Hay algo de Howard Hawks en la estupenda Los tigres (2025) de Alberto Rodríguez, que sigue los pasos de dos hermanos que se dedican al buceo profesional. Rodríguez exprime al máximo las posibilidades visuales y de emoción que hay en las inmersiones de Antonio (Antonio de la Torre) y Estrella (Bárbara Lennie), dos hermanos, cada uno, con sus conflictos personales. Rodríguez y su guionista habitual, Rafael Cobos, hacen cine clásico según el modelo de Hollywood: una historia directa y clara, la sana intención de entretener al espectador, buenos personajes y un conflicto potente. Hay aquí algo de esas películas de Hawks sobre profesionales de un oficio, personajes definidos por lo que hacen, en las que se nos muestran las relaciones entre ellos, una cierta camaradería, que Los tigres está presente en la tripulación del barco que dirige el Gordo (Joaquín Núñez), formada por buzos a los que dan vida Skone, César Vicente y Jesús del Moral, todos estupendos en sus papeles. La introducción a este mundo del submarinismo, el riesgo al que se someten los que se dedican a ello, es, de por sí, suficiente para generar interés en una película -me viene a la memoria otro título clásico, Bahía negra (1953) de Anthony Mann-, pero en manos de Rodríguez las labores de los protagonistas se convierten además en un thriller de secuencias de máxima tensión, técnicamente impecables, que sumergen -nunca mejor dicho- al espectador en las profundidades marinas para que experimente con ellos los peligros a los que se enfrentan, que no son solo los de la naturaleza de su trabajo-. Todo esto se apoya en la construcción de la relación de los dos personajes principales, esos hermanos marcados por un padre también buzo, que luchan por salir adelante, como he dicho antes, cada uno con sus problemas personales y sus traumas a superar. Rodríguez y Cobos son dos de los cineastas más inteligentes del cine español y saben dotar de humanidad a sus protagonistas de forma sútil -la forma en que Estrella baja la visera parasol del coche para que su hermano pueda dormir mejor-; saben introducirnos en un mundo nuevo con sus reglas y procedimientos, darle un giro genérico a su historia, y, ya puestos, dejar de trasfondo un comentario sobre el estado de las cosas, sobre todo en lo referente al trabajo precario, ese empleo digno que ya no es suficiente para vivir, aunque te juegues la vida. Si a esto sumamos la estupenda fotografía de Pau Esteve y la música de Julio de la Rosa, estamos ante una de las películas más sólidas de 2025.
SIEMPRE ES INVIERNO -PERDEDORES
Siempre me han parecido más interesantes las historias sobre personajes perdedores, de esos a los que todo les sale un poco mal y que suelen sentirse incómodos en el mundo. Al menos yo me identifico mucho más con el tipo que se queda sin pareja, que con el que se lleva a la chica. Es un poco ese pesimismo compensado con humor inteligente que es el cine de Woody Allen y un poco también lo que hace David Trueba en Siempre es invierno (2025) bonito y evocador título para la adaptación de su propia novela, Blitz (2014). En ella, el protagonista es un arquitecto residente en Madrid que se presenta a un concurso en Bélgica. Se llama Miguel (David Verdaguer) y es un tipo con gafas que siempre hace chistes a destiempo. Su novia se llama Marta (Amaia Salamanca) y aunque han viajado juntos desde España, volverán cada uno por su lado. En la soledad sorpresiva en la que se encontrará Miguel, en un país extraño para él, se desarrolla esta comedia romántica melancólica, de chistes de media sonrisa, que se inicia con el ruido de una freídora en un kebab, como advirtiendo que lo que vamos a ver tiene poco de grandilocuente y más bien se parece mucho a la vida real, en la que algo tan pueril como enviar un whatsapp equivocado puede arruinar una relación sentimental. Verdaguer funciona muy bien en el patetismo de su personaje, que asume sus reveses con una mueca y siempre tiene una frase de humor inteligente para salir del paso. Es un tipo que odia muchas cosas -los mimos, los cantantes, los arquitectos de éxito- pero su destino cambiará al conocer a Olga (Isabelle Renauld), una mujer bastante más mayor que él. Lo mejor de las películas de Trueba es que se nota que las hace un tipo inteligente, de mirada humanista, cuyas reflexiones te acompañan bastante tiempo después de acabarse la proyección. En Siempre es invierno, Trueba asume un par de riesgos importantes: cuando nos muestra una relación íntima que es poco frecuente en la pantalla y cuando se despega del núcleo dramático en un alargado epílogo, muy literario, que expresa a la perfección que su protagonista está un poco perdido y en busca de algo que le dé sentido a su vida. Lo que hacemos todos.
PREDATOR: BADLANDS -REBELDES
Dan Trachtenberg es ahora mismo el director a los mandos de la franquicia de Predator, y lo hace con un espíritu de serie B que me parece digno de aplauso. Tras la entretenida Predator: La presa (2022) y la animada Predator: Killer of Killers (2025) -ambas disponibles en Disney Plus- Trachtenberg estrena en cines Predator: Badlands (2025), nueva entrega del universo creado por Jim y John Thomas en la mítica película de terror y ciencia ficción de 1987. Si ya hemos visto unas cuantas veces el esquema del cazador alienígena que llega a la Tierra para acosar y matar a un grupo de humanos, en diferentes escenarios y épocas, aquí la cosa cambia radicalmente. El protagonista esta vez es el depredador, Dek (Dimitrius Schuster-Koloamatangi), lo que supone un cambio radical de perspectiva. Eso sí, nos deja sin una máscara tan chula como la que creó en su momento Stan Winston, ya que hacen falta los efectos especiales digitales para que el monstruo puede expresar un rango de emociones más amplio. El protagonismo del clásico antagonista conlleva también la creación de su propio idioma, con su propia pronunciación -que ni los Klingon, vamos- y la expansión de su lore. Este cambio radical puede suponer, claro, el disgusto del fan más tradicional de la franquicia, ese que ya peina canas y que busca infructuosamente revivir el pasado. Pero si aceptamos esta novedad, nos encontraremos con la película perfecta para tener 12 años, una historia de fantasía, llena de bichos extraños de todo tipo, y, de hecho, bastante bruta y sangrienta. El depredador pertenece a una raza, los Yautja, primitiva, belicosa, patriarcal -muy similiar a los primeros Klingon- que cree fervientenemente en la supervivencia del más fuerte. Nuestro héroe es un rebelde dentro su cultura, pero para demostrar su valía se lanza a la aventura de cazar a un monstruo, como hiciera San Jorge con el dragón o Hércules con la hidra multicéfala. La aventura se enriquece con la aparición de otro personaje, Thia -estupenda Elle Fanning, que realmente carga con el peso de la historia- que, para deleite del fan, supone el cruce definifitvo con el universo de Alien. Juntos viven una aventura espacial, llena de acción y humor, una suerte de tebeo de space opera de colores chillones con un trasfondo ciberpunk, el clásico de la saga de Alien, en el que los verdaderos monstruos no son los peligrosos alienígenas sino las grandes corporaciones sin escrúpulos.
BUGONIA -TEORÍAS DE LA CONSPIRACIÓN
De la tragedia saca una comedia Yorgos Lánthimos en la sorprendente Bugonia (2025). El griego vuelve a plantear su cine de la crueldad en este remake del film surcoreano Salvar el planeta Tierra (2003), que Lanthimos convierte en una obra completamente propia y personal. El argumento enfrenta a dos personajes: el terraplanista conspiranoico apicultor Teddy (Jesse Plemons), que parece una caricatura pero es más real de lo que pensamos; y la exitosa ejecutiva Michelle Fuller (Emma Stone), una mujer de éxito que dirige una poderosa empresa. Tras la presentación de ambos personajes, el conflicto estalla cuando Teddy secuestra a Michelle, creyéndola una extraterrestre. La historia se desarrolla como una comedia de humor negro sobre dos personajes patéticos -Teddy es ayudado por su amigo Don (Aidan Delbis)- que tienen el poder sobre una mujer acostumbrada a dar órdenes. En su línea habitual, Lanthimos eleva el grado de crueldad de los que nos cuenta, que al principio parece una parodia inocua, hasta borrarnos la sonrisa del rostro. La violencia y el sadismo que vemos en pantalla, sin embargo, desemboca en carcajas catárticas en un final extremo y desenfrenado -aunque no necesariamente sorprendente-. Bugonia podría ser un relato más de Kind of Kindness (2024) y quizás se resiente por ser demasiado larga, pero aguanta el tipo por el buen ojo detrás de la cámara de Lánthimos, la estupenda fotografía de Robbie Ryan, la estridente música de Jerskin Fendrix, y sobre todo por las magníficas interpretaciones de Plemons y Stone. La historia de la película no es más que un divertimento, pero Lánthimos tiene el talento para escribir entre líneas comentarios muy críticos sobre nuestra sociedad actual: evidentemente hay una caricatura de los conspiranoicos, pero tampoco salen bien parados los que han alcanzado el éxito; por no hablar de las oscuridades a la que nos lleva el director en el retrato de los marginados y resentidos, explotados por las grandes empresas, abusados y olvidados por la democracia, sí, pero que también son lo peor del ser humano, con referencias a la comunidad incel y a los que abrazan el extremismo por la supuesta opresión de lo woke, lo que tampoco significa que el capitalismo, su falta de escrúpulos y sus mentiras, estén libres de pecado. Curiosamente, Bugonia comparte con una película tan diferente como Una casa llena de dinamita (2025) el uso de la imagen de un dinosaurio como metáfora del destino al que parecemos abocados irremediablemente. El mensaje es el mismo.
