STRANGER THINGS -TEMPORADA 5- POR FIN


Stranger Things
se despide de Netflix con una quinta temporada de duración absurda -¡Más de 10 horas!- y de presupuesto aparatoso. Los hermanos Duffer comenzaron su andadura en esta ficción con una simpática serie juvenil con elementos de fantasía y terror, que se apoyaba en la nostalgia por los años 80 y saqueaba sin vergüenza ideas de Stephen King pasadas por la sensibilidad de Steven Spielberg y con una banda sonora que recuerda a John Carpenter. Cuatro temporadas después, el argumento le sigue dando vueltas a lo que ocurre en el mundo del revés sin haber desarrrollado demasiado a los personajes, eso cuando los actores que los interpretan se han convertido en adultos. 
La quinta temporada se presenta entonces como el gran final de una historia debidamente promocionada por Netflix y por el marketing derivado, ocnsiguiendo un éxito masivo, mientras algunos espectadores, como yo, nos sentimos como Carlos Boyero, bostezando sin entender de qué va la cosa. Maldita sea. Precisamente, revisando un episodio de la primera temporada para hacer memoria de por qué empecé a ver esta serie desde un principio, me sorprendió encontrarme con una escena: una fiesta adolescente en una piscina, en la que los chavales fumaban, bebían y trataban de perder la virginidad. En aquellos tiempos, Steve Harrington (Joe Keery) intentaba ligar con Nancy Wheeler (Natalia Dyer), y lo conseguía, mientras Jonathan (Charlie Heaton), aparecía como un voyeur más bien sórdido, siempre con su cámara. Era una secuencia con la energía de un coming of age para Nancy, que se atrevía a tener su primera relación íntima con el guaperas malote del instituto. Recordaba esta escena vagamente, pero me pregunto si la energía de esa secuencia, hasta cierto punto naturalista y costumbrista, se ha perdido en la quinta temporada. Desde luego, convertida en un fenómeno mundial, Stranger Things ha desterrado las incómodas referencias al tabaco, el alcohol y el sexo, porque sabe que llega a un público que ya incluye al infantil. En el mismo sentido, los escenarios reconocibles se han perdido, sustituidos por lugares fantásticos y apocalípticos, es decir, por pantallas verdes y cromas. No existe ya sense of wonder, la irrupción de lo fantástico en la habitación de un niño que podríamos ser cualquiera de nosotros, sino espectaculares escenas de acción sin conexión con lo real, o, más bien, con ninguna emoción humana. La quinta temporada solo puede jugar la baza del giro sorpresa y solo genera tensión apoyándose en la posible muerte de personajes.

Mi problema con Stranger Things tiene que ver también con su guión. Pongo como ejemplo una secuencia que he encontrado irritante, en el cuarto episodio, titulado Sorcerer, que bien puede resumir lo que no me gusta de esta serie. Los personajes transitan por un túnel, embarcados en una peligrosa misión para destruir a un ser maligno y bajo la amenaza de ser detectados por fuerzas militares. En este contexto, de la nada, Robin (Maya Hawke) decide contarle a Will Byers (Noah Schnapp) una anécdota íntima, que tiene que ver con su vida sentimental -y con su homosexualidad-. El por qué alguien, en una situación de peligro cósmico, decide confesarse emocionalmente o intentar ayudar a un amigo que pasa un mal momento, se me escapa completamente. No hay ningún elemento argumental ni la más mínima excusa dramática que dé lugar a este diálogo, que detiene completamente la acción argumental. Que ese diálogo luego tenga su importancia en el clímax de ese mismo capítulo, solo evidencia la gratuidad de un guión que siempre busca lo más fácil y conveniente. 

Stranger Things se compone de escenas de narrativa visual, más o menos conseguidas, que dan paso a largos diálogos de soap opera, en el mejor de los casos, cuando no somos sometidos a largas explicaciones y sobreexplicaciones que, lejos de aclarar, enredan lo que no es más que una historia que nos suena de sobra. Hay una extraña voluntad de sobrecargar los primeros capítulos de esta quinta temporada con reuniones de los personajes trazando planes que luego intentarán poner en práctica en un ciclo que se repite cansinamente. Explicar las cosas una y otra vez para unos espectadores que verán cada episodio con un ojo puesto en su teléfono móvil. Por suerte, el desbordante capítulo final, de más de dos horas de duración, funciona estupendamente como un clímax de unos sesenta minutos, con mucha acción, en el que por fin la historia se convierte en algo parecido a esa partida de Dungeons & Dragons que ha sido referencia -superficial- de toda la serie. Eso sí, tras el gran desenlace, hay un epílogo que, inexplicablemente, se extiende durante otros 60 minutos.

Con demasiadas referencias a It (1986), pero, sobre todo, a la saga de Pesadilla en Elm Street comenzada en 1984, el gran problema de Stranger Things, al menos para mí -con mis 50 años a cuestas- es que todo suena a ya visto. Y la mención explícita a películas como El retorno del Jedi (1983) -de la que se copia su estructura en subtramas que divide en grupos a los personajes- o Indiana Jones y la última cruzada (1989), más que un guiño cómplice acaba siendo una invitación a ver esas películas, porque eran mucho mejores. Lo más curioso es que la serie, iniciada en 2016, ha tenido tiempo de alcanzar a una nueva generación de niños que se están enganchando a la ficción de los hermanos Duffer, que son conscientes de ello y recogen esta idea en el episodio final. A mis hijos, por cierto, les está encantando la serie, asi que, quizás, tampoco está tan mal.

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