Uno de los grandes valores de las películas que dirigió para Hammer Films el director británico Terence Fisher es su capacidad para crear una atmósfera fantastique con el espacio dentro del plano. En algunas de sus mejores películas, los protagonistas del relato exploraban amplias estancias de caserones góticos o viejos castillos, sin percatarse de que el encuentro con el monstruo era inminente, ni de que habían traspasado inadvertidamente el umbral que separa el mundo real de lo sobrenatural. Aunando talento con el diseñador de producción Bernard Robinson y con directores de fotografía como Jack Asher, Arthur Grant o Michael Reed, Fisher era capaz de sobrecogernos cuando Van Helsing exploraba una cripta en Drácula (1958); cuando los arqueólogos entraban en una tumba egipcia en La momia (1959); cuando un aullido resonaba en los páramos en El sabueso de los Baskerville (1959); cuando una desvalida institutriz desafiaba las sombras de un castillo en Las novias de Drácula (1960) o cuando los hombres se internaban en unas ruinas en La leyenda de Vandorf (1964). Hago esta larga introducción sobre un autor clásico como Terence Fisher precisamente porque los títulos mencionados pueden parecer completamente diferentes al que nos ocupa, Backrooms (2026), película nacida de un fenómeno social y viral, un creepypasta, que en 2022 inspiró a Kane Parsons -entonces tenía 16 años- para crear un cortometraje titulado The Backrooms (Found Footage), con una narrativa fragmentada y moderna, sensibilidad del siglo XXI, y publicado directamente en Youtube. Ese primer trabajo dio paso a una serie de cortometrajes, publicados en el canal Kane Pixels, tremendamente efectivos, que acumulan millones de reproducciones. La historia, como tal, es prácticamente nula: un joven accede por accidente a un extraño lugar que se compone de habitaciones que, al explorarlas, se acaban convirtiendo en un laberinto aparentemente infinito. Este sugerente planteamiento se fue desarrollando en varios cortometrajes -algunos de apenas un par de minutos de duración- que fueron expandiendo la mitología de la ficción, girando siempre alrededor del misterio de las extrañas habitaciones. Los cortometrajes de Parsons mezclan el foundfootage -El proyecto de la bruja de Blair (1999) parece el gran referente-, el plano subjetivo típico de los videojuegos en primera persona -como en el mítico Portal (2007)-, los misterios al estilo de la serie Perdidos (2004-2010), con momentos, incluso, de videoarte, y en general, apelando a temas de ciencia ficción, conspiraciones, leyendas urbanas y con la gran sombra de Stanley Kubrick como telón de fondo, todo con la textura analógica e inestable de las cintas de vídeo. Esta mezcla cobraba sentido sobre todo por el medio: Internet. Cada cortometraje era un vídeo de origen desconocido que nos encontrábamos como por casualidad, lo que aumentaba la sensación de misterio e inquietud. Ahora, la productora A24 apuesta por el debut de Parsons en un nuevo intento de conectar con el espectador más joven, idea no demasiado diferente a la del nuevo Hollywood de los 70, que le dio cámaras de cine a Coppola, Spielberg, Scorsese o Lucas. La idea de la productora es fabricar el nuevo fenómeno del terror, con el apoyo de nombres tan importantes como James Wan, Osgood Perkins y Shawn Levy en la producción, y con un reparto de lujo con estrellas como Renate Reinsve -su sola presencia le da prestigio al proyecto-, Chiwetel Ejiofor y Mark Duplass. Eso sí, el salto de Youtube a la pantalla de cine exige un peaje. Backrooms tiene ahora un desarrollo dramático, unos personajes y temas de fondo, para transformar el concepto en un largometraje cinematográfico más digerible. De esto se encarga un guionista experimentado, Will Soodik, que le da cuerpo y estructura a un guion sugerente -aunque sin riesgo- sobre un vendedor de muebles fracasado (Ejiofor) y su terapeuta (Reinsve), que descubren esa dimensión desconocida de habitaciones vacías, despojadas de sentido, una especie de pesadilla arquitectónica. La película introduce temas interesantes como la soledad no deseada, la salud mental, los traumas del pasado y la paranoia conspiranoica, pero estos no dejan de ser los temas del terror que se está haciendo en los últimos años. Backrooms se presenta como película con su propia personalidad independiente, y como película de terror es sólida, aunque, en el camino de la adaptación, haya perdido la pureza de aquellos vídeos de Youtube. Lo mejor de la propuesta sigue siendo la imagen de una habitación vacía y misteriosa, que parece diseñada por alguien que no es humano, y que los protagonistas recorren con tanta curiosidad como miedo ante la posible aparición de lo desconocido. Exactamente lo que conseguían aquellas viejas películas góticas de Terence Fisher para Hammer Films sobre monstruos, quizás, olvidados por el tiempo.