PUBERTAT -LA UNIÓN HACE LA FUERZA
Hay una metáfora en Pubertat (2025) que me parece tremendamente afortunada: la de hablar de la sociedad a través de la imagen de los castells, esas torres humanas que, para elevarse, requieren que todos los miembros del grupo -la colla- sean solidarios, trabajen coordinadamente y tengan una confianza plena entre ellos, que todos den su consentimiento para un contacto físico que puede llegar a ser tan íntimo como incómodo. En este escenario, la directora, guionista y actriz, Leticia Dolera, introduce el conflicto en un grupo que es casi familiar y una microsociedad: se produce un presunto abuso sexual. Una situación que se complica porque los supuestos autores de la agresión y la víctima son menores, lo que acaba implicando a sus padres y a todos los miembros de la colla. Mi gran problema con esta miniserie es, seguramente, su gran virtud: Dolera apuesta por lo pedagógico antes que por lo dramático. Pubertat me parece más instructiva y necesaria que emotiva. Cada giro de guión y cada personaje parece estar apoyado en una estadística sobre cómo ocurren las agresiones sexuales y cómo se comportan las víctimas y su entorno. En lugar de concentrar el drama en los personajes implicados en el conflicto central, Dolera busca ecos en los personajes secundarios de la trama, pintando un fresco sobre las actitudes machistas, sobre el feminismo, sobre la perniciosa influencia de las redes sociales y la pornografía, sobre los miedos y prejuicios ante una denuncia tan grave. No tiene miedo Dolera de comprometer la verosimilitud de su relato haciendo que casi cada personaje encarne una problemática distinta: un matrimonio disfuncional que solo se excita con el porno; los prejuicios y la represión de la homosexualidad están presentes en hasta dos personajes; las dudas sobre qué significa la masculinidad en el siglo XXI; una relación sentimental marcada por la diferencia de edad que prácticamente es abuso de menores. Todos estos temas están relacionados con cómo afrontamos la sexualidad y la igualdad de género en nuestra cultura y además se mezclan con asuntos sociales, como la inmigración o las desigualdades económicas. La gran virtud de la serie es que Leticia Dolera evita convertir a los personajes en villanos o en héroes, pero tampoco les da el rol de víctimas. Todos tienen sus defectos, sus traumas e incluso los agresores tienen sus motivaciones, sin que ello los justifique. Pubertat no es un panfleto feminista. Y de forma valiente, la propia Dolera cuestiona su imagen pública, reconociendo que nadie tiene todas las respuestas sobre cuestiones tan complejas y espinosas. Las comparaciones con otra serie reciente, Adolescencia (2025) son inevitables: Pubertat me parece mucho más didáctica y útil, si bien es cierto que la de Netflix apuesta mucho más por la espectacularidad -ese innecesario recurso al plano secuencia- y contiene momentos dramáticos más conseguidos, y sus intérpretes vuelan más alto. A la serie de Dolera solo le puedo achacar que no intente contar una historia, sino radiografiar un conflicto social, lo que seguramente es la intención original de su autora. Así que nada que objetar.
OLIVIA Y EL TERREMOTO INVISIBLE -STOP MOTION
¿Quién dijo que el cine infantil no puede ser social? ¿Por qué las películas destinadas a los niños tienen que ser siempre un mero entretenimiento? Otro tanto se puede decir del cine de animación, víctima también de prejuicios similares. Por todo eso, Olivia y el terremoto invisible (2025) tiene que ser recibida como un milagro. Una película de animación, destinada a un publico infantil, realizada en España y, encima, con la técnica artesanal y en vías de extinción de la stop motion, que aborda temas propios del cine más concienciado. El material que firma la directora Irebe Iborra Rizo -este es su primer largometraje- parece sacado de un film de Ken Loach o Fernando León de Aranoa, traducido desde la perspectiva infantil gracias al texto que sirve de base a esta historia, La película de la vida, de Mayte Carranza. La protagonista es Olivia, una adolescente cuya vida, y la de su hermano pequeño, cambia cuando su madre, sin trabajo, se enfrenta a facturas impagadas y al desahucio. Olivia se inventará que todo lo que les pasa es una 'película' para evitarle a su hermano Tim un trauma mayor. Pero la propia Olivia no podrá evitar tener la sensación de que su vida se derrumba por un terremoto invisible. La película aborda entonces una serie de temas que seguramente serán desconocidos para la mayoría de los niños: los desahucios, la okupación, la pobreza energética y el peligro de exclusión social. Asuntos que, muchas veces sin darnos cuenta, invisibilizamos a nuestros hijos de forma, quizás, sobreprotectora. Aquí se abordan estos asuntos utilizando una animación brillante que, si bien no alcanza los niveles de perfección o espectacularidad de los grandes estudios -los pocos que quedan dedicados al stop motion-, sí cuenta con momentos brillantes y absolutamente artesanales. No perdáis la oportunidad de llevar a vuestros hijos a una película diferente, con valores, que provocará la conversación y la reflexión.
ANATOMÍA DE UN INSTANTE -HISTORIA DE ESPAÑA
La obra de Alberto Rodríguez, como director, y de Rafael Cobos, como guionista, casi siempre ha aspirado a contar la historia de España. En Grupo 7 (2012), pasando por El hombre de las mil caras (2016), la serie La peste (2017) y hasta Modelo 77 (2022), esta pareja de autores ha abordado momentos históricos como trasfondo para hacer cine de género, haciendo que el thriller sea más cercano -y aterrador- al apelar a hechos reales más o menos conocidos. La miniserie Anatomía de un instante -estrenada en una fecha tan redonda como el 20 de noviembre de 2025- es, sin embargo, una operación inversa, en la que los hechos históricos pasan a primer plano traducidos al thriller. Apoyándose en el texto de Javier Cercas y en una recreación de época brillante, la miniserie nos cuenta los momentos más tensos de la transición española: desde la muerte de Franco en 1975 hasta el intento de golpe de Estado de 1981. La narración de estos hechos es de por sí interesante, claro: de cómo Adolfo Suárez consiguió convertirse en el primer presidente de la democracia; la lucha de Santiago Carrillo por la legalización del Partido Comunista; las tensiones entre los militares franquistas a las que se tuvo que enfrentar Manuel Gutiérrez Mellado; y por último, la recreación del juicio a los golpistas. Esta lección de historia resulta ágil gracias al guión de Cobos, Rodríguez y Fran Araújo y a un soberbio trabajo de montaje -hasta cuatro créditos figuran como responsables de la edición-, mientras la música del habitual Julio de la Rosa imprime tensión y urgencia a lo que vemos. La aproximación de Alberto Rodríguez a la puesta en escena -apuntemos que Paco Baños firma uno de los capítulos- es scorsesiana, con una inventiva narrativa y visual que echa mano de todo tipo de recursos -travellings, planos secuencia, ralentizados, planos cenitales- para que las imágenes no pasen desapercibidas -en el primer episodio me ha maravillado encontrar un guiño a Siete ocasiones (1925) de Buster Keaton, cuando Suárez coge su coche para ir desde TVE hasta Zarzuela-, además del uso incidental de temas musicales conocidos para terminar de marcar el tono de lo narrado -un tema de Julio Iglesias, por ejemplo, sirve para marcar un (efímero) momento de triunfo para Suárez-. Otro recurso scorsesiano es la necesaria voz en off -de Raúl Arévalo- que impide que nos perdamos en los recovecos de la trama y ante la gran cantidad de personajes que aparecen en el relarto. Y sobre todo, Alberto Rodríguez confía en sus eficaces intérpretes: Álvaro Morte está soberbio como Suárez; Manolo Solo y Eduard Fernández siempre resultan efectivos; un sorprendente Miki Esparbé evita la caricatura, cosa nada fácil; y también hay que destacar a los golpistas: Óscar de la Fuente, David Lorente y Juanma Navas. Anatomía de un instante, en sus cuatro episodios, es un relato apasionante que juega con el punto de vista narrativo pero evita la ambigüedad: lo que cuenta es objetivo, lo que no quiere decir que el relato que se construye, y sus personajes, no tengan luces y sombras.
