El director noruego Halfdan Ullmann Tondel es nada menos que nieto de Ingmar Bergman y Liv Ullmann, y se estrena en el largometraje con La tutoría (2025), incómoda cinta que lleva al escenario escolar las tensiones y miedos de la sociedad occidental actual. Temas como la imposibilidad de ponerse de acuerdo sobre una realidad objetiva cuando hay versiones encontradas; el miedo a la cancelación ante la posibilidad de traspasar unos límites que no siempre son claros; las dudas de una generación sobre cómo criar a sus hijos para que no cometan los mismos errores, se escenifican en el encorsetado y políticamente correcto escenario de un colegio. Una madre (Renate Reinsve) es citada por una profesora (Thea Lambrechts Vaulen) y el director del centro (Oystein Roger) para una tutoría cuando se acusa a su hijo de seis años de conducta inadecuada con otro niño, cuyos padres (Ellen Dorrit Petersen y Endre Hellestveit) también acuden a la reunión. La tensión es máxima entre padres y profesorado mientras la historia -conviene saber lo menos posible- se va desarrollando a través de revelaciones sobre la identidad de los niños y las relaciones previas de sus padres, que tienen un pasado más bien convulso. Ullmann Tondel narra todo esto con buen pulso, en principio su aproximación a la historia es realista, pero pronto veremos que este director se atreve con interesantes fugas expresivas que rompen la narración objetiva. Ullmann Tondel no tiene problemas en adoptar fórmulas propias del cine de terror -esos pasillos solitarios del colegio que parecen albergar una amenaza desconocida-, o incluir un número musical con coreografía incluida, o esa lluvia que parece providencial y que empapa completamente al personaje de Reinsve, como purificándola. Pero, sobre todo, La tutoría es un recital interpretativo de la magnífica Renate Reinsve, con momentos muy intensos en los que la cámara permite que la actriz acapare la atención: no solo en la lúdica secuencia de baile ya mencionada, sino en los diferentes estados de ánimo que abarcan todo el espectro emocional -miedo, rabia, culpa, deseo sexual-, que podemos resumir en la catártica secuencia del incontrolable ataque de risa en la que Reinsve se deja llevar, hipnotizando a la cámara, al director, y al espectador.
LA TUTORÍA
El director noruego Halfdan Ullmann Tondel es nada menos que nieto de Ingmar Bergman y Liv Ullmann, y se estrena en el largometraje con La tutoría (2025), incómoda cinta que lleva al escenario escolar las tensiones y miedos de la sociedad occidental actual. Temas como la imposibilidad de ponerse de acuerdo sobre una realidad objetiva cuando hay versiones encontradas; el miedo a la cancelación ante la posibilidad de traspasar unos límites que no siempre son claros; las dudas de una generación sobre cómo criar a sus hijos para que no cometan los mismos errores, se escenifican en el encorsetado y políticamente correcto escenario de un colegio. Una madre (Renate Reinsve) es citada por una profesora (Thea Lambrechts Vaulen) y el director del centro (Oystein Roger) para una tutoría cuando se acusa a su hijo de seis años de conducta inadecuada con otro niño, cuyos padres (Ellen Dorrit Petersen y Endre Hellestveit) también acuden a la reunión. La tensión es máxima entre padres y profesorado mientras la historia -conviene saber lo menos posible- se va desarrollando a través de revelaciones sobre la identidad de los niños y las relaciones previas de sus padres, que tienen un pasado más bien convulso. Ullmann Tondel narra todo esto con buen pulso, en principio su aproximación a la historia es realista, pero pronto veremos que este director se atreve con interesantes fugas expresivas que rompen la narración objetiva. Ullmann Tondel no tiene problemas en adoptar fórmulas propias del cine de terror -esos pasillos solitarios del colegio que parecen albergar una amenaza desconocida-, o incluir un número musical con coreografía incluida, o esa lluvia que parece providencial y que empapa completamente al personaje de Reinsve, como purificándola. Pero, sobre todo, La tutoría es un recital interpretativo de la magnífica Renate Reinsve, con momentos muy intensos en los que la cámara permite que la actriz acapare la atención: no solo en la lúdica secuencia de baile ya mencionada, sino en los diferentes estados de ánimo que abarcan todo el espectro emocional -miedo, rabia, culpa, deseo sexual-, que podemos resumir en la catártica secuencia del incontrolable ataque de risa en la que Reinsve se deja llevar, hipnotizando a la cámara, al director, y al espectador.