BACKROOMS -TERROR EN EL ESPACIO (VACÍO)
Uno de los grandes valores de las películas que dirigió para Hammer Films el director británico Terence Fisher es su capacidad para crear una atmósfera fantastique con el espacio dentro del plano. En algunas de sus mejores películas, los protagonistas del relato exploraban amplias estancias de caserones góticos o viejos castillos, sin percatarse de que el encuentro con el monstruo era inminente, ni de que habían traspasado inadvertidamente el umbral que separa el mundo real de lo sobrenatural. Aunando talento con el diseñador de producción Bernard Robinson y con directores de fotografía como Jack Asher, Arthur Grant o Michael Reed, Fisher era capaz de sobrecogernos cuando Van Helsing exploraba una cripta en Drácula (1958); cuando los arqueólogos entraban en una tumba egipcia en La momia (1959); cuando un aullido resonaba en los páramos en El sabueso de los Baskerville (1959); cuando una desvalida institutriz desafiaba las sombras de un castillo en Las novias de Drácula (1960) o cuando los hombres se internaban en unas ruinas en La leyenda de Vandorf (1964). Hago esta larga introducción sobre un autor clásico como Terence Fisher precisamente porque los títulos mencionados pueden parecer completamente diferentes al que nos ocupa, Backrooms (2026), película nacida de un fenómeno social y viral, un creepypasta, que en 2022 inspiró a Kane Parsons -entonces tenía 16 años- para crear un cortometraje titulado The Backrooms (Found Footage), con una narrativa fragmentada y moderna, sensibilidad del siglo XXI, y publicado directamente en Youtube. Ese primer trabajo dio paso a una serie de cortometrajes, publicados en el canal Kane Pixels, tremendamente efectivos, que acumulan millones de reproducciones. La historia, como tal, es prácticamente nula: un joven accede por accidente a un extraño lugar que se compone de habitaciones que, al explorarlas, se acaban convirtiendo en un laberinto aparentemente infinito. Este sugerente planteamiento se fue desarrollando en varios cortometrajes -algunos de apenas un par de minutos de duración- que fueron expandiendo la mitología de la ficción, girando siempre alrededor del misterio de las extrañas habitaciones. Los cortometrajes de Parsons mezclan el foundfootage -El proyecto de la bruja de Blair (1999) parece el gran referente-, el plano subjetivo típico de los videojuegos en primera persona -como en el mítico Portal (2007)-, los misterios al estilo de la serie Perdidos (2004-2010), con momentos, incluso, de videoarte, y en general, apelando a temas de ciencia ficción, conspiraciones, leyendas urbanas y con la gran sombra de Stanley Kubrick como telón de fondo, todo con la textura analógica e inestable de las cintas de vídeo. Esta mezcla cobraba sentido sobre todo por el medio: Internet. Cada cortometraje era un vídeo de origen desconocido que nos encontrábamos como por casualidad, lo que aumentaba la sensación de misterio e inquietud. Ahora, la productora A24 apuesta por el debut de Parsons en un nuevo intento de conectar con el espectador más joven, idea no demasiado diferente a la del nuevo Hollywood de los 70, que le dio cámaras de cine a Coppola, Spielberg, Scorsese o Lucas. La idea de la productora es fabricar el nuevo fenómeno del terror, con el apoyo de nombres tan importantes como James Wan, Osgood Perkins y Shawn Levy en la producción, y con un reparto de lujo con estrellas como Renate Reinsve -su sola presencia le da prestigio al proyecto-, Chiwetel Ejiofor y Mark Duplass. Eso sí, el salto de Youtube a la pantalla de cine exige un peaje. Backrooms tiene ahora un desarrollo dramático, unos personajes y temas de fondo, para transformar el concepto en un largometraje cinematográfico más digerible. De esto se encarga un guionista experimentado, Will Soodik, que le da cuerpo y estructura a un guion sugerente -aunque sin riesgo- sobre un vendedor de muebles fracasado (Ejiofor) y su terapeuta (Reinsve), que descubren esa dimensión desconocida de habitaciones vacías, despojadas de sentido, una especie de pesadilla arquitectónica. La película introduce temas interesantes como la soledad no deseada, la salud mental, los traumas del pasado y la paranoia conspiranoica, pero estos no dejan de ser los temas del terror que se está haciendo en los últimos años. Backrooms se presenta como película con su propia personalidad independiente, y como película de terror es sólida, aunque, en el camino de la adaptación, haya perdido la pureza de aquellos vídeos de Youtube. Lo mejor de la propuesta sigue siendo la imagen de una habitación vacía y misteriosa, que parece diseñada por alguien que no es humano, y que los protagonistas recorren con tanta curiosidad como miedo ante la posible aparición de lo desconocido. Exactamente lo que conseguían aquellas viejas películas góticas de Terence Fisher para Hammer Films sobre monstruos, quizás, olvidados por el tiempo.
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