CAZA DE BRUJAS -CONFLICTO GENERACIONAL
En una de las mejores películas de todos los tiempos, Con la muerte en los talones (1959), Alfred Hitchcock nos muestra, de forma casi cómica, a un hombre apuñalado cayendo en los brazos de Cary Grant, que de forma imprudente extrae el arma blanca de la espalda de la víctima y la empuña justo en el momento en el que le sacan una fotografía para la prensa. El protagonista de la película queda así marcado por la sospecha de asesinato que lo convierte en el clásico falso culpable hitchcockiano. El espectador sabe perfectamente que es inocente, pero también puede entender que se haya convertido en sospechoso por un cúmulo de infortunios. En Caza de brujas (2025) el guión escrito por Nora Garrett, puesto en imágenes por el director Luca Guadagnino, nunca nos muestra lo ocurrido entre el profesor Hank Gibson (Andrew Garfield) y su alumna Maggie Price (Ayo Edebiri) en el piso de esta última. Ella le acusa de agresión sexual, pero, como ocurre en la vida real, solo sabemos lo que cuenta cada uno de los implicados. Evidentemente, las intenciones de Guadagnino y Garrett pasan por no desvelar explícitamente la verdad -aunque el desarrollo de la trama, creo yo, deja pocas dudas- manteniendo la intriga como combustible para explorar la repercusión de una acusación tan grave en las vidas del presunto agresor, de la víctima y de su entorno. En este caso, la principal afectada es la protagonista de la película, Alma (Julia Roberts), una prestigiosa profesora, nada menos que de filosofía, de la Universidad de Yale, que a pesar de su privilegiada posición sufre las presiones de una exigente carrera para escalar puestos en la jerarquía académica. Alma se ve de repente entre dos aguas ya que es colega y amiga personal de Hank y mentora de Maggie, lo que la coloca en una postura complicada entre la lealtad y el feminismo de los tiempos del Me Too, lo que pone en peligro su carrera y su vida entera. Sin embargo, Caza de brujas no se centra realmente en el asunto de la agresión sexual, sino en la brecha generacional entre el personaje de Roberts y su alumna, la forma que tienen ambas de encarar sus carreras profesionales y su legitimidad como intelectuales, todo esto, siendo mujeres que tienen que afrontar discriminaciones, humillaciones y abusos por parte de los hombres. El conflicto central sirve así para explorar las preocupaciones propias del 2025: la igualdad de género, la cultura de la cancelación, el wokismo y lo políticamente correcto, todo ello dentro de la obsesión estadounidense por el éxito y el retrato de un ambiente de clases privilegiadas. Con este material explosivo, Guadagnino presenta a sus personajes como seres humanos con luces y -muchas- sombras, enfrentados en situaciones dramáticas de alta intensidad, bergmanianas, que permiten el lucimiento de los actores. La película es incómoda por su apuesta por las aristas y por su negativa a tomar partido por ningún personaje: cada uno tiene sus razones y sus miserias, ninguno sale especialmente bien parado en una desencantada radiografía del estado de las cosas. Resulta curioso que el cine háptico de Guadagnino, siempre tan sensorial y tan capaz de crear imágenes que nos hacen sentir el tacto, el olor o el gusto, convierta aquí cada roce y cada caricia entre los personajes en un gesto sospechoso, amenazador, en la posibilidad de que el que toca esconda oscuras intenciones o de que el tocado pueda, con una sola palabra, cambiar sus vidas para siempre.
ALPHA -FAMILIA
Tras la provocadora Crudo (2016) y la inclasificable Titane (2021), la directora francesa Julia Ducournau dirige Alpha (2025) una hermosa historia que utiliza el cine fantástico para hablar de un intenso drama familiar. Una niña, Alpha (Mélissa Boros), despierta en mitad de una fiesta en la que le han hecho un rudimentario tatuaje, lo que lleva a su madre (Golshifteh Farahani) a sospechar que se puede haber contagiado de un extraño virus. La aparición de su hermano Amin (Tahar Rahim), el tío de la pequeña, complicará todavía más las cosas. Y eso es prácticamente todo. Con este sencillo hilo argumental, Ducournau explora la vida de sus personajes. Alpha es el coming of age de una adolescente que se abre a las primeras relaciones sentimentales y sexuales, que busca su propia identidad coqueteando con el alcohol, las drogas y los cigarrillos, que acaba sufriendo acoso escolar y discriminación. La película imagina una enfermedad epidémica surrealista en las que los enfermos se van petrificando, pero que se contagia y provoca los mismos prejuicios y miedos que el SIDA. Ducournau aborda también otra plaga, la de la adicción a las drogas, a través del personaje de Amin, un esforzado Rahim que prácticamente hace body horror con su propio cuerpo, en una interpretación impresionante y muy emotiva. Ducournau explora las relaciones filiales, el amor y la lealtad entre hermanos, el papel de cuidadoras -no solo de sus hijos- de la madre -no por casualidad, médica de profesión- y las herencias familiares de los migrantes con sus tradiciones, sus mitos y su naturaleza de sociedad dentro de la sociedad. Pero sobre todo, Ducornau fabrica imágenes preciosas: el rotulador que traza una línea entre las cicatrices en las venas de Amin; la aguja que se hunde en la piel de Alpha para dibujar un tatuaje que la dejará marcada en más de un sentido; los vientos huracanados que azotan a los protagonistas cada vez que intentan abandonar la seguridad del hogar; la terrorífica imagen de cómo se desmoronan los aquejados por la fantástica enfermedad, perfecta y hermosa metáfora de la decadencia física y la muerte. Sin perder su voz y sus señas como autora, Ducournau firma una tercera película diferente pero coherente, en la que su cine extraño y onírico gana enteros gracias a la humanidad de sus personajes y a una aproximación más emotiva y cálida hacia lo que cuenta, dejando de lado algunos rasgos de sus obras anteriores, como la frialdad, la voluntad de chocar al espectador, y limando una ambición artística desmedida en favor de la honestidad.
ZOOTRÓPOLIS 2 -JUNGLA DE ASFALTO
Un zorro y una coneja son, de nuevo, los protagonistas de Zootrópolis 2 (2025) dirigida por Jared Bush y Byron Howard. Nick (Jason Bateman) y Judy (Ginnifer Goodwin) son la versión animal de los protagonistas de una buddy movie de los ochenta, dos agentes de policía poco ortodoxos, que traen de los nervios a su jefe de policía, Bogo (Idris Elba). En la larga tradición de policías cinematográficos, desde Clint Eastwood a Bruce Willis pasando por Eddie Murphy, Nick y Judy consiguen detener a los malos, pero suelen dejar en mal lugar a sus superiores y destrozan media ciudad en la operación. Lo que diferencia a Zootrópolis de otras producciones para un público familiar es su voluntad de hacer una parodia de nuestra sociedad sustituyendo a los seres humanos por animales de todo tipo. Esta idea permanece como trasfondo de toda la trama, con infinitos chistes sobre cómo se comportan las bestias según su especie, provocando golpes de humor, muchas veces, más brillantes que los de la historia principal. Personalmente, me hace mucha gracia todo lo que tiene que ver con la escala de los animales: un inmenso buey bebiendo champán de una copa minúscula pensada para el tamaño de un ratón. Este rico trasfondo aporta interés, humor y ritmo a una trama argumental más bien convencional, en la que los protagonistas deben resolver un nuevo caso, el de un misterioso reptil (Ke Huy Quan) que tendrá que ver con los orígenes míticos de la ciudad. Pero todo el desarrollo de la historia, si bien frenético para que los espectadores más pequeños no pierdan el interés, resulta predecible, aunque se atreve con un argumento de cine negro a lo Chinatown (1974). Lo importante es que Nick y Judy deben aprender el valor de la amistad a pesar de sus diferencias, y los verdaderos malos de la historia son, claro, los que detentan el poder, una suerte de familia a lo Succession (2018). Y es que la película tiene más de un guiño al público adulto con referencias muy claras a El padrino (1972), El resplandor (1980) o a Pulp Fiction (1994) además de, mucho me temo, la inclusión de personajes populares como Shakira, que interpreta un par de canciones. O quizás es la misma, dos veces. Como entretenimiento infantil la película es un éxito seguro, aunque no parece destinada a convertirse en un clásico de los que dejan huella.