SATURDAY NIGHT -EN VIVO Y EN DIRECTO
¿Qué es la comedia? Los grandes cómicos parecen responder a la manida imagen del payaso llorando, como si fuera necesaria una herida muy profunda en el alma para ser capaz, paradójicamente, de hacer reír a los demás. El mítico programa de televisión estadounidense, Saturday Night Live, que sigue emitiéndose desde 1975 en la cadena NBC y en directo, consiguió convertir en estrellas a una increíble cantidad de cómicos polémicos, excesivos y trágicos, empezando por John Belushi y el agresivo Chevy Chase, sin olvidar al entrañable Chris Farley o al marciano Andy Kaufman. Las personalidades complicadas, el abuso de las drogas y el alcohol marcan la leyenda de un programa que surgía de la contracultura estadounidense cuando todavía se estaba librando la guerra de Vietnam. El programa fue la idea de un escritor y productor, Lorne Michaels, que aparece como protagonista en la película del mismo nombre Saturday Night (2025), dirigida por Jason Reitman, hijo de Ivan Reitman, autor de un puñado de estupendas comedias de los años 80 en las que, precisamente, trabajo con actores que dieron el salto al cine desde aquel formato televisivo, como Dan Aykroid o Bill Murray. Aquí, Lorne Michales -interpretado por- es un joven ambicioso que busca iuna suerte de revolución catódica, sin saber muy bien lo que eso significa. El programa que tiene en su cabeza es una innovadora amalgana de sketches en directo, cortometrajes pregrabados, actuaciones musicales y hasta los muppets de un genio como Jim Henson. Pero cuando comienza la película nada de esto está claro. Ni siquiera que el presidente de la cadena (Willem Dafoe) vaya a dar su visto bueno para la emisión del nuevo show. Así que Saturday Night está planteada como una cuenta regresiva hasta el momento de la emisión ¿Estará listo el equipo? ¿Serán suficientes los ensayos? ¿Firmará su contrato John Belushi? Una carrera contra el tiempo que adopta la forma, pertinente más allá de las modas de 2025, de un plano secuencia, o de varios sucesivos, que intentan transmitir la sensación de caos, inmediatez y urgencia de un programa de televisión en directo. Michaels debe luchar contra técnicos veteranos que se ríen de su juventud -una buena manera de plantear la brecha generacional-; contra cómicos díscolos -precisamente, el incontrolable Belushi y el talentoso, pero agresivo Chase-; además de sus propias inseguridades, una relación sentimental en crisis, las dudas de la cadena y el consumo descontrolado de drogas. El casting representa fielmente a los cómicos originales, se busca y se consigue el parecido físico con las personas reales, y la recreación histórica permite recrear lo que puede haber sido la atmósfera en ebullición de semejante reunión de personalidades artísticas, creadoras y egocéntricas. Reitman no consigue evitar que su película sobre la contracultura se convierta en la enésima historia sobre el éxito y la consecución de un sueño -¿americano?- pero también es cierto que logra capturar la esencia del mítico programa que en definitiva consiste en atrapar eso que llamamos comedia, sea lo que sea.
TRON: ARES
Tron: Ares (2025) es un desastre sin paliativos, una nueva oportunidad perdida de hacer algo interesante con un universo de ficción, sobre todo, de estética estimulante. Para ser justos, hay que admitir que la película original, Tron (1982) no estaba precisamente bien escrita y sus primeros 40 minutos eran caóticos y difíciles de seguir. Décadas después, la película dirigida por el noruego Joachim Ronning y protagonizada por Jared Leto como Ares, fracasa también y consigue introducir al espectador en esta nueva entrega de una saga que en realidad no existe. La cosa pinta mal desde el principio cuando se nos introduce a la historia a través de confusos fragmentos de informativos que intentan refrescar la película de 1982 y, de paso, presentarnos un nuevo escenario que reitera la idea de conflictos empresariales ya presente en la original, además de introducir un concepto de moda como la inteligencia artificial -que, sin ese nombre, también estaba en la primera película-. Se nos presentan aquí a los nuevos personajes: Eve Kim (Greta Lee), la heroína y Julian Dillinger (Evan Peters), el principal antagonista, además del ya mencionado Ares y su compañera (Jodie Turner-Smith). El problema es que, aunque las escenas se suceden, nunca llegamos a entender del todo las relaciones entre ellos: Eve Kim sufre la pérdida de su hermana (creo) pero esta idea nunca tiene peso dramático; Dillinger quiere dominar el mundo (creo) trayendo al mundo real a los programas del mundo informático. No sé muy bien por qué. Las secuencias informativas y de puro diálogo se suceden de forma confusa -ni siquiera la presencia de la Gillian Anderson consigue darle sentido a sus escenas- y el espectador solo respira en las escenas de acción, que no son más que los momentos clásicos de Tron traídos al mundo real. La mayoría, encima, ya las habíamos visto en el tráiler, verdaderamente astuto ya que consigue vender la película y la sugerente idea de introducir el mundo de Tron en el mundo real. Un