historia hacia adelante de forma imparable mientras la tensión va creciendo en el relato y el cerco se estrecha alrededor del capitán y exparacaidista protagonista. El director debutante, Juan Pablo Sallato, demuestra un pulso ejemplar, una vehemencia y efectividad narrativas propias de la mejor serie B estadounidense -pienso en Jack Arnold o en el primer Anthony Mann- potenciadas por la estupenda fotografía en blanco y negro de Diego Pequeño, que evoca las sombras -también morales- del cine negro clásico, ese que nació de un esqueje del expresionismo alemán, ese cine que presagiaba la llegada de los nazis. La cámara de Sallato se pega a su protagonista y lo sigue a todas partes -en esto se parece a la espléndida El hijo de Saúl (2015)- dejando fuera de campo a todo un país y a una democracia que se desmorona, pero evocando el terror del fascismo militar que se hace con el poder y que no pierde tiempo en consumar venganzas largamente soñadas, en ejercer la violencia, en ajusticiar a los que no piensan igual. Porque si hemos empezado hablando de un wéstern, hay que hablar también de cómo Hangar rojo se transforma necesaria e inevitablemente en una película de terror en blanco y negro, en La invasión de los ladrones de cuerpos (1956) o en La noche de los muertos vivientes (1968), en una historia en la que el horror, en un instante, se apodera del mundo inevitablemente. Un asfixiante relato distópico de cómo puede sobrevenir el fin del mundo que parece hoy más pertinente que nunca.
HANGAR ROJO -GOLPE DE ESTADO
Me siento tentado a decir que Hangar rojo (2026) es un wéstern. La historia de un individuo ante el fascismo, como Gary Cooper en Solo ante el peligro (1952). Esta estupenda película chilena está inspirada en la vida real del capitán Jorge Silva, que de la noche a la mañana se vio inmerso en el golpe de estado del 11 de septiembre de 1973 en Chile. La narración de los hechos es completamente objetiva, por lo que, aunque la cámara está pegada al rostro o a la nuca de Silva -estupendo Nicolás Zárate-, debemos adivinar sus sentimientos y lealtades, que son constantemente puestos a prueba por las circunstancias. Esta magnífica contención en el relato se debe al guión que firma Luis Emilio Guzmán, un ejercicio de concreción y efectividad que impulsa la historia hacia adelante de forma imparable mientras la tensión va creciendo en el relato y el cerco se estrecha alrededor del capitán y exparacaidista protagonista. El director debutante, Juan Pablo Sallato, demuestra un pulso ejemplar, una vehemencia y efectividad narrativas propias de la mejor serie B estadounidense -pienso en Jack Arnold o en el primer Anthony Mann- potenciadas por la estupenda fotografía en blanco y negro de Diego Pequeño, que evoca las sombras -también morales- del cine negro clásico, ese que nació de un esqueje del expresionismo alemán, ese cine que presagiaba la llegada de los nazis. La cámara de Sallato se pega a su protagonista y lo sigue a todas partes -en esto se parece a la espléndida El hijo de Saúl (2015)- dejando fuera de campo a todo un país y a una democracia que se desmorona, pero evocando el terror del fascismo militar que se hace con el poder y que no pierde tiempo en consumar venganzas largamente soñadas, en ejercer la violencia, en ajusticiar a los que no piensan igual. Porque si hemos empezado hablando de un wéstern, hay que hablar también de cómo Hangar rojo se transforma necesaria e inevitablemente en una película de terror en blanco y negro, en La invasión de los ladrones de cuerpos (1956) o en La noche de los muertos vivientes (1968), en una historia en la que el horror, en un instante, se apodera del mundo inevitablemente. Un asfixiante relato distópico de cómo puede sobrevenir el fin del mundo que parece hoy más pertinente que nunca.
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