Enfrentarse a la propia muerte es el gran tema dramático y cinematográfico. Quizás sea realmente el único, apareciendo camuflado bajo el disfraz de los diferentes géneros cinematográficos. Este tema universal se aborda de forma directa en Nino (2026), pelicula que le valió el premio César a la mejor ópera prima a la directora Pauline Loquè y cuyo planteamiento central es precisamente el de un joven que se enfrenta a la posibilidad de su propia muerte. El protagonista, Nino -Théodore Pellerin, premio César al mejor actor revelación- recibe ese diagnóstico que nadie quiere escuchar en la primera escena del film. A partir de este fatídico mensaje, un anestesiado Nino, que cumple 30 años ese mismo día, comienza a digerir la idea de su propia mortalidad, en una clara metáfora sobre lo que significa convertirse en adulto. Nino es una sencilla y estupenda película francesa que no responde a los convencionalismos dramáticos -su guión fue nominado al César-, sino que sigue a Ninot, un poco por azar, en un errático deambular callejero provocado por la pérdida casual de las llaves de su piso. Incapaz de aceptar su enfermedad y mucho menos de comunicarla a los demás, Nino se irá cruzando con diferentes personajes importantes de su vida, que iremos descubriendo poco a poco: su madre (Jeanne Balibar, nominada al César), su mejor amigo (William Lebghil), una exnovia (Camille Rutheford), una compañera de instituto a la que había olvidado (Salomé Dewaels), y un tipo excéntrico -nada menos que Mathieu Amalric- en unos baños públicos. Sucesivos encuentros que van desvelando quién es Nino y que suponen también para él un viaje interior hacia la aceptación de su nueva situación y a replantearse su idea de futuro, sobre todo en esa forma vicaria de inmortalidad o trascendencia que es la paternidad. La acción se concentra en los tres días que separan el diagnóstico del inicio del tratamiento, por lo que esta película tiene algo del descenso a los infiernos de Jo, ¡qué noche! (1985) de Martin Scorsese -sin su frenetismo- y sobre todo recuerda a la obra maestra de la Nouvelle Vague, Cleo de 5 a 7 (1962) de Agnès Varda. Nino es una obra intimista, inteligente, reflexiva y filosófica sobre la pérdida de la inocencia. Sobre cómo la conciencia de la muerte recoloca todo en la vida.
NINO -MALAS NOTICIAS
Enfrentarse a la propia muerte es el gran tema dramático y cinematográfico. Quizás sea realmente el único, apareciendo camuflado bajo el disfraz de los diferentes géneros cinematográficos. Este tema universal se aborda de forma directa en Nino (2026), pelicula que le valió el premio César a la mejor ópera prima a la directora Pauline Loquè y cuyo planteamiento central es precisamente el de un joven que se enfrenta a la posibilidad de su propia muerte. El protagonista, Nino -Théodore Pellerin, premio César al mejor actor revelación- recibe ese diagnóstico que nadie quiere escuchar en la primera escena del film. A partir de este fatídico mensaje, un anestesiado Nino, que cumple 30 años ese mismo día, comienza a digerir la idea de su propia mortalidad, en una clara metáfora sobre lo que significa convertirse en adulto. Nino es una sencilla y estupenda película francesa que no responde a los convencionalismos dramáticos -su guión fue nominado al César-, sino que sigue a Ninot, un poco por azar, en un errático deambular callejero provocado por la pérdida casual de las llaves de su piso. Incapaz de aceptar su enfermedad y mucho menos de comunicarla a los demás, Nino se irá cruzando con diferentes personajes importantes de su vida, que iremos descubriendo poco a poco: su madre (Jeanne Balibar, nominada al César), su mejor amigo (William Lebghil), una exnovia (Camille Rutheford), una compañera de instituto a la que había olvidado (Salomé Dewaels), y un tipo excéntrico -nada menos que Mathieu Amalric- en unos baños públicos. Sucesivos encuentros que van desvelando quién es Nino y que suponen también para él un viaje interior hacia la aceptación de su nueva situación y a replantearse su idea de futuro, sobre todo en esa forma vicaria de inmortalidad o trascendencia que es la paternidad. La acción se concentra en los tres días que separan el diagnóstico del inicio del tratamiento, por lo que esta película tiene algo del descenso a los infiernos de Jo, ¡qué noche! (1985) de Martin Scorsese -sin su frenetismo- y sobre todo recuerda a la obra maestra de la Nouvelle Vague, Cleo de 5 a 7 (1962) de Agnès Varda. Nino es una obra intimista, inteligente, reflexiva y filosófica sobre la pérdida de la inocencia. Sobre cómo la conciencia de la muerte recoloca todo en la vida.
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