SILENCIO -VAMPIRAS LESBOS
En una intersección desconocida hasta ahora entre el cine de Pedro Almodóvar y las películas de vampiros de la Hammer se encuentra la miniserie Silencio (2025) de Eduardo Casanova, uno de los autores más personales del audiovisual español. Las protagonistas son unas vampiras -y hermanas- interpretadas por Ana Polvorosa, Mariola Fuentes, Carolina Rubio, Lucía Díez o Leticia Dolera, a las que veremos en diferentes momentos históricos: en una Edad Media asolada por la peste negra y en los años 80 de la epidemia del SIDA. No es, desde luego, la primera vez que el vampirismo sirve como metáfora de un tema social o político: Silencio es diáfana cuando establece relaciones entre los no-muertos y colectivos marginados como el LGTBIQ+, los enfermos de SIDA o incluso los artistas y bohemios del underground. El talento de Casanova, me parece a mí, reside en su capacidad para mostrarnos todo esto de una forma tan sencilla como visualmente impactante. El look de esta miniserie, su estética, es personal y distintiva: Casanova tiene ya un estilo reconocible con el que consigue que un presupuesto mínimo luzca como una superproducción. El diseño está cuidado al máximo: el vestuario, los decorados y sobre todo, los fantásticos maquillajes, entre el clásico vampiro de Nosferatu (1922) y la imaginación desatada del Drácula, de Bram Stoker (1992) que firmó Coppola. Maquillajes, además, que confirman la querencia de Casanova por el látex, no solo como recurso estético, sino como máscara para la galería de personajes marginados, discriminados e inadaptados que pueblan su filmografía, desde Pieles (2017) hasta Al margen (2024). Silencio tiene una trama muy sencilla que se desarrolla a través de conflictos entre personajes, que se repiten cíclicamente a través de la historia, utilizando sorprendentes diálogos coloquiales y costumbristas que aportan humor, pero que el director sabe también romper para llevar a sus actrices hasta la máxima intensidad dramática, de aliento casi teatral, como canalizando al inmenso Bergman de Gritos y susurros (1972). En el tercer capítulo, Casanova nos muestra una intensa relación entre los personajes de Lucía Díez y una estupenda María León, que nos habla de temas como el amor, el sexo, la angustia existencial, la salud mental, las adicciones y las inclinaciones artísticas, todo muy bien contado e interpretado con un solo defecto: su escasa duración. Los tres episodios de Silencio suman apenas 70 minutos en total y aunque nos quedamos con ganas de más, hay que decir que series mucho más largas cuentan mucho menos. Eduardo Casanova es único en su forma de sustituir lo narrativo por la pura imagen, creando escenas que prácticamente son instalaciones artísticas y atreviéndose con todo y sin miedo a caer en el ridículo, con un sano espíritu de provocación a lo John Waters. Muchas veces se critica que un creador sea pretencioso, pero la ambición artística -incluso fallida- nunca debería ser un defecto.
VALOR SENTIMENTAL -RECONCILIACIÓN
THE RUNNING MAN -LA REVOLUCIÓN NO SERÁ TELEVISADA
El director británico Edgar Wright se confirma como uno de los realizadores más solventes de la actualidad con la estimulante The Running Man (2025), un fantástico entretenimiento de acción, suspense y ciencia ficción, endiabladamente divertido y con un mensaje crítico sorprendente. Basada en una novela de 1982 de Stephen King -que ya fue adaptada en 1987 como vehículo para Arnold Schwarzenegger-, el argumento dibuja un futuro distópico que no es más que una exageración del capitalismo salvaje actual, con sus desigualdades, trabajos precarios que rozan la esclavitud y llevando al extremo la ausencia de un sistema sanitario público. Un tipo de clase obrera en paro, Ben Richards (Glenn Powell), intenta pagar el tratamiento médico que su hija necesita -mientras su mujer (Jayme Lawson) prácticamente se prostituye- apuntándose a un reality show en el que puedes hacerte multimillonario si consigues escapar de un grupo de asesinos que, literalmente, te persiguen para acabar con tu vida. Con este sencillo argumento, Wright fabrica una road movie con la forma de una persecución sin descanso, en la que Richards corre por su vida mientras se va cruzando con diferentes personajes que pueden ayudarle -William H. Macy, Daniel Ezra, Michael Cera o Emilia Jones-, con una estructura episódica, casi de serie de televisión. Richards se enfrenta al mefistofélico director de la cadena, Dan Killian (Josh Brolin), a un histriónico y demagogo presentador -estupendo Colman Domingo- y a un grupo de matones a sueldo paramilitares y de estética fascista -Lee Pace, Karl Glusman- en una montaña rusa de secuencias hitchcockianas en las que un falso culpable en toda regla debe correr por su vida en escenas de acción trepidante y espectacular. La pericia de Wright para la planificación y un montaje frenético consiguen que el ritmo no decaiga casi en ningún momento, todo salpicado de un sanísimo sentido del humor que salva cualquier situación inverosímil. Pero el verdadero hallazgo de The Running Man es haber dado con un héroe tan recto moralmente como enfadado con el sistema que se convierte en el símbolo de una masa enfurecida que pide un cambio en unos Estados Unidos que se parecen demasiado a los que ya conocemos. Solo falla la anticipación en colocar a la televisión como la gran representante del mal, cuando las grandes cadenas han sido desbancadas por nuevos malvados como las plataformas digitales o las redes sociales que nos dividen y nos hipnotizan. Peliculón.
JAY KELLY -CINEMA PARADISO
Si ya es difícil responder a la pregunta de qué es la vida, que seguramente todos nos hacemos a diario, la cosa se complica todavía más si la persona en cuestión es una estrella de Hollywood. El protagonista de Jay Kelly (2025) es un exitoso actor, famoso en todo el mundo, que ha superado los sesenta años de edad, y que se encuentra en un plena crisis existencial. Jay Kelly se parece mucho a George Clooney, conocido actor que le presta sus rasgos y hasta cierto punto se confunde con él, aunque sus circustancias biográficas no sean las mismas, su carrera y su peso en la historia reciente del cine vienen a ser equivalentes. Dos hechos disparan el conflicto interno en Kelly: por un lado, su hija (Gracy Samuel) se ha hecho adulta y está a punto de comenzar su propio camino como una mujer independiente; y por otro, se produce el reencuentro con un viejo amigo (Billy Crudup), que hará que el actor se remplatee toda su vida, sus decisiones y sus verdaderos méritos. El guión que firman el director Noah Baumbach y la actriz Emily Mortimer lleva a Kelly a un enloquecido viaje por Europa, detrás de su hija y para recibir un premio honorífico en Italia. La película juega entonces con diferentes elementos dramáticos, como las dudas de Kelly sobre lo que ha hecho con su vida; cierta decepción ante lo que significan realmente el éxito, el dinero y la fama; la culpa por haber dejado de lado a su familia -como la hija de un matrimonio anterior, Jessica (Riley Keough)-; además del verdadero significado del cine -no es casualidad que la película comience en Hollywood, donde el negocio es lo primero y luego viaje a Europa, donde la cosa tiene que ver más con el arte-. Kelly/Clooney se compara con estrellas del pasado, tanto americano -Paul Newman- como europeo -Marcello Mastroiani- en esta película que se ocupa del cine dentro del cine, siguiendo la tradición de El desprecio (1963) o La noche americana (1973), con un tono cinéfilo muy de Peter Bogdanovich y, curiosamente, coincidiendo en varios temas con la estupenda Valor sentimental (2025). Comparte el protagonismo con Clooney un estupendo Adam Sandler, como el sacrificado agente de Kelly, que vive su propia crisis de la madurez. Jay Kelly es una comedia dramática reposada, con un punto otoñal, a la que solo se le puede achacar que en algunos momentos caiga en el sentimentalismo y que su vocación de ganar premios parece demasiado obvia. Pero Clooney llena la pantalla y está bien rodeado de un reparto magnífico compuesto por nombres como Laura Dern, Greta Gerwig, Patrick Wilson, Alba Rohrwacher, y dos veteranos tan fantásticos como Jim Broadbent y Stacy Keach. Un homenaje nada idealizado al cine, pero también una reflexión sobre la vida y el paso del tiempo.
