LA CRÓNICA FRANCESA -TODO WES ANDERSON


Cada fotograma de La Crónica francesa se podría imprimir, enmarcar y colgar de la pared. La película de Wes Anderson es la culminación de su estilo visual, de esa bonita forma de hacer de cada plano una viñeta de un cómic de línea clara. La planificación de Anderson siempre me ha parecido similar a ver cajas de muñecas y creo que nunca antes había llegado tan lejos jugando con los colores, el vestuario, los decorados y la fotografía para crear pequeños universos. Cada plano es su propia historia y casi es una pena no tener más tiempo para contemplarlo. Esta perfección visual de encuadres, movimientos de cámara contados pero impecables y composiciones simétricas provoca, claro, que la película se resienta narrativamente, apoyándose exageradamente en la voz en off. Sobre todo si la vemos en versión original, la gran cantidad de subtítulos nos dejará con la sensación de haber leído un libro, o una revista. En el mismo sentido, La Crónica francesa nos recuerda la pasión que siente Wes Anderson por contar historias. Aquí son varios los pequeños relatos que aparecen con la excusa de una publicación periodística que reúne todo tipo de géneros: la breve crónica de los cambios en la vida en un barrio, la vida de un artista encarcelado, una romántica revuelta estudiantil, o la semblanza de un cocinero que se mezcla con un relato criminal. Todo esto lo cuenta Anderson con un lenguaje literario y quizás, exigiendo demasiado a su público. La película es densa y bien merece repetidos visionados para poder abarcarla, argumental y visualmente. Anderson se apoya en un impresionante elenco de actores, los mejores del momento y los habituales de su filmografía: Thimothée Chalamet, Tilda Swinton, Adrien Brody, Benicio del Toro, Léa Seydoux, Frances McDormand, Owen Wilson, una emergente Lyna Khoudri -que parece la reencarnación de Anna Karina-, un magnífico Jeffrey Wright, e incontables más. Anderson hasta se permite el lujo de tener a una actriz como Elisabeth Moss diciendo, apenas, una frase. Por encima de todos ellos, aparece Bill Murray, como el editor de la Crónica francesa, la habitual figura paterna de las películas de Anderson, que permite que sus escritores subsistan y cuenten sus historias a su manera en un canto a la libertad creativa. Al final del film, al menos yo y aunque objetivamente no me lo han contado, descubro con asombro la sensación de haber conocido a esos periodistas, de intuir cómo funcionaba esa redacción, de entender lo que significa el fin de esa publicación y de una época. Lo crepuscular y la nostalgia, creo, son temas muy del gusto de Anderson. Si Isla de perros (2018) reunía el amor del director por lo japonés, aquí es Francia y su cultura el objeto de un precioso homenaje: los pintores impresionistas, Mayo del 68, la Nouvelle Vague, la gastronomía y la ya mencionada bande dessinée. C
on La Crónica francesa, Wes Anderson lleva su cine a su máximo límite expresivo, a la suma de toda su obra previa, lo que hace muy interesante la espera por su siguiente película.

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