concepto visualmente potente, pero que, bien pensado, no da para más que para un chascarrillo, que en realidad es una mala idea y que en el desarrollo argumental de la película no se justifica en ningún momento ni se le saca provecho. Jared Leto resulta terrible en su papel de programa informático que se va humanizando poco a poco, arco dramático que revela que estamos ante un remake encubierto de Terminator (1984) y Terminator 2 (1991), aunque James Cameron tuvo la decencia de apoyar su guión en el trillado esquema del viaje del héroe -aunque resolviendo las situaciones con ingenio- mientras que aquí los guionistas -o los ejecutivos que hayan pedido reescrituras infinitas absurdas- no consiguen hacer. Con estructurar el argumento de forma lineal, sencilla y poco original, habría bastado. Solo se salva la molona música de Nine Inch Nails -Trent Reznor y Atticus Ross tienen un cameo como pilotos de avión-, la espectacularidad de los efectos especiales y la nostalgia de las secuencias que recrean la estética del Tron original.
FIVE NIGHTS AT FREDDY´S 2 -TERROR JUVENIL
Five Nights at Freedy's 2 (2025) es una secuela directa de la primera película, basada en el popular videojuego del mismo nombre, lo que marca claramente esta producción de Blumhouse. Lo primero, el espectador que no esté familiarizado con el videojuego, que no haya visto la primera entrega o que, habiéndola visto, haya olvidado los detalles del argumento, se encontrará perdido en una historia de argumento algo caótico que no se esmera demasiado en dar explicaciones ni en aclarar quiénes son los personajes y su situación, ni en contar detalles sobre el lore de este terrorífico universo. Así, nos encontramos con tres personajes principales, Vanessa (Elzabeth Lail), Mike (Josh Hutcherson) y su hermana Abby (Piper Rubio), trío traumatizado por los eventos de la primera entrega. Tras un prólogo que presenta una nueva trama y una nueva amenaza, Marionette, el argumento se desarrolla de forma irregular, mezclando tramas y subtramas: la relación entre Vanessa y Mike; un festival en el pueblo que celebra los hechos de la primera cinta como si fuera Halloween; una feria científica en la que participa Abby; la aparición de un grupo de parapsicólogos youtubers; y varias cosas más que se van sucediendo sin que nada se desarrolle de forma convincente. El guión de Scott Cawthon, Seth Cuddeback y Emma Tammi, esta última, directora de la cinta, es poco consistente y prefiere centrarse en fabricar set pieces que funcionan de forma correcta, pero de manera aislada. Los animatrónicos -creados por el taller de Jim Henson- tienen un atractivo visual innegable, mientras que Marionette es terrorífica, aunque una derivación clara del cine de James Wan, el muñeco de Saw, el Kaonashi de El viaje de Chihiro (2001) que parece salida de un creepypasta. Five Nights at Freedy's 2 no pasa de ser una cinta de terror correcta, pero la ausencia casi completa de violencia y escenas sangrientas -sustituidas estas por sustos y jump scares- la convierte en la forma ideal de iniciar a los adolescentes en el terror. Estos, además, si son fans del videojuego, conectarán completamente con la propuesta.
LA VOZ DE HIND -TRAGEDIA Y GENOCIDIO
Nada le roba el sentido a la existencia como la muerte de un niño. Siempre parece injusta, inoportuna, prematura. Y los niños son, claro, las víctimas más dolorosas de cualquier guerra, por ser los menos culpables de todos. La voz de Hind (2025) es la historia real de una niña palestina de seis años, atrapada en un coche tiroreado por el ejército israelí en Gaza, que consigue comunicarse por teléfono con un servicio de emergencias para pedir que la rescaten. La película dirigida por la tunecina Kaouther Ben Hania está más cerca del documental que del cine de ficción tras tomar una decisión estética y moral: la de utilizar la grabación real de la llamada de auxilio de Hind y las conversaciones desesperadas que mantuvo con el equipo de voluntarios de Media Luna Roja. Alrededor de ese documento sonoro, la película recrea y dramatiza lo que ocurre en el centro de operaciones, utilizando a un grupo de personajes que intenta ayudar a la niña por todos los medios a su alcance, aunque no estén siempre de acuerdo en cómo deben hacerlo. Con esta trama, el guión nos presenta a un reducido grupo de personajes: Omar (Motaz Malhees), Mahdi (Amer Hlehel), Nisreen (Clara Khoury) y Rana (Saja Kilani), que viven y sufren la agonía de Hind de diferentes maneras, produciéndose conflictos entre ellos y, sobre todo, enfrentándose a sus propias conciencias ante un conflicto que los supera. En un solo escenario, con pocos personajes y casi en tiempo real, La voz de Hind se esmera por generar tensión con lo que ocurre fuera de campo y de hecho lo consigue en varios momentos. Pero está claro que la verdadera fuerza de esta película, apoyada por estrellas de Hollywood como Brad Pitt, Joaquin Phoenix, Rooney Mara o Jonathan Glazer que han servido como productores asociados, es su denuncia de un genocidio, poderosa gracias al uso de materiales e imágenes reales que se mezclan, lo mejor posible, con la ficción.
