Kelly Reichardt dirige The Mastermind (2025), una película ambientada en los años 70 en Estados Unidos como si fuera una película de época, como si hubieran pasado 100 años, en una aproximación no demasiado diferente de su wéstern First Cow (2019). Aunque en este mismo 2025 se ha producido un sonado robo en el Louvre de París, Reichardt asegura que el robo del museo que perpetra su protagonista, James (Josh O'Connor), solo podía ocurrir en aquellos años predigitales y analógicos, de teléfonos fijos y coches enormes de ventanillas de mecanismo manual. James es un padre de familia, un tipo algo frustrado, que perpetra un robo chapucero que dispara una investigación criminal de andar por casa y una fuga por las carreteras secundarias estadounidenses sin ningún glamur. La película es reposada, concentrada en los tiempos muertos, y su concepción de la comedia es mostrarnos a James, en tiempo real, ocultando torpemente los cuadros robados en un granero. Criminales torpes y policías sin prisa en una trama criminal que recuerda a los hermanos Coen pero sin su gusto por la comedia loca. Reichardt reincide en su interés pictórico por el paisaje por el que se mueven sus personajes -la fotografía es de Christopher Blauvelt- e imprime un ritmo de thriller utilizando música de jazz para darle tensión y dinamismo al relato -Rob Mazurek, compositor, músico de jazz y cornetista, firma la banda sonora-. Pero el verdadero paisaje detrás de las desventuras de James, que intenta dar un golpe maestro para que su mujer (Alana Haim) y su padres -Bill Camp y Hope Davis- dejen de verlo como un fracasado, es político y social. Estamos en los Estados Unidos de Nixon, Vietnam y los hippies. Y en ellos, James paga un alto precio por su individualismo y su falta de compromiso. Cuando por casualidad se infiltra en una manifestación pacifista, nos recuerda al vagabundo que se mezclaba por error con unos obreros en huelga en la obra maestra Tiempos Modernos (1936) de Charles Chaplin. Ninguno de los dos personajes parece tener ningún compromiso político, pero James es mucho más cínico y egoísta que Charlot, a pesar de su actitud pasiva y su masculinidad desorientada. Reichardt, de alguna manera, coincide en The Mastermind con Paul Thomas Anderson y hace la versión del slow cinema de Una batalla tras otra (2025), con la que haría una interesante doble sesión. Son dos de las mejores películas del año.
THE MASTERMIND -ARTE Y CONFORMISMO
Kelly Reichardt dirige The Mastermind (2025), una película ambientada en los años 70 en Estados Unidos como si fuera una película de época, como si hubieran pasado 100 años, en una aproximación no demasiado diferente de su wéstern First Cow (2019). Aunque en este mismo 2025 se ha producido un sonado robo en el Louvre de París, Reichardt asegura que el robo del museo que perpetra su protagonista, James (Josh O'Connor), solo podía ocurrir en aquellos años predigitales y analógicos, de teléfonos fijos y coches enormes de ventanillas de mecanismo manual. James es un padre de familia, un tipo algo frustrado, que perpetra un robo chapucero que dispara una investigación criminal de andar por casa y una fuga por las carreteras secundarias estadounidenses sin ningún glamur. La película es reposada, concentrada en los tiempos muertos, y su concepción de la comedia es mostrarnos a James, en tiempo real, ocultando torpemente los cuadros robados en un granero. Criminales torpes y policías sin prisa en una trama criminal que recuerda a los hermanos Coen pero sin su gusto por la comedia loca. Reichardt reincide en su interés pictórico por el paisaje por el que se mueven sus personajes -la fotografía es de Christopher Blauvelt- e imprime un ritmo de thriller utilizando música de jazz para darle tensión y dinamismo al relato -Rob Mazurek, compositor, músico de jazz y cornetista, firma la banda sonora-. Pero el verdadero paisaje detrás de las desventuras de James, que intenta dar un golpe maestro para que su mujer (Alana Haim) y su padres -Bill Camp y Hope Davis- dejen de verlo como un fracasado, es político y social. Estamos en los Estados Unidos de Nixon, Vietnam y los hippies. Y en ellos, James paga un alto precio por su individualismo y su falta de compromiso. Cuando por casualidad se infiltra en una manifestación pacifista, nos recuerda al vagabundo que se mezclaba por error con unos obreros en huelga en la obra maestra Tiempos Modernos (1936) de Charles Chaplin. Ninguno de los dos personajes parece tener ningún compromiso político, pero James es mucho más cínico y egoísta que Charlot, a pesar de su actitud pasiva y su masculinidad desorientada. Reichardt, de alguna manera, coincide en The Mastermind con Paul Thomas Anderson y hace la versión del slow cinema de Una batalla tras otra (2025), con la que haría una interesante doble sesión. Son dos de las mejores películas del año.
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