THUNDERBOLTS* -HÉROES DE REEMPLAZO


Los Thunderbolts fueron creados en 1997 por el guionista Kurt Busiek, con dibujos de Mark Bagley, en un momento en el que los Vengadores estaban ausentes en los cómics. El primer número de la colección nos mostraba a unos nuevos héroes -Ciudadano V, Meteorito, Pájaro cantor, Techno, Mach-I y Atlas- para desvelar al final de la historia que en realidad se trataba de supervillanos disfrazados. Era una idea divertida de Busiek, siempre interesado en explotar la historia de Marvel Comics, el detalle olvidado, para darle un giro fresco. En aquellos estupendos tebeos sin pretensiones, Busiek se valía de villanos segundones -nada de Thanos, el Doctor Muerte, Loki o Magneto- como el Escarabajo, Mimi Aulladora o, incluso, el Barón Zemo, para desarrollar una trama ligera que buscaba siempre la sorpresa y el cameo. La película que presenta ahora Marvel Studios con el título de Thunderbolts* (2025), sorprendentemente, se inspira en aquella primera aventura impresa y tiene algo de ese espíritu. Estos héroes también fueron villanos: la hermana de la Viuda Negra, Yelena Belova (Florence Pugh), Red Guardian (David Harbour), U.S.Agent (Wyatt Russell), Ghost (Hannah John-Kamen) y hasta el Soldado de Invierno (Sebastian Stan). Estos personajes y alguno más, forman parte de un grupo de antihéroes poco o nada épicos que se enfrentan a una funcionaria gubernamental sin escrúpulos, Valentina Allegra de Fontaine (Julia Louis-Dreyfus), que tras utilizar sus servicios como agentes encubiertos, quiere deshacerse de ellos. Estamos, pues, ante la versión Marvel del Escuadrón suicida. Y la película funciona bien como una comedia de acción dirigida por Jake Schreier, aunque le falte algo de ritmo, brillo e inspiración, vamos, que echamos de menos la mano de James Gunn. En la línea de lo que viene haciendo Marvel Studios con sus últimas películas, dentro de esta aventura de Thunderbolts los guionistas encajan otra historia, el arco sobre Sentry (Lewis Pullman) -creado por Paul Jenkins y Jae Lee- conocido como Vigía en España, personaje peculiar, una especie de Superman depresivo que aporta humor, pero sobre todo, oscuridad a esta película que se hubiera beneficiado de una mayor ligereza. Aún así -y a pesar de decisiones inexplicables como el papel de Taskmaster (Olga Kurylenko)- Thunderbolts* parece un primer paso correcto para que la interminable saga de Marvel Studios recupere el interés. Aunque estos personajes siguen pareciendo marginales -se echa de menos a Capitán América, Iron Man y Thor-, la presencia de actores como Florence Pugh, Sebastian Stan y Julia Louis-Dreyfus o David Harbour inyectan un carisma muy necesario para darle vida a estos superhéroes. Y ojo a la sorpresa final.

LA VIAJERA -CLASES DE FRANCÉS


El prolífico director surcoreano Hong Sang-soo práctica un cine de la calma. Sus sencillas historias nos obligan a replantearnos nuestras expectactivas cuando nos enfrentamos a una película. En La viajera (2025), Iris (Isabelle Huppert) es una mujer francesa en Corea del Sur que se dedica a dar clases particulares de francés siguiendo un curioso método pedagógico creado por ella misma. A partir de esta idea tan sencilla, 
Sang-soo va desarrollando una película en la que no parece haber, de primeras, ningún conflicto dramático. Iris da clases primero a una joven (Kim Seungyun) y luego a una pareja -Lee Hye-young y Kwon Hae-hyo- y todo se desarrolla a través de sencillas conversaciones que parecen casi improvisadas, presentadas en un plano fijo o con movimientos de cámara mínimos. No hay más. Y el espectador se pregunta, claro, cuáles son las intenciones del director, qué hay detrás de la historia que nos cuenta. Y eso también puede enganchar. Fiel a su estilo, Sang-soo nos presenta curiosas repeticiones: las dos alumnas de Iris tocan un instrumento, dicen sentirse felices al hacerlo y frustradas por no tener un mayor talento. También se repite hasta tres veces el encuentro en la calle con poemas escritos en piedras o en una placa en la fachada de un edificio. Son repeticiones misteriosas, que aportan extraños ecos en el relato y ritmo a la trama. Solo después de todo esto nos presenta Sang-soo un conflicto, entre el joven (Ha Seong-guk) que ha acogido a Iris y su madre (Yun-hee Cho). Una discusión que, para los estándares del autor surcoreano, es un estallido emocional que incluso sobresalta. Y luego vuelve la calma.

