Tron: Ares (2025) es un desastre sin paliativos, una nueva oportunidad perdida de hacer algo interesante con un universo de ficción, sobre todo, de estética estimulante. Para ser justos, hay que admitir que la película original, Tron (1982) no estaba precisamente bien escrita y sus primeros 40 minutos eran caóticos y difíciles de seguir. Décadas después, la película dirigida por el noruego Joachim Ronning y protagonizada por Jared Leto como Ares, fracasa también y consigue introducir al espectador en esta nueva entrega de una saga que en realidad no existe. La cosa pinta mal desde el principio cuando se nos introduce a la historia a través de confusos fragmentos de informativos que intentan refrescar la película de 1982 y, de paso, presentarnos un nuevo escenario que reitera la idea de conflictos empresariales ya presente en la original, además de introducir un concepto de moda como la inteligencia artificial -que, sin ese nombre, también estaba en la primera película-. Se nos presentan aquí a los nuevos personajes: Eve Kim (Greta Lee), la heroína y Julian Dillinger (Evan Peters), el principal antagonista, además del ya mencionado Ares y su compañera (Jodie Turner-Smith). El problema es que, aunque las escenas se suceden, nunca llegamos a entender del todo las relaciones entre ellos: Eve Kim sufre la pérdida de su hermana (creo) pero esta idea nunca tiene peso dramático; Dillinger quiere dominar el mundo (creo) trayendo al mundo real a los programas del mundo informático. No sé muy bien por qué. Las secuencias informativas y de puro diálogo se suceden de forma confusa -ni siquiera la presencia de la Gillian Anderson consigue darle sentido a sus escenas- y el espectador solo respira en las escenas de acción, que no son más que los momentos clásicos de Tron traídos al mundo real. La mayoría, encima, ya las habíamos visto en el tráiler, verdaderamente astuto ya que consigue vender la película y la sugerente idea de introducir el mundo de Tron en el mundo real. Un concepto visualmente potente, pero que, bien pensado, no da para más que para un chascarrillo, que en realidad es una mala idea y que en el desarrollo argumental de la película no se justifica en ningún momento ni se le saca provecho. Jared Leto resulta terrible en su papel de programa informático que se va humanizando poco a poco, arco dramático que revela que estamos ante un remake encubierto de Terminator (1984) y Terminator 2 (1991), aunque James Cameron tuvo la decencia de apoyar su guión en el trillado esquema del viaje del héroe -aunque resolviendo las situaciones con ingenio- mientras que aquí los guionistas -o los ejecutivos que hayan pedido reescrituras infinitas absurdas- no consiguen hacer. Con estructurar el argumento de forma lineal, sencilla y poco original, habría bastado. Solo se salva la molona música de Nine Inch Nails -Trent Reznor y Atticus Ross tienen un cameo como pilotos de avión-, la espectacularidad de los efectos especiales y la nostalgia de las secuencias que recrean la estética del Tron original.
TRON: ARES
Tron: Ares (2025) es un desastre sin paliativos, una nueva oportunidad perdida de hacer algo interesante con un universo de ficción, sobre todo, de estética estimulante. Para ser justos, hay que admitir que la película original, Tron (1982) no estaba precisamente bien escrita y sus primeros 40 minutos eran caóticos y difíciles de seguir. Décadas después, la película dirigida por el noruego Joachim Ronning y protagonizada por Jared Leto como Ares, fracasa también y consigue introducir al espectador en esta nueva entrega de una saga que en realidad no existe. La cosa pinta mal desde el principio cuando se nos introduce a la historia a través de confusos fragmentos de informativos que intentan refrescar la película de 1982 y, de paso, presentarnos un nuevo escenario que reitera la idea de conflictos empresariales ya presente en la original, además de introducir un concepto de moda como la inteligencia artificial -que, sin ese nombre, también estaba en la primera película-. Se nos presentan aquí a los nuevos personajes: Eve Kim (Greta Lee), la heroína y Julian Dillinger (Evan Peters), el principal antagonista, además del ya mencionado Ares y su compañera (Jodie Turner-Smith). El problema es que, aunque las escenas se suceden, nunca llegamos a entender del todo las relaciones entre ellos: Eve Kim sufre la pérdida de su hermana (creo) pero esta idea nunca tiene peso dramático; Dillinger quiere dominar el mundo (creo) trayendo al mundo real a los programas del mundo informático. No sé muy bien por qué. Las secuencias informativas y de puro diálogo se suceden de forma confusa -ni siquiera la presencia de la Gillian Anderson consigue darle sentido a sus escenas- y el espectador solo respira en las escenas de acción, que no son más que los momentos clásicos de Tron traídos al mundo real. La mayoría, encima, ya las habíamos visto en el tráiler, verdaderamente astuto ya que consigue vender la película y la sugerente idea de introducir el mundo de Tron en el mundo real. Un concepto visualmente potente, pero que, bien pensado, no da para más que para un chascarrillo, que en realidad es una mala idea y que en el desarrollo argumental de la película no se justifica en ningún momento ni se le saca provecho. Jared Leto resulta terrible en su papel de programa informático que se va humanizando poco a poco, arco dramático que revela que estamos ante un remake encubierto de Terminator (1984) y Terminator 2 (1991), aunque James Cameron tuvo la decencia de apoyar su guión en el trillado esquema del viaje del héroe -aunque resolviendo las situaciones con ingenio- mientras que aquí los guionistas -o los ejecutivos que hayan pedido reescrituras infinitas absurdas- no consiguen hacer. Con estructurar el argumento de forma lineal, sencilla y poco original, habría bastado. Solo se salva la molona música de Nine Inch Nails -Trent Reznor y Atticus Ross tienen un cameo como pilotos de avión-, la espectacularidad de los efectos especiales y la nostalgia de las secuencias que recrean la estética del Tron original.
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