Una granja durante casi un siglo. La directora alemana Mascha Schilinski se muestra ambiciosa artísticamente en la monumental El sonido de la caída (2026), ganadora del Premio del Jurado en Cannes y que exige a sus espectadores que estén a la altura de sus pretensiones. La película se divide en cuatro historias sobre cuatro chicas que viven en otras tantas épocas diferentes: poco antes de la Primera Guerra Mundial, en plena Segunda Guerra Mundial, en los años 80 durante el comunismo y en la actualidad. Todos esos tiempos y la vida de esas cuatro jóvenes se van cruzando sin avisar, obligando al espectador a resituarse constantemente. La cámara de Schilinski se asoma a cada una de estás etapas de la historia de un país como testigo mudo de acontecimientos íntimos. Alma (Hanna Heckt), Erika (Lea Drinda), Angelika (Lena Urzendowsky) y Nelly (Zoë Baier) son las niñas y jóvenes a las que conoceremos, cada una con sus conflictos y con sus familias, madres, padres y hermanas. Es fácil perderse en la enredada trama y en los continuos saltos temporales. Es complejo extraer un sentido argumental y un mensaje de todo lo que se presenta al espectador. Y seguramente es mejor dejarse llevar por el flujo narrativo -resalta el laborioso montaje de Evelyn Rack- sin prestar demasiada atención a los detalles, dejando que nos arrastre una corriente dramática de momentos emocionantes, trágicos, poéticos. La película tiene la fuerza del amplio reparto, sobre todo de actrices jóvenes, y de la recreación de cada época en sus decorados y vestuario. Las imágenes son subyugantes, con una estupenda fotografía -a destacar las escenas nocturnas, con apenas iluminación- de Fabian Gamper. Con un metraje que supera las dos horas y media, Schilinski nos exige paciencia mientras las vidas de las cuatro chicas coinciden, resuenan, se reflejan como ecos en la historia alemana. La película habla del papel de la mujer a través de las décadas, de discriminación y abusos, de incomprensión e incomunicación, de la inocencia y del despertar sexual, de la pérdida y la familia, de la vida y la muerte, de la necesidad de escapar, de huir a la otra Alemania, o de quitarse la vida -y Schilinski hace un bonito homenaje a la muy pertinente Mouchette (1967) del maestro Robert Bresson-. Un río, las anguilas que nadan en sus aguas, un granero, una pierna amputada, las moscas que buscan bocas, son algunos de los motivos poéticos que Schilinski encuentra con su cámara y que se van repitiendo de historia en historia como versos que resuenan en un poema épico que vuela muy alto y que supone la puesta de largo de una directora joven y prometedora.

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