RONDALLAS -FEEL GOOD MOVIE
Lo mejor que se puede decir de Rondallas (2026) de Daniel Sánchez Arévalo es que recuerda a estupendas comedias sociales británicas como Billy Elliot (2000) o Pride (2014), por citar solo mis favoritas. Los vecinos de un pequeño pueblo gallego viven prácticamente de luto tras un naufragio en el que murieron varios pescadores. Dos años después de la tragedia, deciden recuperar la ilusión reorganizando su rondalla, una agrupación musical tradicional con la que participarán en un concurso contra otros municipios. Esta sencilla trama sirve a Sánchez Arévalo para fijarse en varios personajes del pueblo, como Luis (Javier Guitiérrez), implicado directamente en el naufragio -y en las rondallas-; la viuda del capitán del barco naufragado, Carmen (María Vázquez) y sus hijas, Andrea (Judith Fernández); otro superviviente, Yayo (Carlos Blanco); un policía municipal, Xoel (Tamar Novas) con una relación algo dependiente de su hermano; o un joven que vuelve al pueblo tras haberse ido a estudiar al extranjero, Elías (Fer Fraga). Cada uno de estos personajes tiene su propio conflicto personal -tambiñen romántico- e incluso encarna problemas sociales como la salud mental, la discapacidad, y el trabajo precario, de forma más bien sutil. Y Sánchez Arévalo hace que estos personajes se embarquen en la creación y ensayos de la rondalla como una forma de superar los sinsabores de la vida y los problemas a través del esfuerzo, la dedidación, la solidaridad, la música y el baile. Rondallas es una película de buenos sentimientos, una feel good movie en toda regla, perfecta para ver en familia, en la que el director hace gala de una mirada humanista que no juzga a sus personajes, los presenta con sus fallos y defectos, los perdona y consigue que el espectador se identifique y sienta cariño por ellos. Todo narrado eficazmente, con buenas interpretaciones -los actores se mezclan con rondalleros reales-, una fotografía cálida -Rafa García- y un estupendo montaje -Miguel Sanz Esteso- que convierte as actuaciones de las rondallas en emocionantes ejercicios de tensión.
STRANGER THINGS -TEMPORADA 5- POR FIN
Stranger Things se despide de Netflix con una quinta temporada de duración absurda -¡Más de 10 horas!- y de presupuesto aparatoso. Los hermanos Duffer comenzaron su andadura en esta ficción con una simpática serie juvenil con elementos de fantasía y terror, que se apoyaba en la nostalgia por los años 80 y saqueaba sin vergüenza ideas de Stephen King pasadas por la sensibilidad de Steven Spielberg y con una banda sonora que recuerda a John Carpenter. Cuatro temporadas después, el argumento le sigue dando vueltas a lo que ocurre en el mundo del revés sin haber desarrrollado demasiado a los personajes, eso cuando los actores que los interpretan se han convertido en adultos. La quinta temporada se presenta entonces como el gran final de una historia debidamente promocionada por Netflix y por el marketing derivado, ocnsiguiendo un éxito masivo, mientras algunos espectadores, como yo, nos sentimos como Carlos Boyero, bostezando sin entender de qué va la cosa. Maldita sea. Precisamente, revisando un episodio de la primera temporada para hacer memoria de por qué empecé a ver esta serie desde un principio, me sorprendió encontrarme con una escena: una fiesta adolescente en una piscina, en la que los chavales fumaban, bebían y trataban de perder la virginidad. En aquellos tiempos, Steve Harrington (Joe Keery) intentaba ligar con Nancy Wheeler (Natalia Dyer), y lo conseguía, mientras Jonathan (Charlie Heaton), aparecía como un voyeur más bien sórdido, siempre con su cámara. Era una secuencia con la energía de un coming of age para Nancy, que se atrevía a tener su primera relación íntima con el guaperas malote del instituto. Recordaba esta escena vagamente, pero me pregunto si la energía de esa secuencia, hasta cierto punto naturalista y costumbrista, se ha perdido en la quinta temporada. Desde luego, convertida en un fenómeno mundial, Stranger Things ha desterrado las incómodas referencias al tabaco, el alcohol y el sexo, porque sabe que llega a un público que ya incluye al infantil. En el mismo sentido, los escenarios reconocibles se han perdido, sustituidos por lugares fantásticos y apocalípticos, es decir, por pantallas verdes y cromas. No existe ya sense of wonder, la irrupción de lo fantástico en la habitación de un niño que podríamos ser cualquiera de nosotros, sino espectaculares escenas de acción sin conexión con lo real, o, más bien, con ninguna emoción humana. La quinta temporada solo puede jugar la baza del giro sorpresa y solo genera tensión apoyándose en la posible muerte de personajes.