WARFARE: TIEMPO DE GUERRA -LA EXPERIENCIA DE UNA BATALLA


Dijo Francis Ford Coppola que su Apocalypse Now (1979) no era una película sobre Vietnam: era Vietnam. Salvando las distancias, Warfare: Tiempo de guerra (2025) de Alex Garland, también intenta tranmistir al espectador la experiencia bélica, pero no puede ser más distinta a la obra maestra de Coppola. Mantienendo la trama al mínimo -es curioso que Garland se hiciera conocido primero como guionista- Warfare nos avisa desde el primer momento que lo que vamos a ver está basado en los recuerdos de un grupo de soldados. A continuación, lo que se cuenta es cómo una unidad de combate en Irak, en 2006, se enfrenta a una misión que sale mal. Garland colabora y acredita como codirector a Ray Mendoza, un veterano marine que se encarga de mantener muy 
pegado a la realidad todo lo que vemos en la pantalla. Lo que se busca es el máximo verismo y mostrarnos cómo los jóvenes soldados -interpretados por Will Poulter, Kit Connor, Cosmo Jarvis, Joseph Quinn, Michael Gandolfini, Charles Melton, etc.- eligen una casa irakí como base de operaciones, la ocupan y luego se ven sitiados. Con buen pulso, Garland nos lleva desde los momentos de tensa espera a la acción frenética del tiroteo y luego al caos de las bombas y los heridos que deben ser rescatados. La idea es hacernos sentir en primera persona el fragor de la batalla y el horror del conflicto, por lo que el mensaje es claramente antibelicista. Garland evita cualquier desarrollo dramático, no conocemos a los personajes ni hay ninguna información emotiva que nos haga identificarnos con ellos: ni parejas, ni familias, ni siquiera filiaciones ideológicas o patrióticas. Garland evita mostrarnos a los superiores, y el enemigo apenas aparece en pantalla como figuras lejanas y sin personalidad. Lo que vemos son chavales asustados intentado ser profesionales en una situación sin contexto. En su anterior película, Civil War (2024), ya nos dijo Garland que no quería tomar partido, aunque sí lo hiciera al eleigir el punto de vista de unos periodistas de guerra. No sabíamos en ningún momento de qué bando eran los militares que aparecían en pantalla, pero sí se hacía una reflexión sobre el papel de la prensa que, en definitiva, se puede aplicar a toda la sociedad. En Warfare, Garland también se mantiene objetivo gracias al rigor que imprime en el relato, que describe hechos concretos y poco más. Pero la elección como argumento de una misión fallida dice mucho sobre sus intenciones -aunque el homenaje al sacrificio de los soldados sea inevitable- y quizás la imagen que resume la película, y cualquier guerra, es la de la familia irakí que se pasea desorientada por la que fue su casa, completamente en ruinas, cuando las dos facciones han abandonado el campo de batalla.