FRANKENSTEIN -SIN NOTICIAS DE DIOS
Todo lo que ha hecho antes Guillermo del Toro en su carrera artística le ha llevado a dirigir Frankenstein (2025). Y las ideas del clásico literario de Mary Shelley han aparecido en diferentes formas en las películas anteriores del director mexicano: empezando por el miedo a la muerte -ya desde Cronos (1993)- nucleo primordial del género Fantástico y sobre todo, del terror; pero también la concepción del monstruo como un ser incomprendido, marginado, con una relación complicada con su padre/creador, presente desde Hellboy (2004) hasta la reciente Pinocho (2022). Como director ya consagrado, que ha gozado del éxito comercial, ha ganado el Óscar y con el cariño de los fans, Guillermo del Toro está ya en el momento perfecto para emprender la adaptación de una novela clave en el terror y la ciencia ficción. El resultado es su mejor película, que consigue ser al mismo tiempo la adaptación más fiel hasta la fecha del icónico texto -a pesar de los muchos cambios que introduce- y una obra tremendamente personal en la que reconocemos al mexicano. La historia de Víctor Frankenstein -esforzado Oscar Isaac-, un estudioso de la medicina que desafía las leyes divinas al crear un hombre artificial con partes de cadáveres, está plasmada con una belleza pictórica que merece una pantalla grande -no esperéis a verla en Netflix-. Guillermo del Toro es un creador de imágenes, y su película está cuidada hasta el mínimo detalle: la fotografía de Dan Laustsen, el diseño de producción, los decorados y el vestuario, todo es una maravilla que atrapa el ojo. Y el oído: porque la música de Alexandre Desplat es también magnífica. Frankenstein es tan arrebatadora visualmente que el argumento parece ir a la zaga: es un defecto habitual en el cine de Guillermo del Toro. Sin embargo, a pesar de algunos problemas de ritmo en el primer tramo de la historia, las decisiones del director funcionan, con los mencionados cambios interesantes con respecto al original, pero sobre todo, la película se beneficia de un estupendo reparto, que además de los actores principales, se compone de intérpretes solventes como Christoph Waltz, Charles Dance, David Bradley o Ralph Ineson. Este Víctor Frankenstein, más que un mad doctor como el icónico Colin Clive, ha heredado algo del espíritu de héroe romántico de la versión de Kenneth Branagh, pero también tiene un punto del egoísmo y la maldad del científico encarnado por el gran Peter Cushing para las películas de la Hammer. En todo caso, la película cuenta con el hallazgo del personaje de Elizabeth (Mia Goth), que no es simplemente el interés romántico del protagonista, sino su auténtico antagonista, una mujer a la altura de Frankenstein y sobre todo, la autoridad moral de la historia. Mia Goth, por cierto, hace algo habitual en su carrera: un doble papel, también como la madre de Víctor, en un guiño a los dos roles de Elsa Lanchester en La novia de Frankenstein (1935), en la que encarnaba a Mary Shelley y a la novia del título. Dicho todo esto, una adaptación de Frankenstein vale lo que vale su monstruo y este me parece el gran triunfo de esta adaptación. El arriesgado diseño y el fantástico trabajo de maquillaje consiguen plasmar por primera vez la idea original de Shelley: que el monstruo sea terrorífico, pero también hermoso, gracias a los rasgos y la imponente presencia física de un estupendo Jacob Elordi. Es, para mí, la única representación de la criatura que ha conseguido proponer algo diferente y memorable sin palidecer ante la imagen canónica del personaje, encarnada por Boris Karloff y creada por el maquillador Jack Pierce. Palabras mayores.
UNA CASA LLENA DE DINAMITA -EL DÍA ANTES
Seguramente tu trabajo ya no parecerá tan estresante tras ver Una casa llena de dinamita (2025). La directora Kathryn Bigelow convierte 20 minutos de amenaza en una película de casi dos horas que no da tregua al espectador. El planteamiento es potente: un misil nuclear de origen desconocido podría caer en suelo de Estados Unidos. El guión lo firma Noah Oppenheim, experimentado productor de programas periódisticos y premiado guionista de ficción, cuya principal virtud aquí es imprimir veracidad a las acciones de los personajes valiéndose de una descripción pormenorizada de los procedimientos y protocolos que intervienen ante una crisis con potencial apocalíptico. La premisa es sencilla y aterradora, el fin del mundo puede llegar en cualquier momento y pillarnos en nuestro rutinario día a día. La historia arranca mostrándonos a una serie de personajes que desempeñan diferentes labores políticas, de defensa y seguridad nacional dentro del Gobierno de Estados Unidos, interpretados por actores más que solventes: Rebecca Ferguson, Anthony Ramos, Jared Harris, Jason Clarke, Tracy Letts, Idris Elba y varios más. A los personajes los vemos primero en sus ambientes cotidianos, con sus seres queridos y enfrentados a los problemas de todo el mundo, en breves pinceladas de caracterización, justo antes de llegar a sus puestos de trabajo, en los que los vemos desempeñarse de manera casi aburrida, como si nunca fuese a pasar nada. Hasta que algo ocurre. Bigelow realiza entonces un magnífico ejercicio de tensión que estira esos 20 minutos en los que se supone que el misil hará impacto, hasta la desesperación del espectador. Estamos ante una película de guión, en la que escuchamos constantemente siglas que nos son desconocidas y terminología técnica y militar ininteligible, pero, aún así, el relato engancha y mantiene el interés de manera ejemplar. Bigelow consigue mantener el pulso gracias a contar el mismo relato varias veces, desde diferentes puntos de vista, aportando nueva información cada vez más aterradora. El mensaje principal es, claro, el pánico nuclear, el peligro siempre presente de que todo el planeta vuele por los aires sin que nadie sepa exactamente por qué. Pero hay además una estupenda reflexión sobre el estrés laboral y la eficacia profesional. Todos los personajes que vemos son profesionales consumados que saben hacer bien su trabajo, pero también son seres humanos con dudas, inseguridades y miedos como los de todo el mundo. No hay aquí héroes ni individualismos capaces de salvar el mundo. Ni siquiera a los Estados Unidos.
