En una escena de El extranjero (2025), dirigida por François Ozon, el protagonista, Mersault (Benjamin Boisin) y Marie (Rebecca Marder) se besan. La cámara recoge el momento y enseguida se eleva hasta encuadrar las ramas de un árbol recortadas contra el cielo. La brisa mece las hojas. Pero esta decisión de planificación no estaría pensada para, en un sentido expresionista, resaltar el romanticismo del momento entre los dos personajes. Todo lo contrario: el viento mueve las hojas, el sol brilla en el cielo, pero completamente ajenos a las alegrías o los dramas humanos. El divorcio entre el escenario y los personajes marca la película de Ozon que adapta el clásico de Albert Camus. Durante la primera parte del metraje, el guión se empeña en dejar clara la indiferencia del protagonista hacia lo que le rodea. Mersault lo mira todo como desde fuera, sin intervenir, sin tomar nunca partido. En otra escena, sentado en una terraza mientras fuma un cigarrillo, ve a la gente transitar por las calles de Argel y quizás todo le parece falso, como si fuera una simulación, un decorado, como si fueran figurantes de una película interpretando los papeles que les han asignado. La espléndida fotografía en blanco y negro de Manuel Dacosse refleja muy bien la irrealidad del mundo que percibe Mersault, valiéndose de sombras expresionistas o de la luz cegadora de la pintura surrealista. En nuestro polarizado mundo actual, Ozon se interesa por un personaje que parece anestesiado y que no reacciona ante el colonialismo, el racismo, la violencia machista o el maltrato animal. No solo no se indigna, sino que no toma partido, no está a favor ni en contra. Porque no sirve de nada. El espectador podría encontrar chocante esta actitud indiferente, políticamente incorrecta o incluso cobarde, porque en nuestra vida diaria queremos creer que tener una opinión sobre todos los asuntos, marcar una postura moral clara ante todo lo que ocurre, nos hace relevantes, nos convence de que pintamos algo en el mundo. Pero, en el universo al que nos condena Camus en su filosófica obra y que ahora pone en imágenes Ozon, todos los actos son equivalentes. Vale lo mismo casarse que seguir soltero, y no se necesitan motivos para matar a un árabe. Ozon, en la que puede ser su decisión más cuestionable, carga las tintas en la tensa situación política y social en la Argelia que fue colonia francesa, como reflejo del mundo actual asediado por las mismas tensiones. Pero con ello también genera una idea, la de que el verdadero crimen de Mersault es vivir según su propia moral, no atender a los convencionalismos sociales y, sobre todo, apegarse de forma casi fanática a la verdad. Ser honesto con lo que piensa sobre el absurdo existencial y no sucumbir a la presión social, cultural y religiosa de una sociedad hipócrita, temerosa y rencorosa. Ni siquiera al enfrentarse a la muerte. Ese final inevitable que, precisamente, es el que iguala todas nuestras acciones.
EL EXTRANJERO -EL HOMBRE REBELDE
En una escena de El extranjero (2025), dirigida por François Ozon, el protagonista, Mersault (Benjamin Boisin) y Marie (Rebecca Marder) se besan. La cámara recoge el momento y enseguida se eleva hasta encuadrar las ramas de un árbol recortadas contra el cielo. La brisa mece las hojas. Pero esta decisión de planificación no estaría pensada para, en un sentido expresionista, resaltar el romanticismo del momento entre los dos personajes. Todo lo contrario: el viento mueve las hojas, el sol brilla en el cielo, pero completamente ajenos a las alegrías o los dramas humanos. El divorcio entre el escenario y los personajes marca la película de Ozon que adapta el clásico de Albert Camus. Durante la primera parte del metraje, el guión se empeña en dejar clara la indiferencia del protagonista hacia lo que le rodea. Mersault lo mira todo como desde fuera, sin intervenir, sin tomar nunca partido. En otra escena, sentado en una terraza mientras fuma un cigarrillo, ve a la gente transitar por las calles de Argel y quizás todo le parece falso, como si fuera una simulación, un decorado, como si fueran figurantes de una película interpretando los papeles que les han asignado. La espléndida fotografía en blanco y negro de Manuel Dacosse refleja muy bien la irrealidad del mundo que percibe Mersault, valiéndose de sombras expresionistas o de la luz cegadora de la pintura surrealista. En nuestro polarizado mundo actual, Ozon se interesa por un personaje que parece anestesiado y que no reacciona ante el colonialismo, el racismo, la violencia machista o el maltrato animal. No solo no se indigna, sino que no toma partido, no está a favor ni en contra. Porque no sirve de nada. El espectador podría encontrar chocante esta actitud indiferente, políticamente incorrecta o incluso cobarde, porque en nuestra vida diaria queremos creer que tener una opinión sobre todos los asuntos, marcar una postura moral clara ante todo lo que ocurre, nos hace relevantes, nos convence de que pintamos algo en el mundo. Pero, en el universo al que nos condena Camus en su filosófica obra y que ahora pone en imágenes Ozon, todos los actos son equivalentes. Vale lo mismo casarse que seguir soltero, y no se necesitan motivos para matar a un árabe. Ozon, en la que puede ser su decisión más cuestionable, carga las tintas en la tensa situación política y social en la Argelia que fue colonia francesa, como reflejo del mundo actual asediado por las mismas tensiones. Pero con ello también genera una idea, la de que el verdadero crimen de Mersault es vivir según su propia moral, no atender a los convencionalismos sociales y, sobre todo, apegarse de forma casi fanática a la verdad. Ser honesto con lo que piensa sobre el absurdo existencial y no sucumbir a la presión social, cultural y religiosa de una sociedad hipócrita, temerosa y rencorosa. Ni siquiera al enfrentarse a la muerte. Ese final inevitable que, precisamente, es el que iguala todas nuestras acciones.
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