EL FARO -LOS ABISMOS DE LA LOCURA


Tras debutar con la interesante La bruja, Robert Eggers firma El faro, película que supone un arriesgado salto sin red en su corta carrera cinematográfica. Se trata de un film minimalista, pero excesivo, que cuenta con solo dos personajes principales, encarnados por Willem Dafoe -estupendos sus monólogos- y Robert Pattison, en un auténtico duelo interpretativo que lleva a los dos actores hasta el límite. Y más allá. Sus personajes se enfrentan en lo que parece un comentario sobre las relaciones de poder, la lucha de clases, la explotación del hombre por el hombre. Quizás precisamente por eso, ambos acaban difuminándose, fundiéndose, confundiéndose entre ellos. Para no engañar a nadie, Eggers va desactivando poco a poco cualquier expectativa que podamos tener sobre el argumento, en una suerte de test de resistencia para el espectador, que espera inútilmente ese supuesto relevo para encargarse del faro, como si fuera Godot. Hay que decir, sin embargo, que la estructura del relato y las intenciones parecen calcadas a las de La bruja, cambiando la exploración de lo femenino por una indagación en los demonios masculinos. Además, aquí no hay coartadas, es una historia despojada de excusas argumentales y de asideros para el espectador. Comparten ambas cintas un escenario aislado para sus protagonistas, y una visión de la vida que implica trabajo duro y sufrimiento sin esperanza, además de una cuestionable creencia en un poder superior. Si en La bruja percibíamos una desconocida amenaza sobrenatural, satánica, aquí también aparece otro mundo oculto, terrorífico, pero quizás de origen psicológico. La locura. Así nos lleva Eggers, para luego dejarnos abandonados en un desenlace críptico que parece una referencia a mitos griegos como Ícaro y Prometeo, referencias que se suman a Poseidón, a las sirenas, a Lovecraft, a las historias de marinos de Melville. Con un extraño sentido del humor -¡Cuantos pedos!- Eggers propone una estética de cine primitivo, en blanco y negro y formato cuadrado, con una maravillosa fotografía expresionista de Jarin Blaschke -nominada al Oscar-. Mencionemos también la banda sonora incómoda de Mark Korven. El faro es una película exigente, a la que hay que acercarse con mente abierta para aceptar la propuesta de un director que arriesga y que evita complacer a su público.

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