LOS DOMINGOS -TERROR RELIGIOSO
Me imagino a la directora Alauda Ruiz de Azúa con una sonrisa perversa tras estrenar Los domingos (2025) en las salas de cine y dejar, en la mente del espectador, un montón de preguntas incómodas. Su película sigue la línea de la ambigüedad y de sugerir más que contar que ya encontramos en la magnífica miniserie Querer (2924) y que poco tiene que ver con su ópera prima, Cinco lobitos (2022), estupendo drama que conseguía encandilar a los espectadores con humanidad y emoción. La tercera película de la directora apuesta por la frialdad y la distancia para contarnos la historia de una adolescente que decide ser monja y el cataclismo que eso provoca en su familia. Las relaciones de parentezco son el interés central de la obra, todavía temprana, de esta autora nacida en Baracaldo. Pero el calor y la ternura de su mencionada primera cinta han desaparecido de sus historias. Tras encarar una comedia romántica por encargo de Netflix, Eres tú (2023), Alauda Ruiz de Azúa parece estar siguiendo la senda de crueles observadores de la realidad como Kubrick, Haneke o el primer Lanthimos. En Los domingos la protagonista es una mujer madura, Maite (Patricia López Arnáiz), cuyo punto de vista se mantiene durante casi toda la historia, ya que no se desvela demasiado sobre lo que pasa dentro de la cabeza del personaje principal, su sobrina Ainara (Blanca Soroa), la niña que decide apartarse del mundo para vivir en un convento de clausura y de cuyas motivaciones solo se nos dan pistas externas. El tercer vértice de este drama familiar es el padre de Ainara, Iñaki (Miguel Garcés), personaje también misterioso y distante, un enigma sin resolver. El argumento se centra sobre todo en los dos personajes femeninos, cuya evolución transcurre de forma paralela: Ainara se encuentra dividida entre seguir su vocación religiosa o vivir una vida normal. Lo primero, en pleno siglo XXI, parece una decisión extrema y sospechosa. En la película vemos siempre desde fuera a los curas y monjas que aparecen como personajes: la sonriente madre superiora a la que da vida Nagore Aranburu tampoco da pistas sobre si es una bondadosa líder espiritual o una pérfida manipuladora. La cámara nos muestra la rutina de las hermanas en el convento de forma objetiva, pero reflejando, claro, un escenario de paz, despojado de conflictos, un lugar que parece seguro y ordenado. Alauda Ruiz de Azúa establece una comparación entre el convento y el mundo adolescente de Ainara, donde encontramos lo típico: teléfonos móviles, reguetón y juegos con bebidas alcohólicas. Todo parece conducir, por cierto, a una sola cosa: el sexo. En esta comparación podemos encontrar una primera pista sobre el sentido de Los domingos: la vocación religiosa es una postura extrema, claro, pero la alternativa, una existencia corriente, haciendo lo que todo el mundo, en una sociedad que parece haber sido despojada de valores, de ilusiones y de sentido, no resulta atractiva. El espejo del futuro de Ainara es su tía Maite, una madre que apenas se relaciona con su hijo y que parece haberse desenamorado de su pareja (Juan Minujín). La crisis existencial de Maite, su mala relación con su pareja y con su hermano, no ofrecen, desde luego, un referente atractivo para su sobrina. Alauda Ruiz de Azúa coloca a este personaje en una suerte de film de terror psicológico, en el que, como Rosemary, solo ella ve que su sobrina podría ser víctima de una conspiración. En Los domingos, la directora condena el modelo tradicional que establece la familia como pilar de la sociedad, pero, al mismo tiempo, reconoce que no existe una alternativa. No hay salvación posible.
SPRINGSTEEN: DELIVER ME FROM NOWHERE -SALUD MENTAL
El director Scott Cooper hace un trabajo encomiable esquivando los clichés del biopic musical en Springsteen: Deliver Me From Nowhere (2025), proponiendo desviaciones interesantes a lo que podría haber sido un mero trabajo de encargo, eso sí, sin dejar nunca de tener en cuenta al público más amplio posible. En la presentación europea de la película en Madrid, el director reconoció una implicación emocional especial y personal en el proyecto: su padre lo introdujo en la música de Bruce Springsteen y este falleció justo antes de empezar el rodaje. Y es que uno de los temas centrales de la historia que se cuenta aquí -basada en el libro de Warren Zanes- es la relación entre el cantante y su padre, un hombre atormentado, violento, con problemas de adicciones y, sobre todo, de salud mental. Cooper utiliza esta subtrama como el motor principal de los conflictos del protagonista, un asunto no resuelto que le impide ser feliz, mantener una relación de pareja sana e, incluso, disfrutar del éxito conseguido como músico. Deliver Me From Nowhere no es el relato del ascenso a la fama mundial de Springsteen, sino que la película comienza cuando el artista ya ha triunfado sobre los escenarios y sus canciones están en las listas de lo más vendido. Lo que nos cuentan es cómo el de New Jersey compuso y grabó el álbum Nebraska (1982), un intento de exorcizar sus fantasmas que iba en contra de los intereses de la discográfica y del sentido común, si lo que se quiere es seguir en la cresta de la ola de la industria musical. Un suicidio metafórico por parte de un artista que se busca a sí mismo, que evita aprovecharse de su éxito apareciendo en talk shows y protagonizando películas -¡de Paul Schrader!- porque prefiere tocar en un garito con unos amigos que tienen un grupo de versiones. Lo que cuenta Deliver Me From Nowhere seguramente sorprenderá a los que no sean fans de Springsteen y resulta muy interesante. Nos habla, en definitiva, de la creación artística, del choque entre la expresión personal y las imposiciones comerciales de la industria. En este sentido, la película de Scott Cooper brilla y sorprende cuando nos muestra un desarrollo argumental en el que vemos a Springsteen, simplemente, componiendo canciones y encontrando la inspiración en películas como Malas tierras (1973) de Terrence Malick. Durante varios minutos de metraje, Cooper se permite la contemplación de un artista en el proceso de creación, dejando que las imágenes de su film se mezclen con las del de Malick. Y no es la única referencia cinéfila: la relación entre Springsteen -de niño- y su padre encuentra también su reflejo, oscuro, en las poderosas imágenes de La noche del cazador (1955). Son elementos interesantes en una película con vocación comercial, apadrinada por el propio Springsteen, a la que hay que perdonarle algunos subrayados demasiado obvios, o que la preciosa fotografía -de Masanobu Takayanagi- y el preciosta diseño de producción -de Stefania Cella- edulcoren el relato de la vida del cantante. Un relato que, de hecho, nos hace descender en las oscuridades del alma del artista, en el trauma y en lo que ahora llamamos problemas de salud mental. Cooper se apoya en la estupenda interpretación de Jeremy Allen White y se permite que el clímax de su película sea el rostro de su protagonista contorsionado por el llanto. Pero es que cada actor de este reparto es excelente, sobre todo Jeremy Strong como el productor -y mentor espiritual de Springsteen-, Jon Landau; además de Stephen Graham, Paul Walter Hauser, David Krumholtz o Marc Maron. Springsteen: Deliver Me From Nowhere es un entretenimiento de primer nivel que consigue sortear los clichés del biopic, con interpretaciones sobresalientes y la poderosa música de The Boss, que además sorprende con una interesante reflexión sobre la creación artística.
UN SIMPLE ACCIDENTE -VÍCTIMAS Y VERDUGO
El arranque de Un simple accidente (2025) del iraní Jafar Panahi no puede ser más sugestivo: la casualidad hace que se crucen los destinos de un trabajador, que fue víctima de las torturas del régimen, con su posible torturador. Este hecho fortuito pone en marcha un motor argumental que nunca se detiene y que va acumulando situaciones y personajes, ya que otras posibles víctimas del verdugo se van presentando en la historia sucesivamente. El conflicto central es, claro, un dilema moral: ¿Tienen derecho las víctimas a la venganza? ¿No las deshumaniza eso y las iguala a los torturadores? Esta película, rodada con pulso urgente y de forma clandestina por Panahi, sirve para retratar un país, porque, durante la trama, somos testigos de cómo funciona la sociedad iraní a través de diferentes situaciones que van desde una boda hasta la llegada de una nueva vida al mundo. Y en esas situaciones, los personajes se revelan. El grupo de actores que forma el reparto, todos colocados alrededor de ese hombre que parece un tipo corriente, un padre de familia, pero que podría ser un cruel instrumento del poder, recuerda al elenco de una obra teatral y el propio Panahi cita la célebre Esperando a Godot de Samuel Beckett. Pero la historia ocurre en múltiples escenarios, lejos está de ser estática, y tiene momentos de puro cine, como el uso expresivo del sonido entrecortado de una pierna falsa que señala al sospechoso y que sirve también para una moraleja impactante: la víctima nunca podrá desprenderse del trauma de la tortura. Un simple accidente es una de las películas más importantes del año, aunque su desarrollo sea oscuro y desesperanzado. Panahi demuestra ser un humanista al atreverse a igualar víctimas y verdugo, pero no en el odio, sino en el sufrimiento. ¿Quién es culpable entonces?
LA DEUDA -CINE SOCIAL
Daniel Guzmán escribe, dirige y protagoniza La deuda (2025) un drama de tintes sociales que se puede ver como una radiografía del desolado panorama actual y de los problemas a los que nos enfrentamos como país. Uno de ellos es el desempleo, situación en la que se encuentra Lucas -el propio Guzmán- que convive y cuida de Antonia -entrañable Charo García, en su primer papel en el cine- una mujer mayor y dependiente. El tercer problema que se aborda es, quizás, el que lo engloba todo: la vivienda. Lucas y Antonia se enfrentan a un desahucio inminente y el primero hará todo lo posible por encontrar dinero lo más rápido que pueda para no quedarse sin techo. Y eso significa, claro, problemas. Guzmán, en su tercera obra como director, se muestra ambicioso, ya que utiliza este planteamiento de realismo social para plantear un drama sobre los errores que cometen los desesperados y sobre la culpa, que muchas veces conlleva un castigo que puede ser necesario, pero no necesariamente justo. Guzmán introduce entonces otros temas, como la culpa -en el personaje de Itziar Ituño- y la solidaridad, encarnada en la enfermera a la que da vida Susana Abaitua. Y no tiene problemas, como director, en hacer que el argumento vaya mutando del conflicto social al drama íntimo e incluso se introducen elementos de thriller criminal y hasta algunas secuencias de acción. Un cóctel arriesgado, muy en la línea del cine actual -pienso en las películas de Jacques Audiard- pero que llevan a la película al límite de lo verosímil y al desequilibrio, por la acumulación de peripecias: la subtrama sobre la pérdida y la culpa se habría beneficiado de un desarrollo mayor. Aún así, la película deja la sensación de un esfuerzo encomiable por parte de Guzmán.
