A finales de 2025 y principios de 2026 se ha puesto de moda en las redes una serie de vídeos creados con Inteligencia Artificial que siguen el mismo patrón: el autor de las imágenes se hace un selfi junto a directores y actores muy conocidos de series y películas famosas. Estos vídeos creados con IA, en el fondo, cumplen con la única función de los vídeos creados con IA: demostrar la potencia de la IA. Y de paso promocionar a sus creadores, que se hacen pasar por magos tecnológicos cuando su único mérito es escribir una serie de instrucciones en un chat. Y más allá de la relativa gracia que pueda tener ver a Hitchcock compartiendo espacio con Spielberg, todos estos vídeos fallan por la falta de conocimiento y gusto de la mayoría de sus creadores, que dejan en evidencia su precaria cinefilia al citar solo films y autores populares y sobados, ordenados, además, sin ningún criterio, ni cronológico, ni por influencias o afinidades. Menciono esto porque la operación que hace Richard Linklater, cuando devuelve a la vida a Jean-Luc Godard en Nouvelle Vague (2026), me parece precisamente lo contrario a estos vídeos. Sin inteligencia artificial ni efectos especiales aparatosos, pero con talento y amor por lo que cuenta, Linklater firma una deliciosa celebración de la película Al final de la escapada (1960) al contarnos la historia de su rodaje y del ambiente de ese París de cinefilia efervescente que tomó por asalto el cine francés -y mundial- de la mano de un grupo de jóvenes, la mayoría críticos de la revista
Cahiers du Cinéma, que se convertirían en algunos de los directores más importantes de la historia del séptimo arte.
El gran logro de Linklater es capturar el entusiasmo de aquella época, de ese momento concreto en el que Truffaut estrenaba Los 400 golpes (1959) y explotaba esa nueva ola que intentaba cambiarlo todo con rebeldía y chulería intelectual. Linklater es generoso en cameos de personajes que son ahora héroes de una cierta cinefilia: Truffaut, Chabrol, Rivette, Vardà, Resnais, o el director de fotografía Raoul Coutard, y también sus padrinos, Rossellini, Bresson y Melville. Linklater los retrata con cariño y admiración, pero añadiendo también detalles desmitificadores que son los que nos alejan del biopic y nos llevan al terreno de la comedia. Así, el perfecto Godard que encarna Guillame Marbeck no deja de ser una caricatura -amable- construida a partir de sus famosos aforismos, imprimiendo misterio al personaje y limando las aristas de su compleja personalidad dotándolo de la capacidad de reírse de sí mismo. Su contrapartida es el gran hallazgo de la película, una díscola Jean Seberg, fantásticamente encarnada por Zoey Deutch, cuyo parecido físico con la actriz estadounidense fallecida prematuramente resulta emocionante. Con estos dos personajes, el argumento se desarrolla encadenando anécdotas cinéfilas que el espectador versado ya conoce, rodadas por Linklater utilizando planos calcados de la película que lo inspira, en el mismo blanco y negro de aquellos maravillosos años, gracias al director de fotografía David Chambille, que recrea perfectamente la luz natural que usó Coutard. Nouvelle Vague es el contraplano de una película mítica y no hay nostalgia ni amargura en ella, aunque sepamos que luego Godard se hizo políticamente arisco e indescifrable, rompió con Truffaut -y con mi admirada Anna Karina-, y la Nouvelle Vague y la política de los autores, aunque fueran símbolo de una necesaria libertad artística, marcaran también el divorcio con los espectadores del cine más popular. Pero no miremos atrás con ira. Linklater nos regala una película ligera en la que te quedarías a vivir, en ese París en blanco y negro, con grano y arañazos, de cafés, chicas guapas, periódicos y salas de cines. Sobre todo eso.
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