Decía Jean-Luc Godard que un travelling es una cuestión moral. Dónde colocar la cámara es lo más importante para un director de cine y esa decisión define necesariamente su mirada como artista y supone incluso una demostración de talento -o de su carencia-. En la estupenda La vida manda (1944), película que parece tener muy poco que ver con la que nos ocupa, un maestro como David Lean demostraba su precoz sabiduría narrativa al presentar en off la reacción de los protagonistas, Frank y Ethel, ante una trágica noticia, dejando el plano vacío, encuadrado desde la puerta de la casa familiar que da al jardín trasero, despojando de sentido un escenario familiar y cotidiano de tardes apacibles y tazas de té, ante la llegada insoportable de la muerte. En la sobresaliente Yo no moriré de amor (2026), la debutante Marta Matute opta también por no colocar la cámara sobre sus personajes en un momento esencial de la trama. Una decisión que se puede calificar de respetuosa, pudorosa y que, al no mostrarnos lo que ocurre directamente, provoca una poderosa reacción emocional en el espectador. Una decisión de Matute que sorprende en una ópera prima y que la coloca como una autora a seguir de cerca. Es que estamos ante una de las películas españolas del año. El guión de Matute, inspirado en su propia experiencia vital, gira alrededor de Claudia (Júlia Mascort), una chica de 18 años que está despertando a la vida, a la independencia, al sexo y al amor. Pero el coming of age de Claudia se ve violentamente interrumpido por la enfermedad de su madre (Sonia Almarcha), que la convierte en una cuidadora, lo m ismo que le pasa a su padre (Tomás del Estal) y a su hermana mayor (Laura Weissmahr). No estamos ante la historia de cómo la enfermedad paraliza a un individuo y acaba borrando su identidad, sino de cómo afecta a todo su entorno familiar, cuyas vidas se quedan en suspenso al tener que dedicarse en cuerpo y alma a cuidar a una persona dependiente. El rigor realista de Matute para contarnos esta historia deja detalles durísimos que recuerdan a la despiadada Amor (2012) de Haneke y el estupendo guión de la propia Matute se centra en lo cotidiano, en las duras tareas de cuidados, pero también en los frustrantes intentos de fuga de Claudia, desesperada por tener su propia vida, y en cómo el agotamiento y el síndrome del cuidador quemado acaban deshumanizando a esta familia, atrapada en una situación insostenible, paradójicamente, por el vínculo del amor. Una situación que acaba desnaturalizando nada menos que la noticia de la llegada al mundo de una nueva vida, en uno de los mejores momentos de esta portentosa cinta. Yo no moriré de amor es la vida, y la vida es lo que ocurre en las largas elipsis de esta película, que en otra demostración del buen hacer de su directora, tiene más peso y encuentra más profundidad en lo que no se cuenta, en los silencios, en ese "estoy bien" que repiten una y otra vez los personajes, en lo que no vemos en la pantalla.
YO NO MORIRÉ DE AMOR -LO QUE NO SE VE
Decía Jean-Luc Godard que un travelling es una cuestión moral. Dónde colocar la cámara es lo más importante para un director de cine y esa decisión define necesariamente su mirada como artista y supone incluso una demostración de talento -o de su carencia-. En la estupenda La vida manda (1944), película que parece tener muy poco que ver con la que nos ocupa, un maestro como David Lean demostraba su precoz sabiduría narrativa al presentar en off la reacción de los protagonistas, Frank y Ethel, ante una trágica noticia, dejando el plano vacío, encuadrado desde la puerta de la casa familiar que da al jardín trasero, despojando de sentido un escenario familiar y cotidiano de tardes apacibles y tazas de té, ante la llegada insoportable de la muerte. En la sobresaliente Yo no moriré de amor (2026), la debutante Marta Matute opta también por no colocar la cámara sobre sus personajes en un momento esencial de la trama. Una decisión que se puede calificar de respetuosa, pudorosa y que, al no mostrarnos lo que ocurre directamente, provoca una poderosa reacción emocional en el espectador. Una decisión de Matute que sorprende en una ópera prima y que la coloca como una autora a seguir de cerca. Es que estamos ante una de las películas españolas del año. El guión de Matute, inspirado en su propia experiencia vital, gira alrededor de Claudia (Júlia Mascort), una chica de 18 años que está despertando a la vida, a la independencia, al sexo y al amor. Pero el coming of age de Claudia se ve violentamente interrumpido por la enfermedad de su madre (Sonia Almarcha), que la convierte en una cuidadora, lo m ismo que le pasa a su padre (Tomás del Estal) y a su hermana mayor (Laura Weissmahr). No estamos ante la historia de cómo la enfermedad paraliza a un individuo y acaba borrando su identidad, sino de cómo afecta a todo su entorno familiar, cuyas vidas se quedan en suspenso al tener que dedicarse en cuerpo y alma a cuidar a una persona dependiente. El rigor realista de Matute para contarnos esta historia deja detalles durísimos que recuerdan a la despiadada Amor (2012) de Haneke y el estupendo guión de la propia Matute se centra en lo cotidiano, en las duras tareas de cuidados, pero también en los frustrantes intentos de fuga de Claudia, desesperada por tener su propia vida, y en cómo el agotamiento y el síndrome del cuidador quemado acaban deshumanizando a esta familia, atrapada en una situación insostenible, paradójicamente, por el vínculo del amor. Una situación que acaba desnaturalizando nada menos que la noticia de la llegada al mundo de una nueva vida, en uno de los mejores momentos de esta portentosa cinta. Yo no moriré de amor es la vida, y la vida es lo que ocurre en las largas elipsis de esta película, que en otra demostración del buen hacer de su directora, tiene más peso y encuentra más profundidad en lo que no se cuenta, en los silencios, en ese "estoy bien" que repiten una y otra vez los personajes, en lo que no vemos en la pantalla.
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