DRÁCULA DE RADU JUDE -HÉROE NACIONAL


Si hacemos caso al experto David J. Skal, el irlandés Bram Stoker no se inspiró más que mínimamente en el héroe nacional rumano Vlad Tepes, conocido como el empalador, para escribir su famosa novela Drácula en 1897. Sin embargo, la relación entre el personaje histórico y el ficticio vampiro transilvano ha servido como coartada para darle un giro novedoso a varias películas -principalmente a partir de Drácula, de Bram Stoker (1992) de Francis Ford Coppola- y sobre todo, para propulsar la industria turística local de Rumanía, con mucho oportunismo y no demasiada vergüenza. Esto último lo aprovecha el director rumano Radu Jude para pergeñar su propia versión de Drácula (2026) que, más que una reinterpretación del texto clásico, es un nuevo ensayo cinematográfico del autor, en el que mezcla ficción, documental e imágenes generadas por IA, todo con el único fin de poner en solfa la sociedad actual. El hilo conductor es una representación teatral -muy cutre- para turistas en Transilvania, que incluye la persecución callejera de los dos actores principales -Gabriel Spahiu como Drácula y Alina Serban como una vampira- por parte de los espectadores armados con estacas. Una suerte de narrador (Adonis Tanta) rompe la cuarta pared para ofrecer al espectador una nueva versión de la obra de Stoker utilizando la inteligencia artificial, lo que va generando diferentes versiones del mito, que van desde la idea de que el vampiro -que aquí se confunde completamente con Vlad Tepes- pueda resucitar saliendo de una pantalla de cine; la reutilización del clásico de Murnau, Nosferatu (1922) -nombre, por cierto, que debemos a un error de traducción de Stoker, que lo recogió de una guía de viajes en la que se equivocaba su traducción del rumano como 'no muerto' según dice también Skal-; una bonita historia de amor rural; la adaptación de la primera novela de vampiros escrita en Rumanía; un cuento vulgar e irreverente sobre un campo de 'nabos'; y la tierna historia de un trabajador del aseo urbano que acude a ver a su hija al colegio cuando celebran la fiesta nacional. Radu Jude mezcla todos estos elementos en tono de absoluta farsa, burlándose de la sociedad rumana, a la que critica ferozmente; haciendo un divertido repaso por las adaptaciones cinematográficas sobre el famoso vampiro y hasta riéndose despiadadamente de las imágenes generadas con inteligencia artificial, esas que supuestamente amenazan el cine, pero que ahora mismo son patéticas. Con una curiosa afición a hablar de pollas, felaciones, sexo oral y penetraciones, Jude realiza una película muy personal, sangrienta, decididamente no para todos los públicos, que pasa a formar parte del gran ensayo crítico audiovisual sobre su país que es su obra artística.

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