Mi problema con Stranger Things tiene que ver también con su guión. Pongo como ejemplo una secuencia que he encontrado irritante, en el cuarto episodio, titulado Sorcerer, que bien puede resumir lo que no me gusta de esta serie. Los personajes transitan por un túnel, embarcados en una peligrosa misión para destruir a un ser maligno y bajo la amenaza de ser detectados por fuerzas militares. En este contexto, de la nada, Robin (Maya Hawke) decide contarle a Will Byers (Noah Schnapp) una anécdota íntima, que tiene que ver con su vida sentimental -y con su homosexualidad-. El por qué alguien, en una situación de peligro cósmico, decide confesarse emocionalmente o intentar ayudar a un amigo que pasa un mal momento, se me escapa completamente. No hay ningún elemento argumental ni la más mínima excusa dramática que dé lugar a este diálogo, que detiene completamente la acción argumental. Que ese diálogo luego tenga su importancia en el clímax de ese mismo capítulo, solo evidencia la gratuidad de un guión que siempre busca lo más fácil y conveniente.
Stranger Things se compone de escenas de narrativa visual, más o menos conseguidas, que dan paso a largos diálogos de soap opera, en el mejor de los casos, cuando no somos sometidos a largas explicaciones y sobreexplicaciones que, lejos de aclarar, enredan lo que no es más que una historia que nos suena de sobra. Hay una extraña voluntad de sobrecargar los primeros capítulos de esta quinta temporada con reuniones de los personajes trazando planes que luego intentarán poner en práctica en un ciclo que se repite cansinamente. Explicar las cosas una y otra vez para unos espectadores que verán cada episodio con un ojo puesto en su teléfono móvil. Por suerte, el desbordante capítulo final, de más de dos horas de duración, funciona estupendamente como un clímax de unos sesenta minutos, con mucha acción, en el que por fin la historia se convierte en algo parecido a esa partida de Dungeons & Dragons que ha sido referencia -superficial- de toda la serie. Eso sí, tras el gran desenlace, hay un epílogo que, inexplicablemente, se extiende durante otros 60 minutos.
Con demasiadas referencias a It (1986), pero, sobre todo, a la saga de Pesadilla en Elm Street comenzada en 1984, el gran problema de Stranger Things, al menos para mí -con mis 50 años a cuestas- es que todo suena a ya visto. Y la mención explícita a películas como El retorno del Jedi (1983) -de la que se copia su estructura en subtramas que divide en grupos a los personajes- o Indiana Jones y la última cruzada (1989), más que un guiño cómplice acaba siendo una invitación a ver esas películas, porque eran mucho mejores. Lo más curioso es que la serie, iniciada en 2016, ha tenido tiempo de alcanzar a una nueva generación de niños que se están enganchando a la ficción de los hermanos Duffer, que son conscientes de ello y recogen esta idea en el episodio final. A mis hijos, por cierto, les está encantando la serie, asi que, quizás, tampoco está tan mal.