LO CARGA EL DIABLO -DOS O TRES EN LA CARRETERA


Hay algo en una road movie que siempre funciona. El trayecto que tienen marcado los personajes imprime una dirección clara en el relato, da movimiento al argumento, y facilita la identificación con el protagonista al convertirnos en su compañero de viaje. Sin ánimo de ser pedantes, nos podemos acordar de la Odisea, relato itinerario arquetípico que en el cine ha inspirado obras maestras como Centauros del desierto (1956) o estupendas cintas como O Brother! (2000), en las que el héroe, de alguna manera emprende un retorno a sus orígenes. 
Un coche, una carretera, un puñado de canciones, son todo lo que hace falta para montar una road movie, y eso es lo que hace Guillermo Polo en su debut en el largometraje, Lo carga el diablo (2025). Un escritor frustrado, Tristán (Pablo Molinero), se mete en un lío cuando decide transportar el cuerpo de su hermano (Isak Férriz) cruzando España, de Avilés a Benidorm, trayecto en el que se enfrentará a todo tipo de obstáculos en un tono de comedia negra grotesca. Los referentes de la película están claros: los perdedores existencialistas de los hermanos Coen, los ambientes criminales de poca monta de Quentin Tarantino, trasplantados al esperpento español en la línea de la recordada Airbag (1997). Por el camino del protagonista se van cruzando personajes variopintos, principalmente Álex (Mero González), una adolescente aficionada a las sustancias que trae su propia mochila y que se convertirá en la gran compañera de viaje de Tristán. Pero la película tiene además toda una fauna a la que dan vida Antonia San Juan y Manuel de Blas, Pino Montesdeoca y Emilio Buale -y hay que mencionar a la llorada Itziar Castro, en un breve papel-. Guillermo Polo tiene muy claras las imágenes de su película, de estética de cómic, con una cuidada fotografía que saca provecho a los paisajes que se van encontrando los protagonistas, y una vistosa dirección de arte de Carla Fuentes, además de una playlist con temas que van desde Pony Bravo hasta Dover pasando por Cálido Lehamo. El cóctel es potente y solo se resiente porque al guión le falta una base más sólida, aunque el segundo punto de giro sea realmente sorprendente y divertido. Polo gravita entre la comedia loca y la película de personajes, que acaban ganándose al espectador, sobre todo la pareja que forman Tristán y Álex -estupendos Pablo Molinero y Mero González- con los que nos volveríamos a subir al destartalado coche para coger corretera otra vez.

EL SEGUNDO ACTO -CINE, FICCIÓN Y CINE


Es el travelling, quizás, el movimiento de cámara que mejor representa el arte cinematográfico, el que mejor expresa que su esencia es el tiempo y, por tanto, el movimiento. Pero creo que nunca había visto que un director decidiese girar la cámara que realiza el travelling para mostrarnos los rieles por los que se mueve la misma, desnudando el truco, o, más bien, convirtiendo este recurso en un fin en sí mismo, en un bucle entre realidad y ficción. Esta es la esencia de la película El segundo acto (2025) del francés Quentin Dupieux. Si el autor de la reciente Daaaaaalí! (2024) suele jugar al metacine, aquí más que romper directamente derriba la cuarta pared: los personajes que nos presenta son actores muy conocidos del cine francés interpretando a actores muy parecidos a sí mismos -más no iguales- que se encuentran rodando una película. Léa Seydoux, Vincent Lindon, Louis Garrel y Raphaël Quenard entran y salen de sus personajes constantemente en una película que cuestiona directamente el cine en todos sus aspectos: la actual dictadura de lo políticamente correcto -¡Y el Me Too!- que puede ser necesaria pero esconde una tremenda hipocresía que acaba desactivando sus beneficios y convirtiendo el cine en algo muy falso; la vacuidad de las estrellas de cine, vistos como seres humanos inseguros y algo ruines; lo que sigue deslumbrando Hollywood -aunque esté representado por el muy independiente Paul Thomas Anderson-; la degradante transformación del cine como forma artística en 'contenidos' para plataformas, cuyos ejecutivos sueñan con utilizar la IA para abaratar costes y, sobre todo, para eliminar cualquier atisbo de alma, arte y humanidad -esta es la broma más corrosiva de la película, si tenemos en cuenta la participación de Netflix en la misma-. Sobre estos temas, 
Dupieux se despacha sin piedad, se permite ser muy incorrecto, y construye sus habituales sketches de humor para construir una película, como siempre, muy arriesgada. Lo más sorprendente de El segundo acto es cómo Dupieux se permite abandonar poco a poco la comedia para entrar en disquisiciones existencialistas -aunque siempre con humor- que dejan a un lado la crítica del cine como industria para reflexionar sobre cómo nuestra vida puede convertirse también en una ficción y a nosotros en espectadores de nuestra propia historia, lo que supone, ojo, una apuesta por la amoralidad.