BALA PERDIDA -STRIKE ONE
De alguna forma, lo mejor y lo peor de Darren Aronofsky es su ambición artística. Una vocación de trascendencia que resultaba promotedora en Pi (1998) y que ha dado pie a una carrera tan irregular como interesante. Así, sin mucho ruido, se estrena en cartelera Bala perdida (2025) en la que el autor de ¡Madre! (2019) parece abandonar sus ínfulas de autor para entretenernos con un thriller que mezcla violencia y risas partiendo de un planteamiento hitchcockiano: un hombre común, un simple barman llamado Hank (Austin Butler), se ve envuelto por casualidad en una trama criminal que pone en grave peligro su vida y la de todos los que lo rodean. El escritor Charlie Huston adapta su propia novela en una historia que puede resultar inverosímil -¿y qué más da?- pero que es ciertamente divertida: Aronofsky es un buen narrador y sabe hacer uso de la planificación y del montaje para mantener el motor en marcha. Bala perdida parece una película de los 90 y de hecho está ambientada en Nueva York en 1998: diálogos ágiles, personajes cool, situaciones extremas y referencias a la cultura popular -en este caso, el béisbol, el punk rock-, violencia, algo de sexo y mucho humor (negro), en la línea del primer Tarantino o Guy Ritchie. La clave del éxito son los personajes: Butler se deja querer, pero, además, está Zoë Kravitz como la novia que cuaqluiera querría tener, además de actores de reparto con tanto carisma como Matt Smith, Regina King -y hasta un caricaturesco Bad Bunny- y en papeles menores unos estupendos Vincent D'Onofrio, Liev Schreiber y Carol Kane -por no hablar del cameo de Laura Dern, esperad hasta el final- y un Griffin Dune que parece haber sido elegido en el casting para decirnos que esto es una versión punk de Jo ¡Qué noche! (1985) de Martin Scorsese. Hay que aplaudir entonces que Aronofsky se tome la molestia de entretenernos durante 90 minutos, algo que tampoco resulta sencillo de hacer, pero sí hay que reconocer que esta puede ser su película más convencional -ese trauma que debe superar el protagonista-. Después de todo estamos hablando del director de cintas fallidas tan interesantes como La fuente de la vida (2006) o la inclasificable Noé (2014). Lo comido por lo servido.
THE SMASHING MACHINE -EL HOMBRE BLANDENGUE
Parece necesario ver The Smashing Machine (2025), primera película en solitario de Benny Safdie, en el espejo de otros films que han abordado, por un lado, los deportes de lucha y, por otro, el tema de la violencia. Esta es la historia (real) de Mark Kerr (Dwayne Johnson), un excampeón de la lucha libre que se apunta a un deporte todavía en pañales, las artes marciales mixtas. Esto es importante, porque se hace hincapie en que los protagonistas del relato -real y ficticio- son pioneros en una disciplina en la que no tienen referentes, no hay récords que romper ni campeones históricos a los que derribar como sí le ocurría a Rocky Balboa (Sylvester Stallone) ante el inalcanzable Apollo Creed (Carl Wheathers) en la mítica Rocky (1976) y sus secuelas. Digamos que aquí Mark Kerr se enfrenta a sí mismo, a sus propias dudas, a su adicción a los medicamentos para el dolor y, sobre todo, a una tormentosa relación sentimental con su pareja, Dawn (Emily Blunt). En su guión, Safdie explora la masculinidad de su luchador como lo hace Martin Scorsese en su obra maestra, Toro salvaje (1980), en la que vemos el auge y caída de otro personaje real, Jake LaMotta (Robert DeNiro), el típico héroe de la filmografía del director -y de la de Paul Schrader-, un tipo atormentado por la culpa, en busca de redención e incapaz de controlar sus impulsos violentos con su pareja o con su propio hermano y entrenador. Pero Safdie nos habla de un personaje opuesto a LaMotta, que puede ejercer la violencia dentro del ring pero en su vida privada es un tipo amable, controlado e incapaz de hacerle daño -físicamente- a nadie. Safdie explora así las nuevas masculinidades y nos muestra a hombres musculosos y de una fuerza física tremenda, capaces sin embargo de mostrar sus emociones, que van desde las lágrimas al cariño más sincero -la relación de amistad entre Kerr y el luchador Mark Coleman (Ryan Bader) es otro eje central del film- mientras el único personaje femenino del relato, una estupenda Blunt, parece desorientada ante la vulnerabilidad de su pareja, e incluso llega a pedirle, en varios momentos, que la maltrate físicamente, como si eso fuese sinónimo de hombría. Quizás el núcleo temático de The Smashing Machine es esa escena en una feria en la que Mark Kerr no se atreve a subirse a una atracción giratoria, mientras su chica no tiene problemas en hacerlo -lo que lleva al homenaje más inesperado a Los 400 golpes (1959)-. Safdie despliega una eficaz puesta en escena impresionista que se basa en colocar la cámara en lugares realistas, con un estilo documental, pero también como si viéramos los combates a través de imágenes grabadas por un espectador con el móvil, que luego han sido subidas a la red. Una puesta en escena inmersiva sobre todo gracias al montaje, que firma también Safdie, y que mantiene la atención del espectador durante un ajustado metraje de dos horas. The Smashing Machine propone una mirada sobre un deporte violento en sus inicios -hoy es tremendamente popular y genera millones de dólares en todos el mundo- y nos enseña a sus combatienes despojados de épica, evitando en todo momento mostrarnos los triunfos del protagonista, esquivando incluso el clímax de la tensión acumulada por la rivalidad -que no enemistad- entre Kerr y Coleman, y tomando una decisión que es una declaración de intenciones al enseñarnos al Mark Kerr de la vida real haciendo la compra como cualquier hijo de vecino.
MASPALOMAS -ARMARIOS
La estupenda Marco (2024) de Aitor Arregi y Jon Garaño planteaba como tema la vida como un relato -que puede ser falso- pero también el choque entre la idea que tenemos de nosotros mismos y la imagen que proyectamos en los que nos rodean. Marco -un inmenso Eduard Fernández- decidía vivir una mentira a riesgo de ser descubierto y crucificado socialmente. En Maspalomas (2025), Arregi y Garaño nos presentan a un personaje en cierta forma inverso: Vicente siempre fingió ser quien no era hasta que decidió dejarlo todo para 'salir del armario', provocando, paradójicamente al contar la verdad, el rechazo de todo su entorno familiar y social. Precisamente, en la película nos presentan a Vicente (José Ramón Soroiz) viviendo en lo más parecido al paraíso: una playa infinita llena de hombres jóvenes y atractivos que se divierten y mantienen relaciones sexuales entre ellos. Poco a poco, ese paraíso de piel y sudor se irá resquebrajando, Vicente será expulsado y descubriremos su pecado original. La vida obliga a Vicente a descender a los infiernos y, desde allí, a enfrentarse a su pasado, a reencontrarse con su hija, Nerea (Nagore Aranburu), y a iniciar un complejo viaje emocional que le pilla ya con 76 años. Con este argumento, Arregi y Garaño construyen minuciosamente una película tan dura como emocionante, optimista a pesar de todo y muy humana. Cinematográficamente la cámara se esfuerza en hacernos sentir el sol quemando en nuestra piel, el sudor de los cuerpos que se frotan, la arena que se ha quedad metida en una zapatilla. La fotografía de Javier Agirre deslumbra: es luminosa en el paraíso y tenebrosa en las profundidades del supuesto infierno de una residencia para la tercera edad. La atrevida música de Aránzazu Calleja imprime un toque original a la película, que en algún momento podría caer en el drama social más convencional y apagado. Pero Arregi y Garaño juegan muy bien sus cartas y desde una sólida construcción de su protagonista, apuntan temas de gran calado para la reflexión del espectador: el drama muy real que supone para las personas mayores del colectivo LGTBIQ+ ingresar en una residencia donde muchas veces se ven obligados a volver a entrar en 'el armario'; pero también se habla del peso de las decisiones vitales, del choque entre el individuo y su familia, de la vejez y el deseo sexual, y de cómo los planes se acaban trastocando casi siempre por la enfermedad, la muerte o una pandemia mundial. En definitiva, la vida. Con una portentosa interpretación de Soroiz, Maspalomas reflexiona sobre la identidad individual y la libertad de ser nosotros mismos. ¿Es Maspalomas, el destino turístico gay, un oasis de libertad para los homosexuales o un gueto y en definitiva un armario gigante? ¿Y debemos reivindicar por encima de todo nuestra identidad cueste lo que cueste? Maspalomas narra una historia emocionante y además plantea preguntas importantes que debe resolver cada espectador.