THE MASTERMIND -ARTE Y CONFORMISMO
Kelly Reichardt dirige The Mastermind (2025), una película ambientada en los años 70 en Estados Unidos como si fuera una película de época, como si hubieran pasado 100 años, en una aproximación no demasiado diferente de su wéstern First Cow (2019). Aunque en este mismo 2025 se ha producido un sonado robo en el Louvre de París, Reichardt asegura que el robo del museo que perpetra su protagonista, James (Josh O'Connor), solo podía ocurrir en aquellos años predigitales y analógicos, de teléfonos fijos y coches enormes de ventanillas de mecanismo manual. James es un padre de familia, un tipo algo frustrado, que perpetra un robo chapucero que dispara una investigación criminal de andar por casa y una fuga por las carreteras secundarias estadounidenses sin ningún glamur. La película es reposada, concentrada en los tiempos muertos, y su concepción de la comedia es mostrarnos a James, en tiempo real, ocultando torpemente los cuadros robados en un granero. Criminales torpes y policías sin prisa en una trama criminal que recuerda a los hermanos Coen pero sin su gusto por la comedia loca. Reichardt reincide en su interés pictórico por el paisaje por el que se mueven sus personajes -la fotografía es de Christopher Blauvelt- e imprime un ritmo de thriller utilizando música de jazz para darle tensión y dinamismo al relato -Rob Mazurek, compositor, músico de jazz y cornetista, firma la banda sonora-. Pero el verdadero paisaje detrás de las desventuras de James, que intenta dar un golpe maestro para que su mujer (Alana Haim) y su padres -Bill Camp y Hope Davis- dejen de verlo como un fracasado, es político y social. Estamos en los Estados Unidos de Nixon, Vietnam y los hippies. Y en ellos, James paga un alto precio por su individualismo y su falta de compromiso. Cuando por casualidad se infiltra en una manifestación pacifista, nos recuerda al vagabundo que se mezclaba por error con unos obreros en huelga en la obra maestra Tiempos Modernos (1936) de Charles Chaplin. Ninguno de los dos personajes parece tener ningún compromiso político, pero James es mucho más cínico y egoísta que Charlot, a pesar de su actitud pasiva y su masculinidad desorientada. Reichardt, de alguna manera, coincide en The Mastermind con Paul Thomas Anderson y hace la versión del slow cinema de Una batalla tras otra (2025), con la que haría una interesante doble sesión. Son dos de las mejores películas del año.
AVATAR: FUEGO Y CENIZA -LA GRAN AVENTURA
FATHER MOTHER SISTER BROTHER -LA FAMILIA
En Father Mother Sister Brother (2025), Jim Jarmusch ha dejado de fumar y ha cambiado el alcohol por brindis ¡con agua! -o incluso con té-. El director nacido en Ohio ha ganado en sabiduría vital, echa la mirada atrás, y nos presenta una película madura sobre las relaciones familiares, sobre padres e hijos, con la serenidad del maestro Ozu. Con una estructura similar a la de Mystery Train (1989) o Noche en la Tierra (1991), esto es, varios episodios, en diferentes ciudades, sin relación argumental, pero con coincidencias temáticas y elementos, algo misteriosos, que se repiten -el agua, el té, el tío Bob, los relojes Rolex-. En el primer segmento, dos hermanos, Jeff (Adam Driver) y Emily (Mayim Bialik) visitan a su padre (Tom Waits) en el campo; luego, Timothea (Cate Blanchett) y Lillith (Vicky Krieps) acuden a su cita anual con su madre (Charlotte Rampling) en Dublin; y en París, los mellizos Skye (Indra Moore) y Billy (Luka Sabbat), visitan por última vez el piso en el que vivieron sus padres. Jarmusch no necesita mucho más porque el suyo es un cine minimalista de viajes en coche y conversaciones entre los personajes, de silencios que dicen mucho sobre las relaciones entre ellos, y miradas que expresan emociones contenidas. El primer episodio, Father, es el más cómico y misterioso, gracias a un divertido Waits, colaborador habitual y amigo personal de Jarmusch. En Mother nos encontramos con una historia de mujeres que se quieren, pero mantienen la distancia. Y el más emotivo de los capítulos es Brother Sister, en el que aparece la pérdida y la nostalgia, expresadas de una forma tan sencilla como un piso vacío, unas viejas fotos, y un trastero repleto. Jarmusch, no necesita más que esto y un par de canciones para decirnos muchas cosas y emocionarnos.