UNA PELÍCULA DE MINECRAFT -CABALLO DE TROYA


Si caemos en la tentación de pensar que los espectadores solo se mueve para ir al cine masivamente para ver películas basadas en franquicias conocidas, y que llevar a la pantalla un videojuego tan popular como Minecraft tiene el éxito (casi) asegurado, se me ocurren dos posibilidades: que la obra resultante en pantalla sea un producto perezoso y soso, convencional a más no poder, porque, total, los fans van a comprar la entrada de todas maneras; o que dejen dirigir el film a Jared Hess. El director de culto, creador de una estética de lo hortera, de voluntad retro y pop, que nos ha mostrado siempre a personajes marginados, perdedores y víctimas de acoso escolar 
como Napoleon Dynamite (2004), es el sorprendente encargado de realizar Una película de Minecraft (2025). Y lo más sorprendente de todo es que Hess ha conseguido mantenerse bastante fiel a las coordenadas de sus rasgos como autor. Tras un prólogo protagonizado por Jack Black -que ya trabajó para Hess en la estrafalaria Súper Nacho (2006)- como Steve, la historia nos presenta a un viejo campeón de videojuegos, Garret Garrison (Jason Momoa) -que parece salido del documental The King of Kong (2007)-; al adolescente nerd Henry (Sebastian Eugene Hansen) y a su hermana, una trabajadora precaria, Natalie (Emma Myers). Los tres son los típicos frikis, perdedores sin un duro, inocentes e ilusos, que pueblan la fauna de las películas de Hess. Mencionemos también a los todavía más extravagantes personajes encarnados por Danielle Brooks y sobre todo Jennifer Coolidge, que completan el reparto de esta extrañísima comedia disfrazada de blockbuster rompe taquillas. Tras el primer punto de giro de la trama la acción se traslada al mundo de Minecraft y se desarrolla de una forma más convencional, con los personajes persiguiendo el típico mcguffin, con mucha acción y efectos especiales en el mundo fantástico del famoso videojuego. Pero, aún así, la película de Hess se parece más a una parodia de una cinta de superhéroes que a una aventura épica, manteniendo en todo momento el humor extravagante marca de la casa que ha cultivado el director en su filmografía. Que la película sea un éxito de taquilla y un fenómeno mediático me parece un milagro y una buena noticia.

CUSTODIA REPARTIDA -Y NO FUERON FELICES


Creada y escrita por Juanjo Moscardó y María Mínguez, Custodia repartida (2025) es un agudo estudio sobre las tensiones de la vida moderna, concretamente de las relaciones de pareja, en forma de serie de comedia. La pareja protagonista está formada por Cris (Lorena López) y Diego (Ricard Farré), que se separan de "mutuo acuerdo" y se comprometen a seguir siendo amigos en beneficio de su hija Cloe (Lucía de Gracia). Pero muy pronto, Cris y Diego descubren que estar separados es incluso más complicado que seguir siendo pareja. En cada capítulo de la serie, el guión explora un aspecto de la vida tras una ruptura sentimental: lo complicado que es anunciar la separación, la reacción del círculo de amigos, el papel de las familias, las complicaciones laborales y de vivienda, el retorno a la soltería cuando ya se tiene una 'mochila', y, sobre todo, cómo repartir el tiempo de los padres con los hijos. Dirigida por Javier Fesser, que imprime también su personalidad en la serie, Custodia repartida es una comedia con momentos humorísticos propios de su director, citemos, quizás, cuando Diego aplasta un cigarrillo con el pie descalzo para evitar que su madre (Adriana Ozores) descubra que fuma, o el personaje autoritario, rancio y conservador de su padre (Frances Orella), sobre todo en lo concerniente a las interpretaciones. La serie tiene episodios dedicados casi exclusivamente a lo cómico, como Salir, en el que los protagonistas deciden -cada uno por su lado- salir de fiesta a sus cuarenta y tantos años para descubrir que se les ha pasado el arroz. Pero la gran virtud de esta ficción es cómo consigue pasar de la comedia -más o menos efectiva, según gustos- a escenas dramáticas que resultan sorprendentemente sólidas, encarando los conflictos de la expareja para generar momentos de mucha tensión. Custodia repartida tiene buen ojo para el detalle costumbrista, retratando a los padres separados, a los suegros, a los padres del cole, pero también es un excelente estudio social de la situación actual de las parejas. Cris parece obligada a ser una mujer exitosa profesionalmente y con ambición, lo que penaliza su papel como madre y le genera culpa; mientras que Diego, menos autoexigente, prefiere ocuparse de su hija, aunque eso signifique no cumplir con su trabajo. Si a todo esto añadimos las tensiones del entorno, la exigencia de educar a los hijos mejor que nadie, los traumas que arrastra cada uno de su propia familia, nos encontramos con que, quizás, lo extraño es que no se separe todo el mundo, incluso queriéndose. Y todo esto, Custodia repartida, lo cuenta francamente bien.