Flores para Antonio (2025) coincide con películas muy relevantes de 2025 -Los domingos, Valor sentimental, Father Mother Brother Sister- al indagar en las relaciones familiares buscando las aristas y los conflictos entre personas que, en principio, se quieren. Este documental, dirigido por Elena Molina e Isaki Lacuesta, explora el asunto a través del retrato de uno de los clanes más famosos de la historia de España, fundado por Lola Flores y Antonio González ‘El Pescaílla’, a través de la búsqueda de la actriz Alba Flores, que decide recuperar la memoria de su padre, Antonio, tras una vida marcada por su ausencia. Esa búsqueda pasa por indagar en el legado de su abuela, Lola, y por interrogar, sobre todo, a sus tías, Lolita y Rosario, hermanas del cantante y compositor fallecido prematuramente. Se trata de una historia que forma parte de la mitología de España: de cómo la Faraona fallece y su hijo pródigo muere, de pena, poco tiempo después. La gran pega que se le puede poner al tema elegido es que esta familia de artistas ha coqueteado siempre con la prensa del corazón, la televisión y el espectáculo, lo que resta credibilidad a su historia. Pero también es esto una ventaja, ya que los protagonistas del documental actúan delante de las cámaras con total naturalidad, como si no existieran, acostumbrados a que sus vidas sean expuestas públicamente, mostrando sus emociones y expresándose con frases propias de una representación teatral sin tapujos. Estas escenas, casi de reality, se mezclan sin que se vean las costuras con imágenes de archivo y, sobre todo, con vídeos caseros que nos descubren a un Antonio Flores inédito. El corazón de la película está, precisamente, en una de esas valiosas imágenes recuperadas, en la que vemos a una Alba Flores de solo 9 años descubriendo su capacidad para cantar ante el rostro maravillado de su padre que le toca la guitarra. El trauma de la pérdida ha impedido que Alba desarrolle plenamente ese talento, lo que lleva a un final más emocionante de lo esperado. Un fantástico y finísimo montaje permite mezclar todos los materiales que nos cuentan la historia de esta familia, pero también un poco la de España, a través de tres generaciones muy diferentes. Pero si nos centramos en la figura maldita de Antonio Flores encontraremos conexiones con la magnífica obra anterior de Isaki Lacuesta, Segundo premio (2024), en la que también se hablaba de la atormentada alma del artista, de adicciones y del inevitable descenso a los infiernos de los que tienen una sensibilidad exacerbada. Lo dice Lolita: a Antonio “le dolía el mundo”.
FLORES PARA ANTONIO -FAMILIA DE ARTISTAS
Flores para Antonio (2025) coincide con películas muy relevantes de 2025 -Los domingos, Valor sentimental, Father Mother Brother Sister- al indagar en las relaciones familiares buscando las aristas y los conflictos entre personas que, en principio, se quieren. Este documental, dirigido por Elena Molina e Isaki Lacuesta, explora el asunto a través del retrato de uno de los clanes más famosos de la historia de España, fundado por Lola Flores y Antonio González ‘El Pescaílla’, a través de la búsqueda de la actriz Alba Flores, que decide recuperar la memoria de su padre, Antonio, tras una vida marcada por su ausencia. Esa búsqueda pasa por indagar en el legado de su abuela, Lola, y por interrogar, sobre todo, a sus tías, Lolita y Rosario, hermanas del cantante y compositor fallecido prematuramente. Se trata de una historia que forma parte de la mitología de España: de cómo la Faraona fallece y su hijo pródigo muere, de pena, poco tiempo después. La gran pega que se le puede poner al tema elegido es que esta familia de artistas ha coqueteado siempre con la prensa del corazón, la televisión y el espectáculo, lo que resta credibilidad a su historia. Pero también es esto una ventaja, ya que los protagonistas del documental actúan delante de las cámaras con total naturalidad, como si no existieran, acostumbrados a que sus vidas sean expuestas públicamente, mostrando sus emociones y expresándose con frases propias de una representación teatral sin tapujos. Estas escenas, casi de reality, se mezclan sin que se vean las costuras con imágenes de archivo y, sobre todo, con vídeos caseros que nos descubren a un Antonio Flores inédito. El corazón de la película está, precisamente, en una de esas valiosas imágenes recuperadas, en la que vemos a una Alba Flores de solo 9 años descubriendo su capacidad para cantar ante el rostro maravillado de su padre que le toca la guitarra. El trauma de la pérdida ha impedido que Alba desarrolle plenamente ese talento, lo que lleva a un final más emocionante de lo esperado. Un fantástico y finísimo montaje permite mezclar todos los materiales que nos cuentan la historia de esta familia, pero también un poco la de España, a través de tres generaciones muy diferentes. Pero si nos centramos en la figura maldita de Antonio Flores encontraremos conexiones con la magnífica obra anterior de Isaki Lacuesta, Segundo premio (2024), en la que también se hablaba de la atormentada alma del artista, de adicciones y del inevitable descenso a los infiernos de los que tienen una sensibilidad exacerbada. Lo dice Lolita: a Antonio “le dolía el mundo”.
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