EL EXTRANJERO -EL HOMBRE REBELDE
En una escena de El extranjero (2025), dirigida por François Ozon, el protagonista, Mersault (Benjamin Boisin) y Marie (Rebecca Marder) se besan. La cámara recoge el momento y enseguida se eleva hasta encuadrar las ramas de un árbol recortadas contra el cielo. La brisa mece las hojas. Pero esta decisión de planificación no estaría pensada para, en un sentido expresionista, resaltar el romanticismo del momento entre los dos personajes. Todo lo contrario: el viento mueve las hojas, el sol brilla en el cielo, pero completamente ajenos a las alegrías o los dramas humanos. El divorcio entre el escenario y los personajes marca la película de Ozon que adapta el clásico de Albert Camus. Durante la primera parte del metraje, el guión se empeña en dejar clara la indiferencia del protagonista hacia lo que le rodea. Mersault lo mira todo como desde fuera, sin intervenir, sin tomar nunca partido. En otra escena, sentado en una terraza mientras fuma un cigarrillo, ve a la gente transitar por las calles de Argel y quizás todo le parece falso, como si fuera una simulación, un decorado, como si fueran figurantes de una película interpretando los papeles que les han asignado. La espléndida fotografía en blanco y negro de Manuel Dacosse refleja muy bien la irrealidad del mundo que percibe Mersault, valiéndose de sombras expresionistas o de la luz cegadora de la pintura surrealista. En nuestro polarizado mundo actual, Ozon se interesa por un personaje que parece anestesiado y que no reacciona ante el colonialismo, el racismo, la violencia machista o el maltrato animal. No solo no se indigna, sino que no toma partido, no está a favor ni en contra. Porque no sirve de nada. El espectador podría encontrar chocante esta actitud indiferente, políticamente incorrecta o incluso cobarde, porque en nuestra vida diaria queremos creer que tener una opinión sobre todos los asuntos, marcar una postura moral clara ante todo lo que ocurre, nos hace relevantes, nos convence de que pintamos algo en el mundo. Pero, en el universo al que nos condena Camus en su filosófica obra y que ahora pone en imágenes Ozon, todos los actos son equivalentes. Vale lo mismo casarse que seguir soltero, y no se necesitan motivos para matar a un árabe. Ozon, en la que puede ser su decisión más cuestionable, carga las tintas en la tensa situación política y social en la Argelia que fue colonia francesa, como reflejo del mundo actual asediado por las mismas tensiones. Pero con ello también genera una idea, la de que el verdadero crimen de Mersault es vivir según su propia moral, no atender a los convencionalismos sociales y, sobre todo, apegarse de forma casi fanática a la verdad. Ser honesto con lo que piensa sobre el absurdo existencial y no sucumbir a la presión social, cultural y religiosa de una sociedad hipócrita, temerosa y rencorosa. Ni siquiera al enfrentarse a la muerte. Ese final inevitable que, precisamente, es el que iguala todas nuestras acciones.
NOUVELLE VAGUE -AL FINAL DE LA ESCAPADA
A finales de 2025 y principios de 2026 se ha puesto de moda en las redes una serie de vídeos creados con Inteligencia Artificial que siguen el mismo patrón: el autor de las imágenes se hace un selfi junto a directores y actores muy conocidos de series y películas famosas. Estos vídeos creados con IA, en el fondo, cumplen con la única función de los vídeos creados con IA: demostrar la potencia de la IA. Y de paso promocionar a sus creadores, que se hacen pasar por magos tecnológicos cuando su único mérito es escribir una serie de instrucciones en un chat. Y más allá de la relativa gracia que pueda tener ver a Hitchcock compartiendo espacio con Spielberg, todos estos vídeos fallan por la falta de conocimiento y gusto de la mayoría de sus creadores, que dejan en evidencia su precaria cinefilia al citar solo films y autores populares y sobados, ordenados, además, sin ningún criterio, ni cronológico, ni por influencias o afinidades. Menciono esto porque la operación que hace Richard Linklater, cuando devuelve a la vida a Jean-Luc Godard en Nouvelle Vague (2026), me parece precisamente lo contrario a estos vídeos. Sin inteligencia artificial ni efectos especiales aparatosos, pero con talento y amor por lo que cuenta, Linklater firma una deliciosa celebración de la película Al final de la escapada (1960) al contarnos la historia de su rodaje y del ambiente de ese París de cinefilia efervescente que tomó por asalto el cine francés -y mundial- de la mano de un grupo de jóvenes, la mayoría críticos de la revista
LA CENA -VENCEDORES Y VENCIDOS
