Mandan los cánones del biopic más convencional el presentar a un personaje con determinados talentos en sus orígenes, en una situación de carencia, para luego mostrarnos cómo supera obstáculos hasta alcanzar el éxito. Esas historias de superación, ejemplarizantes, aspiracionales, pueden estar muy bien, pero el italiano Pietro Marcello elige una perspectiva muy diferente en Eleonora Duse, la divina (2026). Aquí se nos presenta a la gran actriz italiana de finales del siglo XIX y principios del XX cuando ya ha alcanzado la cima de su carrera. Cuando sus grandes éxitos han quedado atrás y comienza a convertirse en una vieja gloria. Duse sufre por la tuberculosis y, sobre todo, la historia comienza a pasarle por encima. Tras la Primera Guerra Mundial y en pleno ascenso del fascismo de Mussolini, que llevará al segundo conflicto bélico, la actriz lleva años apartada de los escenarios. Lo que nos muestra Marcello son sus esfuerzos por volver al teatro, pero también su conflictiva relación con su hija, y su papel en la historia que se está desarrollando en Italia, planteando interrogantes sobre si los artistas deben meterse en política, o si es válido que sigan con lo suyo y se pongan de perfil. Todos estos elementos dan pie a un film entretenido, con el acostumbrado preciosismo visual de Marcello, aquí de nuevo con la colaboración del director de fotografía Marco Graziaplena, y un espléndido sentido del espacio, tanto en decorados interiores como exteriores, mostrándonos salones suntuosos pero decadentes, y los mágicos canales de la vieja Venecia. La historia de Duse, dramatizada, se mezcla con imágenes de archivos históricos, estrategia visual que hizo única la magistral Martin Eden (2019). Pero si aquella era un fresco histórico en el que se retrataba una época convulsa, aquí se trata de un primer plano de la protagonista, una magnífica Valeria Bruni Tedeschi, mientras la historia de Italia permanece como telón de fondo. Su actuación es tan brillante que llega a desequilibrar la película, que se vertebra a través de duelos interpretativos con el resto del reparto, con Noémi Merlant a la cabeza, que da vida a la conflictiva hija de la actriz; o el entregado productor teatral interpretado por Gabriele D'Annunzio, que no comulga con los esfuerzo de la Duse para salir adelante.

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