Puede resultar pertinente
preguntarse qué sitio ocupa una película como Resurrection (2026),
del director chino Bi Gan, en una cartelera española donde el primer lugar de
taquilla lo ocupa un título tan fallido y sin vida como Michael (2026),
situación extrapolable a todo el mundo, por cierto, y sin que esto nos impida
decir también que bienvenida sea cualquier cosa que atraiga a los espectadores
a las salas. Pero está claro que Resurrection está en las
antípodas del cine masivo. La película ganadora del premio especial del
jurado en Cannes es una muestra -soberbia- del llamado cine de autor. Una obra
que reboza tanto talento como hermetismo en su mensaje. No vamos a caer en el
intento de describir su argumento, porque no lo tiene o, al menos, yo he sido
incapaz de captarlo. Sí que podemos apoyarnos en su planteamiento, expuesto de
forma algo misteriosa y apelando a la fantasía: la humanidad ha alcanzado la
inmortalidad al prescindir de los sueños. Pero unos pocos, los delirantes, se
empeñan en seguir soñando. Así, nos encontramos ante una película de episodios
sin relación entre ellos. Como en Los sueños de Akira Kurosawa (1990),
veremos una serie de historias extrañas, a veces incomprensibles, que pueden
ser los viajes oníricos de un delirante. El primer tramo se refiere claramente
al origen del cine, cuando este era silente, con posibles referencias al
expresionismo alemán, con algo de Fritz Lang, del Nosferatu (1922)
de Murnau y de El gabinete del doctor Caligari (1922). Es un
arranque precioso, en el que Bi Gan juega sobre todo con el decorado. Le sigue,
quizás con una lógica cronológica según la historia del cine, un episodio de
cine negro, de tipos con gabardinas, trenes nocturnos y disparos. Un poco como Europa (1991)
de Lars Von Trier. Un manto de nieve blanca marca el tercer capítulo, en el que
un tipo se mete en un templo budista abandonado, con un dolor de muelas
tremendo que parece permitirle conectar con los espíritus. El cuarto episodio
es quizás el más bonito, la historia de un timador y de una niña que intentan
colarle a un millonario que esta tiene poderes mentales. Es sin duda el pasaje
más narrativo del film, y parece evocar Stalker (1979) de
Tarkovski. A esto le sigue un segmento marcado por un portentoso plano
secuencia -pensemos en Béla Tarr- que sigue a una pareja de jóvenes enamorados
-pensemos ahora en Wong Kar-Wai- que quiere escapar de todo en una noche en la
que podría acabarse el mundo y en la que la propia cámara se convierte en el
personaje principal. Y todo esto nos lleva al principio, cuando Bi Gan nos dice
-creo yo- que todo ha sido una representación -el discurso recuerda a Holy
Motors (2012)-, cine dentro del cine. El recorrido es magnífico, con
una portentosa fotografía de Dong Jingsong, y un diseño de producción
fantástico para crear escenarios increíbles y una sorpresa en cada plano. La
imagen final, en la que unos espectadores que son seres de luz acuden a un cine
y se van apagando, nos acaba emocionando, sin saber muy bien por qué, quizás
porque nos gusta el cine, y, al fin y al cabo, se trata de eso, de dejarse
llevar y emocionarse con un arte en peligro de extinción por muy taquilleras
que sean las películas como Michael.
RESURRECTION -EL CINE
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