UNA BATALLA TRAS OTRA -BRECHA GENERACIONAL
En Una batalla tras otra (2025), Paul Thomas Anderson representa la brecha generacional en ese dispositivo que distancia hoy a los padres de sus hijos: el teléfono móvil. Puede parecer simple, pero no deja de ser cierto. La pequeña pantalla negra, satanizada por los que tienen más de 40 años, es convertida en la fuente de todos los males por el protagonista de la película, el paranoico Bob Ferguson, al que da vida Leonardo DiCaprio, ese actor que siempre intenta conseguir la mejor interpretación de la historia. Sin embargo, para la hija de 16 o 17 años de Bob, Willa -fantástica Chase Infiniti-, como para la mayoría de los adolescentes, el maldito móvil es, simplemente, su forma natural de comunicarse con el mundo. Un mundo, claro, que ha cambiado mucho desde que Bob Ferguson era un revolucionario antisistema junto a su amada Perfidia Beverly Hills -ese es su nombre de combate- interpretada por una magnética Teyana Taylor. Ambos son jóvenes radicales, idealistas y fogosos en el portentoso prólogo de esta película en el que también se nos presenta al villano de la función, el coronel Steven J. Lockjaw, encarnado por un Sean Penn tan pasado de rosca que no puedes dejar de mirarle. Ese prólogo representa una suerte de paraíso perdido en el que la lucha antisistema era posible: de tono erótico-político es casi una actualización de La Chinoise (1967) o de Sympathy for the Devil (One plus One) (1968), ambas dirigidas por Jean-Luc Godard allá por Mayo del 68. Tras este inicio y una elipsis temporal, se nos muestra a Bob como un tipo acabado, el cerebro frito por el consumo de drogas, que se ha convertido en un padre con graves dificultades para comunicarse con su hija. Porque Una batalla tras otra es también la historia de un padre y su hija. Entonces reaparece un vengativo Lockjaw y Bob tendrá que emprender una loca aventura para rescatar a Willa y para escapar de las autoridades. Durante 162 minutos, que pasan volando, Paul Thomas Anderson, inspirado en la novela Vineland de Thomas Pynchon, nos coge del cuello y mete nuestra cabeza en una comedia satírica, tremendamente política, con muchísima acción, dirigida con mano maestra y con un ritmo que casi no permite recobrar el aliento -el montaje, a ritmo de trailer, lo firma Andy Jurgensen- en una prodigiosa narración audiovisual que no necesita de explicaciones ni diálogos informativos (casi) para crear personajes que nos importen. Eso sí, hay que subirse al carro a toda velocidad. El acabado visual es deslumbrante, la fotografía es de Michael Bauman que rodado en formato VistaVision-; y la música extraña y estimulante, firmada por Jonny Greenwood de Radiohead, lo que da lugar a una obra cinematográfica redonda y mayúscula. Anderson nos cuenta una historia como solo el cine lo puede hacer, y con ella realiza la radiografía más perfecta de su país, hablándonos de ideales perdidos; de siniestros grupos secretos de hombres blancos privilegiados y racistas que se ocultan bajo sonrisas decentes; y de militares enloquecidos y estúpidos, llenos de contradicciones, que sueñan con formar parte de la élite, cuando no son más que tontos útiles con flequillo. Sorprendente -nunca sabes qué va a pasar- y endiabladamente entretenida, Una batalla tras otra consigue ser política sin dejar que sus reflexiones y dardos oculten una historia estimulante que en su clímax resulta emocionante. Anderson apuesta por cosas que ya no se llevan en la ficción actual: personajes simpáticos -además de los protagonistas, mencionemos a Benicio del Toro- y un tono que evita el pesimismo que impera en los tiempos que corren. Posiblemente la mejor película que verás este año.
JONE, A VECES -ASÍ ES LA VIDA
Sensible, cercana y autobiográfica es Jone, a veces (2025), ópera prima de la directora Sara Fantova que propone como protagonista a Jone -estupenda Olaia Aguayo, también en su primer papel- una joven veinteañera que se encuentra en pleno tránsito hacia la vida adulta: el primer amor, el descubrimiento de su sexualidad, pero también la llegada de las responsabilidades. Lo que diferencia este coming of age de otros relatos similares es que la vida modifica los planes de Jone colocando a su padre (Josean Bengoetxea) también en un momento vital de descubrimiento, aunque opuesto: el de la enfermedad y la conciencia de la muerte. Mientras Jone está experimentando un estimulante despertar como mujer y persona, debe intentar afrontar la responsabilidad de cuidar de su padre enfermo y atender a su resabida hermana pequeña. Unas responsabilidades que, lógicamente, complican que Jone sea capaz de vivir plenamente todo lo que le está pasando. Este es el conflicto central de una película que Fantova mantiene apegada al realismo, haciendo coincidir el relato con la semana grande de Bilbao y mostrándonos siempre a los personajes en situaciones cotidianas y reconocibles. Pero también es cierto que Fantova trasciende el costumbrismo para dejarse llevar por lo poético en varios momentos, apoyándose en la fotografía de Andreu Ortoll y en la música de Pablo Seijo para expresar en la pantalla las emociones de los personajes. Hay además un recurso argumental afortunado: el uso del diario del padre de Jone -en la vida real, el padre de Fantova- que emparenta a esta directora con Carla Simón y esa necesidad artística de contar la historia propia.
MI AMIGA EVA -EL JUEGO DEL AMOR
Es fácil recomendar el 'esfuerzo' de ir a una sala de cine para ver una película como Mi amiga Eva (2025). Una historia sencilla, muy bien contada, que nos distrae de las miserias de la vida diaria durante 100 minutos de oro, lo que no quiere decir que no tenga también la capacidad de hacernos reflexionar. Dirige Cesc Gay, que ya nos tiene acostumbrados a hablarnos, sin estridencias, de la vida y sobre todo del amor -o de la ausencia de este-, haciéndonos sonreír más de una vez, pero también generando alguna emoción en el pecho, porque Eva es uno de esos personajes que no se olvidan. Le da vida una magnífica Nora Navas, protagonista absoluta del relato, que con su gesto -no le hacen falta muchas palabras- nos hace entender perfectamente sus anhelos -nos identificamos, claro- y sobre todo sus miedos -que son también los nuestros-. Por eso entendemos su torpeza cada vez que miente -lo hace mucho- y su timidez para atreverse a buscar lo que en realidad todos buscamos. Alrededor de esta Eva, que es una mujer madura, casada y con hijos, la película coloca a un reparto de personajes secundarios que, ya sabemos, son la clave del éxito de cualquier comedia romántica. Ese elenco de actores cumple a la perfección: Rodrigo de la Serna, Juan Diego Botto, Miki Esparbé, Marian Álvarez, Francesco Carril -que se roba cada una de sus escenas-. Todos están estupendos y recitan diálogos muy divertidos escritos por Gay y por el premiado guionista Eduard Sola. Y entre Roma y Barcelona discurre esta película entre Bridget Jones y Woody Allen que va ganando enteros mientras vamos conociendo a Eva, a la que la vida no le regala más que sinsabores y problemas, a cuyo alrededor se mueve un circo de personajes ridículos pero entrañables, en una cinta redonda de esas que sin mucho ruido te reconcilian con la vida. Para qué vamos al cine, si no.
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