THE MANDALORIAN AND GROGU -EL ETERNO RETORNO


¿Qué es Star Wars? Seguramente cada espectador, cada fan, tendrá una respuesta diferente, pero probablemente, para la mayoría, es esa saga que nos transporta a un mundo fantástico y misterioso, al mundo de los cuentos infantiles, los mitos y las leyendas. Vimos Star Wars en nuestra infancia y cada nueva película o serie de la franquicia es una oportunidad de reconectar con ese niño que llevamos dentro, si es que no lo hemos matado. The Mandalorian and Grogu (2026) cumple a la perfección con esa premisa: está llena de aventuras, planetas exóticos, criaturas imposibles y cuevas peligrosas, además de contar con dos héroes carismáticos dispuestos a luchar por el bien. El director, guionista y productor, Jon Favreau, ha creado una historia clásica, sin una pizca de cinismo, que captura perfectamente el espíritu de la saga creada por George Lucas. Lo que comenzó siendo una serie televisiva, The Mandalorian (2019), muy cinematográfica y el último refugio del fan para encontrar la esencia original de la franquicia, salta ahora a las salas de cine. Pero no estamos ante un episodio alargado de la serie, ni ante dos o tres capítulos editados para que parezcan un largometraje: lo que ha hecho Favreau es comprimir una temporada entera en un metraje de dos horas y doce minutos. La apuesta del director -siempre asesorado por el productor Dave Filoni, que hace su pertinente cameo- es meter todo lo que nos gusta de Star Wars en una nueva historia. El argumento es tan sencillo como que el Mandaloriano (Pedro Pascal) y el pequeño Grogu son dos cazarrecompensas al servicio de la nueva República que se dedican a capturar a los exoficiales del Imperio galáctico. No hace falta más para colocar el argumento en el carril de una montaña rusa que nos llevará a diferentes planetas y que nos hará conocer todo tipo de personajes. La película no parece pensada para llevar a los fans de la serie al cine, sino para presentar a los personajes a un público nuevo -y quizás, que estos se apunten a Disney Plus para ver la serie-. Si la serie está inspirada sobre todo en Star Wars (1977) con sus parajes desérticos, en esta película, Favreau nos lleva a revisitar El imperio contraataca (1980) y El retorno del Jedi (1983), con sus escenarios helados y selváticos respectivamente, además de una decena de guiños y momentos que riman. En la coctelera, Favreau es capaz de rescatar al clan mafioso de los Hutt, y proveerlos del ejército de droides que conocimos en La amenaza fantasma (1999). Si la serie tiene aires de wéstern de John Ford, Sergio Leone -y de Akira Kurosawa-, aquí el Mandaloriano se convierte en un detective privado en una película de cine negro, con escenarios urbanos que recuerdan a Blade Runner (1982) -o a Metrópolis (1927)-, con mafiosos, matones y peleas de boxeo amañadas. Recordemos que Lucas ya exploró esta vía noir en El ataque de los clones (2002) con Obi-Wan Kenobi (Ewan Mcgregor) siguiendo una pista que lo llevaría, precisamente, al también mandaloriano Jango Fett (Temuera Morrison). La apuesta es arriesgada, porque el resultado es una historia algo más pausada y oscura -literalmente, hablo de la fotogría- de lo esperado. Favreau sigue paso a paso el viaje del héroe del mitógrafo Joseph Campbell y satura el relato de peleas y batallas espectaculares para imprimir ritmo a la narración. Y se apoya sobre todo en el carisma de los personajes, en la estilizada armadura mandaloriana y la voz neutra de Pascal; en el carisma animatrónico de Grogu -hay que señalar que la película recoge muy bien el espíritu cómico de Jim Henson- 
y en actores de peso como Sigourney Weaver, que concentra los temas de fondo de la película, como el peligro de una vuelta al fascismo y cómo no se puede pactar con el diablo aunque el objetivo final sea loable. También hay guiños cinéfilos, como la voz de Martin Scorsese, y la introducción de personajes de otras parcelas de la franquicia, como la animada Star Wars Rebels (2014-2018). Hay para todo el mundo. Pero también hay que señalar los que pueden ser los puntos débiles de la propuesta: además de la mencionada oscuridad de las imágenes, Favreau se olvida del desarrollo de sus personajes y confía demasiado en que tienen tres temporadas a sus espaldas; quizás juega en su contra tener demasiados recursos a su alcance y hace que la película sea una acumulación de peripecias, peleas y monstruos, demasiado grande; por último, hay un exceso de criaturas digitales y el personaje de Rotta el Hutt resulta endeble, solo se salva por la voz de Jeremy Allen White. Pero lo que no se puede negar es que Favreau es un fan como nosotros -¿O quizás es Filoni?- y eso me parece evidente en la secuencia de la pelea en esa suerte de coliseo romano de criaturas extraterrestres -que luego escapan y protagonizan una maravillosa secuencia de puro caos que está entre King Kong (1933) y Los cazafantasmas (1984)-. Esos monstruosos combatientes en la arena son los mismos que los de la mítica escena de Star Wars (1977) en la que Chewbacca (Peter Mayhew) jugaba con R2D2 (Kenny Baker) y C3PO (Anthony Daniels) a una suerte de ajedrez holográfico -Dejarik, leo que se llama-. Aquellas eran misteriosas criaturas animadas con la maravillosa técnica de stop motion por el entonces joven animador Phil Tipett -descendiente directo de Ray Harryhausen-. Reencontrarme con estas criaturas en The Mandalorian and Grogu ha sido mágico porque recuerdo perfectamente la emoción y la intriga cuando las vi por primera vez en una pantalla de cine, tendría yo 8 o 9 años, en alguna reposición de la película en los años 80. Esas extrañas y misteriosas criaturas moviéndose como en un sueño, eso es para mí Star Wars.

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