"Aquí nos están follando a todos" es la frase que resume las intenciones de La cena (2025), estupenda comedia que adapta la obra teatral de José Luis Alonso Santos, llevada a la gran pantalla por el director Manuel Gómez Pereira y escrita por Yolanda García Serrano y Joaquín Oristrell. La película se inscribe en la sana tradición satírica que se ríe de las formas y contradicciones de cualquier estructura de poder, aquí concretamente del fascismo, parodiando a sus líderes, ya sean Hitler, Franco o el dictador de turno, y cuyo gran referente tiene que ser necesariamente la perfecta Ser o no ser (1942) de Lubitsch. Una de las grandes virtudes de la película que nos ocupa, precisamente, refleja su origen teatral al limitar el escenario de la historia al hotel Palace de Madrid, convertido en hospital tras la Guerra Civil, y que es elegido para albergar una cena de gala para Franco y sus generales vencedores. El encargado de llevar a cabo esa misión es el esforzado teniente Medina (Mario Casas) y su colaborador necesario, el que será el anfitrión y organizador de todo, es el antiguo encargado del hotel, interpretado por un magnífico Alberto San Juan. Estos dos personajes opuestos, pero con la misma misión, tendrán que enfrentarse a todo tipo de obstáculos mientras van reclutando a personajes de cada lado del espectro ideológico, cada uno con sus propios intereses y conflictos. El reparto es coral, compuesto por actores como Asier Exteandia, Elvira Mínguez, Nora Hernández, Óscar Lasarte y Eva Ugarte, entre otros, para dar vida a militares psicópatas, prisioneros y cocineros comunistas, parejas de enamorados que intentan seguir con sus vidas a pesar de la historia, héroes y martíres, y más de un chivato rencoroso y vengativo. Lo más interesante de la película es su visión del conflicto, que más allá de posturas ideológicas, coloca a todos como víctimas de una estructura de poder -fascista y militarizada- en la que la autoridad, simplemente, la detenta un psicópata con una pistola. Por debajo, todos tienen miedo y todos son supervivientes, solo que unos pierden su dignidad por medrar en la nueva situación política y otros optan por el sacrificio. La cena es una buena comedia a la que solo se le puede pedir, quizás, una mayor brillantez formal, más ritmo en sus situaciones cómicas y que estas sean más afiladas. O lo que es lo mismo, habría que pedirle el famoso toque Lubitsch. Pero quizás eso sea pedir demasiado.
FLORES PARA ANTONIO -FAMILIA DE ARTISTAS
Flores para Antonio (2025) coincide con películas muy relevantes de 2025 -Los domingos, Valor sentimental, Father Mother Brother Sister- al indagar en las relaciones familiares buscando las aristas y los conflictos entre personas que, en principio, se quieren. Este documental, dirigido por Elena Molina e Isaki Lacuesta, explora el asunto a través del retrato de uno de los clanes más famosos de la historia de España, fundado por Lola Flores y Antonio González ‘El Pescaílla’, a través de la búsqueda de la actriz Alba Flores, que decide recuperar la memoria de su padre, Antonio, tras una vida marcada por su ausencia. Esa búsqueda pasa por indagar en el legado de su abuela, Lola, y por interrogar, sobre todo, a sus tías, Lolita y Rosario, hermanas del cantante y compositor fallecido prematuramente. Se trata de una historia que forma parte de la mitología de España: de cómo la Faraona fallece y su hijo pródigo muere, de pena, poco tiempo después. La gran pega que se le puede poner al tema elegido es que esta familia de artistas ha coqueteado siempre con la prensa del corazón, la televisión y el espectáculo, lo que resta credibilidad a su historia. Pero también es esto una ventaja, ya que los protagonistas del documental actúan delante de las cámaras con total naturalidad, como si no existieran, acostumbrados a que sus vidas sean expuestas públicamente, mostrando sus emociones y expresándose con frases propias de una representación teatral sin tapujos. Estas escenas, casi de reality, se mezclan sin que se vean las costuras con imágenes de archivo y, sobre todo, con vídeos caseros que nos descubren a un Antonio Flores inédito. El corazón de la película está, precisamente, en una de esas valiosas imágenes recuperadas, en la que vemos a una Alba Flores de solo 9 años descubriendo su capacidad para cantar ante el rostro maravillado de su padre que le toca la guitarra. El trauma de la pérdida ha impedido que Alba desarrolle plenamente ese talento, lo que lleva a un final más emocionante de lo esperado. Un fantástico y finísimo montaje permite mezclar todos los materiales que nos cuentan la historia de esta familia, pero también un poco la de España, a través de tres generaciones muy diferentes. Pero si nos centramos en la figura maldita de Antonio Flores encontraremos conexiones con la magnífica obra anterior de Isaki Lacuesta, Segundo premio (2024), en la que también se hablaba de la atormentada alma del artista, de adicciones y del inevitable descenso a los infiernos de los que tienen una sensibilidad exacerbada. Lo dice Lolita: a Antonio “le dolía el mundo”.








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