LA ISLA DE AMRUM -EL LADO CORRECTO DE LA HISTORIA


Cuenta la leyenda que un joven Steven Spielberg pudo conocer en persona al enorme John Ford, y que este le dio una lección que nunca olvidó: dónde colocar el horizonte dentro del encuadre. En La isla de Amrum (2026) es una maravilla cómo el cielo ocupa gran parte del encuadre al no haber montañas ni colinas en los escenarios elegidos por el director alemán de origen turco Fatih Akin, espléndidamente fotografiados por Karl Walter Lindelaub. Juntos consiguen plasmar imágenes de esas que permanecen en la memoria cinéfila. La isla de Amrum está basada en las memorias del cineasta Hark Bohm, que participa en el guión y que hace un emocionante cameo hacia el final del film. Suya es esta estimulante historia, que ocurre justo al final de la terrible Segunda Guerra Mundial, en la isla ubicada en la costa del Mar del Norte, que se convierte en un microcosmos de la sociedad alemana y de sus conflictos internos. El protagonista es un niño, Nanning (Jasper Billerbeck), que pertenece a una familia del partido Nazi y que por ello, hasta ese momento, ha gozado de privilegios. Precisamente la caída del tercer Reich coincide con el despertar a la adolescencia del muchacho, que se enfrenta a varias revelaciones sobre cómo es el mundo y cómo es la vida fuera de la protección de su hogar. Estamos ante relato ubicado en un momento clave de la historia contado desde la perspectiva de un niño en la edad de soñar y vivir aventuras. Hay algo en esta película que remite a relatos clásicos como Grandes esperanzas de Dickens, y ahí está la referencia directa a Moby Dick de Hermann Melville, pertinente porque la comunidad de Amrum se dedicó durante generaciones a la caza de ballenas.  La fantasía del chico choca con la realidad del momento: es el final de la guerra, la economía se hunde, el desabastecimiento marca el día a día de los vecinos y los enfrentamientos ideológicos están a punto de estallar. En este escenario, Nanning se embarca en su propia aventura: encontrar los ingredientes necesarios para darle un capricho a su madre (Laura Tonke), una simple rebanada de pan blanco untada con mantequilla y miel -en este planteamiento coincide con la reciente La tarta del presidente (2026)-. Una labor que se convertirá en una odisea de relacionará al niño con todo el pueblo -mencionemos la presencia de una estupenda Diane Kruger, cuyo personaje daba para más-. Algunos simpatizan con el régimen, otros esperan ansiosos su caída. Con ellos, el protagonista se verá obligado a hacer trabajos, pedir favores y proponer trueques para hacerse, poco a poco, con todo lo necesario para satisfacer a su madre, sumida en una depresión postparto que esconde más cosas. En el trayecto, Nanning se enfrentará a los prejuicios, al odio, al instinto de supervivencia en tiempos de guerra y de paso aprenderá a buscarse la vida, a enfrentarse a la muerte, a conocer al extranjero y desubrirá también el valor de la amistad. Un coming of age en toda regla. Akin es un director de estilo moderno, preocupado por los conflictos del presente, pero aquí se transforma en un narrador clásico, al estilo del ya mencionado Spielberg en su vertiente mas fordiana, el de El imperio del sol (1987) o Los Fabelman (2022) -tanto, que me parece que ese piloto que encuentra a Nanning en la playa se parece al John Belushi de 1941 (1979) y su rostro hinchado da lugar a un momento que recuerda el susto más efectivo de Tiburón (1975), película, por cierto, inspirada en Moby Dick-. Tiene algo La isla de Amrum que recuerda a la inapelable Alemania, año cero (1948), pero, claro, sin el nihilismo de la obra maestra de Rossellini: aquí no se ven las ruinas de Europa, sino el recuerdo de un momento terrible necesariamente edulcorado al ser unas memorias autobiográficas. El clímax de la película trae a la memoria otro clásico del neorrealismo italiano, es el mismo final, aunque a la inversa, de Ladrón de bicicletas (1948), un momento en el que la figura del padre -o de la madre- se desmorona pero al mismo tiempo encuentra su dignidad en el sacrificio para sacar adelante a la familia, mientras el resto del mundo, insolidario, se envilece, aunque estén del lado correcto de la historia.

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