Muy lejos del cine histórico clásico está Magallanes (2026). Dos nombres de los artífices de esta película deberían ser suficientes para ilustrar por qué no estamos ante un biopic al uso de un personaje histórico o ante el relato aventurero de una gesta marítima tan celebrada como la primera vuelta al mundo -aunque aquí, Juan Sebastián Elcano, no aparece-. El primero es el del director y guionista filipino Lav Díaz -también se encarga aquí de la fotografía y el montaje-, cineasta independiente cuyo éxito y prestigio tiene más que ver con los festivales de cine que con la taquilla. El otro es nada menos que Albert Serra, cineasta rebelde, transgresor y arriesgado, que aparece acreditado aquí como productor. Estamos hablando de dos artistas que ven el cine de una forma muy diferente a la que se puede encontrar en la mayoría de las salas comerciales. Aunque una estrella de cine aparezca en el cartel encarnando al explorador y navegante Fernando de Magallanes, el mexicano Gael Garcia Bernal, estamos ante una película que evita las convenciones propias, digamos, del cine de Hollywood. Magallanes tiene una narrativa fragmentada, no hay construcción dramática evidente ni desarrollo convencional de los personajes, y el planteamiento visual evita la fragmentación del montaje para favorecer los planos fijos de larga duración. No encontraremos aquí, por ejemplo, ningún primer plano del actor protagonista, y sí muchos planos generales en los que la acción de los personajes se pierde en un paisaje -ya sea la selva, la playa o el mar- que aplasta a los seres humanos con la fuerza del viento, el sol o la lluvia. El retrato que se ofrece en Magallanes de los grandes logros del famoso explorador no es precisamente épico, todo lo contrario, desmitificador: le veremos herido, dolorido, quejándose amargamente o incapaz de mantener su autoridad sobre su tripulación, sobre los pueblos nativos que encuentra en el sudeste asiático, o incluso sobre sus bajos instintos. Y la expedición que capitanea el protagonista es más bien un catálogo de atrocidades -ejecuciones, torturas, violaciones- y presenta la mentalidad de la época como intolerante, racista y de un violento extremismo religioso. La película, de 164 minutos de duración, nos muestra primero a un Magallanes derrotado en una aventura anterior, para luego ser rechazado por el reino de Portugal, lo que le llevará a buscar la financiación española para emprender su famosa expedición. En esta primera mitad del film, Lav Díaz nos muestra tribus para las que el encuentro con el hombre blanco es el fin del mundo, y sobre todo el paisaje salvaje como escenario hostil. Para disfrutar de Magallanes hay que disfrutar del cine primordial, del placer pictórico y sensorial de registrar la realidad con la cámara: la lluvia sobre el agua de un río; el viento agitando las velas de un navío; las olas lamiendo la arena de una playa sobre la que descansan los cadáveres de los conquistadores. Es en la segunda parte de la película cuando Lav Díaz despliega su discurso sobre el colonialismo, sobre el choque entre los españoles y portugueses que, buscando rutas comerciales y estratégicas para dominar el mundo, quebrantan la normalidad de unos pueblos que vivían en armonía con la naturaleza, con sus propios ídolos y con sus propias costumbres. Un paraíso perdido por la llegada de hombres blancos barbados y armados con espadas dispuestos a imponer su visión del mundo a través de la guerra, que Díaz retrata sin énfasis ni subrayados, lo que no evita que su mirada sea crítica y brutal.
MAGALLANES -LA ODISEA... DE LA COLONIZACIÓN
Muy lejos del cine histórico clásico está Magallanes (2026). Dos nombres de los artífices de esta película deberían ser suficientes para ilustrar por qué no estamos ante un biopic al uso de un personaje histórico o ante el relato aventurero de una gesta marítima tan celebrada como la primera vuelta al mundo -aunque aquí, Juan Sebastián Elcano, no aparece-. El primero es el del director y guionista filipino Lav Díaz -también se encarga aquí de la fotografía y el montaje-, cineasta independiente cuyo éxito y prestigio tiene más que ver con los festivales de cine que con la taquilla. El otro es nada menos que Albert Serra, cineasta rebelde, transgresor y arriesgado, que aparece acreditado aquí como productor. Estamos hablando de dos artistas que ven el cine de una forma muy diferente a la que se puede encontrar en la mayoría de las salas comerciales. Aunque una estrella de cine aparezca en el cartel encarnando al explorador y navegante Fernando de Magallanes, el mexicano Gael Garcia Bernal, estamos ante una película que evita las convenciones propias, digamos, del cine de Hollywood. Magallanes tiene una narrativa fragmentada, no hay construcción dramática evidente ni desarrollo convencional de los personajes, y el planteamiento visual evita la fragmentación del montaje para favorecer los planos fijos de larga duración. No encontraremos aquí, por ejemplo, ningún primer plano del actor protagonista, y sí muchos planos generales en los que la acción de los personajes se pierde en un paisaje -ya sea la selva, la playa o el mar- que aplasta a los seres humanos con la fuerza del viento, el sol o la lluvia. El retrato que se ofrece en Magallanes de los grandes logros del famoso explorador no es precisamente épico, todo lo contrario, desmitificador: le veremos herido, dolorido, quejándose amargamente o incapaz de mantener su autoridad sobre su tripulación, sobre los pueblos nativos que encuentra en el sudeste asiático, o incluso sobre sus bajos instintos. Y la expedición que capitanea el protagonista es más bien un catálogo de atrocidades -ejecuciones, torturas, violaciones- y presenta la mentalidad de la época como intolerante, racista y de un violento extremismo religioso. La película, de 164 minutos de duración, nos muestra primero a un Magallanes derrotado en una aventura anterior, para luego ser rechazado por el reino de Portugal, lo que le llevará a buscar la financiación española para emprender su famosa expedición. En esta primera mitad del film, Lav Díaz nos muestra tribus para las que el encuentro con el hombre blanco es el fin del mundo, y sobre todo el paisaje salvaje como escenario hostil. Para disfrutar de Magallanes hay que disfrutar del cine primordial, del placer pictórico y sensorial de registrar la realidad con la cámara: la lluvia sobre el agua de un río; el viento agitando las velas de un navío; las olas lamiendo la arena de una playa sobre la que descansan los cadáveres de los conquistadores. Es en la segunda parte de la película cuando Lav Díaz despliega su discurso sobre el colonialismo, sobre el choque entre los españoles y portugueses que, buscando rutas comerciales y estratégicas para dominar el mundo, quebrantan la normalidad de unos pueblos que vivían en armonía con la naturaleza, con sus propios ídolos y con sus propias costumbres. Un paraíso perdido por la llegada de hombres blancos barbados y armados con espadas dispuestos a imponer su visión del mundo a través de la guerra, que Díaz retrata sin énfasis ni subrayados, lo que no evita que su mirada sea crítica y brutal.
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