EL CAUTIVO -INTOLERANCIA


Para hablar El cautivo (2025) no se puede obviar que uno de los ganchos de la cinta ha sido la absurda polémica sobre la decisión artística -que no necesita justificación alguna- de mostrarnos a un Miguel de Cervantes homosexual. Pero lo cierto es que estamos ante una historia bien contada, narrada visualmente de forma efectiva, con interpretaciones solventes, pensada para llegar al gran público. Una producción impecable, nominada a siete premios Goya, que de manera admirable juega a la superproducción por la vía de la recreación histórica: el escenario es el Argel del siglo XVI, donde Cervantes estuvo varios años apresado por los árabes. El guión de Amenábar contempla a un narrador externo en la figura del padre Antonio de Sosa (Miguel Rellán) que nos cuenta la historia de Miguel de Cervantes (Julio Peña Fernández), que en la prisión del bajá Hasán (Alessandro Borghi) sufrirá la privación de libertad, torturas y será testigo de numerosas crueldades. Junto a Cervantes conocemos a un grupo variopinto de soldados -Luis Callejo, José Manuel Poga, Albert Salazar- y a un sacerdote, Blanco de Paz (Fernando Tejero). La historia se desarrolla primero como un film casi carcelario con sus constantes: el maltrato de los presos por parte de temibles carceleros, la idea de la injusticia y la posibilidad de una fuga. Pero pronto el guión del propio Amenábar -firma también Alejandro Hernández- se desvía para proponernos una reflexión sobre la necesidad de contar historias. Cervantes decide entretener a sus compañeros con historias que se inventa, que recogen los deseos de los cautivos, y esto llama la atención del bajá que, como en Las mil y una noches, es un enamorado de la literatura que ofrece tardes de libertad a cambio de narraciones al futuro autor del Quijote. Amenábar comienza así a mezclar la película que vemos con la que se inventa Cervantes y, además, con lo que cuentan otros personajes, como los rumores e insidias del padre Blanco de Paz, que difunde algo muy parecido a fake news sobre las costumbres de los infieles. Es este personaje, auténtico villano de la función, el que desvela el que acaba siendo el verdadero tema central de El cautivo: la intolerencia en todas sus formas, ya sea religiosa, sexual o incluso generacional. El guión busca así episodios que reflejen cómo esa intolerancia es la que verdaderamente limita la libertad y genera odio, guerras y muerte. La película funciona, pero hay que achacarle un tono demasiado plano y una narrativa casi televisiva en la que todo se cuenta con diálogos y en la que las imágenes memorables prácticamente no existen. Hay que hablar también de lo obvio que resulta todo, aunque los constantes giros de guión se esfuercen en evitar que nos anticipemos a lo que nos cuentan. Los subrayados musicales -compuestos por el propio Amenábar- son especialmente molestos, y los supuestos guiños a la obra inmortal de Cervantes resultan demasiado evidentes.

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