AVATAR: FUEGO Y CENIZA -LA GRAN AVENTURA


Tiene todo en contra Avatar: Fuego y ceniza (2025) para ser apreciada como la gran película que en realidad es. Lo primero, la tercera entrega de la saga de James Cameron es cine comercial, cine pensado para entretener al espectador, lo que muchas veces es despreciado por la crítica. Pero eso no debería impedir que viésemos esta película como auténtico cine de autor. Cameron está contando lo que le interesa contar -como George Lucas o Steven Spielberg- y su propuesta tiene alma y no responde en absoluto a los designios de los ejecutivos de Hollywood, ni a los estudios de márketing, ni a las directrices de una plataforma. James Cameron es un autor. Segundo, Avatar se inscribe en géneros poco respetados como la ciencia ficción, la fantasía, la acción y la aventura, encima, apta para todos los públicos, lo que suele significar -salvo contadas ocasiones- la indeferencia en las nominaciones a premios como los Óscar. Cameron apuesta, sobre todo en esta película, por rescatar géneros cinematográficos clásicos como el wéstern o las películas de piratas -o incluso el cine bélico- en un pastiche tremendamente disfrutable en una operación que no solo es nostálgica, sino una renovación de dichas formas a través del filtro de la fantasía para actualizarlas. Este recurso a lo clásico es uno de los grandes talones de Aquiles de la saga: el espectador menos avispado despachará estas películas como 'ya vistas' o 'más de lo mismo', aunque cada entrega cuente algo diferente cada vez. El tercer elemento que suscita críticas contra el cine de Cameron es el que me resulta más sorprendente: su magnífico apartado visual. Es muy fácil recurrir al cliché de que una película visualmente destacada 'no cuenta nada' o es un producto 'vacío'. Todo esto no es más que la evidencia de una falta de interés real por el cine, un arte que se apoya sobre todo en la imagen y que debería narrar sus historias a través de ellas. Avatar: Fuego y ceniza es simplemente apabullante visualmente y debe ser experimentada en una pantalla de cine -por no hablar de formatos como IMAX o el 3D, que mejoran la experiencia inmersiva-. Esta película es arte por su uso del color, de la luz, de las texturas, de la planificación que hace Cameron para meternos dentro de la narración. Y todos esos recursos visuales ayudan a contar la historia. Esas imágenes son la historia. Por otro lado, el guión de James Cameron es un relato clásico, que en esta segunda secuela adquiere la forma de una historia río, de un largo serial pulp que continúa directamente los hechos de Avatar: El sentido del agua (2022), desarrollando más profundamente a sus personajes, sobre todo a los de la nueva generación: Lo'ak (Britain Dalton), Kiri (Sigourney Weaver) y Spider (Jack Champion), dejando en segundo plano a los protagonistas de Avatar (2009) -Jake Sully (Sam Worthington), Neytiri (Zoe Saldaña) y Miles Quaritch (Stephen Lang)- todos envueltos en la guerra entre los Na'vi y los humanos por el control de Pandora. Cameron juega muy bien a combinar los conflictos personales e íntimos, con los lazos familiares como gran tema central, con una historia más grande que habla de guerra, de racismo, de ecología y de temas religiosos y espirituales. Cameron, al igual que George Lucas, es un discípulo del mitógrafo Joseph Campbell, y suele introducir referencias a mitos reconocibles en todas las culturas, como la imaculada concepción, el elegido que viene a salvar a la humanidad, relatos bíblicos como los de Caín y Abel o la historia de Abraham, a lo que hay que sumar las creencias místicas y panteístas de los nativos americanos, o el recurso a la droga del yopo por parte de tribus amazonicas como los Yanomamis. Todo esto está mezclado en la película con clásicos universales como La isla del tesoro, El último de los mohicanos o Moby Dick. La gran novedad argumental aquí es la introducción de un nuevo personaje, la fantástica villana Varang (Oona Chaplin) que sirve para introducir texturas del cine de terror, elementos de canibalismo que remiten a Holocausto caníbal (1980) y hasta La matanza de Texas (1974). Las terroríficas pinturas de guerra de la tribu de Varang, el clan de la Ceniza, convierte a los Na´vi en terroríficos orcos y hasta en criaturas diabólicas que recuerdan a Nosferatu. Todo este despliegue de ideas y rerefencias hacen que la película sea rica en ideas, estimulante y sugerente, creadora de una mitología propia que es única en el cine actual. Pero volviendo a las pegas que se le suelen poner a Avatar, tenemos que mencionar el talento de Cameron para llevar más allá la técnica cinematográfica, en este caso, la animación por captura de movimiento y los efectos especiales, que, aquí, son simplemente insuperables, pero, de nuevo, una diana para los críticos que desde los tiempos de Star Wars (1977) consideran todo esto como una pirotecnia vacía. Los efectos especiales y la animación de esta película son los mejores posibles. Y James Cameron se esmera en hacer que este espectáculo digital parezca real apelando a diferentes recursos cinematográficos que despiertan en el espectador sensaciones más allá de las visuales como el tacto -al viento, al agua o al polvo- por no hablar del sonido, simplemente espectacular. Si recopilamos todos los elementos mencionados, estamos ante una de las películas del año, cuya primera hora y media -el otro gran handicap de la película es su larga duración, no apta para una sociedad acostumbrada a TikTok- es de lo mejor que he visto... en décadas. Nadie lo está haciendo mejor que Cameron y que quede dicho aquí que perderse en salas Avatar: Fuego y ceniza es, simplemente, un pecado cinéfilo.

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